Un mostrador kilométrico y detrás hileras y más hileras de estanterías. Llenas de piezas. Son tan largas que se tarda un minuto en ver volver al viejo del lugar cuando se ha metido en la parte de atrás, mientras vienen y van sus pasos.

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Juan me recibe como todos los jueves por la tarde, fumándose su cigarillo contemplando la puesta de sol. La contempla de espaldas, porque le gusta ver a los rayos iluminar el incontable número de cosas que están en ese almacen. Me invita a uno, y apunto a la muela abriendo ligeramente la boca. Se ríe y murmura algo como “haberse tomado el mms cuando ingeriste aquella tortilla”, pero no le hago caso, porque es el pensamiento que me acompaña a cada pinchazo.

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A Juan las cosas le van muy bien. “Cuando el castillo de naípes de los humanos se cae, siempre es tiempo para la chatarra.” Innegable su espiritu emprendedor, Juan se especializó desde muy niño en recoger todas las piezas que las sucesivas generaciones de ovnis habían dejado caer sobre los campos cerca de las tres bases militares de la zona. “Había que correr, porque los yankis enseguida enviaban sus equipos de rastreo, pero que van a saber esos de rastrear.” Juan ha dejado el cigarillo y ahora abre el grifo de una pequeña bota. No me pregunta esta vez. “Un vasito de manzanilla o dos al día, y nada te hubiera pasado.”  Brindamos por lo inútiles que son los yankis.

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El negocio va viento en popa. Es además uno de los que menos costes a la Seguridad Social producen. “Los clientes vienen, me muestran la pieza que precisan con una proyección holográfica y cuando yo vea la cosa clara (Juan se refiere al pago como su movimiento ocular de complicidad subraya), pues les busco la pieza y punto. Ellos son invisibles y la pieza que se llevan se vuelve invisible cuando la tocan. Ya puede haber inspecciones, incluso que me filmen… no hay prueba del delito. Que yo me haga el loco en mi empresa, esa es cosa mía.”

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Con el dinero, que no es poco, ha adquirido varias parcelas en USA y otros países “con bases yankis cercanas”. Un movimiento inversor digno de los grandes en la historia. “No paraban de pasarse mi dirección estos tipos de las naves, así que pronto han comprendido que eso de ir al concesionario oficial era un coñazo, mientras que aquí yo no hago preguntas. El boca en boca, la mejor publi, Miguel.”

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Mientras estamos hablando, se mueven las puertas automáticas. Nadie entra, pero Juan se levanta, se acerca al mostrador, parece estar mirando algo… y luego se pierde en la nave. Yo no me atrevo a moverme, pero por mucho que me esfuerzo, no veo absolutamente nada. Poco después aparece Juan, con una pieza que me recuerda mucho a un carburador de los diesel Perkins. Por arte de magia se abre la caja registradora y se vuelve a cerrar. Juan echa un vistazo a los números, niega con la cabeza y después de dos aperturas y cierres más de la caja, deja la pieza sobre el mostrador y vuelve conmigo.

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“No la pierdas de vista, porque si cierras los ojos aunque sólo por un segundito, ya no está.” A mi me escuecen los ojos, Juan se ha llenado otro vaso de manzanilla y vuelve a fumar. A los tres minutos no aguanto más y tengo que cerrar los párpados para un segundin de nada. El siguiente vistazo como de sediento ante la fata morgana. El mostrador está vacío. ¡Se han llevado la pieza!

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“Logro mantenerlos hasta quince minutos en la tienda.” Juan me habla de como descubrió que precisaban el momento del cierre de los párpados para integrar la pieza en su manto invisible. “No les he gastado bromas con eso. Siempre me acordaré de una pareja de Guardia Civiles que vinieron a inspeccionar el almacén porque habían sido avisados de que algo raro estaba ocurriendo. Justo había vendido un delta-bordo-32, una pieza de casi tres metros de longitud y varias toneladas de peso. Irrumpieron en la venta cuando yo me estaba alejando del mostrador, así que… mientras inspeccionaron a la pieza con las bocas abiertas esta no se hizo invisible. Luego se giraron para preguntarme a mi de que iba esa pieza y yo les pregunté ¿pero de qué pieza me están hablando, jarones?”.

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Le hablo del extraño parecido con el carburador perkins. Juan se ríe, y niega con la cabeza. “No hay parecido. Tu lo que viste es un Perkins del 72. Es una pieza que se les estropea a estos tipos cada dos por tres, lo usan como pistón de brea cuántica, pero el fabricante no tiene ni idea de mecánica. De hecho, lo que les vendo no es un original, sino una pieza que me fabrican en China y Alemanía. Aguantan más que sus pistones, pero menos que mis necesidades financieras. Hay que pensar en el futuro, aunque todo sea negocio en el pasado. Y el futuro está en enseñarles a estos lo que es el libre mercado.” Le pido un tercer vaso de manzanilla.

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