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Saliná siguió sosteniendo el bolígrafo, pero detrás de la hoja de la puerta. Le quemaba en sus manos, un incendio agradable que calentaba el metal cercano. Mantuvo la sonrisa hasta mucho después de cerrar, y no se permitió el más mínimo detalle de relajación hasta haber cerrado la puerta de casa con la naturalidad esperada.

Sabía que no hacía falta, que estos dos con media hora más de conversación hubieran dejado el cuerpo. Lo sabía cuando vio la lenta aproximación del todoterreno a la carretera. Nadie en ese lugar podía hacer algo sin que Saliná supiera.

No eran horas fatigosas las de la marcha de Saliná. Conocía el camino perfectamente, de tantos recorridos, de tantas huidas, de tantos padres que invadieron una y otra vez su intimidad. Hoy no era distinto, aunque la invasión no se había producido. Era el sonido de las piedrecitas debajo de sus pasos que nunca había sonado igual, y siempre había estado sonando así. Ya se podía haber evadido de la casa de sus progenitores mil veces más, que huyendo no se llegaba a salir jamás. Agachó la cabeza durante unos momentos, respirando esa luz de sonidos y olores. Y recordó esa primera vez que la pararon.

Entonces se puso a llorar, en aquella tarde noche de invierno, con esos gigantes que no paraban de preguntarle quien era, dónde era su casa, quienes eran sus padres. Se refugió en si misma en ese llanto, para observar por detrás de la cascada de lágrimas a esas sombras con ropas fuertes, cerrando los ojos ante los haces de luz de las linternas.

Funcionó. El más veterano comenzó a reñirle al más inexperto. La pelea comenzó entre los dos. La dejaron en paz.

Ahora no iba a ser así. Iban a pararla, iban a taxarla, iban a ofrecerle llevarle de camino hasta la casa de la tia. Ya no precisaba llorar para ganar terreno frente a las invasiones. No era necesario evadirse. Los cantos no eran capaces de agarrarse en su fluir. Ninguna geometría calculada podía entrar en sus redondeces acuosas del pensar.

Dos jovencitos. Inexpertos. Ni siquiera comprendieron que su andar se había vuelto de un avance inexorable a titubeante paso guiándose por fronteras.  No la estudiaron desde lejos. Confiaban plenamente en esas toneladas de cuadrados hechos vehículo, en esos kilos de cuadrados hechos tecnología y armas, en esas bibliotecas llenas de instrucciones cuadradas hechas profesión. Casi se aburrió al esbozar la sonrisa después del sustito simulado, ese pequeño reflejo de echarse para un lado y quizá a correr. Pudo ver como giraban los cuadrados en el motor, y en las cabezas que la estudiaron así, haciendo que cada pensamiento tuviera que ir por cuatro lados para avanzar. Vio a esos pensamientos como hámsters, a esa energía motriz como ratones dándo vueltas en ruedas de cuatro lados.

Se sentó en la parte de atrás y dejó que ambos policías pudieran evacuar al menos gran parte de sus geometrías limitadas. Limó las sospechas hasta hacerlas rodar. Tuvo su conversación privada con cada uno de esos pensamientos al liberarlos del cuadrado primero, y después de la rueda y jaula.

Miró por la ventana, contemplando esa naturaleza que una vez más se había quedado sin sus pasos. Los de hoy especialmente. Era la niña que saludaba desde una caja cuadrada, y era la naturaleza que le devolvió cada saludo en formas imposibles de reproducir.

No se olvidó de despedirse del vehículo, ni de saludar la puerta de casa. Casi se desmayó cuando encontró el bolígrafo de siempre en el lugar de siempre, en la cocina de siempre, en la luz de ahora-siempre.

No. Esta vez no mostró papel y boli a los agentes como cuando la llevaron a casa de la tia en otras ocasiones. Ya no se ponía nerviosa, como en esas primeras veces que creaba cuadrados para que se perdieran los pensamientos de investigación en ellos.

No.

Entró en casa, llegó a la cocina, escribió la nota emocionada… y saludó a los agentes con todo en la mano que iba a conducir al pensamiento cuadrado, y esa pequeña marca encima, la uve de haber validado el asunto.

Besó al bolígrafo. Siempre le había dado los trazos fuera de las jaulas, incluso cuando su cerebro aún no supo como pensar de otra manera.

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