Se puede llamar a las puertas. No suele funcionar, porque el llamar no las abre. Están hechas para cerrar camino, para generar una especie de pseudo-seguridad, llamada también la de las cuatro paredes.

Las puertas tienen sentido, pero el llamar a las mismas ninguno. Si las puertas están cerradas cuando no hace viento ni frío, los nudillos acabarán por desgastarse. El mal endémico de querer vivir aislado de la vida. Y dónde digo puerta, ya se sabe a que me refiero.

El único camino de la salvación que le queda a esta humanidad es la de abrir las puertas. No ya a sus congéneres o supuestamente iguales, sino a todos los animales y plantas. Pensar que somos algo más o distintos a la vida que aún nos rodea y abraza, a pesar de tanto daño que le hemos hecho, pensar que se es humano y que eso es algo diferente a una rata o un perro, un gato o una lechuza, una margarita o un elefante… es vivir con las puertas cerradas. Ya no con llave, sino con cemento y hormigón.

No hay otro camino, ni hay alternativa a ese mismo camino. Es el único que hay. Que no se quiera andar, eso condena a priori a la humanidad, aunque gracias a esos esfuerzos descomunales de destrucción, la condena ha ido salpicando a toda la vida en sí.

Somos animales. Que tengamos menos pelos o la piel más fina es tan relativo como que un pez tampoco tiene pelos y por ello no se siente humano o distinto.  Que nos agarremos a nuestros grandes artistas o pensadores, tampoco nos brindará ninguna oportunidad para salir del cerco llamado humanidad, y lo único que hace es alejarnos más y más de nuestro hogar animal.

Se salvará la vida llamada humanidad en el momento en que invierta en la vida que se dedica a la vida animal. Ni puentes, ni carreteras, ni despachos, ni casas, ni edificios de cristal, ni barcos y tampoco cohetes serán necesarios para eso. Cualquier profesión que no se dedique a la vida animal está condenada a desaparecer. Sin rastro que la luna pueda identificar más allá de unos decenios después de la desaparición de la vida que se llama humanidad a si misma.

Ningún juicio a ningún corrupto terminará con la corrupción. Ningún espectáculo llegará a establecer las bases necesarias para una vida en común. Sólo, exclusivamente y de forma única las vidas dedicadas a la integración completa de la humanidad, a la vuelta a la vida animal, podrá asegurar una vida en paz.

Porque la vida en sí es eterna. Lo que no es eterno, ni tiene la más mínima importancia, es cualquier ilusión de sentirse distinto.

No vale la pena invertir en la humanidad. No porque le queden cuatro velas por consumirse, ni tampoco porque es incapaz de comunicarse con la vida. Más bien es porque nunca aprovecha ninguna oportunidad, salvo si con ello puede ganar algo.

Aquí debería haberse mostrado la prueba física de la vida eterna. Es simple esa prueba, cualquiera la puede reproducir en cualquier momento y lugar.  Es una señal que lleva toda la vida eterna, y está escrita en todas las frentes de toda la vida existente. Sólo el ser vivo que se cree humano no la quiere ver. Eso acabaría con toda la mentira. Si es eterna la vida, la humanidad no es más que un fraude. Pero a los que se creen humanos, les encanta tanto su fraude, que no le ven ningún provecho en sentirse de otra manera.

¿Quien en su sano juicio de animal daría a los humanos la clave para erigirse definitivamente como fraudulentos eternos? Porque eso es lo que harían con ese conocimiento, que en vez de querer adquirirlo al integrarse en la vida animal, lo buscarían lejos de la misma.

Mucho se ha especulado sobre ese conocimiento. Hay miles de libros que versan sobre esa vida eterna. Pero ninguno de los que los escribieron, dieron con ella. Por eso escribieron libros fraudulentos, porque vieron un provecho humano.

Pero pistas dieron quienes volvieron del largo viaje. Unos decían gota de agua, otros se mecían como bambú en el viento.

Yo, o lo que se llama yo ante los demás, también estoy obligado a darla, aunque todo en mi grita que no.

Obsérvese una nuez.