… sin levantar la vista del documento que está leyendo. Sigo ahí de pie, ahora sin los dos fornidos soldados detrás.  Su mesa de trabajo no está en el centro alejado, está contra la pared a la izquierda. Es como si todos los días le visitaran del futuro, contándole lo mismo. Golpeado por la comprensión, le pregunto si no soy el primero, pero el mantiene su silencio como si no hubiese pregunta siquiera.

Qué diferente se le ve en persona, aunque admito al mismo tiempo de pensarlo que no es lo que se ve, sino lo que se siente. El ocupa toda la habitación con su presencia. No precisa de mesa central, ni de luz detrás suya para simular presencia. Llenaría un estadio desde cualquier asiento.

Me caen las partes falsas de esas imágenes grabadas antes de verle en persona. Caen como baldosas en un terremoto, pero en silencio, sin movimiento de golpe previo. Caen y caen, porque para ellas no hay suelo que las pueda salvar, ni fondo que las pueda reciclar.

Y comprendo. Lo saben. Saben que van a perder esa guerra, porque eso forma parte del plan. Al igual que todo lo demás, incluyendo atacarse desde disfraces a posteriori, para hacer aún más dantesca como ininteligible cualquier revisión posible.

Me doy la vuelta. Sé que me dejará ir libremente. No tengo nada que contarle, nada que no sepa el mejor que yo.

Es cuando ya me estoy subiendo a mi renqueante máquina del tiempo, el segundo prototipo del descompositor neuronal, cuando reparo en que alguien me endorsó un papel en uno de mis bolsillos de la chaqueta. Es una carta, escrita tres días antes de mi llegada.

 

“Estimado amigo:

Imagínate que puedes ser todas las personas en una sola vida. Desde todos los ángulos, desde todas las perspectivas. Billones de vidas, y no una tras otra, sino todas a la vez.

Imagínatelo ahora. Métete hondo en esa percepción y sensaciones.

 

Paré el calentamiento de los servomotores. No quise irme de ese tiempo ni lugar sin haber antes terminado de leer la misiva, cuyas palabras simples y llanas en perfecto castellano me secuestraron desde que formaran la primera línea.

 

Ahora observa a todas esas sensaciones. Enseguida comprenderás que son las mismas, y que lo único que varía es el entorno, el cuerpo o la situación. No puede haber novedad en ningún lugar cuyas sensaciones sean las mismas. Ninguna sociedad puede superar sus limitaciones, si depende de las mismas sensaciones. Nada satisfará a absolutamente nadie con una limitación de ese tipo. Nunca nada será suficiente, pero seguirá habiendo un intento tras otro. Un infierno, estimado amigo, un infierno.

 

No sabía hacia dónde me llevaría ese surcar de mares en vez de leer. Poco me importaba, y era febril mi mirada en busca de la siguiente letra. No podía parar de seguir.

 

No hay gobierno posible para una configuración así. Sólo un entrenamiento desde muy pequeño en saber ignorar las sensaciones conduciría a una sociedad capaz de autogestionarse, y fuera de la autogestión no hay formato de gobierno posible, porque acabaría siempre comido por la voracidad insaciable de quienes viven bajo el yugo de ir en busca de nuevas sensaciones. Pero nadie osa soñar siquiera con esa sociedad utópica, porque un breve vistazo a su alrededor le devuelve a la base miserable que tiene para realizar esa idea.

La dispersión del ser humano es la clave, porque es portador de trozos de la mente universal. La unión del ser humano, un grave error. El humano tiene que dispersarse muchísimo más, tanto que pierda el contacto con otros, grupos enteros que se pierdan, con los que no se puede establecer más comunicación. Para eso hará falta una Madre Tierra gigantesca, épica y prácticamente infinita. Se dispersará así y a cada paso que dé lejos de la prisión, volverá a tener todas las sensaciones posibles, que son infinitas e individuales fuera de los límites carcelarios.

Nosotros romperemos los límites de la cárcel. Lo llevamos haciendo algunos años por ahora. Lo haremos después de perder. Lo haremos cuando tu nazcas, y cuando llegues a verme aquí.

Si, la perderemos. Será un desastre humanitario, un punto imposible de evitar en nuestra historia moderna. Nunca más podrá haber semejante carnicería, ni nunca más habrá.

Se entenderán todas las guerras en cuanto cualquier humano pueda pasar el umbral de esta cárcel. Se comprenderán las victimas como mártires, que sufrieron y murieron para asegurar que llegara el día de salir de la prisión.

Feliz Año, amigo visitante. El mío será el de perder, de simular mi suicidio y de sumarme a los esfuerzos en la frontera de todas las fronteras. El tuyo, el de ver nuestra obra concluída, de sumarte a ella y de asegurar su continuidad.

2016.

Nuestro año. El tuyo, el nuestro. El fin de poder contar en años y el inicio de contar sin prisas.

Afectuoso.

 

La firma es de el. Casí puedo ver su mano delgada y huesuda firmarla con esa firmeza que brota de sus palabras escritas. El tacto de mi dedo índice sobre la tinta me causa escalofríos. Sensaciones distintas a las que había conocido o soñado. desprendían ya parte de esa libertad.

Activé el descompositor neuronal con un último vistazo a la villa en medio de ese precioso jardín.

2016. Nuestro año.