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La tia niega con la cabeza, libera la mano de Saliná de la pata de la gata y la vuelve a colocar, moviendo los dedos de la sobrina hasta que estos encuentran las holguras naturales. Todo cuerpo está preparado para ser asistido, pero cada uno lo está a su manera, le dice.  Saliná nota como encajan sus dedos entorno a los finos huesos y musculatura de la pata, y como enseguida se relaja la gata. No busques agarrar a nadie, simplemente encuentra los asideros que te tiene preparado.

Llevan así varias horas. La casa de la tia Krahom había abierto sus entrañas para llegar hasta la verdadera casa de la tia. No conviene que sepan que vives con alinimales, a la mínima te mandan a la hoguera. Estaba de acuerdo con eso, porque entrar en aquellas salas y patios lleno de felinos impresionaba. No se respiraba la primera bocanada, se tragaba con dificultad. No quedaban cuadrados ni en el aire en esas zonas.

Saliná y la tia se sentaron sobre cojines y comenzó el desfile gatuno. Todos vinieron primero a inspeccionar y a saludar, después comenzaron las visitas de todos los días, con las quejas y cuentos, historias e informes. Tia Krahom atendió a todos, a veces a tres o cuatro a la vez. Era un espectáculo verla fluir sin moverse apenas, creando y deshaciendo espacios para que cada uno de los gatos tuviera su nido con ella el tiempo que le hiciera falta.

Que diferente era ese lugar en ese mundo. Parecía sacado del mismo, o implantado a la fuerza. Si ya con el aire no se contaba con lo conocido, cada vistazo nuevo acumulaba información jamás sospechada, peso de ley universal que pesaba sobre todo intento de normalizar lo reconocido. Ni los gatos parecían gatos, ni de lejos, ni de cerca, e imposible cuando Saliná comenzó a reconocer atisbos de reacciones en ellos.

Era así como la tia podía saber en cada momento que pasaba en que lugar del mundo. Era inexplicable hasta que se podía ver, pero eran contadas las personas las que habían logrado llegar hasta ese gran nido. No sirve dejarlos pasar. No les sirve porque no han dejado nunca atrás mirarse a ellos mismos. ¿De que sirve mirar una obra si tienes los ojos en la espalda, pero el ombligo ensanchándose delante de la misma? Saliná escuchó esa explicación cuando tenía 14 años, y no la comprendió entonces. Hoy, sabía que sólo cinco personas habían sido capaces de estar callados durante los primeros quince minutos de ir a ver a tia Krahom.

‘¿Como esta Sherpa?’, pero la tía no hace señal alguna de desear contestar esa pregunta entre ronroneos y caricias.  A la media hora reformula su pregunta, y la tia gira la cabeza. Está preparado, siempre lo ha estado. Es su momento. ‘Y de los otros cuatro’, añade Saliná, sin apenas articular palabra.

Y de los otros catorce, le sorprende la tia Krahom con una mirada repentina como brillante.

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