El alumno está explicándole a Sherpa como la humanidad conquistará el espacio. Alentado por las últimas noticias de la sonda cerca de Pluto, dibuja delante de su profesor un futuro brillante, de una expansión nunca vista.

Sherpa le mira y a medida que el cuento avanza visualmente en el espacio de la imaginación entre los dos… se aburre más y más, hasta finalmente tener que bostezar. Nada hubiera fulminado igual al torrente de alegre y emocionada comunicación unilateral. El alumno casi se atraganta con el resto de la frase que estaba soltando, incapaz de terminarla. El bosteza ocupa toda la habitación, toda la ciudad, todo el universo.

Pasan dos minutos, en los que Sherpa no deja de mirarle a los ojos del alumno, observando como la sorpresa se torna en dolor, y el dolor en rabia, y la rabia en violencia. Justo cuando el alumno quiere mandarle a la mierda, Sherpa levanta la mano. Al igual que el bostezo, la mano se convierte en señal de stop, esta vez física. Esta vez no es lo que hace, sino que lo hace en el momento justo lo que paraliza al alumno por segunda vez.

Pasan 34 segundos, y cuando el alumno está a punto de reventar por dentro, Sherpa se inclina hacía el, mientras que su mano baja en picado y toca con el dedo la superficie de la mesa entre los dos.

-“¿Tenemos aquí en este mundo, al que tu llamas planeta, una élite o no la tenemos?”-, le pregunta en voz baja, casi observadora.

El alumno se siente como en sueños. Le cuesta digerir la pregunta. Está aún lleno de su propio cuento, y ahora sellado por dos acciones mínimas de su profesor.

-“Venga hombre, es una pregunta fácil. ¿Hay o no hay una élite en este mundo?”-

El alumno asiente.

-“¿Hay o no hay lucha por espacio, alimento, energía y materias primas en este mundo?” –

El alumno asiente.

-“Entonces, querido Julián, tengo que desilusionarte. Si hay lo que afirmas que hay, no puede haber universo alguno, al menos no como tu te lo imaginas.” –

El alumno no comprende. Se siente totalmente fuera de juego. Pasa otro minuto largo, antes de que Sherpa vuelve a picotear con el dedo la mesa, sin perder los ojos del alumno de la vista.

-“Sólo puede haber competición, dónde haya limite. Si encierras a dos en la misma habitación, finalmente tendrán que luchar entre ellos. Si encierras a cien mil en una ciudad, finalmente tendrán que luchar entre ellos. Si encierras a cinco billones en un terreno, no hay otra que la lucha como resultado. No hay universo, Julián, porque de haberlo, no habría desarrollado una vida en competición. Si de verdad fuese tan vasto como interminable, ningún tipo de vida tendría la más mínima noción de competividad. -”

Sherpa hace una pausa breve, cambiando el picoteo del dedo que acompañaba a cada palabra, por un golpe suave pero sonoro con la palma de la mano sobre la mesa reluciente.

-“Tu encierra a cincuenta, y el encierro generará a uno o dos líderes, a dos o tres sacerdotes, a uno o dos médicos, a un abogado, a un juez, a soldados y policías, y si no lo matan antes, a un profesor. En cambio, entrega a la vida un universo sin límites, y no tendrá razón ni necesidad de convertirse en nada.” –

El alumno ha entrecerrado los ojos y mira con profundo odio al profesor. Eso le trae sin cuidado a Sherpa.

-“El problema no es que eso sea totalmente cierto. El problema es que no quieres ni puedes vivir con la idea de estar encerrado. Así que, te crees todos los cuentos sobre el espacio interminable, sobre universo y galaxias que contenga. Eso te hace sentirte libre, con posibilidades. Lástima que eso también te conduce a ser el borrego perfecto, que nunca hará nada para cambiar esa situación de esclavo. Un hombre libre sobre un planeta, que pronto se elevará a los cielos para ocupar galaxias, convertido en patán hipnotizado que nunca llegará más lejos que renacer en la misma condición. Entiendo que me mires con odio. Son mejores los cuentos. En ellos TU no harás nada salvo soñar, en cambio en el mundo que yo conozco, TU estarías obligado a empezar a no descansar nunca más ante todo lo que tendrás que hacer. Eres un cómodo, un semi-elite, un esclavo con algunos derechos, un prisionero mini-enchufado. Te va muy bien. Claro que me odias ahora mismo. Yo también me odié durante largo tiempo por destrozarme mi carrera entre criminales y abducidos.”-

Sherpa rodea con los brazos la mesa.

