Es lógico que el “tener” conduce a un caos como lo (que) estamos viendo. Puede que una sociedad siempre creciente, que desborda sus límites una y otra vez hasta inundar otros sistemas planetarios y hasta galaxias enteras pueda funcionar así durante miles de millones de años, pero sin duda alguna ha sido, es y será siempre una sociedad que huye hacia delante, e huye de si misma, de su interior, de sus raíces. Primero a nivel individual, luego colectivo, y finalmente del hogar. De seguir así,  esta humanidad tildaría dentro de mil millones de años a esta galaxia como la patria, sintiéndose extrañamente en casa al visitar cualquiera de los planetas que la conforman. Seguirían  huyendo como hoy, cuando el tener y tener y tener lleva a millones a abandonar los lugares de nacimiento, unos más forzados que otros.

Para que una flecha pueda volar lejos, ha de tener una punta. Esa punta que conforman unos pocos, y luego un cuerpo fino que vaya detrás, un tubo compuesto por lo mejor de la sociedad, para que sustente esa punta en el vuelo, para darle estabilidad de vuelo y así garantías de llegar a la diana, al objetivo deseado. Así se quiere ver esta sociedad. Como una flecha de luz en medio de la negrura, del espacio vacío, superando brechas interplanetarias para triunfar sobre retos de distancias y tiempo.

No sirve cualquier flecha. Ha de tener un tubo uniforme. No puede ser que se agrande hacía atrás o hacía delante. Ha de ser esbelta, y en esa belleza radica toda su crueldad. Sólo se ve como la flecha, olvidándose por completo de estar volando con la energía sustraída a billones de seres vivos a cada segundo. Se mantiene volando esa flecha, ostenta su gracilidad y elegancia, su fuerza y poderío sobre un proceso de vampirismo dantesco, del orden planetario por hoy, y del orden galáctico en el futuro que desea alcanzar.

Cualquier ovni que se digne a mostrar, no es más que otra flechita de sociedades parecidas a la nuestra. Otro fracaso del tener, irónicamente creyéndose siempre en su mayor esplendor. Otros que abandonaron el hogar material de forma física. Una muestra más de la desconfianza que les impulsó. Otra línea recta en una situación que ha demostrado con infinidad de ejemplos que no puede existir línea recta alguna, que cualquier idea de ir en línea recta siempre acaba en curvilínea. Ahí están, no obstante, mostrándose tan enfermos como cualquiera al que visitan.

Ya saben ustedes, queridas amigas y amigos, que los humanos se suelen inventar el amigo invisible. Una existencia en medio de la nada, sin más que el humano mismo… y enseguida aflora el amigo invisible para hacernos compañía, para acurrucarnos con su nopresencia. Todo un prodigio. Una sociedad que precisa de amigos invisibles es una sociedad profundamente aislada, y eso no tiene mucho sentido si lo contemplamos con rigor.  No importa si se le llama Dios, alien, novena dimensión o fuerza universal. Al intentar buscar al amigo invisible para darle cuerpo, se delata el error.

Sí, puede que haya un par de guiris-aliens entre nosotros, pero eso no tiene mucha importancia. También hay abejas, hormigas, ballenas y nubes entre nosotros. Sólo no los llamamos aliens porque ya estaban aquí cuando los descubrimos. El humano dice alien y lo que realmente describe es algo que le es nuevo o no estaba en su territorio. Un cuerpo extraño, y lo de extraño viene de no haberlo percibido antes. Que ironía también, que ese alien es tan humano como el que más, impulsado por el tener, por el conquistar, por la desconfianza en todo lo que traspasa en forma de flecha. Llamémonoslo universo, y sigamos agujereándolo en busca de la línea recta imposible. Si los aliens han llegado hasta aquí, también nosotros llegaremos hasta los hogares de ellos. Sólo para descubrir que hemos hecho el imbécil, por muchas sociedades aliens que hayan hecho lo mismo antes que nosotros. Abandonar el hogar es desconfiar del hogar.

