Las tropas han tomado las posiciones indicadas. La artillería está lista para disparar, confirmadas y reconfirmadas las coordenadas. La aviación ha iniciado la aproximación final al objetivo.  Vehículos pesados de todo tipo aguardan bajo el camuflaje la orden de ataque. Los tres centros de mando tienen a sus tres comandantes esperando para dar luz verde y hacer que decenas de miles de proyectiles caigan sobre el enemigo.

Contra toda recomendación, el general de más rango se aproxima en un vehículo ligero al enclave enemigo. A medio camino, una figura solitaria sobre un vehículo a dos ruedas pedalea con cierta dificultad hacía el general y su conductor. Se para al llegar a la altura de la puerta del general, ladea la bicicleta y se quita las gafas de sol para poder mirar dentro del vehículo. El general le hace un saludo con dos dedos en la visera de su gorra militar, y el hombre de la bici asiente con un movimiento de cabeza.

“No sé que decirle, general. Yo algo así nunca lo había visto, ni sentido. Si yo fuera usted, daría media vuelta y me llevaría a todos los hombres y máquinas lo más lejos posible. Dirá que no tengo nada que me respalde, y que son 358.933 contra uno, pero eso es lo que hay. Váyase ahora. Ahora que aún pueden.”

El general registra las palabras, cuyo contenido es simple de asimilar. En otras circunstancias, se habría encargado personalmente de detener al individuo. Ni siquiera habría hecho falta el uso de armas o similares. Reducir a ese ciclista vestido de blanco, o de azul, ..¿o era de púrpura con un toque de chocolate…?…

“Sí, ya sé que tiene dificultades de verme como soy. No le haga caso a eso, general. Al igual que lo otro, no tengo para controlarlo, aunque los colorines serán y son lo último de que preocuparnos ahora.”

El general asiente con un ligero temblor de su mano izquierda, y la deja posada sobre su rodilla para calmarse. Es la increíble calma que sale del hombre solitario, que hace que cada letra esté impregnada de inminente como devastadora consecuencia. ¡Pero sí es un solo hombre, y va con bicicleta… y no está armado, y …!

Nada de eso le calma, sino todo lo contrario. Al general le comienza a faltar el aire, y el pecho se le oprime de mala manera.

“Váyase, general. Nunca en mi vida he sentido un cabreo como este. Me parece poca Tierra para tanto cabreo. No sé de que va, ni comprendo como puede haber aparecido ahí dentro.” – y se toca con un dedo el pecho, de repente visible porque la camisa se ha vuelto parcialmente transparente.

El general da orden al conductor para dar la vuelta. Llegado al campamento da la misma orden, pero algo más completa para asegurar una retirada lo más rápida posible. Dos de sus generales intentan sublevarse, pero desisten de sus intenciones al ver la mirada del general. Tres horas más tarde, toda la región ha quedado sin presencia militar. Ni siquiera quedan drones. 1.200 kilómetros cuadrados … y en un hipotético centro una persona solitaria, pedaleando con cierta dificultad hacía un hipotético centro imposible.

En ese camino, recoge a unas cuantas plantas y animales. Hoy, así lo ha sabido, le serán concedidos todos los deseos, todo lo que se merece por su paciencia está llegando, es el fin de estar sin nada… pero el cabreo que ha nacido al mismo tiempo en el le hace ir muy despacio, no fuese que se despertara lo que estaba tan dormido que no parecía existir.

No es odio, no es disgusto, no es nada que pueda conocer. No tiene objetivo, ni excluye a nada.

El hombre llega a la casa, abre la puerta y mete la bici dentro. Un último vistazo a los cielos y cierra la puerta.

-¿Cómo puedo estar cabreado… ahora que todo esté a mi favor?-, piensa mientras se encamina hacía la cocina.