El cielo está sembrado y el trompetista acaricia con dulzura su instrumento. Son los últimos reflejos de un sol dorado en su puesta que les confieren un halo de calurosa unión, aunque el aire es más bien frío y calculador. “Siempre fuimos un contraste para todo.”, le dice la trompeta en su tacto al músico.

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Cuando las primeras luces del pasado de las estrellas se hacen fuertes en el firmamento, y alguna que otra constelación extiende su presente en forma de imaginación, el trompetista relaja los hombros y comienza con los ejercicios de boca y labios. Sin la musculatura firme y preparada, no aguantarían más que unos pocos minutos, pero con tan solo cinco minutos de cinco minutos vividos miles de veces, las miles de veces se alinean con el esfuerzo convirtiendo lo difícil en tarea placentera.

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Cuando percibe la primera vibración inclina la cabeza para captar su orígen con el oído derecho. No mira a la estrella correspondiente, sino que explora el sonido con la vista interior hasta llegar a su núcleo, su presente.  Su mano derecha mueve los pistones de las máquinas una y tres, una y tres, dos y y dos, una y tres, así en vacío y colgando de su brazo derecho. Ya sabe que frecuencia es, ya sabe que la compone.

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Así sigue, durante minutos hasta que ha elegido a los músicos que le acompañarán esta noche. Será un quinteto, con cuatro sinfónicas como galaxias y una trompeta.

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Sube lentamente la trompeta hasta alcanzar el ángulo deseado, por última vez humedece y seca los labios con movimientos grabados en su existencia, levanta la musculatura facial para encoger los poros y aprieta la porción central de los labios contra la boquilla.

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Cuando un avión supersónico traspasa la barrera del sonido se observa la repentina creación de una pared de humedad gaseosa, un cono que se extiende y luego rompe cuando el avión supera la velocidad del sonido. Esa velocidad es en el aire de aproximadamente 300 metros por segundo.

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En los materiales sólidos, el sonido no se ve frenado, sino que aumenta brutalmente su velocidad. Así, velocidades de hasta 6000 metros por segundo – es decir veinte veces más rápido que la propagación en el aire – no son nada extrañas.

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Se da por tanto la circunstancia a diario de que un sonido llega varias veces al mismo lugar. Primero lo hará por los caminos de mayor densidad, como por ejemplo los metales. Luego lo hará por la piedra, después por la humedad y finalmente llegará por el aire.

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Nuestro trompetista no espera llegar con su sonido hasta las galaxias. Sabe que el sonido no está diseñado para viajes largos, sino más bien cortos y mucho más enfocados que lo que los oídos puedan captar. Sabe que el sonido es un constructor. Lo que ha hecho es tomar nota de estructuras, ha elegido entre unas cuantas las que precisa. Es un sanador, y en su cesta de vibraciones van frecuencias para rehabilitar edificios de vida.

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Ni siquiera tocará una sola nota con su trompeta que pueda ser audible. No aprendió tocar la trompeta para repetir secuencias, sino para saber como suenan las notas, para saber como suenan cuando están separadas, para saber como suenan cuando vibra la salud, y para saber hacer las mezclas en el presente, no en el pasado.

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Los vecinos que le observan noche sí y otra también en número creciente, se quedan en silencio contemplando como el trompetista enfoca su instrumento en si mismo. Como levanta el metal hacía los cielos y como de ese metal surge un sonido invisible e inaudible que les llena de libertad. No hablan después, ni se hablan entre ellos. Vuelven a alejarse de las ventanas y terrazas, se meten en sus camas y duermen esperanzados.

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El trompetista vuelve a su casa, proyecta las vibraciones sobre los más necesitados, y siente que un día más no ha hecho más que lo poco que sabe hacer. Llora. Sonríe. Sale del trance, pero solo un poquito, porque no le gusta vivir en el pasado, dónde la luz y el sonido no tienen más uso que el gratuito y sin esfuerzo, dónde no hay intercambio sino nadar en la brea de mezclas que solo la acumulación de pasados puede producir.

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