Johannesburgo.-
Wilt van Van observa la pared de hormigón, salpicada con ventanas relucientes en el barrio más comercial de la ciudad. Sorbe de su café, mientras deja vagar sus pensamientos haciendo círculos sobre lo mismo. Un día más, piensa. Las camareras le distraen un momento, cuando el sol parece nublarse. Wilt no levanta la vista, fascinado momentáneamente por esos uniformes tan propios de azafatas. Cuando es capaz de registrar que debe de tratarse de una nube grande, echa un vistazo al cielo, de forma automática, en consecuencia de la rutina de asociar lo que ya sabe que va a ver. Pero no hay nube. No hay sol. El cielo no tiene color, y eso lo que antes era cielo, ahora es una cosa que a medida que baja, lo deja todo gris.

Nueva York.-
Heather Ruinfeld llora amargamente ante uno de los armarios kilométricos, lleno de vestidos suyos. Grita en su desesperación, en su abandono, porque no sabe que ponerse hoy, ese mismo ritual de todas las mañanas desde que fue capaz de abrir los ojos por primera vez. El servicio se queda a respetable distancia, observando la escena sin verla, sin ganas de verla, sin necesidad de verla. Heather sigue lloriqueando y tirando vestidos a la sala llena de espejos. De repente ve como sus vestidos odiados en los armarios se vuelven pálidos, y al levantar sus manos para tirar a esos descoloridos ejemplares de su pena, observa como se vuelven igual de pálidos sus manos y brazos. Se gira, para espetarle al servicio toda su furia por la suciedad acumulada, pero no están. Lo que está, es el descolorido que se come la pared, luego el suelo y después ya no queda color.

Berlin.-
Hans von Schweissberg tiene los nudillos blancos de agarrar el volante con todas sus fuerzas. Ni se percata de eso, y tampoco de que sus piernas están como palos de hierro empujando contra el chasis del coche. El pedal del freno debe de estar fusionándose con su suela y suelo. A el, como a los 17.4 millones de conductores en Alemanía le pasa lo mismo. Están frenando desde que vieron como algo se comió primero al sol, luego la luz, luego la atmósfera y después hasta el último punto de color. Durante largos minutos nadie sale de su vehículo. Ni en Alemanía, ni en el resto de la Europa motorizada.

Sanlúcar de Barrameda.-
Miguel Furlock coloca los últimos cartones en lugares de fácil acceso, revisa que los bebederos están llenos, y que los saquitos de comida abiertos. Gime, porque se le hace difícil poder distinguir con la vista, pero no para hasta haber completado todo el protocolo para asegurar que las próximas 48 horas sean ante todo lo más seguros posibles.

Sabe que está bajando el espejo que trae la noche durante el día. Sabe que de un momento a otro lo gris dejará de ser gris para volverse espejo, y que ese espejo será más negro que el carbón. En la improvisada Haima ya están reunidos todos los gatos, y se arrodilla entre ellos, esperando con cierta aprensión y nerviosismo la parte a la que todos se prepararon en casa.

Cierra los ojos, no para evitar verse reflejado, sino para asegurar que sus reflejos no atraigan a los tentáculos del Gran Espejo. Se conecta la visión sin ojos en el, y contempla a las miles y miles de sombrasbaul que comienzan a despegarse entre ellas al haber anulado toda la luz posible en el planeta. No reparan en el, aún demasiado absortas en su proceso de individualización, esa trampa imposible de evitar en el planeta Tierra. Tampoco reparan en las pocas de miles de personas que obran de forma idéntica, en sus casas, con los ojos tapados incluso por si acaso.

48 horas más tarde no queda nadie en el planeta Tierra que no se haya visto hasta la médula. Sin máscara. Sin excusas. Sin mentiras. Desplegado el mapa del ser ante cualquier ser. No contemplan lo bondadosos que fueron, ni lo malvados que eran. Contemplan hasta dónde llegaron sus actos, que ocasionaron, y sufren las consecuencias en sus propias carnes.

Sólo las primeras dos horas se llenan de gritos. Luego es el más absoluto silencio que envuelve al planeta. Ni siquiera las explosiones de centrales eléctricas, instalaciones militares o complejos dedicados a la energía núclear pueden con ese silencio, que al igual que el Gran Espejo lo hizo con la luz, se hace con todo sonido.

***

Helga: “En fin, hijo. Es una visión dantesca. Da miedo. No deberías tener un teclado cerca cuando te despiertas.”

Miguel: “¿No quieres saber como acaba, cielo?”

Karl: “Boah… acabará fatal. El Gran Espejo no tiene piedad.”

Miguel: “No tiene que ser así. El Gran Espejo nunca entró en un planeta como este.”

