El cráter que el alienígena ha dejado dónde antes estaba el mercado municipal ha vaciado el área hasta de los gritos. Con un salto sobrenatural se encarama en los restos más altos, echando un vistazo a las humeantes ruinas. Y se queda congelado.

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Una señora de avanzada edad está en su sillita de ruedas en medio del desastre. No le ha pasado absolutamente nada. Si el alienígena tuviera noción de esas cosas, exclamaría a través de sus fosas nasales algo como misissiishshsishsisiisisaaarrrrooo, que traducido al idioma local sería “milagro”.

Pero el alienígena no tiene noción de esas cosas.  Si que percibe un helicóptero acercándose y comienza a dudar si primero el helicóptero o el animal viejo que se ayuda con ruedas.

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Finalmente se decide por comerse a la vieja, que manosea la mantita que tiene sobre sus rodillas enclenques. Se acerca en todo su esplendor para aumentar el sabor a adrenalina en la víctima.

“¿Hijito, me ayudarías a llevarme la compra a casa?”

El alienígena se queda nuevamente parado ante la voz sin el menor atisbo de miedo. ¡Un animal que no me percibe! salta por su mente y se acerca sin más para dar cuenta del estropicio. Lo siguiente que salta por su mente es un fogonazo, luego otro más débil y el tercero ya ni lo percibe en la oscuridad que le envuelve.

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“Ya les dije yo a mis amigas que a esos vampiros les vamos a enseñar nosotras lo que es el libre mercado.”, gruñe la abuela mientras guarda la ametrelladora humeante de nuevo bajo la mantita.

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