Para que negarlo. Según los científicos antropólogos llevamos millones de años evolucionando, y también según ellos, unos 50.000 como mínimo en plan “aceptables”, es decir con taparabos, sin pelaje y esas cosas que se reservan en su definición para hominidos que prefieren seguir torturando en jaulas.

Para que engañarnos. Incluso si tan solo fuesen esos cincuenta mil años hay aspectos que se definen como un tanto curiosas. Hemos tardado ese tiempo en más o menos aprender a no defecar en cualquier sitio. Hemos tardado como mínimo ese tiempo para poder mandarnos mensajes sin tener que recorrer miles de kilómetros físicamente, y no sigo por no aburrirnos con lo que nos rodea.

Ese es el reto. Mirád a vuestro alrededor y en vez de pensar en ayer o anteayer con dificultad, simplemente comenzad a mirar todo como si tuviera 50.000 años. Asín de claro, como dicen en mi zona. ¿El palillo de diente no entra? Pues… teniendo en cuenta que tardamos 50.000 años para inventar las latas, y luego otros 59 más hasta que a alguien se le ocurrió inventar el abrelatas… el palillo de dientes puede muy bien haberse inventado en el año 1 de la supuesta evolución. Poco importa, pero mucho pesan esos cincuenta mil años.

Uno se pregunta como es posible, y llega a la conclusión de que no hay evolución, sino un constante enmascarar de la no-evolución. Claro, y no nos dejemos tomar por tontos: es la deformidad provocada por excesos la que triunfa en esta sociedad, porque es lo único que los maltrechos actores de tercera pueden ofrecer como evolución. Las modas no son nada más que eso. Poder mostrar y demostrar que hay evolución, cuando lo único que evoluciona es probablemente … nada.

Aquí no ha habido ni un solo minuto de todos esos 50 mil años en el que no haya habido asesinatos. No han mejorado para nada. Tan contra natura desde el primer minuto hasta el último. Son números respetables, esos que salen cuando se multiplica a 50 mil por 365 por 24 y finalmente por 60. Es una hilera de números acojonante.

Para que mirar más hacia otro lado. De frente y con la sagacidad de quien se sabe arrinconado por un pasado que le está condenando para todo futuro. Nada de nada de evolución. Cero patatero. Seguimos abriéndonos en canal. 14 veces desde que empecé a escribir esta entrada.

Pues yo he decidido vivir en un lugar que no haya conocido el asesinato en billones de años. En el que la Tierra es la Tierra, pero sin palillos de dientes, porque no me hacen falta, porque no voy a comer el prójimo. En el que mi cuerpo no es mi cuerpo, sino que somos uno entre todas las células.  En un lugar en el que a la evolución no se le pusieron grilletes ni máscara de sadomasomasón, subyugándose a si mismo por ausencia de espejo en el que medirse, sodomizando a absolutamente toda la vida posible, por imposibilidad de generar un proyecto distinto al de la eterna repetición.

No hemos hecho nada en cincuenta mil años, y no vamos a hacer nada en los próximos. Nos vemos como humanos, dando grandes lecciones a nosotros mismos con nuestros logros, sin darnos cuenta que eso es producirse ante solamente nosotros. La humanidad ni siquiera es consciente de que todo lo que hace es un teatro para no tener que enfrentarse a la desnudez maloliente de aguas estancadas desde siempre.

Pues no. Yo ya no. En mi no ha despertado esa visión una depresión de caballo, sino la clara definición de no seguir formando parte de esa estúpidez. Vivo muy bien a sabiendas que esto no va hacía ningún lado.

Si. El ser humano se considera el centro del universo. Es normal, porque en los centros toda rotación es prácticamente nula. Nada se mueve. El ojo del huracán, con su sospechosa ausencia de sonidos.

Y eso es lo que le pasa al que no evoluciona. Que no reconoce para nada lo que significa el silencio evolutivo.

Vamos, no tiene ni …. idea.