Helga: “No importa dónde estén las esencias, el Gran Espejo siempre es el mismo, y ellas también.”

Miguel: “Cierto.”

Karl: “¿Cierto?”

Miguel: “No dudo de que así es. Pero esta vez hay algo que el Gran Espejo no puede reflejar.”

Helga: “Refleja todo. No hay escapatoria. Además, así son los ciclos, hijo. Si no quisimos aprender con todo a nuestro favor, aprenderemos con todo en nuestra contra.”

Miguel: “Ya veremos. ¿Habéis observado como he construido la Haima en casa? No, eh. Pues tiene trampa. Observad aquí… en esa doblez de las telas, a ver lo que veis…”

Helga y Karl recorren con la mirada la línea de tiempo de Miguel, y …

“¡Has colocado un Eternizador del Momento!”, gritan al unísono. Miguel sonrie con cara de pillo.

Karl: “Eso es ilegal en el Uni-Verso-Anverso.”

Miguel: “A mi dejarme en paz con las reglas.”

Helga: “Ummm, pues… no es mala idea. ¿Pero esto… esto no debería causarle aún más sufrimiento a los que están ahora viéndose en el Gran Espejo?”

Miguel: “Denoto interés en que siga contando….”

***

yemaya

yemaya

(Miguel, Helga y Peter se vuelven puntos, luego sólo está el Gran Espejo. Cubre y refleja toda acción habida en el planeta en todas las esencias. Miguel contará esta tarde, o puede que mañana como sigue la cosa. Tú en cambio tienes ahora la oportunidad de pensar en que momento pondrías tu en marcha el eternizador de momentos. Ya sabes a que se refieren esos tres brujos, porque tu misma, tu mismo pensaste en algunas ocasiones en tu vida que ese momento no terminara jamás. Búscalos. Vuelve a sentir esa necesidad de hacerlos eternos. Y comienza a comprender que si así lo deseas, algo lo debe de impulsar en ti. No te quedes en el recuerdo, sino ve más allá del mismo, buscando en el panel interior de tu ser aquel botón que sabes que tiene que existir, ya que todo deseo nace de un recuerdo…)

***

“… pero desde luego, no del último!”. La voz de Miguel retumba al finalizar la frase.  “Es el primer recuerdo que vale, los demás son luces que se dejaron en el camino. Con un Eternizador del Momento, el Gran Espejo no podrá hacer fluir las luces por las esencias, sino que esas se focalizarán en esos Momentos.”

Helga y Peter observan las líneas del tiempo. Todas desembocan por partes iguales en los 198.891 Eternizadores de Momento que se propagaron, justo antes de la llegada del Gran Espejo.

Peter: “Bueno, viéndolo así… podría funcionar. El Gran Espejo se convertiría en una especie de reactor con 198.891 entradas y salidas. Ni siquiera cambiaría la materia. Y yo que pensaba que los Eternizadores sólo valían para las pajas.”

Helga: “¡Peter Karl, esa boca!”

Miguel: “Si es que tiene razón. Aquí lo llaman consolador, jeje.” Helga le echa dardos con la mirada, y fuego cuando descubre el íntima razón de Miguel por elegir la frase.

Helga: “Aún no me has aclarado como funcionará después de todo. Que tu padre te dé la razón, es porque no para de dártela desde que subiste al tren.”

Miguel: “Bueno, no sé si funcionará. Lo que sí sé es que las primeras impresiones en el Gran Espejo condicionarán varias eternidades, y con las 198.891 impresiones desde el primer nanosegundo en coro, la cosa queda decidida.”

Helga: “Eso es ocupación del territorio sin pedir permiso a los demás.”

Miguel: “Vale. Me parece estupendo.”

Helga: “Eso suena a dictadura de nuevo.”

Miguel: “De puta madre. Pues que suene así.”

Helga: “¿Lo ves, Peter? La misma boca sucia que su padre.”

Peter: “Lo que veo es que el chico tiene razón.”

Helga: “Otro. ¿Soy la única que percibe que las demás esencias tendrán que pasar forzosamente por esas entradas y salidas?”

Peter, Miguel: “Si. No pillas cacho.”

Helga: “Ahora en plan siameses. Hijas tendría que haber parido, tonta de mi.”

Constance: “¿Me llamabas, Mamí?”

Helga: “Ui, la renegada. Ahora sí que van a crear otro imperio.”

Miguel: “Bueno, y si visualizas como está el cotarro ahora? Sólo hay una entrada, y que ha sido inutilizada como salida. Se ha instalado la repetición dentro de la burbuja, como una onda que no pude escapar de su casita de cristal. Con 198.891 entradas y salidas… todas abiertas… todas conectadas… ¿qué más se puede pedir?

Helga: “El paraíso, eso es lo que hay que pedir.”

