*****

Es fácil ponerse a pensar. Lo complicado resulta en dejar de observar la continuidad.

Aquí, en la siguiente imagen estoy encima de un puente, pero encima de su viga más alta. Contemplo el tráfico a mis pies, a unos 50 metros
más abajo.

La imagen tiene un peso enorme, así que paciencia si tarda en cargarse al ampliarla.

La continuidad habla de que hay un observador. No tú o yo, si no algo que traduce lo que vemos tu y yo. Me dirás que eso no es raro, que lo que yo describo se llama cerebro. Te diré que sí, que ya lo sé. Pero también sé que el cerebro nos quiere hacer ver a ti y a mi … que es un cerebro. No ha construido nada de lo que recorre. No gestiona ninguna función de crecimiento.

Observa esta siguiente imagen. Verás, es un túnel. Si quieres saber dónde empieza, busca el ojo que lo genera (ya sea la flor, ya sea la raíz… tu misma/o).

Todo ojo es el principio de un túnel, y ese túnel no es otra cosa que la transformación de lo que ha captado el ojo. El cerebro, no hace ninguna falta en todo eso. Pero mira tu por dónde, ese cerebro tiene sus tentáculos metidos en todos los túneles que recorren tu cuerpo, sin haber participado en lo más mínimo en su construcción.

Hay salida a eso. Tranqui.

Es ponerle fin a la continuidad. Es dejar de ver las cosas en movimiento y ver cada uno de los saltos por separado.

Te toca reinterpretar lo que es fluir, porque no se trata de fluir de un lugar a otro, sino de saltar con fluidez.

Eso, sí quieres venir conmigo a observar y reconocer desde puntos imposibles
de vista en la simulación. Una simulación, en la que la palabra
imposible está destinada a ti, siempre a ti, y curiosamente
a ti.

Te enseñaré a saltar. Atomizarás esa palabra.

Te convertirás en ella.

En alguien imposible.

********

********