El alumno mira al perro, que había fallecido hacía poco. Tranquilo, sin “malos rollos”, extenuado y a dormir. Sherpa observa al perro, perplejo. No le encaja que se hubiera ido así, y menos después de haberle visto una hora antes en un estado de belleza a su visión particular. Nunca había pasado eso, el ver esa belleza y luego encontrarse con que se había marchado el alma.  Indaga al alumno, docto veterinario, sobre las causas del ingreso del perro, y le dice que tenía un grave problema estomacal, en le que estómago e intestinos no paran de doblarse malamente. Sherpa asiente, pero la información no le resuelve su particular estupefacción.

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Días más tarde, todo encaja. El perro había aprovechado la cercanía de Sherpa para salir del mundo prisión. Habia optado por irse, cansado de tantas operaciones, de tantas recuperaciones que finalmente siempre acababan en otra operación. Tomó la decisión de irse, y en cuanto vió la brecha permanente que Sherpa mantenía abierta, saltó por ella y punto.

A Sherpa le entró dos días más tarde un brutal corte de digestión. Ya había avisado, desde ese martes en la clínica veterinaria. El jueves por la tarde, Sherpa estaba cubierto de sudores, mientras náuseas y dolores le recorrían el cuerpo exhausto. Aquí entran en escena las amigas y amigos, asegurándole que pueda explorar ese momento.  El viernes es el día de las dudas, pero el sábado se aclaran. El perro se fue, pero Sherpa se quedó con el problema.

Sherpa comienza a comprender. Siguió haciendo fluir sus buenos deseos hacia el perro, mientras ese se fue directamente. Eran dos acciones independientes.

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Está sentado en la mesa. No suda, se siente algo débil pero mejor. Aparece un gato, y enseguida comienza a sudar profusamente. Se va el gato, y Sherpa deja de sudar. Sonríe. Sólo estando afectado aún por los ramalazos del corte de digestión, había logrado ver como funciona el proceso. Sólo gracias a la jugada genial del perro, ahora era capaz de comprender que tenía que aprender a soltar enseguida cualquier energía que absorbía.

Sube otro gato, y Sherpa vuelve a sudar como una regadera desenfrenada. Baja el gato de la mesa, y el cuerpo de Sherpa se enfría.

Sherpa se levanta y pasa por la familia gatuna, viéndoles y tocándoles uno por uno. Ya acercándose, comienzan los sudores, pero en cada ocasión Sherpa levanta la mirada hacía el techo y expulsa el aire imaginándose que desaparece más allá del firmamento.

Vuelve a sonreír.

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Cuando venimos aquí, dejamos un 50%. No es del todo correcta esta definición, pero ayuda a comprender. Hay quienes intentan subir ese porcentaje con trucos viles, con ayudas externas, con apoyos forzados. También hay quienes se dejan comer ese 50%, por desidia, por miedo, por no saber que hacer. Un mínimo apenas perceptible toma la decisión de recuperar cada decimal, a sabiendas que no hay otro camino que el de arañarlos.

Para entendernos. Si hay 9 billones de seres humanos, unos 8.9 billones se quedan enseguida y para el resto de sus vidas por debajo del 50%. Lo ceden, son robados, son oprimidos y exprimidos.  Luego están 0.1 billones, que viven a costa de los demás, subiendo así su porcentaje hasta vivir mejor que los demás.

Y está Sherpa y las y los poquísimos que han comprendido de que va la película.

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“Sí, he dicho 25 camisetas iguales. Blancas, por favor.”.-

El dueño de la tienda de ropa sigue sin comprender por que alguien querrá comprar 25 camisetas iguales. Ante la sospecha de que quizá se trate de una reventa, pregunta por la razón.

“Yo sudo como un cerdo, oiga. Me tengo que cambiar de camisa cada hora o dos. Cada día una lavadora, y no vea como desgasta eso al tejido.”

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