ELO – El Cuentacuentos – Parte VIII
proviene de la parte VII
Autor en trance: M. Furlock

***

“Aquí abajo hay tres cosas. Una que encontré de adolescente, cuando me caí en una de esas excursiones mías por las montañas, otra que encontré cuando casi estaba muerto mientras deambulaba por el laberinto, y una tercera, que nuestros padres escondieron aquí para algo que no sé, aparte de que querían que lo descubriésemos.”

Estaban sentados todos en la sala de reuniones más grande. Los niños se habían quedado en el suelo escuchando atentamente. Jake, atado de forma menos escandalosa pero firme, miraba al techo, seguramente pensando en como salir viva de esta.

“Cuando el tito Jim entró en nuestras vidas, yo le reconocí por lo que es enseguida. Lo que en madre era una especie de poder latente recién estimulado, en mi se hizo funcional desde muy pequeño. Le vi la cara, le vi el cocodrilo que era y me asusté.

Mi primer grito, el que casi nos mata a todos fue que había visto un cocodrilo que nos quería comer, lo grité en las faldas de mamá porque lo había visto a través de los dibujos.

No lo oyó, no fue capaz de entender mi lenguaje de entonces. Eso nos salvó a todos. Salí corriendo y me escondí.

Le conté a padre, le conté a madre y me dieron permiso para no tener que estar cerca del tito Jim, el tito cocodrilo para mi, pero no de connotación agradable e infantil, sino de cocodrilo que se comía literalmente sus hijos, y que lo hacía torturándoles.

Si gobiernas la humanidad, si gobiernas un planeta, eres el padre de todos. Nos comía a todos. Yo eso lo vi en su cerebro, y como comprenderéis no lo pude compartir con vosotros. El se hubiera dado cuenta, y muertos los Buchos.”

Siguió explicándoles durante varias horas hasta dónde habían logrado madre, padre y más tarde el rastrear al tejano, que antes de ser tejano había sido inglés, y antes de ser inglés alemán, y antes de eso italiano, griego, egipcio, fenicio, indio, chino y tantas más nacionalidades en las que siempre había reinado sobre los demás, a veces de cara, a veces oculto, pero siempre oculto en la realidad que causó su presencia en Tierra.

Sus padres no lograban en esos primeros años averiguar que preparaba con tanto lujo de detalles, adónde todo apuntaba en concreto aparte de esas ansías increíbles de gobernar a los demás.

El vasto imperio de Jim Randsfeld incluía absolutamente todo. Ese era el truco, el de abarcarlo todo para poder hacer con tranquilidad lo que verdaderamente era de su total provecho.

Si quería encender un fuego que nadie mirase de cerca, encendía un millón entorno suyo.

Si quería conseguir una vía específica para sus fines, construía decenas de miles que apuntaban en todas las direcciones.

Pronto dejaron de investigar en ese sentido, porque notaban que en cualquiera de esas vías podían encontrarse con un centinela, que seguro que ninguna era una vía muerta.

“Se centraron en sus trabajos, madre entrenándose cada día entre cinco a ocho horas en telepatía, padre construyendo lo que Randsfeld quería ver levantando. Eso, y este refugio, que durante más de 30 años no paró de llenarse con todo lo que estáis viendo. Sí, tenían un plan, pero no lo compartieron conmigo, advirtiéndome madre que me mataría si le leyera la mente. Nunca lo hice. Supe inmediatamente que se mataría ella.

Me introdujeron una clave para dar con lo que han dejado aquí. Cuando estuvimos en el log de Barky Bart, tuve una regresión y soñé con un combate, en el que se me reveló absolutamente nada, pero lo tengo grabado en mi mente.

Sé que en el momento en que vea algo aquí que coincida con el sueño, estaremos ante ese secreto que el bueno del tito” – miró a su hermano Jake – “tanto desea averiguar.”

“Luego hay otra cosa. Aquí hay algo que vais a descubrir vosotros mismos y espero que lo descubráis. No, no es la salida. La salida es la que hay y si queremos salir hemos de mover piedras durante un mes, que tampoco es un gran problema. Es otra cosa, y no hay nada en esta vida que me gustaría más que lo pudiésemos compartir.”

Miró a su hermano Jake de nuevo, que le observaba con desdén desde la esquina del sofá en el que le habían encajado.

“Todos, porque es para todos. Sólo nuestros padres nunca llegaron a poder hacerlo, porque se sacrificaron por nosotros. Sé que lo hemos pasado mal, muy mal. Sé que Jake sigue pensando en seguir siendo un traidor. Sé que no estamos aquí en las mejores condiciones físicas y psíquicas que nos gustaría, pero os aseguro que siempre hay esperanza, y que esa es una fuente de inspiración que dentro de poco nunca más os va a abandonar si ahora y durante unas semanas nos ponemos a terminar con la tarea que nuestros ancestros iniciaron.

Estoy seguro que este es nuestro papel, no el de inconscientes matándose entre ellos, ni de hermanos clavándose la estaca como en el mito de la fundación de Roma.”

Asintieron. Llevaban asintiendo hacía tiempo. Dijeron que sí, que por ellos más que por nadie asunto olvidado y a por los premios. Jake se mofaba riendo en su esquina, siempre mirando el techo.

Después de varias horas de decenas de preguntas finalmente empezó a fraguarse una alianza mucho más fuerte y duradera entre ellos. Les comenzó a unir de nuevo lo que la vida y la muerte les había extraviado. No eran alianzas basadas en el que algún día habría contraprestación de la mano prestada, sino que la mano no era prestada, ni de  propiedad, pero tan propia como la demás. Cuando el golpe llega generaciones después de haberlo lanzado, la propiedad dejaba de tener importancia.

“Por cierto, el mito es un mito. Roma la fundó  el tito Jim.”

Jake dejó caer su barbilla hacía delante y quedó mirándole con boca abierta, intentando ver si se trataba de un chiste.

No, Robert lo estaba diciendo en serio.

Comenzó la búsqueda.

***

Tres sombras se lanzaron desde la oscuridad sobre el. Tres tajos terribles, tres hojas cruzándose en el mismo punto.

Sorpresa y retirada de las espadas. Confusión. Cae la primera sombra, la segunda y después de una lucha de caras, la tercera.

La cuarta le divierte pero antes de que pueda dar con el se lo llevan las otras tres.

¿Eso era todo?

Escucha al luchador japonés que ya no da golpes de ciego. Ahora perfora las paredes y mira por los agujeros que hace en vez de fiarse por lo que el laberinto le ofrece. Ha aprendido, está vigilante.

Ahora es cuando más peligroso es. Conoce el terreno como Robert. Tiene mejores armas que Robert. Ve mejor que Robert. Se defiende mejor que Robert. Sólo tiene que encontrarlo, y ese encuentro es inevitable.

***

“¿Hijos?”

“¿Si, madre?”

“¿Sabéis cual es el mejor lugar para esconder un secreto?”

“A la vista de todos, madre.”

“¿Y dónde se esconde el mejor de los secretos?”

“Dentro del secreto mejor escondido, madre.”

“Muy bien, porque así está a la vista, pero no lo está, incluso si no está a la vista.”

“¿Madre?”

“¿Si, hijos?”

“¿Sabes dónde se esconde mejor lo que está a la vista y esconde el mejor secreto dentro de si?”

“No, hijos… creo que no.”

“Que tonta… olvidándolo”

“Vaya, que listos son mis niños… vaya, vaya.”

Los niños salen corriendo. La madre sonríe y revisa si ha borrado de la memoria de sus hijos lo que tocaba y llamaba al veneno, mientras estaban abriendo sus esclusas.

***

Tardaron muy poco en comprender que no iban a encontrarlo nunca, si seguían buscando de esa forma. Aparte de que Jake no era aprovechable más que para entretener a los niños que jugaban a indio capturado con el, con Anishkatres en el papel estelar de jefe indio enano, no sacaron nada de provecho de una semana de disciplinada y coordinada búsqueda.

Todo lo podía ser. ¿Pero qué era?

“Es el secreto mejor guardado de este mundo. Desde luego. Lo tenemos delante y no hay forma de dar con el.

Es como si se hubiera multiplicado o transformado. Hasta las formas de las paredes pueden hablar, es increíble la cantidad de mensajes que hemos encontrado dónde seguramente no pasó más que un operario pusiera una máquina a una determinada altura porque sí, por nada más que su razón o reglamento al uso.

Esto es interminable.” Henry estaba desolado. Comenzaba a comprender a que se habían tenido que enfrentar sus padres, y sintió envidia de Robert, que al menos había cargado parte de eso sobre sus espaldas, mientras que el y Jake no hacían más que vivir sus vidas.

Vidas duras, sin duda. Accidentadas y llenas de desastres. Cuantas veces habían culpado a sus padres o al autista de Robert de ellas, y ahora resultaba que la cosa venía de mucho más lejos, y que eran unos privilegiados por estar viviendo con la mano sobre el pulso debajo de las falsedades. Aún así, ni con envidia, ni renovadas ganas, habían sido capaces de arrancar una mínima parte del secreto de esas paredes y habitaciones llenas de cosas.

“¿Y si no está a la vista?”

Anika estaba jugueteando con una caja de cerillas. Los demás, salvo los niños que desde el primer momento habían estado observando a Anika con atención mientras que el señor Henry hablaba, levantaron las vistas y buscaron la cara de ella.

“Si. Por ejemplo el fuego. Si quiero esconder el fuego, nada mejor que esta caja de cerillas. Lo meto dentro, pero no sale humo, ni quema nada. La puede abrir cualquiera, pero no encontrará el fuego. Lo puede ver en cualquier parte, pero no pensará en que tiene el fuego en su casa, su hogar, su fábrica, o bosque. Si no sabe que las cerillas son para hacer fuego, no sabrá del fuego, no sabrá del secreto.”

Robert tenía la boca abierta, los niños asintieron gravemente. No habían entendido la mitad, pero es que sobraban muchas palabras de señores. ¡Ese sí que era un buen escondite para un fuego, anda que si!

“Sí, es algo así, porque así estamos. Buscamos algo que no podemos siquiera tocar, y si fuese así, simplemente tocaríamos lo que es antes de ser lo que tiene que ser para ser encontrado. Pero tocándolo no haces nada. Tienes que saber la secuencia, o unir algunas cosas… y el secreto se enciende literalmente en tus manos o delante tuya.”

La primera y mejor pista. Los demás estaban exaltados. Los niños también, aunque no sabían muy bien la razón. Era infeccioso eso de que alguien se pusiera contento, eso simplemente bastaba para pasar de los secretos a los emociones.

Robert se llevó las manos a la cabeza. Comprendió. Les dijo que se preparan, que el sabía dónde estaba el secreto mejor guardado del planeta. Que se iban de aquí, que ya era hora.

***

Robert se sienta despacio sobre una piedra y espera en la oscuridad. De vez en cuando calma su sed en el bebedero cercano a su posición y una de las ocasiones, con el bebiendo agachado sobre las aguas que no ve, pero huele y siente, cae sobre el con terrible grito y sonido el luchador japonés, la peonza explosiva en su repentino ataque.

Se golpea contra el bebedero, lo revienta con el impacto y se desata un infierno en el laberinto, recorriendo todos los caminos y recovecos con fuego que se vuelve lava.

Robert observa desde el último nivel del juego al luchador japonés como se aleja triunfante.

“Has de morir, para vivir, hijo. No tú, sino quien está dentro de ti. Hasta puede que no tenga que morir si te lo llevas en un descuido suyo. Tu golpe ha de llegar a través de generación de ondas, nunca directo.”

“¿Madre?” Robert se levanta del banco como un torpedo, mirando entorno suyo.

“¿Madre?”  Pero no le contesta nadie. El reservado del parador está vacío. Afuera juegan los demás en la nieve.

***

“No, de ninguna manera. Retiraros del lugar, y que se haga cargo la aviación. Quiero esa montaña pulverizada. Si, es una orden. Pulverizad la montaña y si alguna alimaña sale de entre el humo milagrosamente, pulverizad hasta el humo que arrastre junto a ella. Aplastadlos.”

