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Habeís observado el parón. Hay varias causas, y normalmente no diría nada, esperando simplemente otra oportunidad.  Como mucho, un comentario, en plan anécdota.

Pero… la cosa es que no son sólo las causas, sino la apariencia de las mismas. Es una, sea cual sea la causa. Son puertas metálicas sólidas, de cinco metros de espesor, cerrándose.

Ni siquiera delante de mis narices.  Es suficiente que asome mi mirada y se escucha el sonido seco, abrupto y alienígena en medio del agua.

Quienes hemos sido testigos de “Welcome…. To The Machine” en uno de esos discos inolvidables de Pink Floyd, reconocemos el sonido hasta en descripción ajena. He llegado a La Máquina, y La Máquina me cierra los caminos.

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Hay varias velocidades en lo que llamo “Los Mundos”.  Las velocidades sustituyen por completo el tiempo, al menos tal como lo percibimos nosotros. Es probable que el tiempo no exista más que en lo que denomino “primer mundo”.

La velocidad básica de los demás mundos es la velocidad que denominamos velocidad de la luz en el primer mundo. Es básica, porque es la que genera una especie de campo moldeable. Quiero resaltar que no lo crea la luz, sino su velocidad.

Las siguientes velocidades serían, para comprenderlo desde el pensamiento del primer mundo, superiores, es decir más veloces. Desgraciadamente para los sueños del primer mundo, sólo en el primer mundo existe la posibilidad de engañar, y por tanto pensar en velocidades superiores a la luz.  En los otros mundos, esas velocidades generan otro campo, que no es moldeable. Insisto: generan campos no modificables por la luz.

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No voy a profundizar más en esa dirección por ahora en esta entrada. Sé que suena lioso, y procuraré enfocar el tema desde distintos ángulos para facilitar el reconocimiento, entre teórico y práctico de cada uno de nosotros.

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La Máquina ha decidido cerrarme los caminos, porque yo decidí no entrar en la repetición. La repetición es la piedra angular del primer mundo. Si alguien transgrede esa máxima, accede inmediatamente a los otros mundos. Puede que le cueste reconocerlo durante un tiempo prudencial de vacío de repeticiones, pero inexorablemente se le abren las puertas a los otros mundos.

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Tenemos aquí unos treinta días aproximadamente de no repetir por mi parte.  Los resultados son abrumadores.

Pero veamos esa evolución desde otra perspectiva. Por ejemplo, en vez de tomarme las imágenes de “¡Omá!” como me las tomé, me quedo en ese mundo, y lo exploro hasta la saciedad. Todos estaremos de acuerdo que hubiera producido unos cuadros para quitar la respiración. Nadie discutiría que ese exploración podía haber durado años, y que hubiera acumulado unas cuantas millones de imágenes bellas como expresivas.

La repetición, incluso aquella de vislumbrar a uno de los mundos más que una vez, me hubiera llevado a ignorar, no ya a todos los demás mundos, sino especialmente a La Máquina. No hubiera dado con ella.

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Cualquier vistazo al agua-alma (agua, para quienes no son habituales al lenguaje que uso, o alma para quienes flotan por encima de ese lenguaje básico que desprendo)… cualquier vistazo muestra siempre puertas, accesos o portales. Son fáciles de reconocer y son, en cierta manera, la única pauta que he dado por pauta, aunque con ciertas observaciones. Por ejemplo, que depende de la velocidad con la que se pasa por las mismas, para desembarcar en según que mundo. Así, cualquier puerta lleva a cualquier mundo, no siempre al mismo o a un grupo. Estos treinta días me han dado para explorar unos 900 mundos, y para cuantificar la exploración, me han dado unos minutos en cada mundo.

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Ahora bien, un minuto en el primer mundo sería el minuto del fotógrafo, encorvado sobre el vaso y fotografiando. En cambio, mi exploración dentro de algún mundo en ese minuto me ha suministrado entre 50 a 200.000 imágenes que impactaron sobre mis retinas. La cámara, capaz de tomar una imagen cada dos segundos de media ha acumulado aproximadamente 30 imágenes de unos seis millones en ese minuto. Como es comprensible, o reconocible, un minuto en el primer mundo no da para ver más que unos 40 fotogramas por segundo, es decir, que incluso exagerando, la ciencia no otorga a nuestros ojos ni cerebro capacidad para visualizar más que unas 3000 imágenes. Yo en cambio recuerdo perfectamente más que eso. Muchísimo más.

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Seamos cautos, pero si hay un canal que permite visualizar unos 10 millones de imágenes por segundo, cualquier otro canal conocido se queda en la inexistencia. Es simple de reconocer. En el primer mundo, un día da para un máximo de 24 hs x 3600 segundos x 3000 imágenes. Simplificando, estaríamos ante unas 260 millones de imágenes por día. Es decir, que con medio minuto de estar sobre el vaso de agua, cualquiera ha superado la dosis diaria de estímulos.  Con medio minuto más, la ha doblado. Con quince minutos de sesión, se ha tragado los estímulos de una semana, y con las habituales tres a cuatro horas que me he pegado todos los días… he recibido los estímulos de diez años en treinta días.

