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El pueblo vibra de música folclórica colérica de repeticiones. Retumban los mismos bajos, sea cual sea la canción, y la noche depara otra alargada de verano, otro soñar con pasados que ya nunca más volverán. Los P’aquí-estaníes no se enteran de eso último.

No se enteran de absolutamente nada.

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Dicen las malas lenguas que el joven fotógrafo zen limpió otro campo de batalla, recogiendo con eficacia varios cadáveres. Un barrio más, que nunca alimentó a sus alinimales, que nunca les atendió en sus necesidades, que jamás se dignó a respetarles espacio, calidad de vida o el mismo aire que respiraban. Un barrio está muerto, cuando ni siquiera es capaz de enterrar a quienes matan en el. Cuando pasan al lado de los cadáveres como si dejarlos fuese un mensaje de fuerza.

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El joven fotógrafo zen contempló a los cadáveres lo suficiente para grabar en su retina la información que aún quedaba. Luego usó palo y recogedor para llenar una caja de cartón. Reconoció que el barrio estaba ya cayendo por el vacío, y que el fondo de la garganta estaba esperando con espinas de cinco metros de alto.

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“Digámoslo así: va ese joven y sigue con su tarea imposible. Alrededor suyo envejecen y envilecen, pero ni así logran menguarle su campo de acción.  Es el tipo que cae en medio de un terremoto de la silla, pero no por el terremoto, si no por la risa.” Buchos termina la frase enlazando sonoras carcajadas.

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Alaana no tiene dudas. Por cada uno de los suyos, cien mil millones de los otros. No tiene límite en esa balanza a la derecha de la frase. Si es con un sólo clic para todos, ese clic lo dará ella.

No se mueve en su escondite, con la tela de camuflaje hace horas que se ha impregnado de la postura. Espera sin esperar. No ha venido aquí para encontrarse con algo. El sitio la llamó. Ella está dispuesta a la sorpresa.

De ser la sorpresa.

Lo inesperado por los seguidores de círculos.

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“Mira hijo, cuando en la batalla hay un francotirador, hay dos formas de acabar con el. Una es lograr una ofensiva de varios flancos a la vez, para que no pueda elegir sus saltos. Así se expondrá a al menos uno de los tuyos lo suficiente.
La otra, y desgraciadamente es la que te tocará en más de una ocasión, es ser rápido, pillarlo por detrás y saber ponerlo todo en un solo disparo imposible.”

El joven fotógrafo zen mira a su padre, y ambos piensan en la tercera alternativa. “No, hijo. Esa es recrearte.” El joven fotógrafo zen agacha la cabeza.

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Esta configuración de mundo y su programación no tiene ningún futuro. Se le termina ya lo que pueda proyectar hacía delante, y la boca gigantesca que le viene perseguiendo desde hace mucho tiempo, por fin cerrará las fauces dando fin a la carnicería estúpida. Bueno, a los estúpidos primero.

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“Ustedes. Ustedes no tienen ni idea. Sí, ustedes. No me miren con esos ojitos abiertos de par en par. Ustedes están en medio de la batalla, de La Batalla, y se comportan como sonámbulos. Caerán como las moscas en cualquiera de las próximas ráfagas. No volverán a nacer. No habrán reconocido como salvaguardar sus esencias ante la boca que todo lo aspira. Ustedes. Ustedes no tienen ni idea, ilusos.”

El público está consternado. La señora octogenaria que iba a hablarles de vinos de la zona parece haberse vuelto loca.

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“Mira hijo, aquí tienes lo que en mis tiempos llamábamos la Gran Berta. Con una de esas perforas hasta el blindaje más avanzado de cualquier búnker.”

El padre se carcajea ante la mirada sorprendida del joven fotógrafo zen, que contempla como su progenitor físico deja caer un calcetín sospechosamente tieso sobre el suelo.