Ya estaba bien de juegos. A las tres semanas de salir de la ratonera de los libros los había encontrado. El equipo de rastreadores había dado con entregas cruzadas, con pequeños indicios y finalmente todo casó. Una montaña, hueca por dentro y llena de corredores y salas. Miles de salas. No, no volvería a caer en esa trampa. No más libros, no más trampas como las que el usaba. Fin de la amistad. No podía perder más tiempo, que era lo único que deseaban esos viejos en sus tumbas.

Que se llevaran las bombas el secreto de los viejos. No era más que una finta, para que pensar ya más. Un complejo así de preparado lo estaba para construir algo. Así que, fin del plan. No tenía ganas de ver lo que iba a salir, porque ya sabía que aquí cortaba de cuajo el tiempo a los que conspiraban con dos generaciones contra su poder. ¿O eran más?

Padres e hijos. Siempre transfiriendo el odio y la lucha. Costaba eliminar esa parte de la humanidad que se daba cuenta de sus pasos, aunque cada vez eran menos. Nunca habían sido muchos, de todas formas.

Estaba profundamente aburrido de todo. Había esperado una sorpresa, una jugada de las que le hicieran sentir ese pequeño cortocircuito en la cabeza que anunciaba que las cosas no iba como debían, y que tendría que emplearse a fondo. No, no, y no.

Ni siquiera con todo el dinero del mundo y trabajando a su lado durante más de 40 años lo habían logrado. Sí, estaba acabada la Naturaleza de este planeta. Estaba en las últimas y las bombas ni siquiera hubieran hecho falta para que fuese el principio del fin definitivo.

Débiles. Madre e hijos débiles. Un mundo condenado a saludarle cuando se fuera. Lo que quedara vivo entre las ruinas. Vivo para morir de todas formas.

***

“¿Está seguro que ese es el chico?”

El médico asintió. Habían descubierto el intento de falsificación en una comprobación rutinaria. No había dudas. El chico era en quien se habían centrado los Buchos.

“¿Qué tiene de especial, doctor?”

“Nada. Es un chico normal. Gesticula mucho, pero eso no necesariamente le dure.”

Randsfeld observó al chico en la cuna. Así que esa era la arma secreta (estoy hasta los mismísimos de el arma, la arma, el arma, la arma. Vaya mierda de idioma, con perdón. Nota del autora, joe Miguel, habla bien) que los Buchos habían preparado durante dos generaciones para que fuera a por el. Le entró la risa y el médico no comprendió.

“Nada doctor, tengo ataques de risa como otros ataques de hambre. No me río de lo que veo, me sale como a usted un eructo.”

¿Eructos de risa? El médico no sabía que pensar, pero ante el jefe no iba a jugarse el puesto por egocentrismo exacerbado rutinario.

“¿Y qué decía el plan de estudios?”

“Normal. Infantil, primaria, college y después universidad.”

“¿La de …casi díjo ‘Buchos’, pero lo sustituyó por el nombre de la misma dónde habían estado los dos viejos encerradas oficialmente.

“No, una menor, cerca de Washington.”

“¿Qué título?”

“Un lingüista, pero con la carrera truncada. Este tiene pinta de bala perdida, señor.”

“Si, desde luego. ¿Algún profesor que le suene?”

“No, no son conocidos. Hay muchos cursos en el extranjero, con visitas a pueblos pequeños. Es extraño, inusual. Es como si estuviera programado para perder el tiempo a propósito. El tipo que no para de llegar nunca a nada.”

“Oh, no se extrañe. Ese método lo conozco muy bien y es muy propio de esa banda.”

“¿Desviaciones genéticas?”

“Ninguna. ADN normal, sin alteración. Va a tener algunos problemas de salud, con tendencia a la obesidad si no anda. Acabará siendo un gordo, señor.”

“Que bochornoso. Parece que no nace con un pan debajo de cada brazo, sino con cuarenta pesos en cada miembro. ¿Usted fabricaría algo así, doctor?”

“Dios me libre, señor. Eso no lo haría ni un principiante en enfoque genético-social.

Este tipo es un perdedor nato, que deambulará por el mundo causando un desastre tras otro, pero comiéndose todos los marrones el solito. Es un infierno de trabajo. Casi me parece una de esas obras de arte que últimamente hemos visto en las conferencias de Margoldt, quien en sus estúpidas teorías cree que el enfoque genético-social ha de llevar a crear criaturas sin posibilidades para que las demás puedan existir o sobrevivir.”

“¿Conoce a alguien capaz de hacer algo así?”

“A miles. Si he dicho obra de arte, me he referido a obras como aquellas de una taza de un water por tres millones de dólares, y si pagas uno más, hasta me cago en ella.”

“Entiendo. Es una chapuza y punto. ¿Sí?”

“Del todo señor. Si alguien con conocimientos hiciera algo así, no estaríamos viviendo en este planeta, señor, ni habríamos llegado a sobrevivir jamás a la Naturaleza del nuestro.

Es un trabajo de un grupo que no tiene ni idea de genética, ni genética social, ni de enfoque. Para mi, que cogieron al pobre y le clavaron su futuro con métodos arcaicos incluso.”

“¿Por transferencia personal?”

“O peor. Esto no huele a un trabajo humano, esto es un trabajo humano, señor. Si este es el resultado de quienes querían acabar con usted, le aseguro que con este desecho se han lucido en su despedida. No tienen ni idea.”

Randsfeld miró al niño que le saludaba con la mirada sorprendida. Tenía una mirada que le gustaba, de niño dispuesto a luchar contra las adversidades, como si lo supiera ya, ahora que aún le quedarían unos años de inconsciente paraíso.

“Háganle dos chequeos más y ahonden. Destinen a todo el personal al tema. Infórmenme.”

“Per…fecto “.

Por poco su egocentrismo irrefrenable le había costado la cabeza. No se dudaban las órdenes del jefe. No tendría piedad con el, ni después de 6000 años en este mísero agujero.

Tantas atenciones a ese médico humano, y tanto abandono de sus propias tropas y expertos. ¿Qué quería ahora, que aseguraran que ese aborto no era un peligro para el jefe? Para que oponerse, no hacía falta caerle bien para que no te matara por alguna tontería en el futuro.

Sí, iban a hacerle otros dos chequeos al desecho. No encontrarían nada. Ese niño, aunque venía directamente de los brazos invisibles de los Buchos que no eran más que polvo en 1975, no era más que una triste prueba de lo poco que valían los humanos a la hora de crear y manipular la vida de su propia especie.

“Demasiados escrúpulos. Tus padres no se atrevieron a hacerte un ganador, hijo. No sabían como hacerlo, y en vez de dejarte en el tintero, te cargaron una vida mierda, que te hará gritar de desesperación. Ya, tu ríeme. Tiempo al tiempo. Que tu catálogo es el peor que he visto en mi vida.

Sí, si, tu ríe, pequeño Frederik, que a ti te llamarán de todo, menos que por tu nombre. Que desperdicio de energías del planeta. Bueno, veremos lo que podemos hacer por ti. Pronto se os habrá acabado de todas formas el despilfarro. Eres de las últimas tandas, niño… de las últimas.”

***

Andrea llevaba varias horas maniobrando con delicadeza los tentáculos. Un sistema particular y divertido, que requería poca concentración.

Sólo tenía que meter una mano entre ellos, y se cerraban entorno a dedos, manos y antebrazo. Con la mano simulaba la nave, y según movía la mano, se movía la nave.

Habían dejado la bodega atrás y llegaron al gran pasillo, que ahora lleno de agua impresionaba aún más.

“Nos estamos acercando a las salas que encontramos primeras. Voy a entrar por la primera, si se abren las puertas, claro está.”

Pero estaban abiertas y la corriente enseguida atrapó a la nave que pasó sin problemas por la puerta. Ninguna de las otras naves hubiera podido seguir en este punto.

Pasaron por la sala piscina y Andrea les avisó que ahora subirían por la tubería, cuya boca inmensa les tragó enseguida.

“¿Dónde, chicos?”

Claudio sacó la cabeza de entre los cables, y le preguntó a que velocidad iban subiendo.

“Unos 30 metros por minuto, más o menos.”, le contestó Andrea después de hacer algunos cálculos visuales, buscando referencias en la pared tubular iluminada por los focos.

“Lo mejor será subir hasta lo más alto posible. Vamos a entrar por una de las últimas esclusas, así que, dentro de media hora reduce la velocidad. Tendrás que probar tentáculos para activar la esclusa, jeje, ten cuidado de no abrir la de la nave.”

Ese último comentario sobraba, y Andrea lo ignoró. Querían quitarle hierro al asunto, eso era todo. Ya habría tiempo para tirarles a alguna piscina, mesa de ajedrez para tres inclusive.

A Andrea le pareció fascinante la historia que habían contado. Si era cierta o no, parecía de poca relevancia.

Daba por hecho que era clavada en cuanto a la procedencia de esa construcción que era la base de la isla. No dudaba tampoco de que aquí habían venido a hacer turismo, porque las naves del hangar tenían ese diseño. Lo fascinante estaba en Campocorso, que durante su reinado había parecido invencible, y ahora resultaba en poco más que un patán cósmico que había acabado de mala manera justo en el lugar que había estropeado nada más verlo. ¿Qué había causado esa reacción en el lagarto? ¿Qué podía darle tanto miedo para que llenara una chimenea gigantesca hasta cegarla del todo?

Pensó en los enemigos que habían llegado a rozar, hasta demasiado de cerca incluso en su pasado. Con Trini, la lucha entre Montoro y Ganges, dos que parecían haber desaparecido después de esas transacciones de entonces. Esos tipos nunca habían sentido miedo de nada, pero el que los gobernaba… ¿ese sí? Fascinante, porque lo que estuviera al otro lado de esa pared de tubería que ahora subían lentamente, fue capaz de lograr eso.

Pensó en sus chicos, que no querían siquiera estar a su lado para ver lo que habría detrás de esa esclusa que creían que estaría esperándoles.

No tenían poses esos tres. O se te quedaban mirando sin moverse, lo que era mala señal siempre salvo si babeaban, o jugaban a otra cosa porque hacían tiempo. Ahora hacían tiempo, es decir que sabían perfectamente lo que iba a pasar a continuación, o al menos lo que habría a continuación.

¿Qué asustaba a los lagartos, pero aburría sobremanera a sus chicos? ¿Cómo era que estos no estaban proclamando a los cuatro vientos el arma secreta contra lagartos?

Media hora más tarde abrió la mano un poco, y la nave dejó de subir, se estabilizó. Viró la mano hasta que la nariz de la nave casi tocaba en perpendicular la pared cóncava, y metió la otra mano entre los tentáculos, con un dedo extendido saliendo del puño.

Giró esa mano como quien gira una llave en una cerradura o contacto, y no se sorprendió para nada que enseguida se abriera una parte de la pared, como el iris de un ojo. Habían errado cincuenta metros.

Manejó la nave hasta la entrada que daba a otro tubo, este iluminado. La luz se filtró enseguida por dentro de la nave y comenzó un pequeño tumulto porque todos querían ver lo que les iluminaba.

“Se ha abierto la esclusa. Es de unos veinticinco metros de largo por quince de ancho, en forma de iris o de ojo. Detrás hay un tubo iluminado. La luz parece venir directamente de las paredes o pared del tubo. A unos cincuenta o sesenta metros hay otra esclusa, pero cerrada. Nos acercamos a poca velocidad a ella.”

Comenzó a informar de cada paso que daba, la única forma de evitar que los demás causaran algún estropicio a última hora con las ansias de saber, ver y sorprenderse.

Estaban a pocos metros de ver algo increíble, lo sabían todos. Era ese silencio de los tres que les había puesto en ese estado de precognición. Si los gafotas no decían nada, era porque no eran capaces de describir lo que habían visto. Ni Marcelo.

“Estamos a treinta… a veinticinco…. a veinte… a dieciocho, quince, doce, nueve… cinco, cuatro, tres metros de la otra esclusa. Acciono la apertura. Vuelvo a accionar la apertura. Una tercera vez. No se abre.”

“¿Cerraste la esclusa que dejamos atrás, Andi?”

Odiaba esa voz de Marcelo, que no su voz, sino esa. Esa en particular. La que podía haber sonado antes, la que hubiera ahorrado esa tensión y ahora tener que volver.

Escucharon las risas de los tres, y esas risas infectaron a los demás. Andrea, roja como un tomate dio la vuelta a la nave y aceleró para acercarse a la primera que habían pasado.

