Toma con delicadeza la ramita en su mano, sin apenas tocarla. Roces lejanos, los suficientes para saludar. Luego besa a una de las hojas, asegurándose de la llegada de humedad. El intenso olor propio del árbol se abre paso, le envuelve y prescriben las señales de la presión de forma abrupta. Deja el pasado atrás, corriendo. Saltando.

Un último saludo y reverencia ante el regalo, un momento en el que el árbol busca el abrazo, diez años más tarde las ramas de esa forma.

No pensó que sería posible, antes de reconocer en su camino diario por la ladera del monte a las flores que no crecían en la dirección de las demás, sino hacía el. El, que les mostraba el año anterior su espalda, pero el mismo él que no olvidaba saludarlas. Respondieron al año siguiente. Le vinieron prácticamente al encuentro.

Fue entonces, cuando dejó de correr. Cuando ya no hizo caso a ningún reloj. Cuando ninguna fecha podía interesarle, ni recordarle. Reconoció la velocidad de seres, que hasta esa día parecían incapaces de comunicarse con el.

No le importó que no tuviera prueba durante toda esa vida hasta llegar al recodo en el camino alrededor de la montaña.

Lo que le importó fue saber y asegurar que todas ellas tuvieran la humedad suficiente para llegar a la siguiente noche.

Hace mucho que no habían tratado así a las flores silvestres en ese camino. Ni antes de que hubiera camino. Ni antes de que hubiera montaña.

Al mes siguiente le dieron un trabajo de filmación, y entre risas le contó el arquitecto de la obra que la costumbre de los vecinos del monte era quemar la ladera para no tener que despertarse con alacranes en la cama.

Y pensar que con cada uno de esos fuegos estaban poniendo en peligro esas hermosas ruinas romanas.

Sherpa no le dijo nada. Cuando alguien estaba perdido, ni cien mil besos de sabiduría podían humedecer la sequedad de un corazón en fase geométrica.