Me acuerdo perfectamente del momento en el que me explicaron que había cosas llamadas átomos, y que alrededor de ellos orbitaban electrones. Si la cosa de los átomos era fuerte, lo de los electrones causaba una explosión de negación total en mi cerebro. Puedo recordar como entrecerré los ojos, centrando mi mirada en la cara del profesor. Todo yo era desconfianza absoluta, estado al que llegué desde la entrega más absoluta. El cambio fue tan abrupto, que mi generador de frío polar interno se disparó, pensando seguramente que estábamos en gran peligro.

No hay fotografía de ningún átomo, no hay forma de probar que existen, pero allí está la teoría, tan teórica que es simple y llana retórica. Así que, he decidido darme cuenta que no paran de meterme la idea de estúpidas órbitas en la cabeza, vaya dónde vaya. De ese punto de darme cuenta de la propaganda política del átomo, he decidido pasar a negar su existencia. No hay átomos, no hay electrones. No hay nada que orbite alrededor de absolutamente nada.

Hay niños de vecinos gritando ahora mismo. Están totalmente desfasados. Los padres enseñándoles que canten “cumpleaños feliz”, y cuando termina la canción Disney, griten “¡Ehhhhhhhhiiiiiiii!”, junten las manos y aplauden, mientras que el niño que cumple años, apague con soplidos las velas en la tarta. Más gritos, repetición de la canción (alguna vela no quiso apagarse), menos gritos, menos aplausos. Tercera repetición, la canción se canta en dos cumpleaños feliz, se oyen las voces de los padres cantando y luego aplauden… menos voces, cuarta repetición, …

Es decir, que lo de los átomos es lo mismo. No hay cumpleaños. Al no haber átomos, no puede haber cumpleaños. Sin Sodoma, no hay Gomorra. Quítale al mundo sus fiestas que celebren como se acerca el fin de la vida, y la vida no terminará.

No. No hay forma de fotografiar como se cumple un año. Lo que hay son fotografías que muestran como las personas se creyeron el cuento de envejecer. La mente no tiene idea lo que quiere decir envejecer, ni siquiera la primera fiesta de cumpleaños, ni la segunda, ni la tercera, ni la cuarta… cambian eso. Pero entonces llega la quinta, o la sexta, o la séptima y finalmente la mente admite que nos hacemos más grandes. Lo admite, para que la dejen en paz. Admite haber cometido cualquier crimen, con tal de que no le recuerden que pronto, muy pronto, estará MUERTA. Así funciona la tortura. O cantas lo que queremos que cantes, o te matamos.

Cuando alguien me pregunta sobre mi edad biológica en años, le suelo responder con “159”, “892”, o cualquier número de tres a cuatro cifras que me llegue a la mente en ese momento. Lo digo totalmente en serio, porque me dan igual los años. Eso le confiere a mi respuesta una sinceridad que ningún añero puede esquivar. Todos, absolutamente todos preguntan después de 4 segundos de intentar aguantar mi mirada aquello de “¿en serio?”.

En ese “¿en serio?” están todos sus deseos de que sea cierto lo que digo. Lo perciben. Se dan cuenta que yo no cuento dentro del cuento, que no formo parte.

A la mierda con los átomos. Yo no doy más vueltas.

🙂 bsts

(Niños de la fiesta de cumpleaños ya no gritan. Están asustados. Silencio total. Lo típico 19 minutos después de hacerles saber que van a morir. Aún no he visto a ningún prisionero mantener la risa después de celebrar su propia sentencia.)