***

“¿Hijo?”

“Si padre, aquí estoy.”

“¿Has visto en mi piel cuando te vi por primera vez, hijo?”

“Si padre. Me gustó verme así de chico. Es bonito verse diferente, bebé, niño, adolescente, adulto, las fases diferentes de una vida basada en interrupciones.”

“¿Por qué te elegí, hijo?”

“Por acto reflejo, padre.”

“Hicieron bien su trabajo tus verdaderos padres.”

“Tu eres mi padre, padre. No existen los verdaderos padres o padres verdaderos, como no hay padres reales ni reales padres.”

“¿Cómo supieron que te iba a elegir, qué acto reflejo fue que me vieron y yo no conozco?”

“Lo conoces.”

“¿?”

“Tu te viste en mi. Es un reflejo que tiene todo padre, padre.”

“Sí, vi algo mío en ti. ¿Cómo? ¿Qué?”

“Viste tu error en mi. Soy todo lo que tu no quieres ser o mostrar, que es lo mismo. Soy tú, pero con la piel dada la vuelta de dentro afuera.”

“Sabes que no soy precisamente un blandengue, hijo. Lo que seas tú, no está en mi.”

“¿No? ¿Sólo porque no proceda de un huevo con tus genes? ¿Padre, has pensado alguna vez en que las miradas microscópicas tienen doble vertiente?”

“Estas cambiando de tema. Insisto, no tengo nada de ti. Puede que ahora me vaya acostumbrando a tu formato, pero no mezclemos.”

“Paciencia padre, tu de esa deberías saber más que nadie. Decía lo del microscopio, porque es útil para ver mundos, es un telescopio para ver los mundos miniatura, o los mundos que parecen físicamente más pequeños que el nuestro a nosotros, aunque el tamaño de todos los mundos es el mismo.”

“Por favor, hijo, no estoy aún preparado para charlas de ese tipo. Soy algo lento. ¿Todos los mundos tienen el mismo tamaño? Parece que no has visto nada, hijo, porque no hay nada que sea igual a lo demás en este universo.”

“Muy equivocado, viejo. No hablo de apariencias, ni de medidas. Eso es lo que tiene de malo el microscopio, que todo se intenta relativizar. Lo pequeño y lo grande no existe, sólo el engaño para poder descubrir otros mundos.

No importa, ya llegarás a eso también, paciencia. Lo que quería decirte, padre, era que eso de mirar por el microscopio no permite ver las cosas mejor, o comprenderlas en profundidad, si no viene acompañado de una gran dosis de humor y ganas de explorar.

Los Buchos tenían eso. Miraban por el microscopio de sus mentes, te vieron y te vieron venir.”

“Fracasaron. Si no es por esas malditas Sombras Baúl, las naves hubieran … bueno, fracasé, lo admito. El proyecto estaba muerto, pero no fueron ellos quienes lo evitaron, sino primero los de mi propia especie desde aquí, desde nuestro planeta, y luego las Sombras Baúl, que acabaron con todos que habían compartido conmigo el reinado en la Tierra. De eso no sabían nada los Buchos.”

“De nuevo te equivocas, padre. Los Buchos sabían mucho más de ti que nadie en este planeta, ni en la Tierra lógicamente. Te estudiaron, te sondearon… más de 40 años de sonreírte y metódicamente desmontar tu fachada. Detrás de esa se encontraron con otro Jim, el cocodrilo, y detrás de esa, me encontraron a mi.”

“Hijo, si no supiera que eres muy listo, diría que la unión entre cuerpo humano, Amrs y mi piel no te está beneficiando en absoluto. ¿Cómo vas a estar tu en mi, si has nacido después que yo, en un planeta diferente al … bueno ahora nuestro… en un vientre de una especie diferente, en…”

“No te esfuerces padre por convencerte, no te esfuerces.”

“¿Convencerme yo?”

“Los Buchos hicieron lo correcto. En vez de intentar matarte, padre, te estudiaron para poder ayudarte. Era gente agradecida, aunque sabían quien eras tú.

Separaron el tirano de Jim, aunque tu sólo lo hicieras como método, como quien se pone un guante para saludar al pueblo.

Ellos vieron tu guante, tu fachada y les llevó directamente al cocodrilo. Después vieron el guante del cocodrilo y les llevó a mi. Si no lo quieres comprender, es porque deseas no comprenderlo, padre. Es cuestión de pieles.”

“¿Ayudarme? Tu mismo has visto que descubrimos el juego de Buchos y familia. Tu apuntabas contra mi, desde esos brazos esqueléticos en las tumbas como una extensión de los viejos. Estaba documentado, estaba comprobado, estaba probado. ¿A eso lo llamas tú ayudarme?”

“Claro padre. Tu problema es que sólo crees que te ayudan cuando te ayudan a machacar a alguien. Es a ese que llevaba la piel al que le prestas toda atención. El que requiere que se la prestes. El que te domina.

Ellos en cambio no se interesaban por esa bestia, ya que no tiene nada de interesante, salvo si te van las escenas de extrema violencia y mucha, por favor, mucha sangre y dolor.

Los Buchos eran gente fina, padre. Construyeron para ti a decenas de lugares que funcionaron con machacona efectividad. Trabajaron para ti sin descanso, y no me sorprendería para nada que incluso lo que hicieran a escondidas, siempre tenía una gran parte de esfuerzos que iban a tu favor, o que resultarían favorables para ti, o este desenlace que ahora vives, que es lo mismo.”

“Estos lugares no eran más que fachadas, hijo, tu lo sabes. A esos niños se les salvaba no por salvarlos, sino para disponer de ellos. Buchos no me ayudó con eso, simplemente le puse delante como el mejor expositor posible. Hiciera lo que hiciera, daba igual. Si no es con estos niños, hubiera sido con otros.”

“¿Nunca te preguntaste como comenzó tu afición por los niños, padre?”

“¿Afición? No hablamos de afición aquí, hijo. Son como piezas en una máquina, y la máquina sirve para gobernar el planeta. Es trabajo. Son decisiones de un tirano, si quieres llamarlo así. Es un registro más que usé. La Tierra está llena de hijos, es inevitable con su sistema de vivir y morir.”

“¿De veras, padre? He investigado un poco en los últimos trescientos años aquí, y resulta que eres el único lagarto que conozco, que aparte de vivir en plena Naturaleza, no tiene hijos. Bueno, me tienes a mi, pero ya me entiendes. Lagartitos chicos, que salten sobre tu morro, salpicándote y esas cosas.”

“No tenía tiempo para esas cosas, hijo. Tú, porque de vez en cuando hacía falta mostrar a alguna familia. Tú, como los demás. Apariencias. Además, en Tierra no era precisamente una buena idea tener prole, había que clonar cada cierto tiempo para resistirse a ese ciclo tan breve de vida.”

“Te vas acercando padre.”

“¿?”

“No importa, padre. A lo que voy es que si crees que alguien no te puede ayudar, jamás verás en que te ha ayudado. No tuviste hijos, porque sabías que sería tu hijo quien te mataría, al igual que tu mataste a tu padre, a tu madre y a tus hermanos.

Viste el mundo así, lo decoraste con tus instintos en vez de transformarlos.

En mi viste el arma, porque así te habías visto tú frente a tu padre. Cómo un arma terrible que acabaría algún día con el viejo, lo que efectivamente pasó.

En vuestro-nuestro planeta aquí, lagartilandia llena de pirámides con distintas evoluciones entre sí, tu comportamiento chocó tanto en la sociedad, que los dominaste a todos.

Llevaban demasiados milenios sin esa violencia. Te llegaron a temer primero, y como aquí la inmortalidad tiene sus efectos secundarios específicos, te temieron durante miles de años.

A nadie se le ocurrió investigar en el pasado. No sabían que eras tú. Se les había olvidado un caso como el tuyo. No vieron lo deforme, sino tu poder.

En la Tierra no obstante se descubrió lo que te pasaba a ti. Se sabía mucho de la violencia, no gracias a ti, sino mucho antes que tú. La alcanzaste en un momento de comprensión de la violencia.

Eso no lo sabías tú, ni los humanos a tu llegada, ni nadie. Viniste con tu violencia, aterrizaste en medio de la violencia y aumentaste la violencia pero enfocándola cada vez más contra la Naturaleza misma.

Eso lo vieron los Buchos tan pronto que supieran quien eras tú. Las mejores obras del psicoanálisis proceden de esa época. La humanidad estaba empezando a  comprender que la violencia tenía orígenes no en el acto, no en la amenaza, no en la reacción, sino una, dos o muchas generaciones antes.

La Tierra, padre, es como un gigantesco consultorio. Tu llegaste con seis mil años de antelación, y como todo niño que no ha crecido como niño ni llegó a a adulto, te dedicaste a destrozar lo que en tu interior pedía salir.

Luego llegaron los Buchos, atendieron la consulta y te dieron la medicina que te hizo falta.

Te dieron a un hijo, un hijo lo más parecido a como sería un hijo tuyo engendrado por ti. Copiaron lo que faltaba, y te pusieron a ese bebé en el camino.

Si, padre. Sabían que me ibas a elegir por ser el único capaz de rellenar tu piel desde fuera.

Fue tu interior que me pidió, fue tu interior que me eligió, y es tu interior que se rellena conmigo. Soy tú, padre. Soy lo que te faltaba dentro. Soy lo que todo padre hace de sus hijos antes de ponerle las manos encima, padre. Soy tu vacío vuelto carne. Entre muchas otras cosas, no te me pongas dominante de nuevo, que te conozco, cocodrilo.

Nunca estuve diseñado como un arma. Eso lo pensaron mis amigos últimos, eso lo pensaste tú, eso lo pensó el resto de la familia Buchos con total seguridad. Quienes te vieron venir, no lo pensaban, sino que se centraban en averiguar que hueco exactamente era el que te hacía tan desgraciado.

Era gente muy fina, padre. Muy fina.”

***

Andrea ya no podía estar en su sitio. Se habían organizado turnos para que todos pudieran, durante cinco minutos contemplar entre dos, y a veces tres apretujados como sardinas, lo que la pequeña cúpula traslúcida de la cabina ofrecía a la vista.

Todos guardaban cola en la bodega, hablando quienes ya habían mirado, preguntando quienes con nervios esperaban a que los que iban delante no hicieran trampas, controlando al segundo el cambio de turno.

Andrea no decía nada. Estaba anonadada. Fue salir de la esclusa y encontrarse con un lugar imposible para la cabeza.

Ahora estaba en la cola y no podía prestarle más atención que la de que no se le colase alguien delante. Necesitaba volver a verlo. La ansiedad le superaba incluso su atontamiento, salpicada con flashes de lo que había visto desplegarse ante su mirada sorprendida.

Los que volvían de la cabina tenían los ojos como platos y parecían zombies entre cables, hasta que llegaban a coger cola de nuevo, entre gritos de ‘tu atrás, a sacar número, que ya has mirado. A ver, ¿qué  has visto tú? ¡Cuenta, cuenta!”

Los dos minutos de contar lo mismo que todos, que no era más que expresiones que se mezclaban entre sí hasta formar un vestido que reflejaba su éxtasis, euforia e histerismo. Los siguientes tres para añadir algún detalle nuevo. Y ya llegaban los siguientes, las mismas preguntas, las mismas respuestas.

Andrea volvió a entrar en la cabina y siguió contemplando, esta vez, la segunda, con algo más de tranquilidad.

Era increíble, imposible. Comprendía que vinieran a hacer turismo. Hubiera venido de la otra punta del universo para contemplarlo. No quería ni pensar como sería poder nadar en medio.

“Ya, fuera. Los siguientes.”

De nuevo aturdida, salió de la cabina. ¿Habían pasado cinco minutos? Pero si no se había sentado aún…

***

“Chicos, unas preguntas.”

Iba por la séptima vuelta para ver, cuando se hartó. Buscó a los gafotas que seguían con los juegos particulares, al parecer desinteresados en hacer cola para ver algo que ya habían visto en sus mentes.

“Primera. ¿Esas esclusas tienen todavía algún sentido?”

“No. Es el mar interior que les alimenta. Ni los tubos, ni las esclusas.”

“Segunda. ¿Si me cargo los tubos, y si lograra cargarme las entradas a las salas, no podríamos llegar aquí con una nave más grande y analizar todo esto con mayor comodidad.”

