La meditación tiene como fin básico eliminar todo tipo de atención al pensamiento. El pensamiento es una forma de interpretar lo que percibimos. Lo que percibimos no tiene nada que ver con lo que hay. Para no dejarnos engañar más, entramos en meditación.

De la meditación surgen experiencias distintas. Si son descriptibles, la meditación ha llegado a un cierto lo que sea y ha vuelto al pensamiento.

Ayer miré al cielo mientras andaba, y ví que no se portaba como debiera. Intenté comprenderlo, pero no hubo pensamiento capaz de sobreponerse. Sigue ese cielo haciendo lo mismo hoy, pero no soy capaz de explicarlo. No seré capaz de explicarlo jamás, y esa es señal de que esa parte de mi sigue en la meditación. No hay quien o que saque esa parte de mi de la meditación. Llamo a esa meditación la meditación irrevocable, por ejemplo. Mi pensamiento no puede seguirle.

Este mundo es dual, es binario, es nada más que un engaño prefabricado para facilitar el dominio sobre los seres que habitan en el. Quienes instalaron los prefabricados se alimentan de la dicha y del terror. Son lo mismo, sean blancos o negros, buenos o malos, feos o guapos, inteligentes o estúpidos, positivos o negativos. No se diferencian en absolutamente nada, ni nadie es diferente a nadie por muchas diferencias o similitudes que pueda tener o no.

Un tocadiscos. El brazo del tocadiscos toca el disco. Giramos el disco en una dirección, y lo que percibimos son sonidos de una pieza musical. Paramos el disco y lo giramos en dirección contraria, y es la misma pieza musical, son los mismos sonidos. Nada cambia, solo la forma de interpretarlo. Fácil de comprender, simplón a más no poder.

La meditación primero ralentiza el movimiento en una dirección. Luego casi para el movimiento. Luego viene un tiempo en que nada parece moverse, simplemente parece vibrar. El brazo del tocadiscos está encima del disco, temblando ligeramente, reproduciendo la misma pieza a micropasos en una y otra dirección, pero sin avanzar más que una milésima de milímetro. Esa es la fase en la que nos llegan sensaciones raras de la pieza. Es cuando vemos que parece haber algo más, pero no lo vemos.

Se produce entonces algo que no se produce. El brazo del tocadiscos no se levanta del disco, pero parece que no está en el. La pieza ya no suena, pero no para de sonar en ambas direcciones a la vez. Normalmente, quien esté meditando, sale en ese momento de la meditación, sobresaltado. El pensamiento le ha vuelto a atrapar.

Después de varios intentos que no se producen, la meditación lleva a la meditación irrevocable. No lo hace por completo. Una parte primero. Luego otra. Nos desmontamos para volvernos irrevocables, átomo por átomo. Siendo irrevocables, no hay forma de describir lo que vemos parcialmente con los pensamientos o sentidos. Sabemos que ya no es lo mismo, sabemos que lo mismo está ahí como siempre, sabemos que hay mucho o nada más, sabemos… pero no hay forma posible que encaje con eso. Las formas pertenecen al mundo binario, y en el se quedarán para siempre.

El intelecto puede comprender que no hay tacto. Nunca jamás ningún átomo ha tocado a otro. El tacto es una simulación, un engaño.

El intelecto puede comprender que no hay luz. Nunca jamás se ha visto ningún fotón, ni se verá. La luz no existe, nadie puede probar su existencia, ni podrá.

El intelecto puede comprender que no hay más que dos dimensiones. Puede comprender que no hay sol, que ni siquiera hay aire. Puede eliminar por completo la materia, y todo lo que no sea materia. Es fácil, simplemente hay que seguir con la mente los hilos hasta su fuente. Todo eso lo puede hacer la mente, tan solo para volver a encontrarse dónde salió. O casí, porque al igual que en el tocadiscos, los surcos van en paralelo-espiral. Siempre se vuelve a pasar por las mismas sensaciones, aunque quien pasa es algo distinto en su siguiente vuelta.

La meditación irrevocable no tiene descripción en cambio, porque la mente no puede seguirla. La mente puede intentar pensar que la meditación irrevocable es haber alcanzado otra dimensión, pero ese pensamiento no es más que una vuelta sobre lo mismo.

La meditación irrevocable no elimina la mente, ni la crea. No le sustrae nada, ni alimenta a la mente. No es paralela a la mente, ni es cruce con la mente. La meditación irrevocable es indescriptible.

Veamos aquí un ejemplo de quienes son duales. Los demonios, por ejemplo. Son capaces de manipular materia, actuar sobre los campos electromagnéticos y eléctricos, etc. Los magos de calle, los street magicians son un ejemplo de eso. Aún así, cualquier manifestación no es más que una manifestación dentro de un mundo dual. Los demonios certifican con ello que no acceden, ni accederán jamás a la meditación irrevocable.  Los santos, son otro ejemplo. Todos sus milagros no son más que cambios efectuados sobre la materia o campos electromagnéticos. Son iguales a los demonios en su actuar, simplemente escuchamos sus obras en la dirección contraria. Santos y demonios son lo mismo, tocan la misma canción, son dos mundos que en realidad es una misma pieza musical. Ningún santo ha accedido jamás a la meditación irrevocable, ni lo hará jamás. Son lo que son. Manipuladores de la dirección, velocidad, frecuencia e intensidad de los campos electromagnéticos. Todo pensamiento es reflejo de esas manipulaciones.

Hasta el pensamiento se tiene que rendir ante esas evidencias. Ningún demonio jamás ha conseguido que el infierno sea completo, único, irrevocable. Ningún santo jamás ha conseguido que el paraíso sea completo, único e irrevocable tampoco.  El mundo dual es así, un acierto, un fracaso. Todo lo que pueda surgir del mismo se quedará en el mismo, y ese mismo no cambiará nunca, por muchos cambios que quiera presentar, certificar, analizar, ubicar, explicar, demostrar, instalar, etc.

No habrá milagros por mi parte, ni decepciones o fracasos. Eso es lo que demonios y santos, santos y demonios harán de lo que observen, presencien, certifiquen, analicen, ubiquen, expliquen, demuestren o instalen de mi.

Este texto está dedicado a ellos, tanto si están fuera de mi, como dentro de mi.