ELO – Los Yishe – Karma Brescida
Proviene de la parte V
Autor en trance: M. Furlock

***

Seis horas después de salir, Karma sintió una conversación diferente entre las que llenaban los pocos huecos que las potentes turbinas y rotores dejaban para las voces humanas, que cruzaban a gritos entre los pasajeros.

Era fresca y no había viajado en esta lata de sardinas volante, fea y maloliente. Hablaba de silencio, de sonido o de …

Y me desperté de la hipnósis de seguirle con el cerebro la música de los motores en sus interminables vueltas y vueltas sobre lo mismo. La voz no era voz, era la fuente. Le hice una señal a Yang que se comunicó inmediatamente con los pilotos y comenzaron a volar en círculo y a baja altura sobre la zona hasta que volví a sentir el frescor casi humedeciendome la cara.  Nuevas órdenes, nuevo círculo, y después de dos pasadas más sobre la fuente la habían localizado.

El aterrizaje se produjo a casi cinco kilómetros. Era selva, no de las frondosas por humedad, sino algo seca y defensiva. Con diferentes alturas provocadas por picos y espaldas montañosas. Un lugar de difícil acceso. Iban a ser duras las próximas dos horas de marcha.

Descubrí todo esto cuando salí por la rampa, esta vez la primera. La fuente estaba prácticamente saturando todo con su humedad particular. Sentí una corriente más fresca que las demás y señalé en esa dirección a los demás, particularmente a Yang. Miraron el mapa, volvieron a coincidir los vectores y los soldados tomaron la delantera.

“Tendrías que haber venido en pantalones, que con estas telas vas a ser un estorbo en la selva. Además se te ve a kilómetros de distancia.”

Yang me riñó porque estaba nervioso. Le dije que llevaba la ropa adecuada, y que no importaba mucho si nos vieran llegar, porque después de pasar con esa monstruosa máquina por encima de las fuentes un par de veces, no se podía esperar anonimato alguno.

Se quedó callado, negó con la cabeza y volvió a ponerse delante.

A medida que avanzamos, los demás iban dejando trozos de sus uniformes en la maleza llena de ganchos y picos, púas y demás garfios que la naturaleza extendía en todas las direcciones. En cambio la tela que llevaba no se enganchaba. Llegué a pensar que las guerras se ganaban y perdían en esos detalles, y en casa.

Llegamos dos horas después a un pequeño premonitorio, que sin duda escondía la entrada a las fuentes de la zona. Me senté en la hierba y dejé que los demás hicieran lo que tenían que hacer. Había cumplido con mi misión, o con la parte que me tocaba de la misión de otros.

Les observé como rodearon el lugar, buscando entre rocas y árboles pegados a rocas la entrada, mientras que mis amigos se quedaron sentados a respetable distancia. No me perdían de vista, pero pasaban por completo de prestarles atención a los chinos. Yang no les caía bien desde el primer momento en el que le vieron, pero si era amigo de la doctora… y así dejó de ser un chino más durante unos días. Ahora no empero, mezclado entre los soldados como uno más tanteando las paredes rocosas, había dejado de tener privilegios.

“Es mala hierba este doctor. Habla con los espíritus para que hablen con los vivos. Usa magia sin que sea suya. Mala cosa, doctora, muy mala cosa.”

Se rió de esas observaciones, luego llegó ese fatídico el desayuno y ya no se reía para nada. Los tres no estaban celosos, como en su mente infantil de Karma la romántica se había imaginado. Los tres estaban profundamente preocupados por ella.

Ahora la observaban, en turnos que solo ellos comprendían ejecutar sin que la persona observada se sintiera como tal, pero yo los conocía mejor para no percibirlo.

Yang y sus soldados desaparecieron detrás del premonitorio y nos dejaron solos. Unos minutos más tardes se escuchó un grito de haber tenido éxito en la búsqueda, luego voces coordinando y después silencio de nuevo. Habían entrado.