Bueno, también puede que nuestro planeta sea una cárcel. En ese caso el abandono parece del todo lícito, porque nos llevaría a la libertad. Entonces los ovni-guiris formarían parte de un plan más vasto. Entonces todo el precio que pueda pagar la humanidad parece el de un gigantesco sacrificio en aras de asegurar que algún día los humanos puedan vivir en paz. Nada mal esa versión. Convenientemente introducida, puede que explique hasta el crimen más atroz, dejando libres a los asesinos. Libres y vitoreados, incluso homenajenados y elevados a estátuas de la libertad. Claro que les gustaría muchísimo a todos los que ahora aplastan a la vida que fuese así. El poder destruir, saquear, eliminar, violar, mutilar y matar por un fin mayor, que justifica todos esos medios inhumanos. Siendo tan conveniente, lo más seguro es que no tiene otra procedencia que la de salir de esos mismos asesinos. En vez de llamarse amigo invisible, se añade el enemigo invisible y una formidable lucha lleno de héroes contra villanos. Otra huída, otro error, otra cortina de humo para bajarla en cuanto el público se percata del mangoneo entre bambalinas.

Zasss… en toda la cara. Una hostia que llega desde no se sabe dónde y cambia el ADN de todos los seres vivos. Lo mejora. De repente el tener no “tiene” tanta importancia, menguan los deseos de tener y aumentan los deseos de … ohh… no aumentan los deseos. Ohh… no aumentan las ganas de control. Ohh… no importa dónde se esté, ni como se esté. Ohh… al no controlar, no reconoce ningún control. Es inmune al control. Ohhh….. nada de flechas.

De niño, eso de tirar flechas era divertido como triste. Se perdían esas condenadas flechas una y otra vez. Se doblaban, se astillaban, perdían sus plumas, o simplemente se esfumaban como la aguja en el pajar.

Mi padre tuvo un arco. Yo también lo tuve. Nuestros ancestros también los tuvieron. 50.000 años, y todos con el maldito arco y la flecha, ese intento de doblar el universo para generar líneas rectas dónde no las hay.

Existen multitud de ensayos científicos que prueban con facilidad como toda energía que se envía, tarde o temprano vuelve al emisor, y probablemente por la espalda si no se ha movido. Otros dejan claro que eso de “paralelo” es como una creencia mística, porque tampoco. Todas las líneas se cruzan, tarde o temprano.

Si mis ancestros mataron con flechas, allá ellos. A mi y a las y los que estamos ahora aquí, nos llegan sus flechas desde todos los lados, tiempos y dimensiones que han agujereado sin ton ni son. No era suficiente comer hierba, había que comer carne. Eso, porque es más fácil de alimentarse con ella, es más fácil saquear el cuerpo de otro, antes de mirar dentro del propio y saciarse así minuciosamente.

Me imagino a mi hace 34 mil años, viendo como los más musculosos de la tribu salen de la cueva para cazar. Sé que entonces tampoco iba con ellos, sé que entonces también comí de la carne que traían. Sé que mi ADN de entonces era muy parecido al de hoy, y hoy sé que eso es porque no hubo prácticamente nada de evolución genética desde entonces salvo pequeños detalles cosméticos. Tan neanderthal, simplemente un poco más liso. Sólo hay competividad, dónde el ADN no pudo superarla.

Ahora no obstante, sí que hay un cambio más que notable en el ADN. Lo que no pasó en 34 mil años o más, ahora ocurre en pocos años. En una sola generación prácticamente. La semana pasada puede que en tan solo unas horas.

Una evolución que en mí produce todo lo contrario a la flecha. Una evolución que no busca la competición. Un resultado tras otro, que me arrebata todos los planes hechos, dejándome libre de parafernalias del tener. Un ADN que – oh sorpresa.. – no es mejor para todo lo que estamos a punto de hacer. Un ADN que no sirve para nada para todo lo que hemos hecho. Un ADN que contempla y … no reacciona, porque para eso nada hay creado por mano o mente humana que pueda interesarle. Al menos aún no.

Es un cambio de la magnitud del reseteo, de la puesta a cero y empezar por primera vez de verdad.

Porque hasta ahora, lo de la verdad era como lo del amigo invisible, y su amigo, el enemigo invisible.

Hasta ahora.

El segundo mundo - furlock

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