“¿Eran cuatro, no?”

 

Riddick no se giró para contestarle al joven fotógrafo zen.  Para que, si de todas formas ahora todo quedaba abierto. A las preguntas retóricas, silencio de vientos cósmicos.

 

“Y pensar que no tengo recuerdos para que pueda recordar…”, murmuró el joven fotógrafo zen mientras eliminaba también el cuarto de los sueños.

 

Un mundo entero montado para perder la memoria. Un truco gigantesco. Un acto de magia, dedicado a recuperar la esencia.

 

“¿Y si dejo mis manos ahora sobre el teclado, en vez de…?”

 

– “Yo de ti limpiaré esa habitación mañana. Ya no sabes, ya no recuerdas, ya no perteneces, ya olvidas.” – pintó Riddick antes de saltar.

 

“Si. Ya no sé, ya no recuerdo, ya no pertenezco, ya olvido…”, pensó en viento vivo el joven fotógrafo zen, a sabiendas que por la mañana tendría que limpiar a fondo.

 

Miau. Guau.

 

Para que tener más palabras que enseñar, si todo giraba entorno a ellas desde hacía siempre.

 

cuartaentrega