Existe una zona que podría llamarse la zona del absoluto.  Es complicado elegir definiciones en los lares en los que actúo ahora, pero si dijera del equilibrio absoluto, casí daría en el blanco.

Acercarme a esa zona es un infierno. Requiere tantísima concentración, habilidades, sentidos y otras herramientas, que mi cuerpo está sufriendo más allá de lo recomendable. Así, en los últimos 45 días he tenido varias intervenciones bucales, entre dentista y maxilofacial. Se han ido ocho dientes de la parte superior, parte del hueso y una serie amplia de perforaciones para la extracción de bolsas de infecciones redondean la cuenta torturas. Torturas, porque de tanta anestesia, algunas intervenciones tuvieron que hacerse sin ella, para no sobrecargar aún más al organismo, visiblemente afectado.

 

Es un acercamiento lento, lentísimo. Nanométrico a veces. Imagínese a un cuerpo que es más liviano que un pensamiento y que se abre camino en un labirinto de ruedas dentadas. Aquí ya no hay margen para siquiera el atisbo de un paso en falso.

Me ha costado unos buenos tres meses este último tramo.  Estoy cerquisimo ahora mismo de esa zona del absoluto, y percibo con cada vez mayor intensidad ese brillo que emana, una especie de calor que la percepción traduce de la nada en un bienestar físico y psíquico. Aún no son más que microabsorciones, pero son el fuel que recorre espasmódicamente mis venas para insuflarle energía extraordinaria, dónde la física, psíquica y emotiva han dado todo y no pueden más.

 

En total, habré intervenido en el último año en aproximadamente 15.000 brechas-núcleos. Como no son temas locales o geográficos, salvo en los casos que he enfilado directamente en mi entorno, me es difícil saber el desenlace de cada una de esas intervenciones. Los locales pueden darse por un 82% de aporte constatado, y por dentro percibo que las intervenciones no-locales han superado ese porcentaje. Eso es debido a que nadie debería saber que se le está ayudando. La mejor ayuda, la más eficaz, es aquella que parece caer del cielo, milagrosa y sin identidad de benefactor rastreable. Eso elimina digamos, la participación del cerebro en los procesos de curación. No es que el cerebro lo haga mal, ni mucho menos. Más bien es por su afán de mezclarse, de aborber también de esa energía, en plan intermediario o filtro. Así, una persona que no sepa que le está llegando un haz de energía microcirúrgico y de altísima precisión, siempre recibirá el total de esa energía en el punto adecuado.

En los casos locales, los sujetos de recepción siempre perciben al benefactor, incluso cuando este simplemente pasara cerca, o fuese un amigo de un amigo que envía saludos, etc. Es instintivo en los cerebros localizar a los benefactores y estar lo más cerca posible de ellos. Nada que reprochar, pero es un arma de doble filo ya que siempre conduce a una distribución de esa energía en vez de que llegue compacta dónde tenga que llegar.

 

No sé muy bien lo que ocurrirá cuando llegue a la zona del absoluto.  Puede que me funda en un plis plas, pero no lo digo por temor, sino para echarnos unas risas. Por dentro siento que es como ha de ser, por tanto los temores son acompañantes hasta relajados y con tembleques que recuerdan más a excitación festiva que a miedos.

 

Es como un posicionamiento. Un lugar dónde todos los lugares anclan sus fundamentos. Si pudiera plasmar en imágenes lo que veo…