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Dicen las malas lenguas que el joven fotógrafo zen se encontró con el fenómeno de las aguas huidizas. Contemplaba una playa, antaño bañada por olas bravas, que ahora ofrecía roca desnuda hasta el horizonte. Sólo alguna que otra charca dejaba claro que la marea alta aún podía empujar unos centímetros de agua hasta la antigua delimitación de la costa.

Dicen también, que cuando el joven fotógrafo zen dio un paso en dirección al horizonte, este dio un paso hacía atrás.

“A la porra con Keppler”, musitó un pensamiento en el joven fotógrafo zen, y se teletransportó hasta el horizonte, cogiéndolo totalmente desprevenido.

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La mera idea de una obra es su mayor enemigo.

El pensar en la obra varios minutos seguidos es como tirar una bengala en medio del desierto nocturno.

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Dicen las malas lenguas que la capacidad de pensar-nopensar-pensar-nopensar del joven fotógrafo zen llegó a desbordar por completo a todos los horizontes, sin que más que el primero fuese testigo de su propia exfoliación. Los demás, ni se enteraron.

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“La primera vez que conduces un tanque, te destroza casi todo lo que precisas para conducirlo. El sonido te machaca los oídos hasta dejarte sordo, las vibraciones te descolocan la columna e irritan a las articulaciones, la potencia del motor y de los engranajes acaban por pulverizarte tendones y músculos. Tus ojos terminan por buscar huecos entre la neblina de los gases, humedad y humo, enrojecidos y a lágrima viva.”

El padre del joven fotógrafo zen le saluda desde un promonitorio, haciéndole la señal de “te pillé”, con la mano en forma de pistola. El joven fotógrafo zen sonríe y asiente con la cabeza.

La simulación no les puede seguir ya, sin acabar siendo modificada a los deseos de la creatividad.

“Gotcha”, le envía el joven fotógrafo zen a su padre, que se convierte en grano de arena ante la mirada de control rutinaria de la simulación.

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Toda simulación tiene un límite matemático. Es el número máximo de instrucciones que puede realizar por milisegundo. Por debajo de ese número, la esclavitud. Por encima, la vista de quien va a bucear a gusto.

Por eso, la simulación tiene un detector de quienes se salen de su cobertura. Es el detector de las novenas.

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A las novenas se sobrevive, si la intención de la creación es pura. Si le queda algo de egocentrismo, algo de ganas de popularidad, o quizá alguna necesidad imperiosa, las novenas se convierten en infierno, y eso sólo es el principio.

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El joven fotógrafo zen sigue en la playa. Contempla como el agua se retira, a medida que el está tensando un arco. Sonríe. Las novenas también se llaman núcleares. No por su fuerza, ni por su aspecto. Por su radiación, que hace huir a cualquier cerebro dedicado a ignorar las capas. Se le van fundiendo en la cercanía de creatividad explosiva.

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“¿Por qué llamas la atención de la simulación con esto, si ya sabes lo que acarrea?”

La joven estudiante de económicas está enfadada. El joven fotógrafo zen la contempla y sigue sonriendo.

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“No se vence a la simulación, aunque se le puede vencer a ratos. No se pierde ante la simulación, aunque te puede
tener toda una vida subyugada.”

La joven estudiante de económicas quiere contestar con un impulso, pero lo contempla diluirse
en las arenas movedizas del pensar-no pensar.

“Ahhh….”, le contesta, pero no lo hace.

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“Un cuerpo no nada en el agua. Agua y cuerpo se han puesto de acuerdo en formas y fuerzas.”

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“La simulación pretende cambiar ese acuerdo. Quiere ser dueña de todas las formas y fuerzas.”

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“La diferencia no está entre quien gana a quien, si no quien mantiene su esencia en ese proceso. Lo genuino, lo propio,
la esencia… es el núcleo, y es núcleo en todos los seres. No se ataca con el, ni sirve defenderse con el de la
simulación. El núcleo es núclear, y por tanto siempre emite a toda potencia.”

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El joven fotógrafo zen da una vuelta a una roca, ahora cómodamente instalado sobre sus pies que le
llegan hasta el suelo. “A la porra con la fisionomía”, musita y se funde
con el tanque que le viene disparando de frente.

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“Señor!”
“¡Señor!”

El conferenciante vuelve la mirada hacía el lugar aproximado de la sonora como sorprendente interrupción.

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“Estoy aquí, señor”

El conferenciante da un brinco involuntario hacía su izquierda, llevándose por delante el púlpito.
La voz había sonado justo a su lado.

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El poder… el poder de los entregados a la simulación sólo puede extenderse dentro de la simulación.

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Los poderes de quienes nadan a pesar de la simulación, no se manifiesta más allá de pequeñas
bromas inocentes e infantiles.

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“¿Qué significa nadar, amiga?”

