Los paraisos…

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-“Usted está familiarizado con las encomendables leyes del Ninrod Ningod, no?”

El visitante asiente con la cabeza.

-“Digamos que la cuestión se resume en la tercera y cuarta ley.  Ya sabe, aquello de que la bondad es efímera y la maldad duradera.”

El visitante vuelve a afirmar con un gesto.

-“De acuerdo que no podemos tomarnos muy en serio aquello de bueno y malo, pero ya me comprende. Si el hombre no se vió como familia, es porque apostó por lo duradero.”

El visitante afirma de nuevo con un ligero movimiento de su cabeza.

-“Esto tenía que acabar fatal. No hay nada duradero. Ni siquiera la ilusión de lo duradero se mantiene. Vamos, una cuesta empinada hasta los mismisimos infiernos del engaño.”

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Hay ciudades en las que apenas entró sangre distinta a la que hubo. Con decenas de miles de habitantes, siendo-estando todos  relacionados por lazos familiares. Los investigadores históricos resaltan esas sociedades, y la ciencia social las clasifica como cerradas. A nadie se le ocurre pensar por un momento en que un planeta no es más que una ciudad esférica inmensa, y que por ende, cualquier sociedad nuestra no es más ni menos que una boda constante entre los mismos.

Bueno, sí que lo pensaron algunos, porque lo vamos a negar. Precisamente aquellos que alegremente condenaron a millones con la etiqueta de subnormales, mongoloides o demás lindezas.  En el camino de lo duradero, no hay otra salida que clasificar lo que no apunta en la misma dirección como anormal. Callaron ese pensamiento del incesto planetario, porque pronunciarlo hubiera echado por Tierra (tierra) sus carreras , sus honores y títulos, sus logros, éxitos y demás banalidades supuestísimamente duraderas.

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Se pidió un cambio en la sociedad humana. Uno sustancial. Que así no podíamos seguir, y esas cosas.  7.500 años después de esas voces, seguimos igual. Una estructura falsa hasta la médula, intentando tapar que de aquí no sale nadie, ni muerto.

Cuando se proyecta una película en la que algo apunta hacía un futuro mejor, lo único que consigue es un pasado peor. Pero para qué hablar de eso, cuando ni siquiera se conocen las leyes del Ninrod Ningod ya.

Hay pasados de los que nadie sabe hablar, de tanta información supuestamente duradera que le tapa las entrañas.

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-“Ahora intenta ponerte de manos, sí… así, poco a poco… venga, encórvate aún más sobre ti mismo… un poco más…”

El alumno sigue las instrucciones de la mentora con precisión. Cuando está hecho un buen ovillo y sus manos comienzan a parecersele los pies, levita suavemente.

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-“El lo sabe. No tardará en contarlo a los cuatro vientos.”

Los tres miran la mesa. Llena de informes. Llenos de datos.

-“Nadie le creerá, y el no se expondrá. Caso cerrado.”, apunta finalmente el más viejo de entre ellos. Los otros no lo dudan siquiera. ¿Quién iba a dudar de alguien con casi 720.000 años de experiencia?

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Cuando formo un puño con mi mano, todos miran como hipnotizados ese movimiento. Les llama poderosamente la atención. No pueden desviar la mirada de ese momento, aunque mi mano hace minutos ya se dedica a fluir de otras formas.

Cuando formo un puño con mi ser… las leyes humanas, físicas y demás banalidades acaban justo antes de formarlo.

Yo no golpeo a nadie. El último golpe está reservado siempre a la no-existencia. No forma parte de lo que se pueda comprender, aún así nos forma a todos si así lo queremos.

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-“Son ocho euros la hora, dos clases a la semana.”

La madre mira al joven fotógrafo zen y comprende ahora porque el hombre lleva ropa desgastada.

“Usted…”, pero el joven fotógrafo zen no la deja terminar la frase.

-“Que va, no me interesa, pero gracias por pensarlo.”, le responde y se sube a la bicicleta. “Que tenga un buen día, señora.”

La mujer entra de nuevo en casa, intentando emular ese movimiento de formar puño que le quitó toda duda posible sobre la cualificación del profesor.

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