Esta os va a gustar. Mucho, me temo.

Preliminares resumidos:

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En los anteriores posts y comentarios he ido sembrando, para recoger ahora. Una forma de preparar mi y nuestras mentes para poder contemplar un punto de vista que se me hacía cuesta arriba. Ahora ya no, es decir, ahora ya me parece suficientemente digerible.

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En las fotografías de agualma, quedó patente que cualquier obra habida o por haber estaba dentro de ella. Cualquier dibujo, pintura, escultura, diseño, forma, movimiento.

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En las entradas sobre el espacio, quedó bastante claro que con telescopios e incluso viaje más rápido de la luz, lo único que íbamos a encontrar íban a ser repeticiones de más y más y más universos. Lo mismo cuenta para quien se adentra en el micro-cosmos, dónde cada aumento vuelve a mostrar otro cosmos más, y otro, y otro.

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Después de visitar a “El Lugar”, me quedé perplejo, aparte de tranquilo. Perplejo, porque reconocí enseguida que era “El Lugar”, y no supe como podía saberlo (excluyendo el haber estado ahí antes, pero … antes tampoco existe, como también dejamos bien clarito).

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Si tuviéramos que nombrar grandes inventos de los últimos 500 años, el que más sorprende es la televisión. No sólo porque ya había teles cuando aún montaban en caballo algunos ejércitos, sino que invadió los hogares del planeta a una velocidad sin precedentes. Un hogar sin televisión en 1980 … parecía algo raro, y nadie se extrañaba demasiado en ver una televisión comunitaria en cualquier selva tropical. Era el símbolo de… bueno, no sé muy bien de que, pero ahí estaba, evolucionadísima y transmitiendo imágenes captadas, regando a las mentes enganchadas.

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De hecho, si miramos a los demás inventos, se quedan pálidos frente a ese. No es nada fácil inventar la televisión, y menos aún, hacerla llegar a todo el planeta. Si ese esfuerzo no hubiera caído en la televisión, si no en aras de – por ejemplo – coches voladores, hoy estaríamos volando todos hasta en bicicletas. En serio, si queréis daros un garbeo por los detalles técnicos para hacer funcionar una televisión, os daréis cuenta enseguida de lo increíble que es.

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Yo metí la tele en el armario hace unos años, y sólo la volví a sacar para dejarsela a mi casera. Entonces – al igual que ahora – lo hice porque noté como me manipulaban a través de ella. Pensé entonces – y no ahora – que esa era una especie de arma de manipulación masiva y punto. Pues, sí que lo es… pero lo del punto, ese fue un error. Hay más, mucho más. Muchísimo más.

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Hubo también un momento en mi trabajo fotográfico en el que dejé de fotografiar a las personas. No sabía muy bien la razón, pero me producía un malestar, como si estuviera haciendo algo mal, pero que muy mal. Me costó, porque en esta sociedad llevar una cámara … y enseguida alguien te pide una foto, o el trabajo te obliga a incluir fotografías de personas. Me alivió poder trabajar en documentación sensible y antígua, pero justo cuando había superado el trauma de no fotografiar a personas, comprendí que no podía fotografiar tampoco a los alinimales. Me refugié en los cielos, los astros, las nubes… y finalmente en un vaso de agua (agualma). Daba igual. Con cada vez mayor velocidad se me íban los objetivos a fotografiar hacía el lado de “no lo hagas, no lo hagas por favor”.

Así que, hace tiempo que no hago fotografías. Bueno, algunas, quizá una docena en total en los últimos seis o más meses. Prácticamente ninguna desde hace una semana. Ninguna más, nunca más en lo que me reste de estancia aquí.

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Decían los indios norteamericanos, al contemplarse fotografiados, que les habían robado el alma. Vetaron a los fotógrafos, huyeron de ellos con un pánico inusual en esos bravos contribuyentes a la diversidad. Los espejos, igualmente les causaron ese pánico. Ambas cosas acabaron por invadirlos de todas formas.

