Hubo un tiempo, aquel de la indoctrinación más completa familiar, social y escolar, en el que adoraba a los Einstein, Marconi, Da Vinci y demás figuras claramente promovidas por el sistema.

Para mi, la Tierra era un planeta en el vasto universo de universos. Para mi, la única forma de conocer a otras tierras, de explorar, residía en la exploración y viaje espacial. Puede que soñara con teleportación, telekinesis y telepatía. No faltaban en el menú diario el entusiasmo por la ciencia, la mirada embelesada ante fórmulas y entrega total a las máquinas.

¿Qué cambió todo eso?

 

 

Hoy sé que fue yo antes de nacer en esta zona de cuarentena, quien diseñó cuidadosamente cada paso que iba a dar aquí. Sé que esa época de total adulación de la modernidad y fé absoluta en las palabras de adultos formaba parte imprescindible de mi destino. Al igual que la credulidad e inocencia, llegó la disconformidad y defensa.

Sinceramente, a mi me importa un rábano si la tierra es de una forma u otra. Me importa un carajo como es todo lo que me rodea. No tiene la más mínima importancia saberlo, porque lo que me gusta es vivirlo sin tener que preguntarme a cada milisegundo mil cosas. Prefiero la inocencia, prefiero el poder confiar en quienes tienen la responsabilidad de guiarme, si esos han de existir.

Ahora bien, aquí esas preferencias mías no son aptas para vivir vidas tranquilas. Aquí cada una de las capacidades que he desarrollado o aplicado, se basan en generar defensa, ya sea para mi personalmente y/o mis seres queridos. La eficacia de esa defensa determina el espacio de relativa paz y tranquilidad, definen una burbuja invisible en la que hay oportunidad de hacer algo más que luchar por sobrevivir. Es la super-supervivencia, un formato que abre un paraguas que no para el agua, sino al enemigo del agua y todos sus seguidores idiotizados que se cuentan por billones.

Sé que esos billones me ven como a un monstruo. Uno tranquilo, uno que parece débil. Aún así, cada vez que me aprietan se rompen sus ligamentos, aka llamados liga-mienta-que-algo-queda.

Es inútil apretarme, tan inútil como intentar apretar el agua. Por eso me ven como a un monstruo.

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Esta mañana me atosigó una loca en plena calle. Mi trabajo de madrugada me expone a esos encuentros, no hay forma de evitarlos. Los gritos de desesperación llenaron toda la avenida. Los vecinos mirando por los balcones y ventanas. Observando como una desquiciada gritaba por su droga, por su abstinencia momentánea, por su y a través de un cerebro destrozado. Ganas me dió de no seguir trabajando, pero no tengo esa elección disponible. No dije nada, no la miré, y seguí montando lo que me toca montar cada día a pesar de la increíble violencia y odio profundo que salia de la boca de la mujer a pocos metros, a veces menos.

A la media hora, y después de quizá 30 gritos por minuto, se iba calmando. Me dio por imposible. Cuando finalmente enchufé la manguera y comencé a regar la parte que me toca baldear, salió escapando como perseguida por mil demonios, los mismos que viven en ella, claro. No les gusta el agua, lo detestan. No pueden entrar en el, no pueden apretarlo. Ningún grito, ni acción puede con el agua.

Sé que ella vino esa mañana a ese punto en el mundo al que nunca había llegado antes, porque buscaba deshacerse de esos demonios a través de mi. Espantó a quienes normalmente vienen a que les mantenga dentro de la burbuja invisible. El virus solar, cuando se ha extendido tanto en un ser humano o ser vivo como ella, es monstruoso en su brillo de putrefacción manifiesta a todos los niveles, pero el detalle que siempre acompaña a quienes llegan a ese punto de representar el virus por dentro y por fuera, es que apenas tienen agua en sus cuerpos secos y consumidos. No es la droga que logra eso, es el virus del sol que les quema por dentro hasta dejarles la sangre como un flujo de arenas abrasivas.

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Me hubiera encantado hacerle el encuentro más fácil. Poder dirigirme directamente a ella, quizá hablarle, quizá sonreírle, quizá establecer un contacto – por breve que fuese – físico de una mano que transmite calma. Un abrazo incluso…

… pero cuando el virus es prácticamente todo lo que queda del ser vivo, solo el más absoluto silencio es capaz de sortear todos los fuegos y quemadores. Es un silencio específico, un silencio que nunca contesta, un silencio que canturrea, un silencio que transmite agua de una forma que no voy a explicar, porque no hace falta para quienes lo conocen, y quienes no lo conocen es porque el virus les impide conocerlo.

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Yo no mato a los monstruos, porque de hecho, no existen. Si me vinieron con Einstein como un dios, no íba a matarlo como a un monstruo fantasma. A Einstein lo destrozó un tal Steinmetz, volviéndolo loco y por ende, estimulando la presencia del virus en el. Hay demonios que saben hacer eso, y lo hacen. No tienen reparos en usarlo. No dudarían en pegarle un tiro de gracia a la loca en plena calle, justificándolo con ademanes de samaritanos ahorrando sufrimiento inútil. El mismo sufrimiento que instalaron en ella, claro está.