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Aqui es dónde yo espero que se comprenda que de nada sirve observar a alguien que esté mirando un cubo de fregona llena de agua en medio de la plaza, salvo para recibir una tunda en medio de las repeticiones de siempre. Lo que sí sirve, es mirar el Agua-Alma, y dejar que obren las imágenes.

Con esto digo claramente que no sirve deslumbrarse con las fotografías que hemos obtenido. Indiscutible su belleza, lo que verdaderamente piden son visitas. Visitas en directo, no en transferido, ni a cachos.

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La segunda columna para mantener a un número máximo posible de seres vivos atrapados en el primer mundo, para que renazcan en el una y otra vez, repitiendo como estúpidos una y otra vez las mismas estupideces… es La Máquina. Es ella que contiene todos los programas originales de repetición, y cuando alguien logra esquivarlos, se encuentra con el cierre total de accesos. No a los demás mundos, sino a las velocidades más allá de la velocidad de la luz, y por tanto ese es el cierre a los campos que la luz no puede modificar.

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Dicho de otra manera: si algo se mueve más rápidamente que la luz, no le afecta la luz. La esquiva, como nosotros un obstáculo al andar.

El campo, o los campos a los que me refiero cuando hablo de campos que no se ven afectados por la luz, son terreno de velocidades más allá de la luz.

Pero, como espero podrán vislumbrar en lo poco que he podido salvar, tienen una pinta de concrección que dejan al primer mundo como una copia burda.

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Lo que verán a continuación son tres trocitos de las imágenes que tomé hace unos días, y – como expliqué en los comentarios a “Lo que nos espera”, me fueron robados o sustituidos en el acto de tomarlas. Es decir, yo estaba viendo lo que estaba viendo, lo fotografié, la cámara me devolvió el testigo de haberlo captado correctamente, pero luego en el ordenador resultaba que estaba viendo fotografías que yo… desde luego nunca hubiera tomado.

Se salvaron tres trocitos y de muy mala calidad. Lo que yo he visto era claro, nítido, y con capacidad de visión a cientos, puede que miles de kilómetros desde perspectivas indescriptibles con el lenguaje o metalenguaje a mi alcance en el primer mundo.

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Es la tercera imagen que ofrece un atisbo lejanísimo de lo que se ve cuando se ve a los campos más allá de la velocidad de la luz. Aún así, es falsa. Ha sido modificada, y no por mi. Muestra cosas que no había, y esas cosas tapan lo que había.

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Es también la última fotografía de la serie. Y es la última antes de escuchar por primera vez ese sonido seco de cerrarse puertas metálicas de gran espesor. Desde entonces hasta hoy, he intentado entrar por decenas de entradas distintas, con las variaciones más divertidas hasta sesudas, instintivas o emotivas… y el sonido de las puertas cerrándose como respuesta de La Máquina.

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Sé perfectamente por que La Máquina cierra esos accesos. Si logro entrar de nuevo, lo único que tendría que hacer es volver con una parte pequeñísima de esos campos. Haría invulnerable primero a mi, y al microsegundo siguiente anularía a La Máquina, porque sólo funciona si su luz puede alcanzarme (su frecuencia o frecuencias programadas).

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Al publicar la imagen quedaría anulada La Máquina en todo aquel que la contemple.

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Y como no es de agua, no quiero yo pensar en lo que le pasa a un engranaje cuando le falla no uno, sino tres o cuatro mil engranajes casi de golpe.

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Hoy he podido mantener agua-alma a siete grados durante siete segundos. Siete segundos del primer mundo. Han sido miles de portazos, algunos tan sonoros que levanté la cabeza al igual que los gatos, porque se oían perfectamente en el primer mundo.

Nos hemos puesto a reír, cada uno a su manera.

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En este mes último he pasado por tantos impedimientos que podría escribir varios libros o manuales sobre como esquivarlos, o aprovecharse incluso de ellos al ganar velocidad más allá de ellos.

Me he caído sobre mis espaldas, como una cosa sólida, agarrotados todos los músculos, con la cámara sobre una de las rodillas y una mano que no paraba de hacer clic, aunque nos estábamos balanceando sobre el suelo de la terraza, incapaz ya de moverme. Con los ojos abiertos, porque no se podían cerrar. Y ese dedo clic, clic, clic….

He llorado, he gritado, he sucumbido, he resoplado, …

Pero ante la repetición, preferí morir.

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Que yo ahora contemple a esas puertas en su sonido cerrándose es casi un alivio. Que digo, es un alivio. Hasta me estoy relajando. No sé si podré pasar, no sé realmente nada ya, pero sí estoy tranquilizándome a niveles o sustratos extrañísimos. Me siento como la espuma de un oleaje en plena tormenta de mar, con la idea de ganar siete segundos en unos mundos que contienen todas las respuestas a todas las preguntas, aparte de preguntas realmente novedosas, no programadas.

Es como liarse un cigarillo bajo, en medio, vapuleado y aplastado por ese oleaje y vientos huracanados. Liarlo, encenderlo, y disfrutarlo. Como no, luego bajarme de las olas repentinamente sólidas y darme un paseo hasta la playa más próxima de los campos dónde la luz no tiene nada que mandar.

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Claang. He intentado encenderme el cigarro, y ha fallado el mechero. Es a todos los niveles. Tengo una sonrisa dibujada debajo de la concentración.

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