El panadero se levanta cuando otros se acuestan. Toma el relevo. Mezcla los ingredientes. Crea una masa, calienta el horno y comienza a desprenderse el olor a pan.

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A primera hora de oficinas, cuando la mañana ya lleva horas esperando que la saluden, se presenta el banquero. Amenaza con quedarse con la panadería. El panadero no dice nada. Sigue trabajando, ahora limpiando todo para la madrugada siguiente. El banquero comienza a gritar, y el panadero se vuelve a encoger de hombros.

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El banquero se queda con la panadería. Se queda con el taller. Se queda con la tienda. Se queda con el local. Se queda con la manzana. Se queda con el barrio. Se queda con la zona. Se queda con la ciudad. Se queda con los campos. Se queda con la nación. Se queda con las naciones. Se queda con el planeta.

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8 billones de humanos encogiéndose de hombros.  Los juzgados que no pueden tramitar ni un 0.1% de las demandas de los banqueros. Las prisiones que ya estaban llenas antes. Los policías que ya no cobraban tampoco. 8 billones de humanos encogiéndose de hombros.

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En la casa del banquero no hay pan. Nadie les da, y no se preguntan los banqueros por la razón de haber quedado apartados de la humanidad. Cuando piden, sea lo que sea, los humanos se encogen de hombros y no les atienden.

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Dura una semana la dictadura de los banqueros.

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Siguen millones de años sin ninguna dictadura más en el planeta de los humanos.

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El día del pan es hoy. De aquí una semana estaremos libres de cualquier intento de pedirnos lo que no podemos dar. Y llenos de cosas que siempre habrá si no hay dictadura de por en medio.