Calle relativamente ancha. Nada de tráfico en una dirección. En la otra, un ciclista baja lentamente por una cuesta suave, con apenas darle a los pedales. Detrás suyo, a unos cincuenta metros un coche que circula a velocidad exagerada. Tres señoras de avanzada edad abriéndo las bocas para gritar.

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“¿Sabía usted que aquí no tiene nada que hacer?”

El militar mira con desdén hacía abajo, intentando encontrarse con la mirada del joven fotógrafo zen. Este, sin apartar los pelos de la frente, manosea entre los restos de la trituradora de patatas, en medio del caos que ha dejado la explosión en la cocina militar.

“¡Ha sido una broma pesada del pinche cocinero, idiota! Debió de meter una granada en la peladora para vengarse de los mandos y explotó. Menos mal que nadie sufrió heridas. Váyase, coño!”

El joven fotógrafo zen no le contesta. Parece ni siquiera haberle escuchado.

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El hombre pulcramente vestido, masculla en perfecto italiano una blasfemia tras otra, mientras cruza por la avenida. Roma ha dejado de latir, apenas se ven vehículos. Es un número impresionante de bicicletas que llenan de nuevo las arterías, número impensable tan solo unos meses atrás.

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El militar agacha la cabeza ante la tronadora como brutal reprimienda de su superior.  Hace media hora que tuvo que soltar al cocinero, disculparse y admitir el error cometido.  Si, granada hubo, pero vino de los campos. Una granada de mano de 60 años de edad, una patata más en un saco.

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El coche recibe un puñetazo del tamaño de un gigante. El morro se hunde, el parabrisas salta hacía delante, la parte trasera del vehículo se levanta momentáneamente en el aire. Finalmente queda reducido a chatarra en medio de la calle, con el conductor ileso agarrando aún el volante, mirándose como para asegurar que realmente está vivo. Las tres señoras de edad comienzan a gritar, saliendo sus voces del último eco del estruendo.

El ciclista gira la cabeza, observa el caos y sabe que un No suyo ya no es un No.

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“¿Cuando se dió cuenta?”

El joven fotógrafo zen mira atentamente a la señorita que espera ansiosamente la respuesta.

“–Cuando un No mío dejó de ser mío y se convirtió en puño.”

La señorita niega con la cabeza. “No es posible. ”

El joven fotógrafo zen mueve sus brazos para dibujar una serie de antígüisimos detalles en el aire.

“–Es el Fin del Scherzo”, susurra mientras que el aire le acompaña.

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