“Sí.”

“Tercera. ¿Dónde está el problema?”

“Oh, el problema es que no te habrás fijado en lo que hay inmediatamente debajo nuestro. La próxima vez que te toca estar en la cabina, toma los mandos y baja unos 800 metros. No avances hacía adelante. Sólo bajar.”

“¿No sería mejor que me contaraís lo que hay y así nos ahorramos el tiempo?”

“Andrea, te amamos. Si bajas, tendrás unos 15 minutos extra de visión.”

“Oh…bueno.. oh… muaaaaaaaaks.”

Dejó a sus tres gafotas con las gafotas verticales y babeando. ¡Jugaban de bien!

***

“¿Hijo?”

“¿Si, padre?”

“¿Cuándo te irás a la Tierra?”

“Dentro de poco, padre. ¿No te vendrías?”

“¿Me llevarías?”

“Claro. Estoy muy a gusto contigo.”

“¿Te enfrentarás a la cosa, hijo?”

“No hará falta padre. Mis amigos habrán hecho lo que tenían que hacer, o lo que tendrían que haber hecho otros.”

“¿Sigues creyendo que lo lograron?”

“Obviamente padre. ¿Te apetece una apuesta? ¿Una entre Jacob y Jim?”

“Pero sin libros.”

“Si lo lograron, nos vamos a buscar el resto de la pirámide. Pide tu si ganas.”

“Si no lo lograron, hijo, nos encargamos nosotros de la cosa, aunque sea lo último que hagamos.”

“Hecho padre.”

“¿Falta mucho para irnos, hijo?”

“No mucho menos que hace cinco segundos, padre.”

***

Se desató una pequeña rebelión a bordo, porque muchos acusaban a Andrea de jugar sucia.

“¿Luego qué? ¿Cuatro horas de vistas solo para ella porque ha ganado un par trofeos con cochecitos de carrera? ¡Enchufada!”, pero no era sólo Beatriz que sacaba humo por las orejas, sino la mayoría.

Los ignoró. Ni siquiera los escuchó. Nuevamente la vista la atontó, y con esfuerzo logró meter su mano entre los tentáculos para comandar la pequeña nave en bajada.

Pasaron los quince minutos como los cinco minutos de antes. Casi chocó contra el primer edificio, embobada. Reaccionó en el último segundo y volvió a levantar la mano, fijándose en la ascensión de unos cien metros hasta parar de nuevo en lo que tenían debajo.

Un complejo turístico, con centenares de cúpulas, edificios fuera de ellas, túneles que salían de edificios y cúpulas como dedos, naves, y un sinfín de estructuras y máquinas que esperaban pacientemente a que los tontos dejaran de pelearse por un trozo de vista.

Ahora comprendía porque se construían los complejos turísticos, recordando como de niña iban pegados en el pequeño coche de su madre a las ventanas mirando lo que años más tarde estaría plagado de hoteles tapando la vista.

Eran las vistas. Nada más que ellas construían.

Ancló la nave delante de uno de los tubos, comenzó a buscar entre los mandos-tentáculo hasta que dio con lo que tanteaba en su imaginación y el tubo se deslizó hacía ellos, hasta cerrarse entorno suyo. Poco después evacuó el agua y la esclusa de entrada a la cúpula se abrió.

“Fin del trayecto. Salgan ordenadamente y no se olviden de sus efectos personales.

Revisen el suelo y debajo de sus asientos de espaguetis si se han dejado caer algo.

Reporten a esta comandante cualquier niño extraviado o alienígena que se haya colado.

Esperamos que hayan tenido un buen vuelo, y estaremos encantados de poder volver a saludarles en otro vuelo con esta compañía.”

“¿Qué compañía, loca?”

No sabía quien había gritado en medio de la alocada carrera por ser primero en salir o entrar, como quería verse.

“Gafotas. Agualíneas Gafotas. Les habló la comandante. Que tengan una larga y feliz estancia. ”

Si, todos se reían, pero nadie sentía esas risas, dentro de las riadas de emociones que les embargaron al salir y contemplar como turistas primerizos una ciudad de rascacielos, cuando lo único alto que habían visto en sus vidas fue el cobertizo del tío Antonio, con su espantapájaros montado encima. Eso antes de que lo chamuscara un rayo envidioso, claro.

La Defensa salió con Andrea, que se cuidó de cerrar la puerta de carga de la nave.

“¿Tú estas viendo lo que yo, no?”

Andrea la miró con la lejanía de una piloto experimentada, que acababa de aterrizar por millonésima vez en el paraíso, con un pasaje que había perdido la razón incluso antes de llegar, con solo contemplar a rachas y entre nubes lo que les esperaba.

“Señora, Agualíneas Gafotas cuenta con años de experimentada labor para casos como el suyo.

Si usted ha visto el paraíso, si a usted le ha entrado una sensación de bienestar, fuerza y vitalidad al pisar lo que le parece el paraíso, si usted respira el aire de salud, frescor y alegría, entonces ha elegido Agualíneas Gafotas, la que promete, la que cumple y no es como otras.”

Se abrazaron, lloraron, reían… pero no paraban de andar detrás de los demás, que parecían haber rejuvenecido cincuenta años nada más tomar la primera bocanada de aire del paraíso.

***

Llegaron hasta el bebedero, la habitación de las fuentes, la única que no era habitación o sala modificada y alicatada, sino original, una cueva con poca luz y el bebedero salpicando con alegría su entorno.

“Fue aquí dónde me encontré con la segunda cosa que os tenía que contar. Llegué medio muerto, deshidratado y con apenas fuerzas para seguir avanzando a cuatro patas que iba. Escuché al agua, seguí a su sonido y tomé unos tragos, lentamente porque no era capaz ni de abrir la boca bien.

Caí dormido y tuve unos sueños extraños, que dieron paso a una breve fase de consciencia. Bebí más, tanta que me harté de beber.

Desperté con el cuerpo intacto. Con fuerzas para mil recorridos como este, y con un conocimiento que no podía compartir con nadie, salvo si todos ellos se sintieran llamados por la fuente.

La parte de todo esto que más me ha preocupado es aquella en la que nadie de vosotros se enfrenta a mi. Aquella en la que seguís sin más mi liderazgo, sin comerme el terreno, sin ocupar vuestros espacios. Eso hubiera significado que vivía con personas enormemente alejadas de las fuentes, y que su llamada, incluso están a pocos kilómetros o cientos de metros, no sería escuchada.

Al ver vuestras ansiedades saltar como unas locas hienas hincando sus fauces en sus propios flancos, comprendí que esa parte se estaba diluyendo. Luego, ya con vuestra clara oposición, todo se resolvió a vuestro favor. Sí, Jake, no mires así de sorprendido. También tú, Brutus. Queríais salir como unos locos, y aún queréis, lo sé. Todos queremos, eso es lo que toca pensar. “

Le miraban extrañados. ¿Qué ellos habían hecho bien en casi matarle a su hijo?

“La fuente es la salida. No hay otra. Ni siquiera aquella que pensamos que con un mes de desmonte se nos brindaría. No tenemos un mes, nos quedan pocos días. Sé que el tito Jim ya no es tito Jim para nosotros, y que atomizará esta montaña.

La fuente, la que tenéis delante, es la salida. Nadie que no pide estar con ella podía venir hasta aquí, no me quedaba otra salida que asegurarme del todo, porque así lo haréis una vez que hayáis bebido de ella. Es la fuente de la vida.

Bebed toda el agua que podéis. Luego poneros cómodos. Jake, no te preocupes que ahora mismo te alcanzaré un vaso. No, no puedo soltarte aún, porque sigues sin comprender, sigues en el camino auxiliar que te llevo por pura suerte hasta aquí. Aunque la suerte… pero ya hablaremos de esa herramienta otro día.

Sí, claro Jake, es una herramienta. Te aseguro que no necesitarás al tito Jim para que te haga rico, si eso es lo que quieres, hermano. Unos vasos de esta agua, y podrás hacer lo quieras en este planeta, y durante el tiempo que tu estimes conveniente.”

Jake que había jurado que no tomaría ni una gota de esa agua, fue el primero en beber y pedir otro, y otro, y otro vaso.

“Madre, a veces me pregunto si no has vivido tu nuestras vidas antes que nosotros.”

Robert lo murmuró mientras daba de beber a su hijo más pequeño, que se relamía con gula los labios. Quería más también.

“Hijo, Jake no es mal hermano, ni mala persona. Es un falso, que vive una vida para que le muestren una y otra vez lo equivocado que está. Es una vida dura, de pocas experiencias que le lleguen de cerca porque no las siente.

Está enfrascado en verse rodeado, de verse engañado, de verse perseguido o manipulado.

Sus mejores amigos siempre serán los que más se aprovechen de el, y sus peores enemigos aquellos que le invitan a mejorar un poquito las maneras, y no clavar tantas dagas por la espalda.

Te odiará, y tu le salvarás. Amará a Jim, y tú le harás confiar en sus propias posibilidades con un vaso de agua en la mano.”

Así lo dijo cuando visitaron el complejo subterráneo. Así fue, y así pasó después. Mucha bruja para tantos y tan buenos modales.

Volvió a tomar esa agua que una vez le contó todo para fluir con las armas sin matar. Volvió a recordar lo que su madre había tapado para que siguiera la vida y la muerte durante unos actos.

Murió Robert, el niño autista y nació Robert, el niño de antes y después de la fuente.

Dos horas más tarde ya estaban caminando por los bosques hacía el segundo complejo bajo Tierra.

Con el secreto entre ellos. Con años en los que el secreto no crecería más que por dentro, porque a la vista… a la vista estaría lo que se quería ver.

***

Descubrieron el cuadro de activación, una sala central que en pocos segundos convirtió la cúpula durmiente de millones de años de sueño a parque de atracciones con cientos de reclamos visuales bailando por el aire, pequeñas máquinas que llenaban los caminos y plazas con más reclamos y luz, muchísima luz que empezó a brillar desde lo alto de la cúpula.

“Uii, eso sí que es interesante. Es un sol en miniatura incluso al aire libre.” Bertrand estaba sorprendido y se quedó parado. “Eso quiere decir que nuestra teoría es correcta, pero al final es al revés el final.”

Los otros dos asintieron. Claudio y Marcelo habían tenían la misma frase sobre los labios, aunque en distintas versiones. La de Claudio no se diferenciaba mucho, pero la de Marcelo recordaba enseguida a la mosca cojonera.

“Habrá que decírselo a los turistas. Van a tener que hacer de monitores primero, ganarse el sueldo, y luego una semanita de vacaciones, o por el estilo. ¿Os parece?”

Marcelo y Claudio asintieron cómicamente, porque todavía miraban hacía arriba.

“Voy a reunirles en alguna plaza. No, mejor en la terraza esta, la que tenemos justo delante. En cuanto vuestros cuellos vuelvan a funcionar echadme una mano, ¿no?”

Volvieron a asentir como dos camellos, con todo el cuello.

Los dejó atrás, empezando con los avisos de reunión. “Agualíneas Gafotas les invita a un cóctel de bienvenida en la terraza central. Preparen sus cuadernos, que habrá varias excursiones que sólo se explicarán una vez. Agualíneas Gafotas les invita…”

***

Años después, Jake se dirigió a su hermano, y le preguntó si estaba seguro de ese último paso. Roberto dijo que sí, que lo estaba. Que todo saldría bien.

Jake insistió. “Cuando lo tuve entre mis brazos, en fin, me refiero cuando antes de la fuente, tu sabes.” A Jake no le gustaba hablar de ese episodio, y no había razón para que sufriera. Robert le dijo que sí, que sabía a que se refería y que hablara tranquilamente, que eran hermanos, ahora hermanos unidos por la misma agua.

“Lo tuve en mis brazos y el condenado dormía con tanta tranquilidad que sabía que no iba a salirme con la mía. Perdona que te lo diga así, pero el so cabrón dormía a pierna suelta, porque ya sabía más que todos nosotros juntos.

Aún así, ahora lo llevará alguien en brazos que no son como los míos, que son desconocidos después de todo. Por mi lo dejamos correr todo y Anishkatres queda con nosotros. Alargamos las visitas a la fuente y que crezca entre amigos.”

Robert le agradeció a su hermano la oferta. Luego la rechazó con tranquilidad.