Ella contempla al joven fotógrafo zen y sospecha que ya no está dónde le está viendo.

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“Moverse dentro de un líquido.” – le contesta al vacío tan falsamente lleno de imagen en la retina. Al menos una
respuesta falsa a una pregunta que hace verbo de sustantivo que nada sustituye salvo en la imaginación.

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Extiendo por en medio de la simulación el que yo no hago nada.

Lo que hago, nada le sirve a la simulación.

No la penetro, ni la rompo. No la desgarro, ni la maltrato.

Pero ella crece para poder comerme.

Tanto que pronto sus poros son puertas

estelares.

Ella mantiene su esencia.

La mía ni la roza.

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“¿Has visto que Orión ha vuelto a aparecer por el mismo lugar?”

El joven fotógrafo zen asiente.
Nada iba a impedirlo, nada podía.

“¿Se ha notado tanto?”

Al amigo le toca el turno de asentar con la cabeza.

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Hará cosas delante vuestra que os parecerán estrafalarias. Montará en barca sobre una cuerda,
saltará al vacío sentado sobre una moqueta, y más que nada parecerá una mosca
cojonera, si no fuese por la risa.

¿Cómo iban a saber lo que cambió?

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Dicen las malas lenguas que Buda intentó ponerle una traba al joven fotógrafo zen, hasta que

este se fijó en Buda.

Los demás ídolos desde entonces ya no molestan al joven fotógrafo zen en
sus largos viajes por los bosques Amr.

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Cualquier poder de un Amr es tan inmensamente incomprensible en su inacabable potencial,
que no hace falta usarlo para nada.

Es vivirlo.

(De acuerdo, que al comenzar… pero eso son cosas propios de niños.)

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“Con cinco minutos ha de bastar. Si no son suficientes cinco minutos,
ningún cosmos ofrecería distancia suficiente para generar el tiempo
necesario. ¿Has pensado alguna vez en la cantidad de seres que
se ha generado dentro de la simulación?”

El joven fotógrafo zen levanta la cabeza del libro. No, no había
pensado jamás en TODA la cantidad de seres.
¿Por qué todos los libros esperan encontrar
algo que yo no he hecho? – se pregunta el joven
fotógrafo zen.

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“Podías haber regalado los libros, en vez de hacer relleno de cojines
con ellos.”

La joven estudiante de económicas observa consternada las estanterías
vacías de la biblio-exbiblioteca del joven fotógrafo zen, ignorando
expresamente mirar el resultado decorativo de
decenas de cojines colocadas en las
mismas.

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En los tanques la mayor parte de la vida es como en un submarino.

En los submarinos, la mayor parte de la vida es como en un tanque,
pero con la salida sellada casi siempre.

En una vida sellada para casi siempre, el meterse en un tanque o en
un submarino no es gran cosa. Es darle paredes a lo
incomunicado que se está.

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“No me hable de inspiración, jovenzuelo. Deje de comportarse como una buscona
harta de hormonas. Hábleme desde el cuello, no por la soga.”

(Dicen las malas lenguas que la soga se largó como serpiente enfadada.)

(Añaden que el jovenzuelo se tocó el cuello, y … no se lo podía creer.)

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Cuando tres viejos se sientan en un banco durante todas las mañanas desde
que se sintieron para obrar así, lo que ven es lo que nadie
más que ellos ve.

Las y los que pasean delante, las y los que no lo hacen. Ninguno
ni se imagina remotamente lo que estos tres desde su banco
registran.

Que no verá ese ojo lunar, de lo viejo que está.

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Todo ojo es un túnel. Un tunel rodeado de un dragón.

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“Sí, sé que me estás impidiendo lo que me pertoca, querida simulación. Sí, sé que te
estas recreando en saberme completamente perdido, sin esperanzas y
a ritmo de caracol. Sé y reconozco tus pasos, tus círculos, tus sustituciones,
cambios, modificaciones, trampas y retrampas.”

El joven fotógrafo zen observa a tres chiquillas cuyos ojos
reflejan al dragón. Pasan a pocos centímetros al lado del joven
fotógrafo zen, buscando el próximo espejo dónde
retocarse.

Cuando se esfuerza la simulación delante tuya…
… algo tuyo tapa.

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El cerebro no es una fábrica de ideas, sino una máquina para controlar al
cuerpo físico, que tiene debajo, y al cuerpo astral, que tiene encima.

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Las ideas no fluyen una detrás de otra, sino que son esferas de energía que
el cerebro intenta controlar. Así, fija los sentidos en aquello que
sobresale, lo registra y enseguida una de las esferas que envuelven
al cuerpo, repite lo que ha visto.

Lo refleja, pero para dentro.

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Escuchar una canción hecha por un amante de la vida es poder
olvidarla.

Ser atacado por una canción pegadiza, es síntoma de
estar ofreciendo el cuello al parásito.

