Cuando al sistema le salen fugitivos, el sistema suelta todo lo que tiene. Sabe que no puede volver a encerrarlos, y aunque la prisión es tan grande como este mundo, el mero contacto con otros prisioneros es lo que hay que evitar a toda costa.

El problema del sistema es que esos fugitivos no huyen. Están a plena vista. Están asustados. Están con el corazón en un puño. Le miran a todo ese ejército de frente, temblando entre ira, frustración, tristeza y debilidad.

Oh, dirán ustedes que entonces el sistema no tiene ningún problema. Con semejantes llorones, no hay siquiera que enviar un ejército. Bastará con ladrar un poco, y enseguida se acabó el drama.

Ya, pero es por algo que el sistema envía a todo lo que tiene.

Algo que estos “llorones” debilitados y demacrados ni siquiera sienten o sepan.

Algo, que hace que el sistema entre en el mismo pánico que aquellos, a los que está atacando.

Algo común. Algo que el sistema no quiere que se sepa bajo ningún pretexto.

He vuelto. Hecha una piltrafilla,  pero aquí estoy.

Ahora a ver si soy capaz de quitarme los mil anzuelos y garfíos clavados, y retorno a velocidad de crucero.

Ha ido de poco, como todas las veces, pero como todas las veces, también traigo tesorillos. Todos son del pasado, es decir, del sistema. Del futuro no hace falta que traiga nada. Vamos a el a toda pastilla, y es nuestro de todas formas.