La niña viene cogida de la mano por la madre, medio arrastrándola, medio impidiéndole lo que fuese.

– “Aquí tiene a Dorothea.” -, le suelta a Sherpa la frase de entrega mil veces escuchada, y la niña… como otras tantas antes. Para Sherpa sigue siendo un momento de gran pena, y no precisamente suya. Es la pena de la madre y de la hija, las dos penas juntas. Han dejado de atraerse como solían hacer. Han pasado a los mínimos.

Sherpa asiente con la cabeza. No hace el payaso, agachándose para entrar en contacto visual. No hace el idiota extendiendo su mano para subir el mentón de la chica. No suelta palabra alguna. Sólo mira a la madre, hasta que ella se despide, medio aliviada, medio encasillada en el no-saber-que-hacer que tantos años ha ido acumulando sin querer. Finalmente se cierra la puerta del salón-comedor del piso, dejando a Sherpa igual de inmóvil que la niña a solas.

La niña no se mueve porque espera que ese hombre nuevo haga alguna idiotez. Sherpa no se mueve, porque no es idiota. Finalmente se sienta en el suelo, cruza las piernas, estira un poco las manos y se acomoda en la posición de loto, concentrándose en su propia paz.

La niña le observa, y el asombro le vence enseguida la catarsis autoimpuesta y defensiva.

-“Espero me perdones, Dorothea. Vengo de unas clases algo exigentes y necesito un descanso para seguir. Puedes hacer lo que quieras, no me molestará.”, le dice Sherpa sin abrir los ojos.

La niña se mueve. Abre los ojos para visualizar completamente la situación. Da un paso hacía la derecha, luego dos a la izquierda. Se agacha un poco para ver averiguar si ese hombre extraño no le estará vigilando haciendo trampas. Pero incluso cuando mueve las manos delante de su cara a pocos centímetros, Sherpa no parece reaccionar.

Después de un minuto, la niña no sabe que hacer.  Decide pasar al ataque. Justo cuando quiere tocarle la cara, Sherpa inclina su cuerpo hacía el otro lado.

-“Ehh! Eso es trampa! Tú me estás viendo!”, – exclama la niña, medio enfadada, medio divertida.

Sherpa rebusca con dificultad en un bolsillo del pantalón y finalmente acaba poniéndose una tela oscura alrededor de la cabeza. La niña observa con asombro la operación, pero sonríe cuando comprende que hay juego.

Se acerca a Sherpa por detrás. Justo cuando quiere tocarle la cabeza, esa se inclina hacía delante.

-“Ehh… esto…”-, exlama ella, incapaz de usar la misma definición preparada. No puede haber trampa. No podía ver venir la mano, de eso está segura la niña.

Enseguida vuelve a probar, y de nuevo la cabeza se desplaza como si supiera exactamente cuando, como y hacía donde. Al cuarto intento, el dedo de la niña es cazado por una mano que sale de la nada.

-“Te he pillado, te toca.”-, le dice Sherpa, soltando el dedo y quitándose la venda con la otra mano.

Dos horas más tarde entra la madre. Se encuentra con la niña que parecía haberse perdido hacía 4 años. Se funden ambas en un gran abrazo, luego sale la niña corriendo por el pasillo, en busca de la merienda.

-“Había oído que usted hacía … eso, pero pensé que no lo lograría con mi hija. No sé como lo ha hecho.”-

Sherpa sonríe.

-“A veces funciona enseguida, especialmente con seres hiperinteligentes. Depende de ellos.”-, le dice a la madre, que acaba de comenzar el primer día de vivir con un ser avanzado, después de 7 años de sufrir pensando que su hija era retrasada.

A los cuatro meses, la niña habla fluídamente inglés, y resuelve las tareas a velocidad de vértigo. Al año y medio, salta dos clases en su escuela. Hace el bachiller a los 13 años, y cursa estudios universitarios para graduarse con 17 primaveras recién cumplidas.

-“¿Qué quieres ser en la vida, Dorothea?”-, le pregunta el decano después de la ceremonia de graduación.

Dorothea le mira atentamente, descubriendo a un señor rejuvenecido gracias al torbellino de su paso por esa institución educativa. Se instala una amplia sonrisa en su cara, tan infecciosa que el decano casi se carcajea.

-“Ya soy quien quiero ser. Ahora toca ayudar a otros para que puedan ser lo que quisieron ser.”-

El decano espera más. Bebe de la lúcidez extraña de esa… niña.

-“Sí. No se preocupe por nada. Cierre los ojos y deje que juguemos a la gallinita ciega.”

***