Sherpa observa a la gatita, de no más de tres meses. Delgada, luchadora, algo debilitada. En celo. Ya su madre no había tenido más de seis meses, cuando la parió y la dejó abandonada. Sin poder dar leche, no podía hacer otra cosa. Madre e hija, hijas de Sherpa. Una en el callejón, la otra en casa. Jovencísimas.

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Seis celos al año. Dos más que de lo habitual alto en gatas. Sherpa puede sentir esas oleadas, que afectan a todos, aunque no todos sienten todas las oleadas. El que más, el humano. Incapaz de resistirse lo más mínimo a ellas, convirtiendo la cópula en entretenimiento diario. Hasta 4400 oleadas diarias. Incluso con seis al año, las gatas viven tranquilas, aunque esos dos celos demás convierten sus vidas en las de paridoras constantes. Las más jóvenes, si sobreviven los partos complicados, pidiendo a los Sherpas que se hagan cargo. Las que pueden, dando leche prácticamente sin parar.

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Se acelera la destrucción del habitat, al igual que se disparan las cuotas de nacimientos. Ese es el sino del sistema. Esta cárcel desaparecerá, si no se mantiene un cierto número de seres vivos en el. Qué ironía, porque a cada nacimiento forzado, mayor presión generada sobre el conjunto.

La cárcel hizo desaparecer la unión, la paz y la coexistencia funcional, sustituyéndo esos valores naturales por la competición, la guerra y la aniquilación interespecies. Por mucho que ahora haga nacer, sólo hará nacer lo peor, y ese peor será a cada nacimiento aún peor. La calidad humana o animal, bateriológica y vegetal se encuentra a mínimos, amén de que el sistema no funciona, pero tampoco tiene botón propio de paro. Se requiere inteligencia masiva, solidaridad a todos los niveles, pero lo único que escupen los vientres, semillas, huevos y células consiste en quienes están muy por debajo de esa exigencia.

Lógico. El mandar requirió el atontar. La fiesta milenaria de la destrucción no requirió ni inteligencia, ni imaginación, ni creatividad. Se instaló masivamente el esclavo, y luego el esclavo perfecto en forma de máquinas. Comerse unos a otros es el camino más fácil. Lástima también, dicho de forma irónica. Lástima que se es lo que se come. Entre histrónico y propio de Groucho Marx, que se renace al nivel último, y con todo el estómago aún lleno de la vida anterior.

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Sherpa observa la semana pasada. Ha visto lo peor y lo mejor del humano, del animal, de la planta, del micróbio. Ha visto seres extraños moviéndose entre humanos. Seres feos, tremendamente repelentes en su estelar y brillante belleza, en su máscara exagerada, propia de dioses o tribus de héroes manga. Ha tenido que tomar decenas de decisiones complicadas a cada hora. Ha estado en peligro tantas veces, que se le olvidan los episodios a la hora de revisarlos. Casi muere dos veces, aunque la tercera ya le parece algo superable. Sabe que no brilla, sabe que no llama la atención, sabe que su invisibilidad ha llegado a ser, y ha dejado de servir. Aún así, cada paso es un ejercicio exigente.

-‘ Todo se acelera, absolutamente todo.’-, piensa cuando detecta una conclusión en medio de las imágenes. Habla de metal encarcelada en máquinas, en la vida del metal truncada, y de tantos otros materiales. Se ríe, desechando el intento con un movimiento ágil desde su existencia invisible. Una máquina no era más que el renacimiento más mediocre posible de entre materia. No eran las aspas del molino las que aportaban más energía, sino las ramas del árbol antes de su destrucción. Ningún molino, por muy avanzado fuese la tecnología empleada, llegaría a integrarse como sí lo hizo ese árbol. Ningún hijo del sistema se podía medir ni de lejos con la generación anterior. No se trataba de las apariencias, sino de lo que no se veía, porque se tapaba con las apariencias chillonas desfasadas y falsas.

-‘Todo se acelera’-, vuelve a hacer sonar dentro de el, mientras relaciona el aumento de luz con los aumentos parafernálicos de la propaganda y publicidad. Nada se escapaba de esa aceleración estando visible.

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La sociedad futura es la de los Band’akers. Aunque una fase de sombrasbaul es prácticamente inevitable no sería tan drástica como la había soñado Sherpa, en tantas noches intranquilas. Asintió al verlo delante de sus ojos internos. Que el, ahora, podía ver claramente a los seres extraños moverse entre humanos, significaba que estos habían perdido parte de su camuflaje. Sin darse cuenta, se estaban haciendo visibles. Eso indicaba que su fin estaba próximo, porque acabarían absorbidos por su propio invento. Era bien posible que ya lo estaban siendo, y que al poder verlos tan claramente simplemente mostraba las primeras generaciones de seres extraños y vampirescos, mucho más mediocres que su anterior existencia. Sí, eso era. Los príncipes de las tinieblas también comían de lo que sembraban. Finalmente les había afectado tanta porquería.

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El príncipe se carcajea histéricamente en medio del supermercado. Sus cabellos plateados voltean alrededor suyo, mientras gira la cabeza de un lado para otro, incapaz de resistirse a tomar bocado de todas las energías que le llegan. La madre sonríe, la hermana le observa con adulación. Es un momento orgiástico, y los tres mantienen a duras penas sus ganas desbocadas de violarse entre ellos y a todos los humanos que están haciendo la compra en ese momento.

Las risas del príncipe vienen empujadas por esa idea de los consumidores, cuando eran los consumidos. Madre e hija le empujan lejos del puesto de las frutas, y no porque podían estar llamando la atención. Ellas ni pensaban en esa posibilidad. Los príncipes de las tinieblas eran invisibles, al igual que sus madres y hermanas. No. Lo empujaban en un juego de recorrer todos los pasillos del supermercado, provocando en el cabrío en forma de elfo estelar intensas degustaciones energéticas, acelerando las variaciones para excitarlo más y más. Nadie podía verles. Veían a una madre poco cuidada, acompañada de su hija retrasada y el hijo tan alto como idiotizado.

No vieron a Sherpa. Sólo vieron a una energía más de entre cientos del supermercado. No vieron que no era esa la energia de Sherpa. Tragaron en su banquete desmesurado. No le vieron seguirles. No le vieron en ningún momento.

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Sherpa despierta debajo de un árbol cerca de la Banda. Está vacía, y nadie había pasado en las últimas horas. Sherpa se despereza y se incorpora, apoyándose con la espalda contra el tronco del árbol. Sonríe.

-“¡Los muertos no se llevan nada de este mundo!”-, le resonó de vagos recuerdos del sueño. Una cara se relacionaba con ese grito, pero quedó demasiado difusa después de pasar por el filtro de la conciencia. Volvió a sonreír.

Si, sí. La verdad era que todo lo que le rodeaba ahora mismo era lo que se había llevado Sherpa.

Se levanta, no sin volver a quedarse apoyado de espaldas al tronco del pino. Se acuerda de como era ese pino en otra existencia, en una en la que le intentó salvar, pero finalmente lo cortaron en pedazos. Uno de esos pedazos se lo llevó durante toda la vida consigo.

El árbol sonríe.

-‘Bueno,’ – susurra Sherpa y se empuja suavemente fuera del abrazo invisible, -‘es hora de currar.’-

El árbol asiente. Una cacatúa y un loro surcan el cielo a no demasiada distancia.

-‘Estos dos me van a cagar encima, ya lo verás.’- le piensa Sherpa al árbol, lo que provoca carcajadas en el bosquecillo cercano. Carcajadas vegetales.

 

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