-“Así es este mundo. Plano, limitado en los lados. No hay más que eso, porque no te muestran los verdaderos límites físicos impuestos. No te hablan de que ningún cohete es capaz de abandonar la atmósfera, no te dicen que el Polo Sur no es un polo, sino una barrera gigantesca alrededor, y jamás te contarán la infinidad de seres que sacrificaron para explorar esos límites. No te dirán que eres un relleno limitado, no te explicarán que simplemente renaces una y otra vez para hacer bulto, para servir de alimento o carne de cañón. La élite no puede decirte que estás atrapado, que todos lo estamos, porque si lo hace, no hay más necesidad de élite, sino necesidad de unión. La élite solo existe, porque ese es el reflejo de toda limitación en la sociedad. Si hay limite a la sociedad, se reflejará la élite. Es ella que representa al límite, interponiéndose entre el y los demás. Así viven mejor que los demás, así controlan el huerto. Espabila hombre, es innegable e irrefutable. Despierta.-”

El alumno no reacciona. Está petrificado. Su odio por todo lo que tiene que escuchar le recorre como hiel las venas. Todo en el grita NO, ¡NOOOOOO!, pero es incapaz de articular su negación. Baja la vista y mira a la mesa, sobre la que descansa la mano de Sherpa. Inmóvil, como si fuese el reflejo de su cuerpo. Como si de no mover la mano el profesor, el tampoco iba a poder moverse.

-“Eso es. Ahora lo sientes. Mi mano es tu límite, pero solo mientras no sepas que es mi mano. Ahora que lo sabes, puedes luchar contra su hechizo. Puedes rebelarte contra ella, y luego explorar la mesa, la habitación, la casa, la ciudad, el mundo… y los límites que tenga.-”

El alumno eructa y obtiene espacio a base de un espasmo reprimido. Es el brazo izquierdo que viene como una segadora para golpear la mano de Sherpa, y salvo protegerse de daños, Sherpa deja que se produzca el choque. El alumno grita, se atraganta pero enseguida eructa de nuevo y vuelve a golpear la mesa, esa vez sin encontrarse con la mano del profesor.

-“Alto ahora. No gires 180 grados. No conviertas la comprensión en un arma. No te conviertas en un rebelde simplón, previsible y preprogramable. Esos límites son reales, pero no hace falta correr físicamente contra ellos. Ni siquiera psíquicamente. La élite no es más que un hartajo de imbéciles, profundamente cobardes y lejos de seguir siendo futuro. Luchar contra ella es perder el momento”, – le dice Sherpa y le atrapa la mano, agarrándola con fuerza, – “y tu momento es precisamente lo que cambiará este mundo. No lo malgastes. Concéntrate. Explora hacía dentro, encuentra tus dones y pónlas a disposición de los demás.”-

El alumno mira con sorpresa a la mano que tiene a la suya atrapada. Es un doloroso apretón, y a punto de astillarle algún hueso. Sube la mirada angustiada, y se encuentra con la mirada de una pantera. Ha desaparecido el profesor, ha desaparecido la habitación. Todo huele a selva, a tierra, a humedad, a animales.  Hay cielo más allá del techo de los árboles, un cielo azul cobalto, con nubes blancas. Hay sonidos familiares, más allá del griterío de la selva, testigo sonoro histérico de como un depredador se ceba con la víctima. Hay…

Sin más, el alumno se vuelve a encontrar sentado en la mesa, con el profesor delante y la mano libre. El profesor está mirando al techo, en señal de aburrida espera. Julián está empapado de sudor, los músculos tremulando en tembleque incontrolable. Le lloran los ojos, la garganta está seca, y los oídos aún repiten el concierto de chillidos de la selva.

Sherpa se deja caer de nuevo hacía delante, aunque manteniendo la distancia mínima de cortesía. Le mira al alumno, levanta una ceja y le dice con una sonrisa amigable:

-“¿Qué te ha parecido? Eso es un cuento que se mete bajo la piel y te teletransporta. Eso, y no el rollo que me soltaste. Ah, todo lo que puedas haber escuchado, vivido o visto… puede ser inventado.”

-“Eh, se te olvidan tus cuadernos.”-, le llega la voz del profesor al alumno cuando este va saliendo ya de la habitación.

Le dan igual. Julián los abandona tras suyo. No piensa volver.

Sherpa sonríe aún más y coloca los cuadernos en un cajón. Sabe que Julián volverá a la siguiente clase. Si no, no habría dejado una parte suya como excusa.