Las dictaduras tienen lo que tienen. Normalmente un dictador, una cohorte numerosa, aunque debería decir corte, y luego la chusma, es decir la carne, el músculo y la sangre para funcionar como estado.

(Si eres dictador, no sigas leyendo. Si formas parte de la cohorte, tampoco.  Te puede doler, y no quiero que sufras.)

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En los estados gobernados por un dictador, todo lo que no esté conforme con el dictador acaba por acribillado. No confundamos aquí los críticos pagados por el dictador con los verdaderos críticos, aunque ambos grupos acaban de idéntica forma (unos antes, y otros cuando conviene).

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El dictador no soporta que haya competencia. Ni en sus propias filas, y desde luego, tampoco en otras que aún no son suyas. Está muy bien expresado eso de que “no lo soporta”, como verán si piensan un poquito después de leer esta entrada por completo.

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Así, una dictadura es lo que es: solo existe el dictador y sus dictados, mientras que todo lo demás no vale para nada, es defenestrado, eliminado, ocultado, oscurantado o oscurecido, ridiculizado, etc.

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Si por razones que se le escapan al control del dictador alguna de esas cosas u opiniones ya no se puede machacar, la dictadura expresa que desde siempre estaba en esa línea. Digamos que mientras la Tierra era plana, los de la idea de la bola acababan por enriquecer el aire con sus átomos recién liberados por el fuego. Tan pronto que ya no había forma de ocultar la forma redonda, las dictaduras enseguida demostraban que eso no cambiaba para nada su superderecho de dictar la vida de los demás, ni afectaba para nada las otras estupideces que seguían expresando con firmeza.

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Si observamos nuestra sociedad, podemos distinguir un montón (sí, bonita medida) de dictaduras. Las hay políticas, las hay religiosas, las hay militares, las hay económicas, educativas, deportivas, de ocio y turísticas, arqueológicas, científicas, sociales, mafiosas, legales, ilegales, … bah, para que seguir. Un montón es un montón. Obviamente ninguna de esas dictaduras desea verse como tal, y pone todo su esfuerzo en acabar con la competencia o disidencia.

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Aquí es dónde entra en juego nuestro cerebro. Una masa de sustancia tipo carne McDonalds para pollo frito, de color entre gris y blanquecino, con forma labiríntica y muy parecido a la que tiene una nuez. La nuez no obstante tiene dos partes peligrosamente cerca de ser idénticas, mientras que nuestro cerebro solo parece mostrar una. Es lógico, es un dictador. Si hubiese más de una forma, un doble, o quizá 38 cerebros adicionales, los haría desaparecer inmediatamente.

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Digamos que eso es lo que ha hecho. Hacer desaparecer a los demás cerebros.

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Sí. Aquí en este mundo parece que solo hay cosas que pueda manejar y manipular a su antojo el cerebro. Sólo existe el pensamiento, el razonar, la lógica (arbitrario como cualquier dictadorcillo, perdonad por decirlo antes).

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En cambio, lo que realmente hay son muchas más cosas. Las intuímos, a veces las vislumbramos. Otras las sentimos, o incluso nos vapulean. Invisibles, sí, realmente… invisibles. Así de bien funciona nuestro cerebro, que se ha erigido en el único cerebro existente según el mismo. ¿Otros cerebros?, preguntará a la multidad con sus primeras dudas leyendo el texto… ¿Dónde?, terminará por expresar con sonora carcajada detrás de la pregunta sepulcral de cualquier idea de competencia. Normal, es un dictador.

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Los indios norteamericanos a los que se les cortó el pelo, dejaron de tener la capacidad de instinto que les caracterizaba. Ya sabéis, los mandaron a la II Guerra Mundial, y los alemanes los pillaban durmiendo. Hasta que descubrieron los científicos americanos, que un indio con el pelo largo no era pillado por prácticamente nadie, mientras que sus colegas con corte al uno no daban más que pasos hacía las balas o cuchillas enemigas.

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Eso nos lleva a conocer a un cerebro llamado instinto.

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“jajaja… “, otra carcajada del cerebro. ¿Cerebro del instinto? ¿Y dónde está, si se puede saber? (etc., etc. – el cerebro no tolera competencia, y la peor sería otro cerebro adicional o distinto, o ambas cosas al mismo.)

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El cerebro del instinto tampoco está en el cerebro, aunque ya hay pingües intentos de hacerlo ver así. Esa es otra maniobra del cerebro para asegurarse el total del pastel. Ya saben, la Tierra hoy es plana, mañana redonda y dentro de unos días puede que ni exista. Pero el cerebro… el cerebro es único, bla, bla, bla, bla.

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El cerebro del instinto no funciona si nos cortamos el pelo. Dirán sus cerebros: “Ehhhh, que esa sí que es una idiotez del copón.”

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Bueno, copón de nieve que caerá sobre los pensamientos atontados cuando se les pregunta a la cohorte cabalgando sobre neuronas como quedarían si cortamos un 80% del cerebro en la cerebroluquería. Porque eso es lo que hacemos con el cerebro del instinto, cuando cortamos el pelo.