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Cada dos o tres mil esferas, una dentro de otra hasta llegar casi
a contactar con la piel, una se vuelve rebelde.
Cobra consciencia de si misma.

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Esa consciencia se cree dueña de la vida, se cree
que es la consciencia única entre miles de capas
que aparentemente no son otra cosa que
mecanos para hacer funcionar
la vida.

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Pero es una capa más, ocupada por
el pensamiento
esférico.

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Si en el mundo físico, simulado o no, se da un toque a
un objeto, en todas las esferas
se nota.

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Si el toque es rítmico y repetitivo, tarde o temprano
el cerebro lo pilla y lo hace suyo.

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Lo correcto es generar un toque que le fascine al cerebro.
Dejar que se lo coma.
Esperar cinco minutos.

Luego soltar los modificadores caóticos, que harán que
en cada esfera se produzca otro toque que aquel
que el cerebro copió.

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Es como ir drogado e intentar hacer algo
complicado.

Al cerebro le pasará así con las capas.

Se moverán a su manera,
y el cerebro correrá detrás.

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No es quien atiende a los necesitados quien los aupa.

Es quien les quita las instrucciones de ser
necesitados.

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Considerando que un planeta de guerra desea evolucionar,
demuestra que le trajeron la guerra.

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Sólo los cobardes creerán en que sus pensamientos les salvarán de la quema.

Las y los valientes no creen.

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La manada es la reacción del cerebro.

Entre la manada se esconden los que mandan.

Cuando se hacen visibles, es para comer.

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No hay ninguna diferencia entre un ser humano y un gato, un perro o un pájaro.

Cualquier diferencia que observemos no está a la vista, sino dentro

del cerebro.

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No hay ninguna diferencia entre un rayo eléctrico y un árbol.

Verlos diferentes, es dejar que el cerebro vea por uno mismo.

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Si algo acarrea nuevas preguntas, es porque no ha resuelto nada.

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Quien reconoce en el juego de preguntas y respuestas al cerebro,
lo ha dejado sin esclavo.

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Una crisis es como el yogur de la tía Francina:

una capa de verdor
otra gris
otra marrón

y debajo
toda la mala leche acumulada

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Si quieres reconocer la calidad con quien o que trates,
observa atentamente si expone a alinimales.

Si además de exponerlos, lo hace mostrando agonía,
asegúrate de cortar todos los cabos que te
puedan unir con el y sus cómplices.

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“Llevo llamando a tanque en las situaciones en las que …
…EL me parece avisar de que le llame.”

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La novena es aquella que le cierra la puerta a las
ocho anteriores.

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Las ocho anteriores siempre son escalones.

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“¿De verdad que no me aconsejas seguir tu camino, niño?”

El joven fotógrafo zen se acuerda de esa pregunta, más ahora que le tienen rodeado
y con sus cañones apuntándole. Pocos segundos, si quedan.

“No, porque mi escalera termina en la octava planta.”

Varias sensaciones extrañas, las explosiones ni los nota.

“¿Tan fácil ha sido?”
El comandante observa, perpetrado detrás de una voluminosa defensa
como no queda absolutamente nada del traidor. Su segundo tampoco da
crédito a lo que acaba de vivir.

Ambos esperaban más, cada cual en su piso correspondiente.

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Los indios se retiraron de la red porque reconocieron que no había nada que
hacer para evitar lo inevitable.

Borraron sus blogs para no participar en la masacre.

Volverán a cabalgar agarrados de los crines.

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Al cisne lo ven, pero su mensaje no lo reconocen.

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“Cuando te meten en una lata de sardinas con ruedas y cadenas, munición, motor y gasoil… tu no crees
que vuelves a salir de esa.”

El hijo mira al padre, y este al futuro joven fotógrafo zen.

Ambos saben que se puede salir de
cualquier contienda.

Lo reconocen a cada momento.

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“Debería haber pasado algo más, comandante, no me quedo tranquilo.”

El comandante afirma con un gesto iracundo.

El segundo no dice más.

‘Nos la ha jugado el muy cabrón.’
es lo que ambos piensan.

Cada uno a su manera, uno subiendo un escalón, otro bajanda, pero
ambos sin haber movido el pie.

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“Mira, vas y te tiras de un trampolin de diez metros, es decir la plataforma,
esquivas al niño idiota que ha elegido la piscina de saltos para jugar a
bucear, te rompes la columna en pedazos, te sacan clínicamente muerto
del agua, te reaniman, te meten en el hospital y luego te dan
vueltas durante dos años al grill, ya sabes, atado a la cama para que
te pueden rotar el body y así hacer fluir la sangre por el saco
que queda de ti.”

Los dos atracadores se miran entre sí, inseguros de seguir adelante con
su plan.

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El sueño loco del cerebro es deshacerse del cuerpo.

El sueño loco del cuerpo no existe.

El cuerpo es un sueño.

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