Anishkatres ya les rechazaba en las caricias. Quería marchar, quería estar en otros brazos, porque así tenía que ser. Ellos no eran las formas que Anishkatres esperaba en sus abrazos.

“Se dará cuenta y lo matará. Odio decirlo, pero es invencible.”

“No. Se dará cuenta y aceptará el reto. Se dará cuenta de la mano de nuestros padres, pero no verá las nuestras. Se dará cuenta de que hubo plan, pero no verá que plan le espera.

Caerá a la primera. Una mirada de Anishkatres reconociendo a su padre, a quien puede finalmente ofrecerle los brazos que busca, y está perdido.

Pero gracias, hermano, Anishkatres tiene un tío que no se queda atrás y hasta en el último momento intenta que viva una vida con menos riesgo. Pero no seríamos padres, Jake, si no pensáramos dos o más generaciones hacía delante.

Ese es el mínimo y Anishkatres nos lo exigiría de aquí unos años, al saber lo que no hicimos y tendríamos que haber hecho. No tenemos otra salida que seguir el camino invisible, por mucho miedo y angustia que de eso de dar pasos sobre el vacío, con el cocodrilo debajo, buscando y buscando… pensando que nos tiene que tener cerca, tan cerca…”

***

“Lo primero, damas y caballeros, es instruirles sobre el manejo de los expendedores de comida en los restaurantes y bares, cafeterías y plazas. Son para atender todo tipo de razas, por tanto, contarán con un sistema de análisis rápido del organismo que tienen delante. No toquen el aparato, porque no hay quien construya aparatos para cualquier posibilidad de toqueteo. Están preparadas para escanear el organismo y después presentar las opciones conforme a lo que creen que pueda ser lo más fácil para que el huésped acceda a los servicios. Si quieren comer, no se muevan mucho, esa es la lección primera.

Después indicarles que aquí podrán pasar el resto de sus días si quieren. Invita la casa. Esa es la segunda lección.

La tercera, es que después de un día de descanso, de reponer fuerzas y de aprovisionarse con ropas de baño y material de buceo que tendrán que encontrar por su cuenta, saldremos en dos naves rápidas hacía la Gran Maravilla del Universo. ¿La lección?

Resolveremos finalmente un contrato con el planeta, o quizá dos. El primero, el nuestro, el de terminar con lo que termina con el agua.

El segundo, nuestro también, aunque en manos o lengua de quien tendrá mucha boca para contestarnos. Ese es el de terminar con lo que termina con todos en este planeta.

Les avisamos de que no damos más pistas. Todos ya son ganadores al llegar hasta aquí, pero hay partes de los juegos que sólo se pueden jugar después de entregar todas las medallas.”

“Disfruten. Es una orden de agualíneas Gafotas. La compañía que cumple en todas las regatas.”

***

Abrí los ojos. Padre estaba mirándome, estudiándome. Siempre lo hacía y siempre me despertaba cuando lo hacía. Me gustaba que lo hiciera. Me quería así. Me reconfortaba así.

Nadie antes que padre lo habían sabido hacer. Aunque me miraran. Sus miradas no tenían la profundidad que padre.

Por fin estaba con padre. Largos años con los otros. Echaba de menos el agua que daban de beber, pero lo cambiaba con ganas por padre.

Me llenaba más que toda agua buena que podía beber. Me llenaba con su mirada. Me tranquilizaba su mirada tan fuerte. Era como yo.

Crecí pareciéndome a el adentro, porque afuera era tan chico que no lo veía. Crecí y crecí, añadí un poco de el en mi a cada hora, hasta que un día en el jardín se acercó, un día de estos en los que el sol de la tarde lo baña todo en éxito, en aventura, en un día más en el paraíso.

“Te he hecho una pregunta, hijo.”

Fue por primera vez que escuché la palabra hijo sin reconocerla. Ni cuando no comprendía lo que decían mis padres la había reconocido enseguida, pero ahora sonaba a una cosa que no conocía.

Se plantó delante de mí, de pié y mirando desde sus alturas hasta mi obra de minería infantil y le seguí sonriendo mostrándole lo que había logrado después de largos esfuerzos.

Me apaleó como a un perro, sin dejarme ni siquiera tiempo para comprender. Me castigó con brutalidad, con excluírme para siempre de su vida, con destrozarme a golpes y patadas que acabaron conmigo en el hospital.

Mientras me molió a patadas y golpes salpicando con mi sangre su ropa, el camino del jardín y la piedra partida en dos no cesó en repetirme una y otra vez aquello de “Te he hecho una pregunta, hijo. ¿No me oyes, ni me escuchas nunca?”

Me olvidé de mi padre en mi. Me olvidé de mi en ese instante. Corté con toda mi infancia hasta ese momento la más feliz de todas las infancias que un niño había tenido jamás sobre la faz de la Tierra.

No podía decirle que me lo había enseñado el. No podía contestarle a esa pregunta de quien me había enseñado hacer eso. No podía decirle a mi padre que el me había enseñado a destruir lo que era suyo.

Ya no podía reconocerme como la respuesta a sus propios vacíos y preguntas.

Se asustó. De su propio hijo. De su propio vacío. De sus propias preguntas. De todas sus mentiras. No me mató de milagro.

***

“No hay otra forma que ir. Podemos estar aquí durante meses, si queréis años. No envejeceremos, pero eso no creo que se os haya escapado a ninguno. El agua es tan pura aquí abajo, que hasta lo poco que se filtra por los filtros de renovación de aire nos ha devuelto las fuerzas.

Son los corales, los casi cincuenta kilómetros de paredes de corales a cada lado de ese cajón, con más de tres kilómetros de altura de sala… es el filtro más perfecto que puede existir. El agua es pura.

¡Cómo no será beber de esa agua, o de nadar en ella! Ahora tampoco quedan dudas sobre la teoría loca y divertida de los turistas, que ni es loca, divertida puede, pero se ha convertido en tangible. Es un lugar dónde no envejece nada ni nadie, y que me aspen si con ese atractivo por sí solo no hubiera bastado ya.

Ahora bien, es el segundo atractivo que tiene, el que nos tiene embobados a todos. Habrá que ir a verlo de cerca, y si esa es la localización de lo que envenena al mundo, de todas formas todo habrá terminado. Tenemos que ir, porque sino no podremos disfrutar. Hay que terminar lo que uno inicia, sino no disfruta de lo que inicia después.”

¿Aún piensas que este lugar es lo que nos hicieron creer nuestras investigaciones? Lo tapó el inútil de Campocorso porque seguramente sus tropas dejaron de obedecerle. Sabía que con una oferta así a salto de lagarto, nunca iba a gobernar el mundo con su gente. Quien viene aquí no destruye nada, ni mata. No puede, se le acaba el cuento de que es alguien que pueda decidir semejantes cosas. Se rinde.”  Randolf tenía razón con lo que decía. Era improbable que la Gran Maravilla del universo escondiera algo más que belleza.

Claudio no se dejó desviar por las nuevas teorías, que le caían como cocos. Pesadas y cargadas de razón.

“Si os quedáis aquí una semana sin terminar el proyecto, nunca terminará. No vais a ser capaces de mirar la Gran Maravilla durante más que unos días antes de que os sería imposible de tomar una decisión en contra de ella y a favor de la vida, si ese fuese el desenlace. Ya os costaría horrores. ¿De aquí un mes, qué?

Tenemos que salir ya. El que quiera quedarse, se quede. El que logra venir, que se apunte. Lo dejamos así. No es cuestión de honor, sino de fuerza mental, Randolf.”

Se quedaron afectados. También tenía razón Claudio. Cuando había mencionado eso de ir contra la Gran Maravilla, sintieron ganas de estrangularle. Apenas quedaban posibilidades. La mejor trampa del planeta era el paraíso. Algunos se desplomaron, entre felices y asustados.

No era una bestia con fauces abiertas que les esperaba a unos 50 kilómetros, en el centro de ese increíble paisaje subacuático de aguas tan limpias que se veía a cien kilómetros la pared de corales con nitidez. Ninguna máquina infernal surcaba mares oscuros en busca de ellos, disparando a quemarropa o distancia. Era un valle dentro de una caja de 3 kilómetros de alto por 100 de ancho en cada lado. Iluminado por microsoles que flotaban discretamente a media altura. No había ni sombras.

La Gran Maravilla, sentada en medio. Bella, increíblemente bella, gigantesca y perfecta.

Se dieron cuenta todos que sólo llegarían hasta ella si fuese a ciegas. Que llegando, sólo tendrían segundos para decidir que hacer.

No, ni eso. No tendrían ninguna posibilidad. El poder más grande el universo estaba sentado con absoluta perfección aquí abajo, en medio de un mar, dentro de otro mar.

No se le podía mirar sin dejar de pertenecer al mundo que en algún lugar y momento estuvo en ellos, si alguna vez estuvo de verdad.

Pactaron llegar en cuatro naves de recreo, cuyas ventanas taparon provisionalmente con lo que encontraban en las tiendas de ropa. Salieron el mismo día, y a distancia de una hora de cada uno. Cuando salió la última nave, la primera ya no respondió. Habían sido los primeros en empezar a mirar de cerca. La nave de los gafotas. Ironías del destino. Por una vez que tenían que fijar la vista para poder seguir ciegos, perdieron todas las opciones y la visión.

La segunda nave cayó con intentar averiguar que les había pasado a la primera. Se acercaron por babor, abrieron una minúscula parte y sólo dejaron que Miranda se asomara para echar un vistazo. Esta se levantó después de mirar por un resquicio que abrió con sumo cuidado y quitó la ropa que tapaba la ventana.

La tercera dejó de responder a medio camino. Una de las toallas se había soltado y los siete tripulantes dejaron de pensar. Sólo tenía ojos para la Gran Maravilla, que además se acercaba desde su punto de vista. Era irresistible esa sensación.

***

Sólo quedó la nave de Randolf y los deportistas, que habían decidido ponerse las gafas de buceo que antes habían cegado con pintura. Parecía incluso resistente al agua.

Para evitar que un rayazo o golpe dejara entrar ni una minúscula parte de luz, las habían forrado después por fuera y dentro con trozos pequeños de moqueta, que aunque difícil de cortar resultaban autoadhesivas a la superficie contra la que se les apretaba.

Forraron así también las ventanas, y se ataron a las sillas, siendo Randolf el único que podía moverse libremente.

Pero no del todo. Cada uno de los cinco estiraba una cuerda. Cada cuerda se ocupaba o de un brazo, de una pierna o el tronco. Randolf no podía moverse de una posición central sin contar con el permiso de los demás, que agarraban las cuerdas con las dos manos y antebrazos libres.

“Serás nuestro perrito malo Randolf. Por una vez jugarás como a ti te gusta, y te juro que vas a ganar, por mis muertos te lo juro.” Tino se lo escupió casi a la cara, y Randolf supo que estaba, por fin, en el equipo ganador que sabía que tenía que serlo desde el principio.

Fue tomar ellos las riendas y otorgarle un papel estelar, cuando empezó a transformarse en lo que siempre había sido.

“Ladrarás mucho. Enseñarás los dientes. Tirarás de las cuerdas. Salpicarás con tu baba todo alrededor tuyo. Que te vea. ¿Alguna pregunta?”

“No. Es un plan perfecto. En el momento idóneo. No puede fallar. Cuidado, que seré un perro muy agresivo. Lo digo por las cuerdas y vuestras manos.”

“Descuida perro malo. Quienes envían bolas a 200 por hora con una raqueta sólo van con perros muy malos y están acostumbrados a todos los asaltos de su mascota. Tu muerde, perro malo, tu muerde. Cada mordisco te llevará un poco más cerca de tu salvación.”

“Ella estará preparada por los ciegos, eso lo sabemos todos, ¿no?” Max ya estaba en su sillón, le gustaba eso de estar en la posición mucho antes de un partido. Iba a veces la noche antes y se quedaba en la cancha de pie, inmóvil. Se hacía con ella.

Si, ella estaba preparado para los ciegos como ningún ciego lo estaba para verla. Pulverizaría esas tretas de taparse los ojos, pero tendería siempre a querer ser vista.

“Nos devolverá las miradas, hagamos lo que hagamos. Pero la entretenemos un rato más que los otros, y ganaremos por puntos.”