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No habrá fin de ninguna crisis. No habrá fin de guerras. No habrá fin de opresión. No habrá ningún tipo de mejora, si no que todo ira empeorando a marchas forzosas, dantescas y crueles.

Eso no cambiará ni un ápice a quienes conservan los espíritus y esencias de billones. No les impedirá absolutamente nada.

En el momento adecuado, uno de esos contenedores-guardianes de esencias perderá momentáneamente los estribos.

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“Ayer me dispararon casi once mil proyectiles.”

Sherpa Carmichael observa al joven fotógrafo zen y niega con la cabeza.

“Vale, ya sé que no tengo buen aspecto, pero …”

Sherpa Carmichael interrumpe a su amigo con otra negación de cabeza, mientras apunta con un dedo a los pies del joven fotógrafo zen.

“Oh leches, debo de haberlo enganchado a la vuelta, que vergüenza…”

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“Eso significaría que por cada personaje desarrollado, se ha recuperado una de las capas. No explica eso a los actores, amigo. Deberían … bueno, ya ve como están.”

El joven fotógrafo zen no responde al anzuelo. Espera que el suyo se enganche suavemente en el fondo del pozo negro del líder religioso que le ha citado en su despacho.

“Los actores…”. – El hombre se levanta de su silla para mirar por la ventana, dándole la espalda ahora a la visita.

Durante largos minutos no se mueve nada ni nadie en el despacho salvo las sombras y luces en su juego diario.

“Los act… “, pero no logra terminar la enésima repetición. Algo en el se mueve, le parece estar desgarrando desde dentro hacía fuera. Contempla con la boca abierta como en su memoria destacan cuatro personajes, uno de ellos el mismo.

El joven fotógrafo zen relaja la caña, y corta el hilo.

Hay anzuelos que obran en sus víctimas en vez de cobrarselas.

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Los P’aquí-están. El perfecto pueblo de quienes no tienen metas, sino metillas.
No sea que reconozcan lo inútiles que son para dar un paso de verdad.

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Dicen las malas lenguas, que el joven fotógrafo zen contempló el mapa de los pueblos que había conocido en la zona. Todos, absolutamente todos estaban hasta arriba de P’aquí-estaníes. Todos, absolutamente todos habían cometido más que suficientes actos para no volver a prosperar nunca más, condenados por toda eternidad y más allá de ella y su hermana mayor.

“¿Para qué están?”, le preguntó la joven economista. El joven fotógrafo zen le dijo que nadie lo sabía, y que por eso tenían su nombre.

“¿No deberían llamarse entonces ‘pa’qué-están’?”

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La señora pide gominolas a la dependienta. Tres de esos, cuatro de los otros, cinco de aquellos, uno de los verdes, otro de los rojos, cuatro de fresa…

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La caja de cartón.

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La bolsa de plástico.

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El contenedor.

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El camión de basura.

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“Ya sabes, si se les obliga a preguntarse por su destino, se vuelven violentos. Si se les asigna pertenencia a algo que ocupan y destruyen, no se preguntan por su destino.”

La joven economista gira la cabeza para ganar campo de visión sobre la muchedumbre empujándose unos contra otros para ir de un sitio a otro.

“¿Y si nos contestamos nosotros a esa pregunta?”, le susurra casi.

“El nuestro es el que llevamos dentro, el suyo el que llevan impreso.”

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“No es que haya separación o distanciamiento. No se puede hablar de un cierto enfriamiento o mayor número de roces. Lo que hay es una fractura de la sociedad, y no es precisamente la de entre ricos y subyugados, o esclavos y amos. Esas nunca llegaron a ser más que pequeñas contusiones, incluso con millones de millones de muertos de por en medio.

Yo les hablo de una fractura de verdad y esas se suelen causar por una terrible falta de calcio en los huesos. “

Los alumnos se miran entre sí, preguntándose de dónde sacará el profesor esas ideas. ¿Falta de calcio, con lo que sus madres les metían de leche y minerales?