(En ese punto el cerebro dictador se queda normalmente pensativo, su mejor estado para simular lo que sea mientras prepara un nuevo ataque).

(Psst.. momento idóneo para preguntarse porque “luquería” se parezca tanto a “loquería”).

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De hecho, la respuesta es simple: si cortamos el 80% del cerebro, lo que queda no sirve ni para caldo. Fin. El cerebro deja de funcionar si pierde tanta masa. Con suerte quedamos como vegetal, alimentado por máquinas. Digo suerte, por no decir desgracia.

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Aún así, y con prueba científica de ensayos practicados por los departamentos científicos a servicio de la armada estadounidense sobre como funcionan los instintos de los indios norteamericanos, aún así seguimos cortándonos el pelo una y otra vez. Eso es como el médico que iba a sangrar al paciente para curarle del mal, pero a lo superbestia. Resultado: cerebro del instinto kaputt.

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Ahhh, pero ese maldito cerebro del instinto (dictador hablando, lol) vuelve a crecer. ¡Maldición! Pues a cortarlo de nuevo. A introducir reglas sociales. Pelo largo en hombres = chusma, delincuentes, raros, peligrosos, maricones, etc. etc. En hombres, mientras sean ellos el 90% de los que mandan. Si las mujeres suben en temas de igualdad, hacer lo mismo con ellas: tía con pelo largo = incompetente, estúpida, barbie… para que seguir, ya saben lo corto que tiene que llevar una mujer el pelo para que la respeten cuando grita.

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Ahora que ya saben de que va esto, les voy a dejar con la siguiente información que igual no hubieran podido extraer por su cuenta con demasiada facilidad. En primer lugar, porque llevan el pelo corto, o la barba al uno si tienen. En segundo lugar, porque no llevan más de un año con el pelo largo.  Así que, relájense y observen:

 

– Para que vuelva a funcionar el cerebro del instinto, un mínimo de 28 meses de crecimiento del pelo sin corte alguno. Por cada corte, incluyendo cortes de “puntas”, se añade entre un mes y hasta ocho para que vuelva a funcionar el cerebro del instinto.

– Una persona que no corta su pelo, descubre que llega hasta una cierta longitud y no crece más. Los pocos miles de pelos que sí lo hacen, normalmente se enganchan o caen. La inmensa mayoría se mantiene a una cierta longitud. Ojo, no vengan ahora con que eso no es así, porque ustedes hablan de casos dónde las tijeras se encargaron de “limpiar y airear las puntas”, minimamente una vez por mes.

– Una persona que no ha cortado su pelo en aproximadamente 3 años para nada, está plenamente conectado con su cerebro del instinto. Si es la primera vez en su vida que así sea, le toca un tiempo de aprendizaje y adaptación que puede durar unos 12 meses a hasta 10 años más. En el mejor de los casos, a los cuatro años de no haberse cortado ni las puntitas, la persona trabaja con dos cerebros. Uno, el mental, el racional, y otro, el instintivo.

– Cuando eso ocurre, el cerebro mental deja de ocuparlo todo y sirve para lo que ha de servir: para pensar, para organizar, para controlar. En cambio, el otro cerebro, el instintivo, se ocupa de todo que el cerebro no puede hacer.

(… pero hizo desde siempre).

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Sí. El 92% de las actividades del cerebro son totalmente inútiles. El cerebro es incapaz de gobernar a otros, de establecer seguridad, de garantizar la vida, y así miles de cosas que a diario está haciendo o mejor dicho, simula estar haciendo. Los dictadores son así. Normalmente un montón de basura, intelectualmente retrasados, y unos mentirosos como ineptos del… ah, copón.

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Pero dejémonos de detalles insignificantes (aunque representen en estos momentos la totalidad de sus vidas para algunos lectores) y metámonos en lo que realmente importa:

– no hay cerebro que piense en nuestro cuerpo. No está ahí, como tampoco está ahí el cerebro del instinto, salvo que querramos pensar que los pelos son un cerebro en tiras, o tubos neuronales en forma de antenas. De eso ya ha habido, normalmente para conectar los pelos al cerebro. Pero no. No hay cerebro en nuestro cuerpo. Ninguno.

– hay 35 cerebros, como mínimo. El de los procesos mentales está conectado con nuestro cerebro gris de la cabeza. El del instinto, con los pelos del cuerpo. El emocional, con el plexo solar y el corazón. El de … (no, no sigo, ustedes deberán jugar por su cuenta a esto).

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Y tampoco es así, pero al menos les ayudará a comprender con mentes de pelos torturados y amputados.

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¿Qué tenía que hablar del instinto?

No me hagan hablar del instinto. El instinto no habla. No lo necesita.

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¿Qué dónde están todos esos cerebros?

Dénme un respiro. Acabo de superar la parte de adaptación de tener dos cerebros.

🙂