dicen…

Dicen las malas lenguas que la medusa mecánica se percató de las brechas en sus ruedecillas, por las que el tiempo, el aire y materia fonón se estaba deslizando hacía la grandeza de los mares universales. Miró y miró, hasta que divisó a un tipo sentado sobre un engranaje, pelando patatas.

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“Oiga, usted. Sí, usted. El del pelapapas. ¿No sabe que estos son los dominios de la mecánica?”

La medusa mecánica puso bastante énfasis en aquello de “mecánica”, tanto que sus soplos por poco tiraban al tipo del engranaje. Algunas patatas cayeron hacía los abismos.

El tipo siguió con su tarea, no sólo absorto en ella, sino sin el más mínimo detalle de haberse sentido por aludido.

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Probó de todo la medusa mecánica, pero sin éxito. Con cada segundo que pasaba, otro trozo de piel de patata se mezclaba con los preciosos engranajes, haciendo cada vez más complicada la tarea de mantenerlos rodando.

“Eh, que me voy a enfadar, eh…”, pero ni con esas. El tipo sacó otra patata del cesto interminable. Por un momento, la medusa mecánica tuvo la impresión de que era una especie de respuesta, hasta que la mente-morgana fatigada se esfumó también.

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“Díganos señor… ¿qué va a hacer el sistema ahora?”

Los tres enanos se habían puesto alrededor del joven fotógrafo zen, que no paraba de no hacer nada. Les miró, y luego dijo:

“Ahora hará que haya más posibilidades. Quitará a los de siempre una buena parte de sus ventajas y privilegios. Hará que lo mediocre pierda el suelo por debajo de sus propias pisadas.”

Los tres enanos se frotaban las manos. Semejante perspectiva era bienvenida después de casí 7.800 años de tener que tragar polvo.

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“Al menos, tenga la bondad de decirme porque ha elegido patatas para atacarme”. La voz de la medusa mecánica sonó apagada, harta de no obtener más que cansancio en respuesta a sus intentos de evitar la papa-invasión-de-pieles.

El tipo finalmente levantó la cabeza. “-¿Eres tú, gran medusa mecánica?”-, dijo y sacó otra patata del cesto de mimbre de color azul y naranja. -“Lo hago para que no les engatuses otra vez con relajar la presión y luego hundirlos cuando estén felices.”

La medusa mecánica observó aquella frase que enmarcaba su actuar como lo hace un globo el aire. Seguía sin saber como precisamente pieles de patata podían evitar la repetición, cuando todo lo demás siempre había sido a su favor.

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“¿Y luego, luego que pasará, señor?”

El joven fotógrafo zen sacó una patata de su vestimienta estrafalaria neutral. “-Esto pasará”, les dijo y les lanzó la patata para que la cogieran al vuelo.

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