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El agente 31, y su compañero 30 llevan una tarde de perros. Las patrullas por el extraradio de la ciudad son agotadoras, y si no aprieta el vientre, lo hacen la sed, el hambre o las ganas de dejar las vibraciones y sonidos propios del vehículo policial atrás.

Están saliendo de un camino rural polvoriento, cuando divisan a una mujer andando por la comarcal. Ya no se miran entre ellos, ni se avisan. Avistar lo que no encaja es costumbre, dar caza a lo incongruente rutina, situarse con el todoterreno a la altura de la mujer, procedimiento estándar.

El agente 30 lleva la mano cerca del arma, baja la ventanilla y reciben primero el saludo del calor seco reinante. La mujer se para algo asustada. Ambos agentes perciben el reflejo de salir huyendo, ambos reconocen el miedo de una mujer sola.

La mujer se fija en los uniformes primero, luego en los emblemas de la autoridad del vehículo y relaja los hombros. Esboza una sonrisa de alivio, algo forzada. Que no, que no tiene vehículo averiado, que está dando un paseo para llegar hasta el pueblo más próximo. Que lo hace desde niña, que sí, que sabe que no son lugares para una mujer sin acompañar.

Segundos de evaluación por parte de la autoridad. Pasan dos vehículos, con sus ocupantes mirando la escena. El agente 31 se fija plenamente en ellos, el agente 30 sigue concentrado en la mujer. Lanza la pregunta, y ella titubea lo justo. Agradecida se monta en la parte de atrás del coche policial.

La llevarán hasta el domicilio indicado. El trayecto hasta el pueblo suaviza verbo tras verbo la conversación.  Toman nota de todo lo que ella dice, al principio algo impresionada al contestar, más tarde con la fluidez de la confianza facilitando la labor.

Les muestra desde el portal la nota de la tia, riéndose.  Les da nuevamente las gracias. Los agentes no quieren marcharse, hay unos segundos de comunión. Se los traga el sol poniente, los aisla el suave clic de la puerta metálica encajándose.

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