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La cantidad de almas que ya se han marchado por las microaperturas en los últimos días comienza a pasarle factura a la simulación.

Es posible que en las sociedades alinimal y de seres bacteriológicos, víricos y otros no tengan la oportunidad de observar esa merma, en cambio en el mundo humano eso es otro cantar.

La pertenencia al pasado es algo que ha calado hondamente en la sociedad humana. Es una dependencia que ha desembocado en todos los males. La mayoría de la humanidad antepone el pasado a cualquier otra variación, sin percatarse que es ya el propio pasado que se ha adueñado de la misma.

El resultado es que los máximos exponentes del pasado, normalmente siendo también líderes e ídolos en la sociedad abducida, ahora se encuentran con que les falta cada día un poco más de energía para seguir adelante con sus eternas repeticiones.

Siendo la estructura cada día más débil de quienes hasta la fecha gobernaban cualquier ser que se les antojaba, no encuentran posibilidad alguna de mantener el pasado delante de todo lo demás. Se derrumban ante ese reconocimiento, incapaces de hacer otra cosa que huir despavoridamente, llevándose lo que pueden del barco que se hunde.

Aquel capitán del navío que naufragó ante la costa, aquel que huyó entre los primeros. Sin saberlo es el símbolo de la oleada de fugitivos de su responsabilidad que le está siguiendo, día sí y otro también.

la-mil-pelos-ya-no-es-un-barco-ni-vientos-precisa

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Ahora ya no se ríen de aquellos textos en los que la Milpelos se acercaba, ofreciendo espacio y mundos para cambiar el sino.

Ahora darían todo el oro del planeta y de los demás para tener una plaza asegurada.

Pero ya no está la Milpelos. Ni tiene pasado.

Las obras han de obrar. En el pasado, han dejado de obrar.

En el presente, quien lo reconozca, obran sin cesar, ni César.

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