Desperté de nuevo, dándome cuenta de que no iba a levantarme a buscarles, y a darle de beber a Yang de la fuente. Supe que no le haría nada a el. Lo supe en ese instante en el que ví la pared rocosa del premonitorio. No porque yo fuese ahora más perceptiva, o porque la Naturaleza me ayudara a comprenderlo. Fue Yang, que dejó caer su máscara al saberse dónde quiso llegar, y aunque no le había visto la cara siquiera, fue su ser que emergió de las profundidades del camuflaje, que no tenía opción alguna a tomar jamás parte alguna en el agua de la vida, como también el llamaba a las fuentes.

Era un monarca, un imperialista, un enemigo de las fuentes. La quiso para su reino, y yo le llevé a ella aunque ahora, cuando finalmente se habian olvidado todos de mi, comenzaba a revisar con cuidado esa idea de mi culpa. Me quité el casco y me levanté dejándolo dónde lo había puesto en el suelo. Ya llevaba casco yo, uno que movimientos milenarios habían hecho de mis pelos. Uno que me hacía africana por fuera, esa africana por fuera que le quitó a la europea su casco.

Había llegado la hora, lo supe nada más ver al casco entre hierbas. Mi hora, mi momento.

Me quité las telas de guerra y debajo quedaron al descubierto las telas que ya una vez tomé por lo que no eran.

Mis tres amigos se pusieron blancos al reconocerlas. Les miré y les dije que se fueran a al menos diez kilómetros de distancia, que si yo sobreviviría, ya les encontraría.

“Doctora, esa ropa… usted …”

“Si, Michel. Sé que tela es la que llevo. Es la adecuada. Me voy a un entierro. Ahora iros, que no vais vestidos para la ocasión.”

Se levantaron. La doctora había dejado caer la máscara. No era europea. Los había engañado a todos. Vieron como se masajeo la nuca y se encaminó hacía ese lugar que los demás habían estado revisando con nerviosismo.

Se fueron alegres. Comenzaron a comprender que la nube negra que se había instalado en sus almas desde hacía un año, se estaba disipando. Se alegraron de haber seguido confiando. Se alegraron de haber sido valientes.

Aunque sus caras estuvieran compungidos por lo que esperaba a la doctora.

***

Ganges se levantó del banco para saludar al nada sorprendido Yang, y a pesar de que varios fusiles y ametrelladoras le estaban apuntando incluso intentó acercarse para darle la mano. Un gruñido de Ngunyeng que se puso delante del doctor acabó con la sonrisa de Ganges, que se convirtió en una mirada de sorpresa y alarma, mitad de incomprensión, mitad turista sorprendido por las autoridades.

Yang no mostraba sorpresa. Ni siquiera sentía necesidad de disimular. No era un turista, aquí no había ya que llevar ningún tipo de parapeto contra las miradas. No quedaban secretos. Tenía delante al cuarto pretendiente, un príncipe de la guerra que había fabricado al quinto contendiente para desestabilizar la hegemonía de los Tres Reinos en este sprint final.

Sabía que podía matarlo ahora mismo, pero no estaba seguro si eso acabaría con su poder. Con esa maldita máquina de réplicas de por en medio, y la presencia personal del príncipe certificando superioridad,  podía tener dos o dos mil vidas. Una seguro que no.

“Veo que falta aún alguien crucial en todo esto. Póngase cómodo señor Ganges, la espera puede ser larga.”

Ganges negó con la cabeza. Tanto mejor si no habría que pasar por las formalidades. El señor de Shenguien era de los que no perdían el tiempo. Para que pasar horas de estudio, si ya no había más que estudiar.

“No vendrá, porque tiene otros asuntos que atender. No importa, los dos sabemos que lo único que le hacía importante era esto.” Sacó de su chaqueta una bolsa negra, que movió como un péndulo en el aire a la vista de todos. “La llave de los guardianes de agua está aquí dentro.”

