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Sé que a algunos no les va a gustar esta entrada. Aunque se sienten cercanos a la aventura de sombrasbaul, en un punto suelen diferir con insistencia. No es otro que la derrota de la humanidad, el ver como algo desconocido se instala entre los seres humanos después de barrer las defensas como un niño unas figuras de luchadores fieros. Fieros por fuera, ceros absolutos por dentro.

El imperialismo, ese modo de aprovechar el conocimiento de las brechas durante milenios y vivir a costa de los demás torturados, es con quien se deberían de enfadar o de disentir. Dirán: “¡Pero si eso ya lo hacemos!”, aunque luego volverán a llorar por la derrota de la humanidad.  Lo de llorar está bien, pero equivocarse tantas veces de objetivo, eso ya no tiene perdón.

No es la humanidad que está siendo conquistada, si no que es el imperialismo que – una vez más – es derrotado con facilidad por los niveles siete y ocho. No es el ejército de la humanidad que está siendo diezmado a cada oleada, si no un ejército imperialista tras otro. No son las armas humanas las que no aciertan, si no armas imperialistas. Esas últimas calibradas a la perfección, pero incapaces de dar en un blanco que ni siquiera reconocen como tal.

escudo-norte-intacto

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Esta es la derrota del imperialismo.

Por el otro lado, reconozco que he llegado más o menos a la mitad del nivel siete. Los primeros tramos fueron asquerosos, ya lo comenté. Ahora, la cosa ha mejorado en cuanto al número de lemmings. A estas alturas, duran milisegundos si se materializan en medio del escenario de turno.  Prefieren matarse en las colinas y montañas que he dejado atrás, dónde su “suerte” perdura unos minutos.

Por delante tengo territorio desconocido. Lo estoy notando en como responde la simulación por aquí, una especie de trampa constante, aunque cada vez menos atrayente, y por tanto cada metro menos invisible. Con el número de lemmings a menor, empieza a haber pequeños grupos que logran formarse por camaradería. Apenas se habla. Es de quienes ya no tienen nada que contar, salvo avisar al amigo de algún peligro, o agradecer la mano mágica que te acaba de salvar la vida.

Los mercenarios son pocos. Tienen la capacidad de estar invisibles, aunque los tengas al alcance de tus manos. Tienen triple de suerte. Tienen de todo. Aún así, hasta un abrelatas de tercera generación que ha llegado hasta aquí es capaz de abriles por cualquier parte. Está claro que hay ejercitos de la humanidad, y está claro que llegaron dónde hemos llegado porque no han dejado de fiarse del amigo.

Todo lo contrario nuestros amigos imperialistas. Por no fiarse de su sombra. Por eso están perdiendo su gran batalla, con toda la parafernalia de soldados y maquinaria de guerra. Por no involucrarse en una causa común. Por querer ser distintos. Por no querer repartir la suerte entre todos, la poca que llegaba durante los últimos 6.000 años, esa poca que les gustó para ellos y para dominar.

escudo-sur-devastado

escudo-sur-devastado

Después de la derrota completa, comenzarán unos 2.000 años sin apenas poder. Esos son los que a mi me gustan, y esas son por los que sigo adelante. Tengo ganas de unas vacaciones largas, en las que aquellos seres que evolucionamos juntos y a gustazo nos podemos pegar el lote de vivir sin tener que disparar cincuenta rondas para asegurar el perímetro. A cada minuto.

Con lo fácil que hubiera sido pasar estos 6.000 años tranquilos. Con lo fácil que hubiera sido transmitir ese conocimiento de generación en generación. Con lo fácil que hubiera resultado mantener esas pocas decenas de miles de amuletos de la suerte en lugares de acceso común. Todo ser humano hubiera tenido contacto con ellos al menos una vez cada cierto tiempo. Hubiéramos llegado a la apertura en tan solo tres o cuatro generaciones. Con abuelos de 800 años de edad.

Pero no. Unos cuantos la querían para ellos, y ni siquiera ellos saben porque. Menos mal que se terminó para las almas de este lugar este ciclo de insensatez y cobardía, de la traición y desigualdad.

([*] Publicaré las fotografías más tarde, que tengo hambre)

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