De Einstein, a Tesla, quien lógicamente no es otra cosa que el sustituto del sistema por si las cosas se torcieran. Tesla, bien visto, sería un monstruo prácticamente insuperable en su capacidad de inflingir daño, dolor y sufrimiento. Sin Tesla, no habría el 90% de las máquinas que actualmente funcionan en esta parte plana de la tierra. Ni un solo motor sería más que vapor, presión y mecánica. Tesla es el dios de la electricidad, el supermonstruo, el demonio en persona e inventos.

A Einstein es fácil pillarle, porque era más tonto que la Belén Esteban. Dejó una herencia que más bien se puede llamar evidencia de su inutilidad y odio profundo por la vida. Desmontar sus teorías es simple.

A Tesla en cambio, es más complicado poder desmontarlo, porque dejo evidencia de genialidad nunca vista antes, superando a Da Vinci y otros cerebritos con facilidad.

Es una vez más el agua, el silencio del agua, el agua de todos los silencios que pilla al virus y lo hace correr.

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Generar electricidad requiere – si no se ha hecho anteriormente y se desconoce – que se conozca otra cosa, porque solo ese conocimiento lleva a las pruebas que finalmente generan la electricidad. Cualquier invento que trabaje con la electricidad, requiere eso también. Tesla inventó el 99% de las máquinas eléctricas, lo que indica que sabía lo que produce la electricidad realmente. Lo sabía y a pesar de ello, a pesar de saber ante que estaba, lo usó para sus fines particulares. Sin importarle lo que iba a desencadenar. Hay monstruos que no existen, pero algunos de ellos casi logran existir por la magnitud de sus actos ofensivos, criminales, egoistas y destructivos. La naturaleza no tiene enemigos, porque incluso esas abominaciones no llegan a ser monstruosas de verdad. Solamente son imitadores, y Tesla el mejor de todos.

Quienes sois nuevos en todo esto, os brillará esa pregunta en las carnes. ¿Qué sabía Tesla para poder inventar lo que inventó? Permitídme reír, novatos. Tesla lo usó, así que no voy a ser yo quien enchufe a miles de Teslas descerebrados por contaroslo.

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Tesla dijo que todo era vibración y frequencia. Sí, así se puede decir. Lo que no dijo era que si se generaba frequencia y vibración a través de las máquinas, ya fuesen mecánicas, eléctricas o de explosión o fusión… también generaba materia. Una materia putrefacta, una ciénaga de microscópica a gigantesca, dependiendo del consumo que se hacía de combustible o de las distintas fuentes de energía. Especialmente la energía eléctrica genera la peor materia posible. Una pila gastada, cansada, está llena de ese veneno, tan potente que una pequeña parte de esa pila puede matar a miles de personas si beben aguas que ha estado en contacto con ella. Quien haya abierto una pila muerta, sabe de que hablo. No hay putrefacción peor posible, porque la pila atrapó a la fuerza de la vida y la torturó de tan mala manera, que la dejó completamente sin vida. Un cuerpo muerto se descompone, su putrefacción puede ser olorosa y molesta… pero se convierte en tierra más bien temprano que tarde. Una pila… una pila NUNCA se convierte en tierra, por miles de millones de millones de años que pasen. Tesla dijo muchas cosas, pero todas ellas eran para ponerse medallas. Calló muchas más, y cada una de las cosas que ha callado es hoy una sentencia firme más para miles de millones. Una sentencia de muerte, de terror, de tortura, de sufrimiento indecible e inaudíto.

Tesla no sabía nada del silencio. No confundamos el que se callara la evidente consecuencia del uso de la electricidad con ningún tipo de silencio aguado. Tesla sustituyó la fuerza de la vida a sabiendas que era ella la que iba a ser eléctrica bajo ciertas circunstancias. Cambió silencios constantes por ruido omnipresente. Tesla tenía la cabeza como un bombo.

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La loca de esta mañana es como Tesla, pero aún le quedan mil millones de opciones de no rendirse ante el virus. Está muerta, no le quedan opciones. Caerá pronto. No vivirá una vida de lujos y reconocimiento, supuestas persecucciones y una era post mortem de vanagloriada. Ella no, porque lucha contra el virus a cada paso, y se muestra tal como es para que nadie se le acerque demasiado.

Tesla nunca luchó contra el virus. Lo abrazó y cambió su destino por el destino del virus. Dicen que los tratos con el demonio se firman con sangre, y es bien cierto. Tesla firmó con toda su sangre, entregándosela toda al virus.

La loca de esta mañana solo firmó un pequeño documento y luego todo el resto de su vida ha sido un escapar del cobrador del frac y cuernos.

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Yo no soy protector de nadie, ni de mi/s mismo/s, pero aguo a todos que quieran seguir siendo quienes son. Integro a cualquiera en mi burbuja de super-supervivencia, si lucha contra el virus por activa o pasiva. Me da igual si es a distancia, es cercano, o si es supercercano. Poco me importa la hora que sea, el lugar, su forma, o el color del cielo y piel en general.

Si para aguar he de desmontar a Tesla, lo hago como quien desmonta un castillo de naipes. En vez de aire, agua… eso sí.

Puede que el título de esta entrada te pareciera extraño, incongruente.

Ahora, bien bañado, ya no tanto.

Bsts.

Miguel