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Saliná espera a la tia sentada en la cocina. Sigue con el bolígrafo en su mano izquierda, que parece pulsar en un lenguaje de cargas y descargas. Se acuerda del primer dibujo, aquel que mostraba a una adolescente en medio de la niebla. Recuerda como se enamoró de ese dibujo, que a los pocos días desapareció de su habitación como todo que podía hablar de su esencia. Tan viva la imagen en su memoria, efímero el papel y el carboncillo.

‘No hace falta recoger todo lo que producen los seres vivos. Con quedarnos con su memoria lo tenemos todo.’

Llevaba varias horas escuchando esas voces que parecían ser extractos de conversaciones, presentaciones, justificaciones. Cuando suena el timbre de la puerta, Saliná pasa de percibir a extender los escudos. De la niña a la bestia. De la hija a la madre. Del amor a impartir dolor en su defensa, y no como último recurso.

Es el cartero, con otro sobre de los que su tía suele recibir. Ya le conoce, ella firma en el cacharro de instrucciones cuadradas, vuelve a inventarse un número de identificación, amplia en dos frases lo que el cartero ya acumula de memoria sobre ella.

‘Además, es un proceso que no produce perdida de datos. Ellos siguen con la manía de protegerse distribuyendo la información. Si nos llevamos cien millones, los restantes mil conservan en su memoria suficiente material para cualquier reconstrucción.’

Saliná vuelve a la cocina, vuelve a sentarse bajo esa luz de ocaso que busca como caricias en medio de ese silencio que la sabiduría impregna a los cantos histéricos.

De nuevo suena el timbre, pero Saliná no vuelve a extender sus púas de defensa. Se le humedecen los ojos, única señal o reacción visible para los que estamos con ella en esa cocina ahora.

La tía Krahom suelta las llaves en una de las estanterías de la entrada, cuelga su chaqueta y recoge el sobre que Saliná dejó en ese lugar. Lo abre, mientras se encamina hacía la cocina. Otro título más. Lo que había que hacer para sobrevivir en esa sociedad cuadrada.

Luego se queda en la entrada de la cocina, observando a Saliná. No se saludan, no se dicen nada. No son las cuerdas vocales las que hablan, no son los cuerpos los que subrayan, adelantan o retrasan. Se quedan así, casi media hora de tranquila observación, con ocasionales cambios de posturas, un acercarse a los estantes para coger un vaso y llenarlo de agua. Un buscar otra silla y sentarse.

Saliná le dice que ha sido la luz de hoy que la ha llevado a verla. La luz, dice la tia y asiente mientras que dentro de ella se produce de nuevo el primer momento de ver esa luz, de saludarla, de salir con ella fuera de la oscuridad. Aquellos días de oscuridad en los que luchaba contra el imperio, en los que vencieron a los invasores, en los que instauraron un gobierno hermético, cortando toda posibilidad del invasor de volver a ocupar las mentes de los ciudadanos. Días negros, llenos de verdor de campos, de ciudades abandonadas, de la vuelta a la naturaleza. Negros, porque mataron a quienes no estaban de acuerdo, a quienes querían volver a los cuadrados, a los que buscaban el falso como intenso brillo del engaño.

Los mataban porque si no lo hacían, iban a morir ellos. Así, en ese punto de caos le llegó la luz, una matutina y llena de verdor en ese poblado khmer. La llevó hasta ese país en el sur de Europa, un país dentro de un país. Un lugar que le enseñó a comprender que habían llevado la lucha demasiado lejos, exactamente al nivel del invasor. Que habían matado a su propia gente, cuando ninguno era culpable más de dejarse absorber sin querer. Que ella había matado a cientos de forma indirecta, a decenas de forma directa, a cinco con sus propias manos. Manos que no se movían más que en cuadrados.

La tía sabe que Saliná tuvo dos encuentros antes de un tercero, y este último cantaba una de policías y caperucita a voz de dos tenores. Esa media hora que siempre se daban lo contaba todo. Callarse y ser, transferir la esencia en silencio, permitir que se fusionaran sin crear remolinos ni encajes, sin cuadrados ni dientes de ruedas multiplicando factores.

Pero Saliná le habla únicamente de la luz en esa breve y primera referencia. Las impresiones de esos dos encuentros en el camino de hoy no llegan a rozar siquiera lo que llena a su sobrina.

‘¿Y esos rasguños en tu alma?‘, medio susurra, medio acaricia con su mirada. Saliná asiente con la cabeza. Al salir de la ciudad se encontró con un tipo que le quiso meter mano. Otro, dos kilómetros más adelante, intentó robarle. A ambos les vió enseguida el lado roto de esos cuadrados. ¿Qué opción iban a tener de todas formas? Cada vez que giraba un cuadrado en ellos, bien podía ser el lado sin canto que les iba a dejar caer en el abismo. ¿Que era la delincuencia, si no? Un tangente menos en el cuadrado, una caída segura a cada cuarto paso de la rueda.

La tía ve que no se quiebran los ojos de su sobrina. Hacía tiempo que sabía manejarse en cualquier situación, aunque ahora había llegado al punto dónde la exploración se extendía más allá de las defensas. ‘Te mato, pero luego te resucito.’, le cruza la mente. Se levanta de la mesa y se inclina ante Saliná.

El primero no le duró ni dos segundos. Se perdió en su propio nerviosismo de tantos fracasos vividos. Su andar gritaba por el tropiezo, su cuerpo fallaba cada cuatro cantos, dejando al pobre en un constante caer y chocar. Bastó con elegir un camino sin predestinación para su propio físico para que el hombre fuera incapaz de seguirle.

El segundo era distinto. De tantas caídas por el lado abierto del cuadrado, había destrozado los cantos antaño intactos. Eran ahora peligrosas aristas, llenas de salientes cortantes. La desesperación había llevado a ese hombre a saber andar sin cuadrados, pero dejándolos caer con las puntas vueltas hacía el prójimo. ¿Qué iba a hacer si no dañar cuando hablara, tocara, participara?

No dejó que ninguna de esas aristas se entrometiera en su acuoso pensar. ‘Mírame a los ojos, hijo.’, fue lo que le dijo, y eso fue lo que hizo el hombre.  Y miró a los ojos de su madre que ya no podía darle más, que había llegado a ese último punto en todas las madres, dónde éstas tenían que decidir por el bien de los demás y en contra de los deseos de su hijo. Se perdió en esa mirada, y volvió a caer por un cuadrado el mismo, en vez de romper los caminos a los demás en su errático despedazar.

La luz. Eso había dicho la criaturita. La tía se levanta.

“Joder, niña. Valió la pena esperar aquí hasta que llegaras de una pieza. Por cierto, ya puedes soltar ese bolígrafo, que debe de estar mareado de tantas vueltas.”

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