Los pájaros comunican entre ellos la modorra de un mediodía bajo intensa ola de calor, extrañamente aliviada por una brisa fría, de carácter casi polar. Cantan y dejan de cantar, según el capricho de una directora, la naturaleza, cuya batuta no cesa de saltar de un extremo a otro.

El alumno escucha atentamente la clase de inglés. Sabe que ese profesor es distinto, desde la desconfianza inicial a la casi completa entrega, bebiendo de las palabras que salían con exactitud de la certeza por esa boca antes extraña, ahora familiar. No obstante, aún desconfiaba. Su lenguaje corporal lo decía todo. Se sentía aún acorralado, con la presencia de un familiar que le perseguía a casi todas horas, pegado como una lapa inquisidora por un lado, y la de un prácticamente desconocido que le contaba historias increíbles, mientras le enseñaba con terrible facilidad el idioma que tanto se le había estado resistido últimamente.

Sherpa sabe que el sistema hará todo lo posible para que este chico, al igual que otro por el que luchaba desde hacía ya tres años, no llegarían a confiar jamás en si mismos, y que todo lo que empezaran, acabaría por hundirles sin tregua, pausa o piedad alguna. Sherpa sabe como lo hace el sistema y de cuantos billones de combinaciones mínimas tiene ese sistema a su disposición para evitar que las clases llegan a buen término. El sistema va en busca y destrucción de las partes nobles de las mismas, y de cualquiera que pudiese atacar.

El familiar no es consciente de la energía pertubadora y absorbente que envía al chico. Le ataca mentalmente, desde una sonrisa casi paternal, con un humo formando brazos de musculatura resistente que acaban de rodear al adolescente con velocidad que daba náuseas. Un humo negro, que a veces repuntaba en pequeños destellos incluso a plena luz del día, cegándo a Sherpa hasta producirle un estado cercano a la ceguera total. Todo de ese pariente se volcaba sobre el niño, para que siguiera siendo niño, para que no pasara bajo ningún concepto hasta la fase de la adolescencia, y desde ella, a la independencia.

El sistema sabía muy bien como controlar los peligros, las amenazas al mismo. Desde el primer segundo de vida, estaban expuestos al desastre, al fracaso, a las enfermedades, a los dolores, a todo tipo de emociones acabando siempre en frustración. Muchísimos no llegaban a los 3 años de edad. Otro gran montón se iba antes de los diez. Los que quedaban, muy pocos se rendían, si acaso algún que otro por sobrecargarse responsabilidades, y acabar aplastadas por ellas.

Esos, las y los que llegaban a los 25, también solían llegar a los 35, y si sobrevivían el bajarse de bruces del tren del sistema que les había capturado, llegaban a edades avanzadas. El sistema ya no les llegaba en suficiencia necesaria para evitar que lentamente crecieran en su autoestima, que recuperaran la conexión que habían sentido de niños y que llegasen a ser conscientes de su firme intención al hacer nacerse aquí.

El sistema es invencible, porque controla el tiempo. Su mayor baza, su cañón más temible, su arma última y definitiva es el control del tiempo. Si se le vence al sistema, el sistema vuelve atrás y elimina a quienes íban a iniciar su ataque. Un método que nunca iba a fallar, pero que no pudo con la imaginación que tanto perseguía.

El alumno es interrumpido en su atención por el ladrar de perros, un casi gritar, histérico en crescendo. Sherpa gira la cabeza, dejándo de mirarle a la cara del alumno, y en su giro hacía la derecha de su campo de visión, pasa la vista por encima del familiar, que pierde la compostura en cámara lenta, abriéndosele la boca mientras enfocaba a Sherpa. Sherpa sabía que ese era todo lo que el sistema podía ofrecer ahora mismo a su contraataque. Enfocó el sonido de los ladridos desbocados y cerró ligeramente los ojos. No ocurrió nada. Los perros seguían aumentando el jaleo, integrando primeras intentonas de aullidos. Justo cuando esos parecían inevitables, bajaron todos y casi de golpe sus respectivas escandaleras. En pocos segundos reinó el silencio.

Sherpa se volvió al alumno y le pilló volviendo con un movimiento sobrecogido de mirar en la misma dirección. Tenía la boca ligeramente abierta, y en la mirada la terrible duda, la certeza más absoluta y el grito pidiendo explicación y prueba para poder creer, para poder creer, para poder escapar de las cárceles que habían levantado alrededor suyo, desastre tras desastre como albañiles incansables.

El sistema constesta con hundirle la silla de Sherpa en el césped. Ya lo había estado haciendo con anterioridad, pero Sherpa siempre había sabido aprovechar esos desequilibrios para introducir una nota tras otra de humor en la clase.

Siguió hablando, como si nada hubiera pasado. Pasó a temas complicados, a sabiendas que el sistema tardaría un tiempo en enviar el siguiente factor de molestía. Ese llegó a los dos minutos en forma de coche, aparcando casi encima de ellos. Después unos niños gritando, usando la palabra policía ocho o nueve veces en posiblemente menos frases aún. Después las moscas, luego los mosquitos.

A los diez minutos, el alumno se ha olvidado del incidente, y desde luego de esa extraña urgencia que le recorrió el cuerpo, una sensación que le parecía conocida, pero de tan lejos que su vida no ofrecía referencia alguna. El sistema le ha vencido una vez más, o diez veces más. No del todo, porque empieza a sonreír, como dándose cuenta que pasan muchas cosas molestas, demasiadas casi.

Es entonces cuando los perros se han soltado del chorro de energía de Sherpa, y después de revolverse fuera de esas manos como neblina, entonan con aún más fuerza se cabe su Traviata particular.

El alumno mira inmediatamente hacía Sherpa, subiendo la vista desde la caza de algún que otro mosquito en sus piernas. Se emociona al ver que el profesor ya está mirando en esa dirección de los ladridos. Esta vez se fija en como la cara del profesor deja asomar algo diferente, una mirada intensa pero como desligada, extraña y totalmente distinta a cualquiera que hubiera visto antes. Los perros tiran la toalla con incluso más ganas que la primera vez.

El profesor mira al alumno. No dice nada. El chico quería una prueba, y Sherpa cumplió.

“Estos perros suelen ladrar durante una hora, una vez que empiezan.”, dice el familiar, aunque usando aún la boca del chico. Sherpa sonríe levemente, diciendo en silencio que ya podían tener el récord Guiness de larga duración, que no les iba a servir de nada más que ser aún más prueba. Otro ataque convertido en parte de la clase, y parte de establecer puentes muy fuertes para que el chico llegase a adolescente en menos de un mes.

Sherpa sabía que ahora, ese chico comenzaba a volver unir su conexión con las emociones de la infancia. No iba a empujarle para nada. Sabía que existía esa posibilidad, en la que el chico comenzaría a correr hacía la edad que le correspondía.

Sólo había que seguir despertando la imaginación.