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Sigue lloviendo. Contra todo pronóstico y contra todo el deseo y maquinaria puesta a disposición de secar el ambiente.  Aguas mil, donde se buscaba secar las defensas de la vida, su barrera máxima, sus pieles guardando humedad. Ya no hay más potencia que darle a las máquinas.

Saliná y su tía están dando un paseo en la campiña rezumando del festín. A lo lejos, las campanas de las iglesias de los pueblos intentan recuperar su protagonismo, pero una descarga tras otra cala los sonidos hasta arrastrarlos a las profundidades de las que emergieron. Hoy tampoco han salido las procesiones y pasos, y aquellos que pensaron que mandaban, llegaron con los palios y figuras destrozadas. Cuando el arte no aguanta el agua, no es arte, sino abismo de indefensión por ostentar con base al cadáver expuesto. Todo lugar sin vida es así. Lucha contra la humedad, creando ambiente militar, de militantes, de milicia, de mil formas secas que el primer viento de la verdad resquebraja.

No luchan por la vida, sino por asegurarse los muertos.  No rinden culto al milagro de la vida, sino al milagro de la resucitación. No negocian con la vida, sino con la muerte. No alimentan, sino que ceban. No ofrecen refugio, sino condicionamiento. Hablan de un mundo maligno fuera de sus límites inventados.

Saliná habría escuchado partes de esas frases decenas de veces. Su tía solía repetirlas, a consciencia. Cada campanada, decía, es una repetición. Cada paso mío en el mundo, paso que deberá quedar cubierto por los sonidos que destruyen. Y me niego a que así sea.

En alguna ocasión Saliná le contestó que así conservaba sus pasos, pero la tía Krahom se echó a reír. No hija, yo no deseo que mis pasos se conserven, eso me llevaría a fundar milicia, a secarme. Mis pasos del mundo son, pero del mundo, y no de quienes quieren dominarlo a través mio.

Ahora, con todos los sonidos que los olores intensos del bosque y marismas estaban produciendo en las dos, Saliná recordó la primera vez en la que llegó a ver lo que había detrás de las palabras de la tia. Una tarde soleada, jugando al borde la playa. Cuando aún hubo dunas y el juego favorito era tenerlas de compañeras de juego.

Un granito de arena, microscópico. Con aristas y cantos que le dañaron una minúscula parte de uno de sus párpados.  Cuando algo ya no deseaba participar en la vida, no se disolvía con la humedad.

Lo comenta a la tia, y esa se para contemplando las dunas de la reserva. A ese grano le quedó mucha consciencia. Te eligió a ti, contesta la mujer.

Si. Quiso entrar en ella, moverse en sus aguas, comunicarse. Pero dónde no hay vida, todo son cantos, todo son cuadrados que hieren a cada movimiento que imponen en vez de fluir. Convertirse en perla, volver a la esfera, aunque sea en base a torturar la vida.

¿Cómo puede haber nacido algo así, tia? Esa fue la pregunta cuando contemplaron el granito de arena que el ojo había expulsado finalmente.

No nació, le contestó la tia entonces. Siempre antepone su brillo al de nacer.

¿Y yo? ¿He nacido yo, tía?

Ahora vuelve a preguntarle a la tia lo mismo.  Tu eres la vida, le sonríe. Es a través tuyo que la sequedad sin vida desea manifestarse. Tu eres el portal, tu consciencia es esa entrada y ojo. Y no caben, por pequeños que se quieran hacer.  No acceden, si no es simulando que están dentro de ti. Lo simulan, porque nunca lo logran físicamente. Siguen siendo interior, sin haber llegado al tuyo jamás. Sin tu mirada no existen siquiera, y es tu tacto y experiencia que les recuerda el camino por andar, pero con sus propios pasos y no inmersos en la uniformidad de granos que sólo entre ellos logran cambiar de forma.

Lo que muere, es el interior. Lo que nunca necesita morir, es el exterior. Tu eres el exterior, y el interior se afana en acceder a ti, en vez de acceder a su propio exterior.

Saliná vuelve atrás en el tiempo, vuelve a observar ese grano de arena y vuelve a llorar por el. El no puede, el no puede… así se lo decía a la tía.

No, el no puede, sentenció la tia. No pertenece al exterior. No quiere ser consciente del daño que hace.  Mientras no tenga empatía, grano será. Sólo cuando renuncie a ser grano, cuando se niegue a formar parte de ese interior, podrá.

Saliná conservó el grano durante años, hasta que en alguna de las mudanzas se perdio. Saliná no había cesado en hablarle durante todo ese tiempo, para que llegara a ser consciente.

No se perdio ese grano, niña. De tanto tomarlo en tus manos, perdió sus cantos y ganó movilidad. Ya te dije que ese grano conservaba mucha consciencia. Vete tú a saber quien era.

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