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El amigo Dudas generó este título tan increíble: “Autópsia de un espejo”.

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Mi avance en todos esos años que realmente aprecio, es el haber aprendido a olvidar. Digamos que descubrí que sólo podía mantener un número cierto de recuerdos, y que el cerebro no está hecho para guardarlos realmente. Descubrí que podía olvidarme tranquilamente de todo, porque después de unos años comenzó a funcionar otra cosa. Hoy por hoy, dispongo de un sistema totalmente inconexo con los recuerdos, una especie de señal interna que me lleva al conocimiento. Funciono en un porcentaje altísimo, sin recuerdos, sin memoria.  Hablaremos de eso en otro momento, pero deciroslo por ahora de esta manera, es clave, como todo lo anteriormente expuesto aquí.

(Fin provisional de preliminares).

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Bien, pues aquí va lo que os va a encantar:

Está claro ya, que el cosmos se clona una y otra vez sobre si mismo. Hacía dentro, hacía fuera, hacía lo gigantesco, hacía lo minúsculo.

Así genera una especie de eternidad en kilómetros, tiempo y demás cosillas que precisa para autojustificarse. La palabra “infinito” es lo que le gusta, y así es como va clonándose sin parar.

La forma más fácil de clonar es que cada cuerpo sea capaz de clonarse. Da igual si el cuerpo es de una forma u otra, mientras se reproduzca. Eso deja a la vida y la evolución en su justo lugar, aunque duela tener que admitirlo.

Luego está la idea de la eternidad, tan contraria a ese formato reducido de vidas breves.  Si hoy le dan a elegir a alguien entre una vida corta o la vida eterna, un porcentaje amplio elige la vida eterna (aunque no sepa lo que es eso).

Bien, así que cuando hacemos una foto de alguien, de algo, de lo que sea… lo que hacemos realmente es generar un universo completo en esa foto. Clonamos a lo que fotografiamos y le damos un momento de eternidad. Eso parece lícito, salvo si descubriéramos que ese universo en la fotografía funciona completamente. Muy lento para nosotros, pero funciona. Tan lento, que nos parece que todo está inmóvil… pero funciona. Ya sabéis, nosotros observamos una ventana, y no vemos el cristal, ni nos parece que se mueve. Pero se mueve y además cambia de forma. Eso ocurre también en la fotografía, ya sea analógica o digital. Son movimientos tan lentos, que tardaríamos miles de años en apreciarlos, pero… existen.

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Así que, cuando yo fotografiaba a personas, lo que hacía realmente era generar un universo clonado más. Extendí el sufrimiento. Añadí otro trozo al gigantesco puzzle. Colaboraba como el soldado más fiel a la Gran Mentira.  Por eso, poco a poco comencé a sentirme mal con ello, y finalmente lo dejé.

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También el contemplar mis fotografías o cualquier fotografía, genera de nuevo una clonación. Esta vez en nuestras mentes. Digamos que ninguna mirada es igual, y eso conduce a que una sola fotografía contemplada por mil personas, genera mil universos clonados. Hay que joderse.

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La televisión no es más que un número de fotografías tomadas por segundo, y que se muestren en rápida sucesión generando la ilusión de movimientos fluídos y sin interrupciones. Así que, si contemplamos un segundo de una película, registramos entre 15 a 35 imágenes (normalmente un poco menos, sobre unos 24 de media). Vamos a reírnos, para no sufrir un ataque al corazón: 22 clonaciones de universos completos por segundo.  No penséis ahora en todas las pelis y vídeos que habéis visto, no sin antes haberos tomado una copa generosa.