Peter, Miguel, Constance: “A la porra con el paraíso.”

Helga: “Tres contra una, eso no vale.”

Constance: “198.891 contra media, mami.”

Helga: “¿Cómo me has llamado?”

Miguel: “No se refiere a ti, sino a la entrada actual.”

Helga: “No sé…”

Constance: “Ah, ahora pillo. Pues no mamá, tu no eres media mamá. Tu no cabes en los anales del albúm familiar.”

Peter: “A esa mujer no le convence nadie, ni el Gran Espejo en persona.”

Miguel: “¿A vosotros también os afectará?”

Helga: “Obviamente. Las esencias son ajenas a las líneas del tiempo, pero no a sus reflejos.”

Peter: “Me voy a comer un gran marrón.”

Miguel: “Y yo.”

Constance: “Todos nos lo comeremos. Serán eternas esas 48 horas, incluso con Eternizadores del Momento creando bucles.”

Miguel: “¿Te ha gustado?”

Constance: “Genial. Deberías haber empezado mucho antes con todo eso, brother.”

Helga: “Y yo no deberia haberos regalado ese microscopio nunca jamás.”

Peter: “Ese lo regalé yo.”

Miguel: “Yo tengo que ocuparme de cosas mundanas. ¿Sabéis al menos cuando caerá el Gran Espejo?”

Helga: “No. Aunque tu padre tiene su teoría, como no. Basada en vodka.”

Peter: “Caerá tres meses antes de lo previsto, es decir a partir de agosto-septiembre habrá que tener las cosas claras.”

Miguel: “¿Y por qué tengo la impresión de que ha de caer ahora mismo?”

Constance: “Porque eres un impaciente.”

Helga: “Uii, impaciente este. No parece mi hijo con la paciencia que tiene.”

Constance: “Déja de llevarme la contraria, Madre.”

Peter: “Jeje, creo que es hora de levantar la sesión.”

Helga: “Calzonazos.”

Miguel: “No sé porque puñetera razón tuve que elegir uno de esos momentos familiares tan entrañables como opción dentro del Eternizador de Tiempo.”

Helga: “Yo sí. Mientras haya pelea dentro, el caos de afuera acaba siendo múscia de fondo.”

Peter: “Te pareces cada día más a la mujer que me enamoró.”

Constance: “No jodaís ahora con melosulosucredrama. Nos están leyendo.”

Miguel: “Que va, nadie llega hasta esta línea. Estadísticas de María, la dulce María… hmmmh…”

Constance: “¿Será pija, no?”

Miguel: “Por supuesto, además de las insoportables.”

Peter: “Y ustedes intentan darles lecciones a sus padres en cuestiones de amor.”

Constance: “Si tu hijo se enamora de pijas, ¿no crees que has hecho algo mal, papaito?”

Miguel: “Eh, que no estoy enamorado de ella.”

Helga: “Oh, por dios y todos sus demonios. Otra pija acercándose… me pasen el trabuco.”

Miguel: “Ya estamos con la cacería. Si lo estabaís esperando, vamos. Que peña.”

Peter: “¿Un vodka?”

Helga: “¿Bebiendo a esas horas? ¿Y tu eres capaz de decir cosas bonitas sin que yo tenga que pensar en que es el alcóhol que lo provoca?”

Constance: “Si, pero sin limón. Seco.”

Miguel: “Venga madre, no se haga la estrecha ahora. De todas formas todo saldrá a relucir con el Gran Espejo. Un mundo ebrio, un mundo violento, un mundo… en fin, habrá de que no hablar nunca más. Unas copas ahora no van a cambiar nada.”

Helga: “Ya veremos.”

Miguel: “Bueno, yo creo que nadie ha llegado hasta aquí abajo. Ya podemos soltarlo.”

***

(Esta familia de brujos va a soltar algo, y lo harán a su debido momento y hora. Tu en cambio todavía no has soltado lo que querías decir, lo que grita en ti. Tu aún te aferras a que la cosa seguirá y seguirá, aunque por todos los sitios están desmontando las tiendas, incluído y especialmente las del Gran Circo. Tu lo ves, tu cerebro no para de decirtelo, pero nada. No quieres perder lo que has vivido, y crees que un falso orden asegura que eso no ocurra. ¿Cuando vas a abrir los ojos? ¿Cuando te lo pidan? ¿O cuando lo mejor será mantenerlos cerrados? ¿A qué esperas con admitir que sabes que hubo momentos en tu vida eternos, momentos que tu decidiste como eternos, momentos que tu marcaste para siempre. Llevas meses aquí, y a cada día volvieron con más y más fuerza esos momentos. ¿No te has preguntado nunca como es eso posible, sólo de estar cerca de una sombrabaul?

***