A medio camino ya sabían que habían ganado por puntos. Revisaron el plan, y al no encontrarle más que añadir, comenzaron a tirar de las cuerdas hasta que su perrito se convirtió en un mastín muy cabreado.

***

¿Qué perro da más miedo? ¿El que te cuenta un cuento y después te muerde, o el que te cuenta un cuento que te muerde? ¿Qué hay de aquel perro que se ofrece como único lugar para expresarte después de una eternidad de silencios?

***

“Érase una vez una fábrica flotante de marisco a domicilio, situada en un planeta muy lejano, un lugar olvidado de la galaxia.

Era muy grande, con muchos niveles. Arriba la planta de exportación dónde aterrizaban las naves-conservas, después las plantas de cría de marisco que crecían bañadas de las aguas de esos mares tan limpios como llenos de vida, y más abajo toda la civilización que vivía de ese y otros comercios, pero principalmente de este.”

Randolf soltó un gruñido hacía la Gran Maravilla, que le estaba escuchando atentamente. Olga y Max tiraron de las cuerdas, y Randolf siguió.

“Todos vivían muy felices. Los recolectores, porque sus hijos iban a las mejores escuelas y se codeaban con los más ricos en los bares galácticos, los transportistas porque habían superado una grave crisis de huelgas por el peligro de agujeros negros piratas, que transportaban la mercancía en un segundo y no cobraban más que en metálico, los agujeros negros, porque les salía más rentable enviar a los transportistas con sus naves llenas de marisco en vez de solo el marisco, y así una larga cadena de razas y gentes felices, que además provocaban a cada mordisco una bendición hacía sus almas.”

Otro gruñido de Randolf, largo y sostenido incluso después de gastar el aliento. Un tirón de la cuerda de Tino, y el perro obedece.

“Pero siempre hay un pero, y si no es pero, es perro. Aquí los infelices eran las razas de moluscos y bichitos de mar en general, que acababan a millones cada semana en algún plato, en algún horno, en alguna olla, en alguna sopa, en algún estómago, lejos, lejos, lejos de sus padres, hogares y mundo. Era un llanto constante, triste y desoído por todos los comensales, hincaran o no el diente en la mercancía.”

Un primer ladrido. Algo asustado, pero ladrido. Luego gruñido.

Dos tirones, al unísono de Gerd y Carmen. El de Carmen con saña.

“Así que empezaron a resistirse. Si el universo había regalado la inmortalidad a todos los seres, …”

Otro ladrido. Más fuerte. Aviso claro. Peligro. Un tirón de Carmen y Max. Un volverse por primera vez con la cabeza en dirección a Carmen.

“… esa iba a ser el regalo a reconquistar. Su revuelta duró diez años, en los que empobrecieron todos, murieron muchos, y si en ese mundo de mar las conchas y trozos de carne de los que fueron ajusticiados caían lentamente a profundidades inimaginables, en miles de mundos enterraban a cuerpos no menos extraños, envenenados por la rebelión.

La respuesta no se hizo esperar. En el decimoprimer año de la guerra, cortaron la fábrica en dos trozos y enviaron a uno a un planeta lejano del que nunca más volvería a salir. Volvieron a llegar nuevos crustáceos y moluscos, se volvió a iniciar la cría, y cien años después eran todos otra vez muy, muy felices.”

Ladrando ya casi  cada frase. Brutales tirones a las cuerdas, ignorando las respuestas de los amos. Ladrar a medias hacía atrás. Gruñir hacía delante. Gruñir y ladrar, gruñir. Tirones, saltos. Gruñir, agacharse, gruñir. Los pelos de la nuca erizados. Los pelos de la espina en línea recta.

“El trozo cortado de la planta de recolección de moluscos cayó del revés, se incrustó en el planeta lejano, muy lejano, y los crustáceos y moluscos celebraron. Habían muerto casi todos, pero los que quedaban pronto se expandieron por los mares. Se adaptaron al nuevo planeta y lo dominaron enseguida. Llegaron a todas las partes, por agua y tierra, subiendo ríos o cruzando desiertos con pasos veloces.”

Los demás comenzaron a increpar al perro, que estaba furibundo y saltaba como un loco sobre sus dos patas traseras, mientras intentaba morder en todas direcciones.

“Murieron los árboles, murieron las plantas, murieron las razas que poblaban el planeta entonces. La revolución los mató a todos, trayendo la vida y la muerte al planeta, infectándolo grave y mortalmente, por agua y tierra, y con las lluvias por aire hasta que el último ser comenzaba a envejecer.”

Apenas lo podían controlar. Se habían equivocado. De aquí unos segundos, el perro se iba a soltar y saltar sobre ellos o la Gran Maravilla. No había forma de controlar ni siquiera sus brazos, que tiraban de sus cuerpos de mala manera.

“Fueron los crustáceos y moluscos que se aseguraron que nunca más nadie se llevaría la llave del paraíso, la vida eterna, y la enterraron en un grano de arena.”

Carmen perdió  el agarre a su cuerda, pero sus gritos ya no eran más que unos entre muchos. Todos estaban perdiendo el agarre, uno detrás de otro. Solo Olga no gritaba, aún capaz de seguirle a sus movimientos, al cuento, a la Gran Maravilla y a si misma.

“Plantaron el grano en una ostra común, en una que quedó sin familia después del Gran Porrazo y Separación. No le dijeron nada, y cuando llegó a formarse la perla después de largos años de increíble dolor, se encontró con que albergaba la llave de la vida eterna, y que ya nunca más moriría.”

Olga salió volando de la silla. El perro gigante la arrastró en dirección al ventanal más próximo, con los ojos de un rojo oscuro de la ira ácida del asesino, con la lengua fuera y jaleando para poder cerrar sus fauces en el cuello que tanto se exponía, con obscenos grititos de miedo simulado.

“Creció y creció, hasta que llegó a medir diez kilómetros de radio, y lo que una vez fue un grano de arena minúsculo con una llave aún más pequeña dentro, se convirtió en una bola de medio kilómetro de alto.”

El perro finalmente alcanzó el cuello y lo destroza terriblemente con las fauces y patas, con el sonido y la violencia de su musculatura como tensores de acero. Olga cerró los ojos cerrados de los ojos cerrados, pero no soltó la cuerda que le transmiten cada rotura de vaso sanguíneo, cada reventón de vena y artería, cada crujido de hueso hecho papilla bajo las poderosas mandíbulas que no paran de moler y moler.

“Entonces vinieron los turistas, y todos eran muy felices.”

El perro, con el hocico, el empeine de la nariz, los pelos de la cara y cabeza ensangrentados levanta la misma, se estira con las patas sobre los restos por los que aún brota la sangre a borbotones y aúlla alto y largo hacía la galaxia.

“Todos eran muy felices, menos todos los que ahora tenían que morir. Sin la llave para todos, vida y muerte pasaron de bando y se instalaron de nuevo. Quienes antes vivían en el paraíso, pasaron a morir, y quienes antes morían en el infierno, pasaron a vivir.”

Otro aullido, recortado en medio por dos ladridos – aullidos.

“Un día vino quien hace nada se fue. Encontró el infierno que habían enviado al espacio, descubrió que era el infierno convertido en paraíso y cerró los accesos. La ostra luchó contra los vástagos de los demonios que les habían robado una vez la vida y lo echó, pero perdió el flujo de turistas felices. “

Un aullido corto, con mirada perdida.

“Se quedó muy sola durante unos segundos hasta que vinieron unos granos que le hicieron reír, que le hicieron llorar y que le pidieron que dejara que la perla se deshiciera en el agua, para devolver la vida eterna a todos.”

El perro tiene la cabeza gacha. Le cuesta respirar. Se sienta sobre las patas traseras. Un ladrido triste.

“La ostra dijo que no, que ella no iba a dejar que la maravilla más grande del universo volviera a caer en manos de cualquiera. Dijo que lo sentía por los demás, pero que ellos tenían derecho a vivir eternamente, que habían sufrido eternamente para llegar a ello.”

Un ademán de lamento del perro, una pata que se levanta y baja, lentamente.

“Los granos le dijeron que lo comprendían, pero que el planeta se iba a morir y con el todo lo que ella conocía. Le hablaron de cuan urgente era que los seres pudiesen contar con salud, porque ya no había forma alguna de sustituir su falta con inventos.

Le mostraron que los seres que habitaban el planeta no tenían nada que ver con quienes se habían comido su esperanza de vida a bocados. Le mostraron el fin de la tecnología en contra de la Naturaleza. Le mostraron el pequeño e incipiente camino que habían iniciado, y que querían que ella llenara de nácar, del nácar de las avenidas eternas en el universo.”

El perro se agacha y con un suspiro se coloca sobre sus patas delanteras. No sabe dónde mirar. Se rasca detrás de una oreja, y se queda mirando al vacío, con la pata volviendo lentamente a su posición inicial.

“Fácil, amiga. La parte que no sepas realizar, la hacemos juntos. Para eso son los amigos, Gran Maravilla del universo. Porque eso eres tú, no la perla, ni la vida eterna. Rellenaremos el vacío que te ha dejado la ausencia, pero ya no con dolor.”

***

Tardaron setenta largos años en crear un recorrido para la perla. Otros cientocincuenta para ahondarlo. Casi 400 hasta que la perla comenzara a recibir los toques de la Gran Maravilla. Otros 900 más hasta que finalmente la expulsó y cayera en el surco que le habían preparado.

A partir de ese día de su caída, a cada movimiento de filtraje de agua de la ostra, y cada 72 días exactos, la perla se desgastaba desplazándose cien kilómetros hacía un lado u otro.

Diez mil años más tarde la esperanza de vida en la Tierra se había multiplicado por veinte.

Cien mil años más tarde, por mil.

Luego ya no era cuestión de pensar en ello y la palabra luego se quedó desamparada.

Hay intercambio, siempre lo hay. Las palabras sustituyeron a los paraísos, ahora los paraísos sustituían a las palabras.

Dónde antes hijos eran la prolongación de un brazo en busca de lo que le habían robado, los padres volvieron a ser hijos para siempre. Ser terminó el que tuvieran que morir los hijos de padre en padre.

***

“¿Hijo?”

“¿Si, padre?”

“¿Qué son los cuentos, hijo?”

“¿Quién lo pregunta, mi padre o mi tirano?”

“Ambos, hijo, ambos.”

“Los cuentos, y eso se lo digo a mi padre, son las tardes de nubes grises y gruesas, que te hacen desear que salga el sol, o que llueva de una vez.

Los cuentos, y eso se lo digo a mi tirano, son la memoria del pueblo, su arma más fabulosa, su defensa más férrea y el nexo entre vidas y Naturaleza.”

“¿Fueron cuentos los que leyeron los Buchos, hijo?”

“Si, miles de cuentos. Debieron de leer todos los cuentos que había escritos en el planeta Tierra, padre.”

“¿Te hicieron así los cuentos, hijo?”

“No. Los cuentos no me hicieron así, tu me hiciste así, yo te hice en mi así.”

“¿Qué poder tienen los cuentos, hijo?”

“Todos los poderes, padre. Todos en uno. En la palabra.”

“¿La palabra? No parece gran cosa, de tantas que hay.”

“Ese era tu sistema, padre, sólo que no supiste nunca de dónde lo habías copiado.”

“¿Palabras escondidas entre miles, entre decenas de miles?”

“No, cuentos formándose de cualquier palabra, padre. Todas ellas son poderosas. Todas.”

“Ahh, comprendo. No se esconden unas pocas entre muchas, sino que todas.. todas..”

“… todas son el secreto, cada una es un tesoro, cada sílaba una joya, cada letra un universo de posibilidades.”

“¿Qué posibilidades, si sólo son palabras?”

“Las de la sorpresa, padre. Las de la risa, las del llanto, las de la esperanza sobre todo.”

“Hijo…”

“¿Si, padre?”

“Sé que un tirano que ha hecho lo que hecho yo en dos planetas no se merece poder decirlo, pero…”

“¿Si, padre? ¿Decir qué?”

“… que me gustaría que este cuento nunca se acabara.”

“Eso me mataría, padre.”

“¿A pesar de la vida eterna?”

“Gracias a ella, padre.”

“No te comprendo, hijo.”

“Los cuentos, padre, acaban porque son cuentos de mortales. Sólo los inmortales cuentan cuentos que nunca acaban.”

