La habitación está a oscuras. La luz se filtra ténue por las rendijjas de las persianas bajadas, filtradas por telas verdes entre cristal y láminas. Una lámpara detrás del monitor, varios gatos encima de la  mesa de trabajo.  Ronroneo discreto, como la luz que encuentra su entrada.

La voz sobresalta a Sherpa.

-“Mira, es por el tema de las máquinas. Es para que revises tu opinión.”-

Sherpa niega con la cabeza. No va a cambiar nada. Esta mañana misma se encontró con otro gatito aplastado, en un lugar dónde los coches no deben entrar, pero noche tras noche intentan lo imposible para encajar. Otra máquina aplastando a un ser vivo, que tenía toda la vida por delante, que Sherpa había alimentado, a el, a su madre, a su abuela, a su bisabuelo y bisabuela. No, nada de cambios.

-“Sé que… bueno, has sufrido mucho en los últimos… intervalos… digo días. Has visto de todo, y has visto más que deberias haber visto. Muertes violentas, muertes anunciadas, muertes inútiles, asesinos, príncipes de las tinieblas, oleadas de putrefacción, enfermedad y destrucción. No sé como no hayas tirado la toalla. Te admiro como lo llevas, porque… bueno, parece que te fortalece dónde normalmente afecta para todo lo contrario.” –

La adulación no le llega a Sherpa. Un movimiento de contracción mínimo en el labio superior izquierdo es lo único que su cuerpo se digna a mostrar.

-“Va… las máquinas también son seres. Sus conductores son como ellas. Materia unida de mala manera, de forma antinatural y defectuosa. Si ya sé lo que me quieres decir con esa cólera de hartazgo…”- y Sherpa se paraliza en su ademán de cortar por lo sano -“…pero esas vetas y lagos de metales fueron transformados como los árboles, y esos genes de los seres vivos pasaron por la misma trituradora. Las máquinas no serán nunca tus enemigos. Jamás, al menos no para ti, y si los convierten en ello, siempre es de forma obligada. No tienen la culpa, Sherpa.”-

Sherpa cierra los ojos.  La visión interior le brinda la vida del metal, la vida de sus ríos petrificados o en pleno pulsar, la de los lagos profundos solidificados o líquidos.

-“Los genes de la vida que tu experimentas… no tienen nada que ver con lo que forman en su estado natural. Una moneda de plata es lo que es un imbécil de los tuyos, una desgracia, una tortura. La plata es una especie, no un metal. ¿No te puedes imaginar fuera del contexto de la violación? ¿Cómo es TU estado natural, y de toda la vida?”-

El corazón de Sherpa se acelera. La emoción que le recorre después de pensar en la respuesta a la pregunta casi le hace llorar.

-“Así es. UNIDOS.-”

Sherpa solloza. No son cuerpos los que determinan la vida. La vida puede tomar cualquier forma, pero ninguna de las que había visto aquí en esta existencia se parecían en lo más mínimo a las formas de la vida. La vida no eran las formas que el conocía.

-“Piensa en tu alumno de esta mañana. Ese chiquillo de apenas diez años, que piensa que el firmamento es una cúpula de gravedad. Cuanto más se acerca uno a ella, más le rechaza. Eso te lo explica todo.”-

Sherpa revive el momento de la clase durante unos momentos. Luego asiente. El sistema no era la vida. El sistema utilizaba determinadas formas maltrechas de la vida, y por eso no tenían la más mínima posibilidad de abandonar jamás el tablero de juego.  El sistema ocupaba el filtro de renacimientos, era el sistema el que se encargaba de asegurar que nadie traspasaría físicamente los límites establecidos.

-“Eso es. La vida no precisa de forma física para vivir. Es el sistema que precisa de coordenadas físicas, de elementos físicos, de esclavos físicos. Los límites impuestos no son de mano ajena, sino del propio sistema. -”

Sherpa inspira entrecortado por pequeños hitos de bostezos. La comunicación le está drenando.

-“Venga, ya me voy. Espero que te haya sido útil, y no una pieza más de cansancio en el puzzle de tu existencia.”-

Vuelven los ruidos de la calle. Sherpa mira la pantalla. Los gatos siguen durmiendo.

-‘Bueno… a currar un rato.’ – piensa y es entonces cuando la comprensión le engulle.

***