Como hoy me ha tocado el precioso trabajo de hacer sonar un idioma en otra persona, se brindó la oportunidad de rozar levemente el mundo de los sueños. Así que, no será demás recapitular un poquito las bases que ya hemos descubierto.

Inicialmente, la fase del sueño se ha descrito como un bloque separado por diversas zonas específicas. Está ese sueño sin apenas actividad cerebral, de varias horas. Luego la fase REM, de pocos segundos hasta minutos, y finalmente otra fase de un sueño semiprofundo con actividad detectable del cerebro. En una escala del uno al diez, la primera fase estaría en un cómodo uno durante horas, luego tendríamos un pico hasta el diez de pocos segundos, seguido por la fase tercera hasta el despertar en un 2 a 3 de intensidad, aproximadamente.

Como ya vimos, la fase del sueño profundo (la de la actividad prácticamente nula del cerebro) es la importante. Es cuando entramos por el conector cuántico, dejando el cerebro atrás. No hay prácticamente conexión con el mismo. La fase REM es la que anuncia nuestra vuelta, y a pesar de que los filtros internos del cerebro evitan el 99,999999999999999% de información, ese poquísimo de experiencia adquirido o adherida del viaje cuántico llena durante unos segundos hasta los rincones más dormidos del cerebro, disparando su actividad con una explosión tremenda. La última fase es la que aprovecha el cerebro para enmascarar esos datos adheridos, convirtiéndolos en sueños.

Con posterioridad a esa nueva distribución de las fases del sueño, invertimos medio año en buscar un medio para plasmar en la realidad física las experiencias o recuerdos cuánticos. Lógicamente lo hicimos a sabiendas que solo serían atisbos del viaje cuántico, y que mostraría lugares en vez de secuencias. Se trataba de darle forma o encontrarle la forma de las entradas a las miles y miles de capas, tanto internas como externas.  Lo resolvimos – en mi opinión magistralmente – al asociar el agua a la introspección, y luego comprobar que efectivamente no existen planetas en el vacío, sino más bien un inmenso océano de agua, con distintas densidades en el que universos y sus galaxias flotaban.

Las fotografías del agua a distancias que impedían el enfoque primario del cerebro sobre las mismas hicieron luego el resto. Delante nuestro se abrieron miles y miles de entradas, tantas que hasta yo me cansé de fotografiarlas. Aprendímos a localizar entradas en prácticamente cualquier acumulación de agua, y meternos en las mismas explorando los mismos mundos cuánticos que noche tras noche surcamos, aunque ese último verbo carece completamente de sentido. Ahora al menos teníamos una pequeña prueba física-gráfica.

Que nuestro cerebro no sea capaz de soportar el flujo cuántico es lógico, pero que nos impida una vida consciente de la misma ya no tanto. En ese punto comenzamos con el trabajo de descubrir las brechas naturales a ese influjo. También en ese trabajo, que duró varios meses y a punto estuvo de terminar al menos conmigo, apareció finalmente el sistema para reflejar esas brechas, sus horarios, intensidades y niveles. Sigue vigente hoy, con una exactitud que no tiene par en lo que a calendarios fijos se refiere.

El siguiente paso iba a ser el último. Se trataba de acceder a la fuente cuántica sin sueño de por en medio. Para ello, la desconexión completa del cerebro en su actividad general y el fijarle en procesos que taparían por voluntad nuestra esas vivencias se antojó primeramente imposible. No obstante, también ese último paso lo pude completar, y pronto lo completarán muchas más personas. Describir ese último paso es imposible, porque lo mejor del olvido consciente es que es un olvido fiel. Lo que sí sabemos y podemos expresar aquí, es que la cercanía a los alinimales es determinante.

Bueno, creo que es buen momento para esta pequeña recopilación.