El silencio reinante habla de mensajes por móvil.

El profesor mira al alumnado y constata que no hay ni uno de calcio entre ellos.

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“Durante este mes vamos a estudiar una parte de la mitología griega, en concreto vamos a trabajar a fondo la parte de El Rapto de Perséfone.”

El profesor ni siquiera observa al alumnado. Han pasado 30 años desde que empezó en su primera clase, imbuyendo a todos en ese primer año el espíritu de los seres.

Al año siguiente lo trasladaron a un pueblo atestado de p’aquí-estaníes.

“Verán ustedes, esa parte de los mitos es especialmente atractiva. Separa definitivamente el mundo de los dioses de la pertenencia a cualquier plano, entregándoles la llave para estar en todos los mundos. Ese mito, señoras y señores, ese mito en particular explica mi existencia, mi tercio. También define la suya, que es de tres tercios pero de cojos. Ya saben, aquellas y aquellos que van en círculos por tener una pierna más corta que la otra.”

No hay reacción alguna. Los alumnos están esperando la siguiente frase. En su pepéfonía, inconscientes de la llave de Perséfone. Inconscientes de los aros que les aprietan las gargantas.

“Para que puedan comprender mejor de lo que estoy hablando les ayudaré con un simil de su actualidad. Cuando ustedes pijotean como dicen…” –

Los alumnos levantan abruptamente la cabeza. ¿El profesor está hablando de follar? ¿En una clase de una escuela? ¿El profesor? ¿El?

“…. es cuando pasan justo a lado de la salida al círculo y escupen sobre ella todos los jugos.”

Los alumnos están alucinados. Al día siguiente han trasladado al profesor a otro pueblo.

Sin escuela.

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Dicen las malas lenguas que el joven fotógrafo zen pensó durante unos años seriamente en contra-atacar, haciendo valer su condición de bestia parda. Dicen también, que las neuronas de tanto dar vueltas sobre lo mismo, finalmente se convirtieron en pequeños círculos, perdiendo su forma de esfera gradualmente. Unos aros primero, unas esposas después, unos anillos más tarde.

Cuando quisieron llegar a formar virus y destruirle sus tejidos, el joven fotógrafo zen los borró del mapa.

Pero claro, de eso no hablan las malas lenguas. Ya saben ellas mismas lo letal que resulta un pensamiento circular.

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Claro que quiero destruir el maleficio. Pero no gasto pensamientos en ello. Laana sabe que su destino es propio. Sherpa reconoce en cada momento a quien le rinde cuentas. La Defensa obra milimétricamente, porque es de los tanques más débiles de la contienda. Andreíta conduce como conduce, porque su tercio es vinculante con los otros dos, el joven fotógrafo zen es siempre la capa más joven del capullo.

Son miles y miles y miles de personajes que han ido recuperando esferas. Las suficientes para acceder a la comunicación sin apenas usar el cerebro. Las suficientes para generar espirales de nuevo.

Claro que odio al maleficio. Pero no gastamos sentimientos en ello. Lo expresamos a través de miles y miles y miles de corazones que latimos en sintonía, ahora conscientes dentro de la forma que elegimos.

“Háblame del hombre de las 30.000 almas, Trini.” Andreíta suelta el balón medicinal que impacta con parsimonia sobre el suelo del gimnasio privado.

“Uiii, cielo. Creo que ha llegado el momento de decirle adiós a las carreras profesionales o artísticas.”

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Hay personas que buscan durante decenios algún trabajo, hobby o ocupación que les llene mínimamente con algo. No son muchas, pero las y los hay.

Nunca la encuentran a esa profesión “suya”. Llegan casi todos a la conclusión, de que esta sociedad – un planeta entero – no tiene inventada su profesión, su labor, su lugar de utilidad a los demás.

Es más tarde, poquito a poquito, cuando se percatan que el tema de la utilidad es inexistente en P’aquí-están.

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