“Pero tu eres inmortal, hijo.”

“En ti padre, sólo en ti.”

***

Epílogo

“¿Sabéis que ya es hora de que nos saquen de aquí? No digo que me aburra, pero lo que hubiera hecho en 1500 años en .. sobre la Tierra.”

“¿Así? ¿Por ejemplo?”

“No sé, cosas.”

“Te hubieras aburrido como una … uish, casi blasfemo, jajaja… estarías más aburrida que nosotros de los documentales de Marceliño.”

“¿Vendrán pronto, no?”

“Sí, vendrán pronto. Ya estarán en camino.”

“¿Cómo van las apuestas?”

“Favorables a Frederik, seguido por Campocorso y grupos independientes por conocer, que 1500 años dan para que alguien nos siguiera.”

“¿Y tú, quien crees que llegará primero?”

“Frederik.”

“¿Alguna pista… o asegurando la jugada?”

“Es simple. Frederik es un Buchos, y estos golpean generaciones más tarde si hace falta.”

***

“Agualíneas Gafotas se complace en anunciarles la inminente llegada al valle de la Gran Maravilla. Abróchense los cinturones. Esperamos que hayan tenido una travesía de túneles agradable y deseamos volver a verles pronto a bordo de alguna de nuestras naves. Les habló el comandante.”

Se agolpaban en las ventanillas a cada lado de la nave, que entró en el valle a casi mil metros de altura sobre el fondo.

Ohhs, ahhs, ohhs, silencios. Ya no eran capaces de hablar. Diez minutos más tarde serían incapaces de pensar. De aquí media hora, pocos segundos después de respirar el aire de la caravanseraí Peku de cúpulas subacuáticas no harían otra cosa que sentir y vivir.

Le gustaba a Molirrrion ese trabajo que había cogido hacía ya casi 300 años. Le gustaba ver como las caras expectantes pero tristes se convertían en felices. Le encantaba ver como salían ya con energía, mientras que se habían subido con cansancio y pocas ganas.

Apagó los conversores y salió de la cabina. Afuera pasaba la Perla más Grande del universo, lentamente, empujada por la corriente central. Estaban en marea de succión, la Gran Maravilla del universo estaba absorbiendo agua.

Pensó que llegaría el día en que no habría perla. Llegaría el día en que sólo mostrarían el surco.

Un mundo que recuperaba su vida a golpe de paso de una perla por un surco de cien kilómetros de largo.

No podía haber nada más surrealista para comprender el peligro de la belleza de la vida y de la muerte, su difícil como imposible equilibrio. Su estupidez de haber funcionado durante millones de años, cuando con tres generaciones habría tenido más que suficiente.

Insaciable, así acabó.

Tardaría cientos de millones de años en perderse entre granos de arena. Tiempo suficiente para comprender, si tenía para comprender. Aunque ya se sabía. Cuanto más brillo, cuando más grande… menos consciencia si era reflejo y no producción propia.

***

“¿Padre? ¿Pero qué haces, hombre? ¿Estás loco?”

Mi padre había sacado un transmisor-receptor eléctrico. Debió de tener 3.000 años como mínimo y no parecía que iba a funcionar, pero eso no se sabía nunca con los malditos trastos que se basaban en electricidad.

“Hijo, hay cosas que no cambian en los padres, ni en los hijos, por mucha vida que se regalen entre ellos.”

Eso dijo el viejo, y empezó a darle a unos botones que bajo los golpes de su garra se deshicieron o saltaban en todas las direcciones.

“Basta, viejo. Suelta ese trasto inmediatamente, que nos vas a matar a los dos.”

Mi padre sonrió, pero eso sólo lo sabía yo. Cualquier otra persona hubiera visto a un cocodrilo gordo, con un cráneo algo extraño, pero las inconfundibles mandíbulas semiabiertas y goteando saliva. Hay sonrisas que son difíciles de reconocer.

“Viejo, suelta eso. Una Sombra Baúl acabará con nuestras vidas eternas, yo no me la jugaría ahora.”

Saltó un chispazo y me metí en la hendidura, que habíamos descubierto después de dos horas de limpiar de escombros con la moduladora de materia. Lo hice mal, con pánico y nervios, y me quedé tontamente encajado a la primera, con medio culo fuera.

Escuché el siseo y me impulsé para dentro. Demasiado tarde, porque algo me pegó un viaje en el culo que me envió decenas de metros hacía dentro de la oscuridad. Recibí muchos golpes al rebotar contra techo bajo, bajísimo y suelo.

Cuando pensé que se había terminado todo, en los últimos metros de ese vuelo de botes, perdí el contacto con el suelo y caí por un agujero hacía esa oscuridad que te promete no soltarte nunca más.

Otro porrazo, y luego un deslizar que me producía más que un recuerdo lejano.

A los pocos segundos comprendí que estaba en un tobogán, seguramente gigantesco, y me deslizaba a velocidad de vértigo hasta un fondo con caminos que miles de años antes unos amigos debieron de haber tomado también.

Caí en una especie de piscina, no muy profunda, pero la cantidad de agua que levanté con mi entrada como una bala casi la secó.

Detrás de mí comencé a escuchar, proveniente de ese tobogán que me había disparado momentos antes una carcajada que retumbaba como una voz de ultratumba y de todos los infiernos.

¡Qué cabrón!, pensé y comprendí.

Mi padre había visitado el almotacén, y aunque entonces no comprendió nada de lo que ese le había contado, nunca lo olvidó.

Ni había aparato eléctrico, ni Sombra Baúl. El impresentable me había tomado el pelo y se estaba riendo a mi costa. Me había pateado el culo para enviarme por el tobogán.

Bueno, que se le iba a hacer. Mi padre estaba loco, loco de remate. Y mis cuentos eran buenos, pero que muy buenos. Con ellos podías hacer amigos en cualquier infierno que me observaba siempre desde muy atrás en sus ojos.

Incluso mi padre cayó bajo su hechizo.

Una tremenda carcajada en plan cocodrilo obeso y entrando como una bala en la piscina, saltando sobre la superficie y aterrizando finalmente delante de una máquina imponente me sacó de mis conclusiones.

“Hijo”.

“Si, padre, estoy aquí. Casi me traspasas, podías aprender a volar un poco al menos, que vergüenza. Espero que no nos hayan visto entrar.”

Sabíamos los dos que nadie nos había visto, aunque seguramente se lo habrían imaginado un millón de veces.

“¿No decías que  todo esto debería estar inundado? No si, al final voy a tener que mandar la flota para que abra un agujero y nos saque.”

“Ni se te ocurra viejo, que esto es un juego, no demoliciones Coco e Hijo.”

“Era broma, que susceptible eres hijo. Esa empresa suena bien…”

Sí, sí. Broma. Ahora decía que era broma. Mamón, había aprendido mucho en los últimos cientos de años. Ya jugaba con maestría el juego de presionar al otro, para ganar la ventaja.

Antes se la hubiera tomado cortándole al otro jugador las piernas, o directamente la cabeza. Sí, sí. Bromas, las mínimas coño, que aún estás en rehab, viejo.

“¿Y esa máquina, hijo?”

Le miré, acercándome poco a poco por detrás. Con esa cabeza de reptil mirando hacía arriba, esas patas pequeñas que apenas eran capaces de echar ese esfuerzo al tener que empujar el voluminoso cuerpo arcaico. No iba a caber en el transporte, las cosas se estaban complicando.

“Oye, padre… ¿tú cuanto aguantas sin tener que respirar?”

El pensó que le metía presión, pero yo me pregunté si alguna vez me daría un respiro.

Se giró, me encaró, abrió las fauces y en eso que me dice sin hablar, que la amistad nunca deja respiro, porque hasta los respiros se unen a ella.

Y que me olvidara de sufrir por el, porque eso sólo costaba esfuerzo extra, cuando todo esfuerzo estaba en juego.

“Los padres, hijo, los padres creen que han de asegurar la vida de sus hijos, y luego ven como los hijos han de asegurar la suya, la de los padres y de sus propios hijos. Ser padre es imposible, hijo. Por eso nunca quise ser hijo, ni padre.”

Le miré largamente. Quizá con atarlo a una de esas patas de la máquina…

“¿Cómo dices, padre? Anda, déjate de filosofar, que se te ven los colmillos. Me voy a subir a este trasto, y veré si encuentra una forma para llevarte. Estás gordo, padre, lo sabes, ¿no? Vamos a tener que hablar de eso, padre.”

Media hora más tarde íbamos en dirección a una especie de hangar. Mi padre me miraba con cara de cocodrilo asesino, agarrado con cables y tubos que había sacado de otra máquina en la sala contigua. Fuera de la cabina, y a cada giro su mirada saltaba al pánico más absoluto.

“¿Vas bien, padre?”

Si es que no había nada que la amistad entre padre e hijos. ¿No le gustaba volar al viejo en trastos como el los llamaba? Bueno.

Le quedaban tres horas de vuelo en una máquina que había llamado máquina. Un vuelo en carretera, y colgando sobre un firme que si se caía, le dejaría fatal.

Somos crueles los niños. ¿Y qué? De alguien tuvieron que aprender los padres. ¿O no?

***

“Sigo con una duda después de todo esto, amiga.”

“¿Qué duda, hija?”

“La razón de que la Naturaleza se dejara vencer durante miles de millones de años por una ostra, y ahora que estamos aquí, lo digo así. No me oirá a esta distancia, al menos espero.”

“¿No lo ves? Es simple. Nunca hubiera podido vencer a Campocorso,  ni haber mantenido el planeta tanto tiempo en paz si se hubiera encargado de la ostra como tu llamas a la Gran Maravilla.

Piénsalo. Un planeta dónde se muere no es precisamente un lugar para ocuparlo. Otra cosa es ver y vigilarlo de lejos, una visita de vez en cuando, un poco de turismo una vez que la Gran Maravilla ya era la Gran Maravilla. ¿Sigo?”

“Pero… en fin, eso significa que la Naturaleza sabía de Campocorso incluso antes de que esa raza llegara a inventar el truco de apartarse de su propia Naturaleza. Piénsalo un momento. No eran más que cocodrilos tan cocodrilos como los de aquí entonces. Me parece … en fin, tu me entiendes, no?”

“Si, pero una madre sabe de los hijos que se puede producir y los que se producirán con total seguridad. Todas las madres saben eso. No lo iba a saber la Madre…”

“Ya. ¿Y las madres que no quieren tener hijos? ¿Las puede haber en este universo?”

“Claro. Si hay una Tierra en la que vive una Naturaleza que para combatir a sus enemigos hizo morir a sus hijos millones de millones de veces, también habrá madres que no quieran tener hijos. Es consecuente.”

“Hmmh.. serán los años, pero cada día me parece más bello el universo, precisamente porque está como una chota.”

“No hemos visto nada, amiga mía, no hemos absolutamente nada.”

Andrea bajó el tren de aterrizaje de la nave deportiva y aterrizaron. “Hora de salir, Trini, que nos saluda un mundo que dicen que no tiene más que agua y estos culos de pirámides que esperan, ejem… una limpieza de bajos.”

Más que culos de pirámides vueltas del revés, parecían salinas. Debieron de tener como mínimo 150 metros de grosor de sal. O más, que era difícil calcular las dimensiones sobre islas blancas sin más referencia que ellas y el mar que cubría todo lo demás.

Volvió a la nave, activó el transmisor Amr y dijo aquello que todos los viajes tenían últimamente de frase de activación.

“Oye, dile al lagarto que esto es pan comido. Os espero en estas coordenadas. No, no hay botones para tocar. Ah Miriam, espera, dile a Claudio que la sal no parece sal, sino … es que no se lo van a creer… bah, da igual. Dile que aquí no hay sal, es azúcar. Sí, refinado y blanco. Soltamos una mosca golosa aquí y se lía la gorda.”

La respuesta no se hizo esperar. Esos transmisores Amr eran un buen invento, funcionaban siempre.

“Oh, perdona. Pensé que sería Miriam. ¿Y tu quien eres? Ah… la nueva. Ya me han hablado de ti. Bien, sí, no te preocupes. Aquí todos hablan bien de los demás, esos fariseos. ¿Cómo? Pues mira, porque sólo hay una cosa que tienes que tener muy claro cuando mires un cocodrilo como el que tienes detrás de tu silla de comunicaciones Amr. Que es un hombre, y ya hija… lo demás no tiene la más mínima importancia, porque se reduce todo a eso. Con los hombres es así, hazme caso.”

