Holas.

Mi nombre no importa, mi nick aún menos. No vengo a dar lecciones a nadie, que es por lo que normalmente se recuerdan esas tonterías.  Soy un soldado común, raso como dicen. Mis tareas son las del montón, y a mi no me envían a misiones especiales.

Eso me tenía frustrado, porque desde muy niño sabía que no era normal lo que veía, y después comprendí que lo que no era normal era yo. Más tarde pude añadir aquello de que ni yo, ni lo que veía era para llamarlo normal. Últimamente me hacía un lío tremendo con esas cosas, bailando entre amor y odio, paz y guerra, perdón y nada de piedad. Hasta me puse a escribir, para calmarme un poco. No sirivió tampoco.

Justo cuando pensé que mi cabeza, corazón y demás cosas útiles tan poco aprovechados en un soldado común iban a explotar, exploté. Es decir, que si uno o una se huele que la cosa ha llegado al punto crítico, lo está. También puede que les guste saber que eso de provocar y marear a quien nos condenó a una vida perra, tiene sus frutos, y no me refiero al millón de latigazos del camino.

Déjenme decirles que yo perseguí ese fruto con intensidad creciente a cada segundo de mi vida. Últimamente había llegado a la fase en la que esperaba el puñetero latigazo para de una vez agarrar esa piel siseante al vuelo, y tirar de ella para pillar al verdugo. Me costó unos cuantos miles de cicatrices en todo el cuerpo, alma y lo que quieran añadir.

Ahora, que sé quien es, de que va, como funciona, que es lo que persigue, y sobretodo que es más cobarde que el soldado más cobarde que haya conocido, le he declarado La Guerra.

No hacía ni pinche falta, porque no estará en mis manos cambiar apenas nada en ese conflicto milenario. Asismismo, ahora sé que cumplí y cumplo sin nada de lo que yo haya hecho conscientemente. Nada de lo que pueda lograr o malograr cambiará en lo más mínimo el destino de este mundo, ni el de esa cosa con su látigo.

Lo hago, porque me da la gana participar conscientemente. Como pequeño trofeo personal, una cosilla que pienso poner en alguna estantería para mi propio deleite. No olviden, que me condenaron a soldado, y como soldado… no hay paz que me quite el puesto. Además, al tipo del látigo le viene bien que le mareamos un rato.

Reduce su acierto en sus latigazos, oh sorpresa.