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Da igual el planeta y la vida que forme. Acabará por centrarse en el tema de captar imágenes, de clonarse. Así funciona esta Gran Mentira, autojustificándose con un “mira, existo…” y haciéndose labirinto de tantas clonaciones por cada nanosegundo, que engañaría a cualquiera. Cualquier forma de vida, llegará a generar máquinas fotográficas, televisión, sistemas como internet o móviles con cámaras a partir de un cierto momento. Mirémoslo con calma: con los móviles, lo que más mola es el selfie, y eso signfica lo que significa: superclonación en marcha, juas. Si hubiéramos contado a los fotógrafos de hace 25 años que el 85% de la población de cualquier país estaría haciendo fotografías de entre buenas a excelentes en tan sólo 15 años, nos hubiera mandado a la porra. Pero eso es lo que están haciendo todos (o casi todos) en este planeta. Milliones de fotografías por segundo, que son vistos por millones de personas cada segundo.

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Digamos que no hace falta mirar hacía el NWO para señalarles como culpables de eso. Esos no tienen ni idea en que clon de cosmos viven, y por mucho que se afanan en hacer ver que controlan, no son más que los últimos monos a la hora del selfie. Asimismo, su gran ideal está en que la humanidad que no sean ellos sea lo más estúpida posible, con cerebros apenas capaces de retener más que órdenes de consumo. Eso indica que no se enteran de absolutamente nada (que alivio, por fin… jajaja.)

(Sigan riendo, nos lo merecemos).

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Ahora bien… risas aparte, queda el temilla de “El Lugar”.  Yo pensé que era una puta mierda (upps, perdón) de que se me presentara la cosa así, porque sabía que me íba a meter en un rincón. Ahora, no obstante comprendo que tuve ese atisbo para unir los hilos.

“El Lugar” es el original. No se puede clonar, pero se puede malcopiar. Todos los lugares, formas, cosas, seres, vidas, movimientos, ideales, ideas, instintos, sentimientos, creaciones, bla bla ballalalalallalalallalabla bal bla bla…. y sus respectivas lo que sea, son malas copias de “El Lugar”.  Digo malas, porque pueden clonarse, es decir que cualquiera puede vivir en ellas, por ejemplo. Para que alguien se crea que realmente vive, lo único que necesita el clon de turno, es tener capacidad de recuerdo.

Ese fue mi dilema: sabía que estaba “reconociendo” a El Lugar, pero también sabía que no había estado realmente antes en el, es decir, sabía que “antes” no existe.

Es divertido eso. Reconocí a “El Lugar”, porque contemplé el original. No contemplé ningún recuerdo. De hecho, ahora sé como se llega a contemplar o conectar de alguna forma con “El Lugar”: llegando a una cierta capacidad de no retención de nada en la memoria.

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Y eso, eso es maravilloso. Significa muchas cosas. La que puede tranquilizar es, que el propio cerebro borra a partir de una cierta edad de forma automática la capacidad de recordar y los recuerdos.  Lo hace durante toda la vida, de forma gradual. Si en cambio la Gran Mentira aprieta demasiado…  Alzheimer lo llaman aquí, cuando en realidad nos encontramos ante personas que han dejado de formar parte del sistema de clonación. No retienen prácticamente nada en ellos mismos y se excluyen de la Gran Mentira.

Estoy convencido de que el cerebro comienza por su cuenta a dejar de recordar, si no se le educa a hacerlo antes. Es automático. O lo haces tú, o lo hace el cerebro.

Está bien, porque granjea con total seguridad el acceso a El Lugar. No es el método más divertido, ni saludable… pero funciona. Termina con la pertenencia a la Gran Mentira.

Saludable es tomar el camino de obligarse a no recordar, lógicamente. El negarse a uno/una mismo/a la potestad de retener datos es dejarlos ir sin ser tirano de los mismos, encerrándoles en forma de clones de universos.  Es dejar de ser tirano, y es ser independiente de ese rol de tirano. De hecho, todos los universos, estén dónde y dentro o fuera de lo que sea, son nada más que tiranos.