Otra respuesta.

“Ah, ya. Me lo imagino. Te propongo un cambio. Dile al cocodrilo que le ha tocado la profesión de comunicador durante esta fiesta, y tu te bajas en el próximo contingente aquí conmigo. He visto en tu expediente que te gustan las carreras, y ejem… bueno, que yo de eso sé un huevo y cincuenta más de lagarta. ¿Así? Pues estupendo que haya acertado con mi oferta.”

Trini, en un lugar muy dentro de Andrea cerró los ojos y pedía a la galaxia que su amiga no dijera nada ahora, que no mencionara nada a ella, que callara después de tantos años por una vez…

… y Andrea se olvidó por completo anunciarle a Trini su nueva adquisición.

Suspiró. Su Andreíta estaba enamorada hasta las trancas.

***

Epílogo Segundo

“Hijo”.

“¿Si padre?”

“Ya he descubierto porque los cuentos son más viejos que la humanidad.”

“Wow, padre. Estás jugando con fuego, lo sabes, ¿o no?”

“Es genial, hijo. Siempre a la vista, y no se ve hasta que uno no.. en fin, tu ya me entiendes.”

“¿Entenderte? ¿Tu crees que se puede entender a los padres? Pero va, dímelo. ¿Por qué son más viejos los cuentos que la humanidad?”

“Porque los escribieron o contaron inmortales.”

“Muy bien. Aprobado este milenio, padre.”

“¿Qué? ¿Aprobar el qué?”

“Nada padre, cosas de niños. ¿Cómo sabes que sólo lo pudieron escribir inmortales, padre?”

“Por la frase final, hijo. La que en todos los cuentos sale. Esa frase sólo la pueden pronunciar inmortales.”

“Creo que has aprobado la carrera, padre.”

“¿Cómo?”

“Nada, cosas de críos.”

***

“¿Señor?”

“¿Sí, en qué puedo servirles a los señores?”

“Hemos venido desde el sistema Metran y no comprendemos porque tenemos que pasar por las salas de orientación al turista. Somos distinguidos miembros de nuestra raza. Exigimos hablar con el responsable de la empresa.”

“Soy yo ese responsable en este momento, señor. Referente a las salas de orientación, le recuerdo que firmó un contrato en el que el punto en letras más grandes que todas las demás le hizo saber que sin pasar por una sala de orientación de turista, no hay visita.”

“Bueno, hijo… a ver como se lo digo. No levante la voz, ni haga ademanes, que quiero pasar desapercibido. Mire mis credenciales. Soy el presidente del Sistema. Ya me entiende.”

“Claro que le entiendo señor. Usted es el presidente del sistema de planetas Metran, a quince días luz de este lugar turístico, y ha tenido un largo viaje que hacer para llegar. Comprendo que está cansado, usted y su familia, su séquito y los demás que le acompañan.”

“Eso es. Ya veo que esta empresa ha llegado tan lejos porque tiene hombres claves en los puntos clave.”

“Si señor. Agualíneas Gafotas, las más diligentes, las más atractivas, y no copiando de otras.”

“Genial, hijo. Sí que te lo tienes aprendido. Bueno, a ver. ¿Cómo arreglamos este punto entre hombres, ya me comprende…”

“Si, claro que le comprendo señor. Usted desea que yo cometa una infracción, y al decírselo así, usted me ofrecerá una sustanciosa cantidad de cosas, ocios, poderes y vínculos con usted para que no me duela haber transgredido la ley, que además no hablamos de transgresión – eso me dirá – sino de un servicio público a las autoridades estelares. Que usted es un distinguido miembro, señor.”

El presidente dio dos pasos hacía atrás, abrió los brazos en señal de sorpresa y con ojos profundamente impresionadas dijo que “usted es mi hombre, señor …?”

“Carmichael. Sherpa Carmichael para servirle, señor. Exacto. Soy su hombre. Además, estaré a su lado durante todo el viaje, para que no le falte absolutamente de nada, señor.”

El presidente negó con la cabeza. No se lo podía creer.

“Y olvídese de tener que sobornarme. Nuestro secreto está en que hay turistas de clase turista y turistas que no son turistas, sino … amigos. Este es el secreto del éxito de la empresa, pero sólo lo será si lo mantenemos en …. “ esperaba a que el presidente que le escuchaba con esperanza de que siguiera la frase la terminara este precisamente.

“… sólo si lo mantenemos en ….” repitió y se llevó un dedo a los labios, abriendo un poco los ojos y asintiendo como para que los demás lo vieran, con un guiño final cuando el hombre seguía sin comprender.

“…¡EN SECRETO! Uii, perdón, pero que torpe soy, jajaja. Bueno, bueno, ya lo he comprendido, jeje… que bien. ¿Servicios especiales dice? ¿Atención personalizada? ¡Podrían cobrar diez veces la miseria de canje planetario que piden!”

Sherpa no dijo nada, salvo que asintió con mueca de disgusto simulado, engancharle una risa al cliente, copiar su ficha y enviarle al hangar para que tomara la nave Peku-2. Otro guiño, y el tipo desapareció, seguido por toda una tropa de la corte que había traído consigo.

“¿Olga? A ver si nos reunimos. Ha caído otro. Si, una semana apretada, lo sé. Diez años ociosos y de repente todos de golpe. Es así el negocio, hija… no, no he visto a la Defensa, ni a Ka. ¿Te los llevas? Vale, me parece estupendo, así puedo descansar un poco. Ah, no te olvides que el próximo turno de recepción ya no lo atenderemos ni tu ni yo, por lo que habrá que avisar a Marcelo. Si, jajaja, este la va a liar, pero da igual, luego siempre podemos enviar a los otros dos para que arreglen el desaguisado. Siii, jajaja… peor, pero bueno, tu sabes que también tenemos derecho a que alguno de estos se largue sin más y por favor, se hunda el solito. Sí, si. No. Vale. Bueno, que tengas buena Maravilla. Besos.”

Sherpa cerró la oficina de Servicios Especiales y se encaminó a la cafetería. Llevaban ya siete mandatarios en un solo mes, algo inaudito. Estaban a tope, y los ancianos que ya no eran ancianos después de 25.000 años de vejez cada vez mejor llevada, la sudaban para atender a esos cabrones de lo mejor que podían.

Los 27. Que increíble lo que lograron. Sin matar a nadie. Sin golpear nada más que lo absolutamente necesario. Sin armas. Sin tropas. Con unos bocadillos y agua. Llegaron así hasta aquí. Increíble.

Ahora se entretenían con un nuevo juego, inspirado en una empresa que hizo aparición después de unos 2000 años de largo encierro en el paraíso. Coco e Hijo, no podían ser otros. Se fusionaron enseguida, y mientras que se las daban de touroperator intergaláctico, en realidad buscaban dar con mundos dónde aún había presidentes, reyes o demás idioteces sembrando dolor e injusticia.

Los primeros quince mil años estuvieron en paro, algo que no pareció preocuparles mucho. Decían que ya llegarían los turistas, que las cosas en el universo no se montaban en un par de días, ni la publicidad se notaba hasta diez mil años después de haberla sembrado. Además, y de eso estaban convencidos, la fuente volvería a atraerles a todos, porque era única.

“Ni turismo interior ni exterior, amigo. El tema de aquí es diferente. Quien llega, llega.”

El había mirado al cuentacuentos que no paraba de fluir por si mismo. ¿Y no deberían hacer llegar a todos los humanos cuanto antes?

Lo que era ahora Frederik asintió. “Por eso dejamos un agujero bien grande. Ya llegarán a descubrirlo y todo humano, cuando ve un agujero, se mete dentro de el.”

¿Y si no lo encontraban?

“Bah, tonterías. Si encuentran un planeta como una perla en el último rincón del universo que es una gigantesca mentira, ¿cómo no van a encontrar los de casa un agujero tan grande en medio de una isla, en medio de un mar que es la mitad de una mentira? Además, Sherpa, el mundo de los humanos es tan bello como lo es para los alienígenas este paraíso. Puede que más, mucho más.”

Agualíneas Gafotas y Coco e Hijo, un pequeño trust con apenas treinta empleados que a la vez eran sus jefes. Claro, así tenía que acabar cuando se juntaban amigos con una idea loca, cuando eran jefes los trabajadores, y cuando el que más parecía saber de la cosa no paraba de destrozar los muebles con su cola.

Ya. Hasta que llegaron los primeros que no se echaban atrás al ver las Sombras Baúl rodear la Tierra.

Una raza de seres en forma de bolas interesados en la visita.
Un primer canje.
Una visita.
Una despedida con todos los empleados llorando a lágrima viva. Habían subido hasta la superficie, algunos que no la habían pisado en 17.000 años, para decirles adiós a los huéspedes.

Nunca los había visto deprimidos, y esa fue la primera. No paraban de llorar, como si el conseguir su meta ahora les hundía en la más absoluta de las negruras de futuro.

Se dejó engañar, empezó a intentar aliviarles la vida eterna, la carga de ser unos afortunados, el problema de no tener que hacer nada más que ser ellos mismos. Sin éxito, como no.

Llegaron los segundos y casi al año los terceros. “Arrancó la plata, amigos.”, y como si con esa frase se resolvían todos los problemas, Marcelo dejó de preocuparse por echar un par de lágrimas al día. El, y los demás deprimidos, que ni lo habían estado, ni podrían estarlo posiblemente nunca.

“No seas tonto Sherpa. Esta peña o juega, o interpreta, o sueña… cualquier cosa menos comportarse fuera de un papel que cumpla con las circunstancias.”

La Defensa fue siempre esa primera en aclararle las cosas, aunque con retrasos considerables. “Aquí el tiempo es algo… como un chicle. Hay que masticarlo, y con habilidad se convierte en juego. Ya lo comprenderás. Hay chicle de sobra para practicar.”

Ahora, había años en que no llegaba nadie, y otros en los que podían llegar hasta cinco o seis en un decenio o dos. El turismo ‘interior’ se reducía a esporádicas visitas de exploradores con el suficiente valor para dejarse caer por un tobogán inescrutable.

Pero este año era infernal. Ya no tenían mil años para descansar, ni cien, ni uno. Ni un mes siquiera.

Sherpa sonrió. Los buenos negocios, los que siempre funcionan, son aquellos que se gestan toda una vida, y otra, y otra, y otra… esos eran negocios generacionales, esos eran eternos. Los que no dejaban de funcionar, si ‘la plata’, como decía Marcelo, no llegaba. Los de los éxitos que se hacían rogar. Los de la perseverancia de un sueño, por muy loco que fuese. Los que reemplazaban a las pesadillas por transformación.

Y si, eran buenos estos negocios. Especialmente cuando enganchaban a estos retrasados gobernantes de planetas cercanos o lejanos, y les devolvían la visita al paraíso con un buen vapuleo que les echaba de los tronos. Mentira de universo sí, pero en algo había que gastar las energías en las vacaciones.

Es que hablaban demasiado cuando les dabas unos mimos en el paraíso. Daba cosa todo lo que contaban. Era imposible resistirse a complicarles el reinado para siempre.

Cosas que contaban y expedientes, datos y operaciones que resultaban de sus confidencias. Nadie sospechaba que el fin de las dictaduras se gestaba en el paraíso.

Sólo tenían ojos para la perla más grande del universo y la Gran Maravilla. Había llegado lejos la enfermedad de los Padres y Madres, muy lejos.

Ellos también. Con un bocadillo se empieza, y con un cocodrilo acompañado de un matemático ladrando se termina, aunque esto… esto ya no se termina ni queriendo.

***

(Libro octavo / capítulo 1)  “Hay algo en este planeta que hace que nuestras células dejan de funcionar cuando lleguen a un número exacto de particiones. Encontradlo no en nosotros, sino desde dónde pulsa para obligarnos a su ritmo. Encontradlo, y decidid. Antes de eso, nada más os atañe. Encontradlo.”

[Enseñanzas de la Victoria Imposible / Sobre la semi-dimensión simulada de vida y muerte]

***

Fin.

Sanlúcar de Barrameda-9-Medina Sidonia, 2004-2009-2011