Un idioma es algo que el sistema provocó con su aparición vírica en su día. Al cortar las comunicaciones naturales, los seres vivos repentinamente aislados tuvieron que hacer uso de otros medios. Ciertamente, de las pocas cosas que realmente han tenido calado en cuanto a riqueza de variaciones, los idiomas se presentan como campeones de la metamorfósis. No deseo llamar ese proceso o procesos evolutivos, ya que más bien los idiomas no son más que degeneraciones, degenerando a cada letra que se les pronuncie.

De todos es sabida mi extraña posición concerniente a esos vehículos de comunicación. Yo los llamo mini-sistemas, los destrozo a gusto encontrándoles sus trampas para la mayoría invisibles. Son odiosos ejemplos de lo miserables que nos tienen. No importa quien hable, ya sea la persona más afortunada o el sabio de referencia. Los idiomas son cloaca y se tragan cualquier acción.

Hablados, son lo peor. Escritos, un montón de mierda. Pensados, la putrefacción interna. Está claro que deberíamos dejar de hacer todas esas porquerías. Deberíamos estar callados, in-gráficos y desprovistos de pensamientos.

Aún así, las burbujas de aire caliente se hacen camino, incluso en la inmundicia apocalíptica, o quizá especialmente en esas épocas que esperan a cualquier civilización avanzada. Suben y suben, hasta que inflan la superficie para finalmente explotar la última piel que les separaba de reunirse con sus semejantes. Lo mismo les pasa a los idiomas, ese líquido espeso y mutilante, asfixiante de cualquier evolución. Cada idioma reacciona diferente a esas burbujas, cada idioma genera otro ritmo de putrefacción.

Sí, los idiomas se parecen muchísimo a las acumulaciones de inmundicia. No hay ninguna igual, pero todos se parecen. Unos son lentos en soltar los gases, otros tienen la superficie más endurecida. Hay sopa asquerosa de idioma que suena a gases rápidos, otros escupen no solo gases sino un montón de saliva, quiero decir mierda.

Lo que el sistema no pudo prever es alguien como yo. Según sus cálculos no puedo existir. Según los míos, los idiomas nos muestran la frecuencia que tiene cada parte de estos continentes.  Tengan cuidado al leer esta mierda de frase. No caigan tontamente en la tentación de querer ver los cambios sustanciales de un idioma a otro como indicador de frecuencia diferente. No es tan burdo.

Es fino y es independiente del idioma que se hable, pero se refleja en todas las voces. Según dónde estemos, nuestra voz suena diferente.

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Ya. Bla bla bla, esperen con sus críticas o observaciones por ahora. Suficiente tengo con bracear lo más rápidamente posible, para que la brea no me entre en el cerebro en forma de pensamientos, y pueda aprovechar el momento de aparente vacío para dejar unas letras.

Es fijo. Nuestra voz cambia. No tenemos la misma voz en nuestro pueblo, comparado con estar en un pueblo a 3000 kilómetros de distancia. Es medible. Es mejor medible, si se aprende un idioma nuevo en un país lejos de nuestro pueblo.

Nuestra voz se ajusta a la frecuencia base que tiene cada lugar. Por ejemplo, en los Alpes la frecuencia es de 82.5 Hz. Mi voz utiliza mayoritariamente esa frecuencia base en ese lugar, subiendo hasta máxime 120 Hz. En cambio, aquí en el sur de España, mi voz utiliza los 126 Hz de base, subiendo fácilmente a 145 Hz. Más al sur, en África (Senegal), mi voz cambió a 132 Hz de base. Desgraciadamente no sé hasta que picos llegó, pero realmente no importa.

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Para la prueba a la inversa, cualquiera que haya aprendido otro idioma o idiomas en otro país, sabe que su voz suena diferente en cada idioma. El idioma aprendido en ese lugar se ha fijado con la información de palabras, sintáxis y vocalización, pero además lo ha hecho en la frecuencia base del lugar. La voz cambia rádicalmente entre hablar un idioma u otro. Es sobrecogedor para quienes lo esuchan, porque parecen estar escuchando a dos personas (o tres, o más según el número de idiomas aprendidos en los países respectivos).

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Digámoslo así: vomitamos mierda de forma diferente en cada lugar de la tierra, si usamos nuestros cuerpos para hablar. No está mal, al menos la vomitamos, pero me imagino que habrán captado lo dantesco que resulta. Lo bueno es la capacidad nuestra de averiguar en que lugar del mundo estamos, con tan solo abrir nuestras boquitas.

Yo nunca me había tragado esa parte de la mierda que nos dice que nuestras cuerdas vocales evolucionaron para poder generar un idioma. Espero que ustedes también hayan visto ahora que nuestros órganos del habla están hechos para cosas mucho más importantes, cercanos, prácticos, etc.  Saber en cada momento exactamente dónde estamos, por ejemplo. Es decir, no hacen falta caminos, no hacen falta indicadores, no hacen falta mapas,  no hacen falta brújulas y tampoco gps. No te tengo que preguntar dónde ir, simplemente escucho como suena la frecuencia del lugar al que he de ir.

Claro que ahora mismo eso… eso nos costaría muchos años de aprendizaje. Es factible, claro que sí. Lo mío es romper la maldita piel, con punzada burda y torpe, pero exitosa y liberadora. Del resto se encargan milliones.

Será divertido ir entrenando eso, de todas formas. Es mucho más fino, lógicamente. Puede ser más preciso que cualquier aparato o aparatos inventados para determinar una posición.

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Pues ahora que ya sabemos como localizar al menos nuestra posición, o escuchar a nuestra voz en vez de a la mierda de palabras que nos obligan a echar… ahora tocaría averiguar que otros órganos tenemos, y para que sirven realmente.

Digamos que podemos estar echando mierda por la boca, y a partir de ahora ver lo que subyace en ciertos sonidos o frecuencias nuestras. Quizá oír y oídos se merecen otra mirada, ejem, totalmente inesperada por el sistema.