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El no retener memoria tiene unas cuantas ventajas increíbles, pero ciertas. Por ejemplo, no me hace falta recordar, al igual que un músico no utiliza apenas su cerebro cuando toca una canción. Eso lo tuvo que hacer antes de aprender o durante el aprendizaje inicial. Tocaba con torpeza, porque era el cerebro que tenía que consultar. Luego son las manos, el cuerpo mismo que toca.

Si necesito saber algo, lo único que hago es relajarme. Sé que no está en mi cabeza ese dato que preciso, pero sé que ese dato vendrá a mi en su formato original, porque yo soy original si no utilizo lo que otros ya utilizaron. Si busco en mi memoria, entonces copio de copias. Si no lo hago, el original vendrá a mi.

Eso me producía un montón de problemas durante años. El no acordarme de un cumpleaños de una persona querida o cercana, el no saber realmente dónde vivo, el alucinar ante montar en la bicicleta o el coche… la verdad es que me causó un billón de problemas, ya que esta sociedad clon funciona exclusivamente sobre el sistema de recuerdos.

Pero paso a pasito, esos problemas se fueron. Ahora, en cuanto noto en mi una cierta intranquilidad o olor de nervio (no sé describirlo de otra manera), sé que toca llamar a tal o cual persona, hacer eso o lo otro… y lo hago como si nunca antes lo hubiera hecho. Esa es la segunda parte complicada al principio, y me hizo sudar de lo lindo para hacer lo que parece lo más simple para quien usa la memoria. Por ejemplo, escuchar el sonido de un teléfono, hacer una llamada… siempre es ahora la primera vez, pero ahora tengo práctica en hacerlo todo siempre por primera vez.

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Otra ventajita es que puedo hablar con quien sea sobre el tema que sea. Si me relajo, me viene ese tema como si lo hubiera estudiado. No lo tengo dentro, simplemente me viene.

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Pues eso. Mi obligación aquí es mostrar como se accede a El Lugar. Quitar hierra al asunto, también. Desmitificar el infinito, el finito, la eternidad, la vida y la muerte. Lograr que nos podamos reír de quienes tienen planes para con nosotros. De sentirnos tranquilos en medio del caos. Transmitir un mensaje original, que cause en quienes lo lean una reacción de infinita paz y tranquilidad, un alivio, un suspiro prolongado.

Por mucho que se clonen a cada milisegundo billones de billones de universos, con billones de billones de seres con sistemas de clonaciones integrados o añadidos, en realidad no podrán retener a nadie.

Lo que es original en nosotros, irá a la fuente. Irá a “El Lugar”. Unos antes, otros después. Lo que no es original, desaparecerá con la desaparición de nuestra parte original en las copias.

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Y por cierto. Si un humanito como yo ha podido verlo así, el proceso debe de estar alcanzando ya niveles brutales. Lo original se larga, y eso se está notando en todas las copias.

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“Señor… ha desaparecido Andrómeda!”- El ayudante del astrónomo gesticula alocadamente delante de las pantallas, mientras que el astrónomo observa aburrido la cara frenética que le transmite el sistema de comunicación.

“Déje de tomar esas drogas, o tómese un descanso. Andrómeda no desaparece, no se da cuenta de la barbaridad, insensato…” – responde al ayudante, que logra abrir un poco más los ya dilatadas pupilas y ojos, emitiendo otro grito, ahora casi ahogado -“..¡Alpha Centauri tampoco está, señor!” –

El astrónomo jefe apaga el intercomunicador y cambia al modo de observación. ¡Quién habrá contratado a ese idiota! – piensa, mientras se gira para llenar la taza de café con la mano a tientas sobre la mesa auxiliar. Pero no da con ella, y con un gruñido despega la vista del monitor, gira en su sillón y se queda con la mente en blanco.

La mitad de su laboratorio ya no está. No hay nada más que espacio.

“Me cago…

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