Puede que el mundo se esté repitiendo conmigo de una forma demasiado obvia últimamente. Me gustaría decir que los golpes que reparte, las fórmulas que aplica, la pseudo-ciencia que predica y en general todo que ofrece… se repite una y otra vez.

He conocido a personas que se mueven en este ambiente ridículo como pez en el agua. Sus maneras detestables ni siquiera logran cundir en alguna novedad en su comportamiento. Repiten las mismas acciones, una y otra vez. No paran de chupar el alma de quienes puedan.

Es una masa uniforme de imbéciles, quienes en vez de poner a disposición de todos, se alimentan de todos. Se destruyen entre sí. El egoísmo lo tienen arraigado hasta la médula, y de hecho es lo único que les mueve.

El problema es que esta peña ni siquiera se cosca de la parafina que les hace resbalar constantemente. Creen que van en una dirección, pero lo único que marcan con sus pasos es la efímera impronta en medio de un barrizal, dónde billones salpican unos a otros, chocándose o directamente aplastándose sin ton, pero con mucho son.

Ese problema no lo pueden, ni podrán solucionar. Requiere que se paren para mirar a su alrededor, a ser conscientes o hacerse conscientes que existe muchísimo más que ellos, ese yo que creen que son (son, son, y son). No lo harán, porque eso les haría perder todo lo que no han conseguido. Si, lo habéis leído bien. Lo que NO han conseguido, ya que todo lo que consiguen no les vale para nada.

En medio de eso aparece el cordón umbilical del fátuo dilema del prisionero. Ellos se agarran los huevos u ovarios para seguir alucinando en medio del caos que han creado, básicamente porque no se fian de absolutamente nadie más que de ellos mismos. Jamás optarán por callar, por distribuir equitativamente la carga entre ambos reduciéndola al mínimo, ese daño mínimo al interés general.

Místicos y gurús tendrían que haberlo visto antes, pero mucho me temo que se les fueron los huevos también hasta la garganta al darse cuenta cuan primitivos resultarían y resultarán al darle forma en voz alta. Las gemas existen, y por muchas maldiciones que han logrado soltar sobre ellas, las puñeteras gemas existen y existirán, mientras que ellos acabarán renaciendo de polvo y barro, o de polvos en el barro, que quizá describe la situación con algo más de entereza.

Las gemas existen. Vibran en frecuencias. Esas últimas no se propagan para cambiar nada, aunque es obvio que introducen cambios. Lo que los gurús no se atreven a decir, es que ningún cambio tiene la más mínima importancia, y que ninguna frecuencia de ninguna gema está destinada a ninguno de esos idiotas. Da igual si se las cuelgan, si las manosean, si las atesoran, escondan o pulen. Ya, … sé que los hay que se las comen, pero ni en forma de supositorio harían efecto en quienes no existen.  Las gemas existen, pero no están para esa masa.

Tu sabes si eres una gema, o si eres un puerco más revolcándote en el dolor ajeno que provocaste al no parar a tiempo. Es muy fácil de saber. La mayoría de quienes leen estas líneas en los próximos meses, lo son. Gemas que tienen un brillo especial, cada uno el suyo, cada una en la frecuencia única y genuina. Algunas están en manos de violadores, algunas en manos de feroces y perversos subhominios juerguistas, algunas esclavizadas, algunas perseguidas, algunas bajo martilleo constante… pero están. Existen. Por mucho que se intente hacer ver que no, por mucho que se les niegue la existencia. Existen, son gemas, y son y serán lo único que existe. Lo demás y los demás, simple y llanamente… no.

Ahora bien. Cuando una gema se despierta y se da cuenta de que es gema, cambia la frecuencia que emite. Ya no es pulsatoria de valles y picos. Creo que lo describí muy bien en esa novelita tan entretenida de la loca de la Sainz Mahinder. Ese momento de brutal confusión en la que se convierte en lo que se convierte al principio de la novela. No quiero decirlo más claramente, por si alguien se decide a leerla. Julia cambió de frecuencia, y eso la cambió a ella, y ese cambio de frecuencia afectó su alrededor hasta llegar a los últimos confines de ese mundo band’aker.

Eso es lo que ocurre cuando una gema se deshace del rol que le han asignado, impuesto y/o indoctrinado. Nunca son buenas noticias para los idiotas, pero pronto el egoísmo les cabalga sentado en sus nucas, mientras que ellos cabalgan sobre el caballo llamado miedo. Serían capaces de adorar a lo que sea, con tal de que alguna vez puedan CAMBIAR y dejar de no ser absolutamente nada. Adoraron a Julia, y te adorarán a ti, querida lectora o lector con la misma o más intensidad, si con ello creen poder captar algo de tu brillo.

Ahí está el dilema del prisionero. Cree en la luz que le ciega, en el sol que le quema, en los vientos que le desgarran y en la energía que le consume. Cuando ve una rama apuntando al sol, no ve que esa es la posición que menos sol permite al sol. Cuando ve un árbol moverse en el viento, no ve que esa es la forma de evitarlo. Cuando observa un rayo solo ve la línea que traza, pero nunca la vida que consumió, y cuando busca el brillo, se queda idiotizado e impedido para vivir en su propia luz.

Y no puedes hacer nada para evitarlo, querida gema. Tu brillo es tan tenue, que jamás cegaría a nadie, pero tu cambio al despertarte es como la fuerza de mil relámpagos unidos en una única explosión.

No te agobies más, querida gema. El camino de Julia dejará atrás a los demás caminos. Te llevarás a quienes tienen su propia luz, te llevarán a ti. Las gemas tienen un destino común, uno que comparten, uno al que aportan, uno del que nunca les falta.

Las gemas existen. Lo demás, no.

🙂