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“¿Caerás bajo su influjo? Ya sabes lo que te tienen preparado, y aún así… aún así vas. A veces me dan ganas de pegarte.”

(El joven fotógrafo zen sonríe, con la cabeza gacha, pero las miradas buscando hueco entre las cortinas de su pelo).

“Si. Cómo en la vuelta de esta tarde. Estaba claro que habían aterrizado, y tu corriendo y vociferando. Bueno, corriendo no. Menudo corte en la planta del pie, y sangrando y todo… va y corre este estúpido hacía las luces. De verdad, te mereces una tunda a tiempo.”

(El joven fotógrafo zen sonríe un poquito menos, y un poquito más. Lo de esta tarde tuvo miga.)

“Ah, ya veo. Confiando en que alguien llegara con material para costura. ¿Y si te fallan alguna vez? ¿No piensas nunca en una segunda jugada, sólo para no tenernos en vilo si podría ser?”

(El joven fotógrafo zen asiente. Hay dos millones de jugadas sin preparar esperando el más mínimo fallo para florecer. Ese no es el problema. El problema tampoco es grave, simplemente quien vive mirando al enemigo, obvía el aliado en casa.)

“¿Vas a salir, no? No ha servido de nada lo que te he dicho…”

(El joven fotógrafo zen vuelve a sonreír con ahínco. Si, saldrá. Claro que sí. Ni con cien naves como la de hoy se perdería la trampa. Por fin un movimiento claro, por fin el Encuentro a cara descubierta.)

“Bueno. Pues llévate el osito strom-bo. Nunca se sabe.”

(El joven fotógrafo zen se mete el osito Strom-bo en el bolsillo.)