Podíamos haber pensado hace no más de 72 horas que nos iba a quedar un largo camino por recorrer en desentrañar algunos de los muchos secretos que guardaba el agua. No los guardaba siquiera. Eramos nosotros quienes no mirábamos.

Comprensible o no, que nosotros nos fijamos antes en el charco que en el faro lo dice todo. Básicamente, y ese es uno de esos secretos, porque el agua filtra. Filtra siempre lo que sobra. Si es la luz, pues la luz. Si son blue beams, pues blue beams. Qué más da.

Fihsmod wur, upps, perdón, se me han corrido los dedos de un lao pa otro, … Digamos que a mi ponen una columna en medio de una entrada, y yo voy y me lo creo. Más, si esa entrada me lleva a ver a mi querido amigo Fedor Ogamov, que está bajo el mismo sol torturador intentando llegar hasta mi. Vemos seguramente lo mismo, y como no, no estamos solos. Alguien, y con acertado obrar, mantiene las entradas visiblemente abiertas para que pasemos con mayor facilidad.

Por eso, vuelvan a echarle una miradita a la primera, la del charco. Fishmode fur, o lo que es lo mismo: mis dedos se corren cuando ven una columna manteniendo una entrada abierta. Da igual de que esté hecha. En el fondo, es lo mismo. O en la superficie. O en cualquiera de las capas. Si añado ahora que dentro y fuera de las mismas también, quizá aún quede algo de resistencia en admitirlo. Poca, de todas formas. Esto… desde la mirada furlockiana, es un mundo que muy pocos conocemos, no obstante cada vez son más quienes lo disfrutamos confiando en nuestros sentidos.

concesiones estéticas

Si, es verdad. Admitámoslo. Una fotografía como esta última es una concesión estética. Una mezcla consciente entre el mundo al que nos obligaron a mirar exclusivamente, y una parte transformada ya, dónde aquello de ideas fijas se lo lleva o bien la luz, o el agua, el alma o los tres juntitos, que les mola el rebujito.

Luego, una vez que se deja atrás esa obligación de ver algo por su nombre, cuando ya se está chapoteando en medio de aquello que no tiene nombre, porque agotaría a todos los diccionarios en una fracción de un milisegundo, puede que aparezca por un momento eso de “uii, socorro… “, y la mirada hacía las costas. Verles bañadas en luz de otros mundos, devuelve enseguida a la zambullida, al bullir en el medio, esté dónde esté, sea cual sea. No importan los nombres cuando somos felices, esos sólo se pronuncian cuando estamos llorando.

Costa sin costras

Esos son los últimos retazos, cabos que se rompieron hace tiempo, pero cuyas heridas aún se notan con el cambio de mundos. “Mañana va a llover, lo siento en la pierna”, cambiado directamente por “Uii, una entrada para portaaviones, anda que me voy a tirar ahora mismo”. Rascándose la pierna, como no.

Son columnas, una tras otra. Apoyos. Manos. Indicadores. Brazos. Redes. Colchones. Cojines. Son miles y miles que no paran de ofrecerse para aligerar el peso, para quitar enfermedades, para anular contratiempos, para facilitar el paso y el traspaso, el cambio, la metamorfósis, la mutación y evolución. Es un “all inclusive”, un “todo incluido”. Las náuseas también, pero ya sabemos que se irán, o mejor dicho, se quedarán dónde se puedan reflejar.

columnas

No importa dónde estemos. El número de columnas que iran soportando nuestras estructuras es tan flexible, que puede pasar de una apenas visible de unos milímetros, a otras del tamaño de una mesa para ocho comensales.

Incluso cuando las cortan, la misma base sigue siendo el apoyo que nos espera, sabiéndonos, llamándonos.

Ya lo vimos. Metes un dedo en el agua, y sale tu dedo media hora después. Vemos un faro en la costa, y sabemos que hubo cientos de faros en esa zona antes, columnas majestuosas, civilizaciones que ni los incas recuerdan. Siempre saldrá lo mismo, que la memoria es el otro secreto de nuestra aguaalma.

No me llames monstruo, mírame como miras a aguaalma

Eso. No me llames monstruo, mírame y reconóceme como lo haces con aguaalma. Dijo la babosa de mar y me agradeció la atención que le estaba dispensando. Si, – añadió-, puedes hacerme una foto. No me suelen reconocer de tanta baba de asco que les tiñe la glándula pineal.

Así son las mañanas furlockianas. El asco tiene que salir, y si es en arcada mejor. Ya sabemos que terminará por estabilizarse el mareo en medio del mareo. Ya sabemos que desde estos mundos nuestros, los nombres y palabras acaban por ser olvidadas.

Ese es el gran secreto número 3.299.526 de agua-alma. No hace falta recordar nada. Todo es memoria, ninguna sobresale, ninguna oprime, ninguna desvirtua, ninguna manda, ninguna obliga a sentir asco por las demás memorias.

me-moria

Cuando hablan los humanos, lloran. Cuando dejan de hablar, se mueren de la pena. Todo, por me-moria, en vez de poder olvidar y saberse suficientes para construir conocimiento y reconocimiento en cualquier momento.  Esa es la verdadera memoria, aquella que olvida y crea. Esa es la adaptación a la perfección, el deshacerse en un billón de mundos para volver a unirse, una vez pasada la barrera del estúpido general de turno.

Aguaalma no sirve para comunicarse. Aguaalma es la comunicación. No se le llora, no se le pide. Se confía en ella.

El resto… da risa.

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