Yang siguió como si nada, mirando fijamente algún punto por detrás de Ganges. Era posible, sí, podía ser así. Ganges había logrado eliminar a la portadora, aunque eso parecía imposible. El poder del príncipe era con creces mayor de lo que había esperado. Si, la bolsa contenía la llave a las fuentes. Ganges les esperaba para acabar con el, y así asestarle un golpe duro a los Tres Reinos, que perderían su rey menor y el control sobre las fuentes. Fin de la dinastía, fin de China.

Fue Ngunyeng quien reaccionó mucho antes y ahora empujó a dos soldados en dirección a Ganges. Luego otros dos, hasta que pudo empujar al doctor en dirección a la salida, mientras que gritaba “Fuego, disparen” entre los primeros disparos, gritos y caos inmediato que se desató.

Salieron como dos cohetes de la entrada y Ngunyeng vio de reojo a la doctora Brescida aparecer en el camino, con un paso ceremonioso y la mirada fija como en trance. Los vió, pero siguió en la misma dirección que le iba a llevar a la cueva.

El doctor paró en seco al verla un segundo más tarde, pero Ngunyeng le gritó que estaba en trance y que ya no era la doctora que el amaba, y con fuerzas que no parecían poder salir de un hombre de su complexión volvió a tirar del doctor hasta que este corriera  por un sendero que solo su protector parecía ver. Corrieron durante muchos minutos, y después de llegar exhaustos a un poblado abandonado se miraron para ver quien de los dos tenía la mejor idea para seguir, incapaces de hablar porque necesitaban todo el oxígeno para respirar. Yang esperaba sinceramente que había logrado cerrar la fuente con los diagramas que su mente proyectó, porque esa era la única forma de estar relativamente seguros del príncipe. Que no les diera alcance, y que nunca más se abriera la fuente.

***

No estaba en trance. Los vi saltar de la entrada, pero se movían a velocidades que me eran ajenas. Iba muy despacio, con la mirada fija, concentrada en un ritmo que recordaba haber vivido no hacía mucho. Mi ritmo.

No corría ya, porque eso se hacía para salvar a los amigos, no para otra cosa. Era lenta, porque sólo llevaba unos segundos siendo yo por mi sola, y me costaba poner una pierna delante de otra sin que algunos hilos me hicieran ese trabajo. No se andaba con las piernas, sino con la voluntad, y eso me hacía lenta. Mi voluntad tenía que volver a crecer, paso a paso.

Llegué a la entrada cuando ya hacía tiempo que los dos, Yang y su guardaespaldas, habían desaparecido por la selva, y desde dentro no se oía ningún disparo. Los sonidos de la selva, que recuperaban los espacios que los ruidos de humanos e inhumanos habían dejado ocupados durante unos instántes. Persistían las deformaciones en los tejidos de quienes tenían oídos. Sonidos que había dejado de sonar, pero se mantenían como una impresión durante tiempo acompañándolo todo.

Ya no había entrada. Miré el bloque de granito que la tapaba ahora y pensé en los que estarían dentro. Yang había conseguido su objetivo. Eliminar a sus competidores. Matarles con las fuentes.

Pero las fuentes no mataban. Tenían otros caminos y recovecos para preparar los destinos en caso necesario. No, el agua no mataba.

Puse las dos manos contra el inmenso pedrusco y no ocurrió nada. Probé de empujarlo después, con menos éxito aún. No tenía tercera opción, así que revisé lo que había pensado del agua y que no mataba.

Sonreí al descubrir que no era cuestión del agua, ni de lo que haría o no, sino que era cuestión íntegramente mía, decisión propia y personal lo que iba a hacer a continuación.

Escuché un sonido de piedras cayendo sobre piedras y al seguir la pared exterior llegué hasta una nueva entrada, que el monte había dejado tras un derrumbe.

Entré y ante mi horror que llegaba de muy lejos sin rozarme más que con la tristeza de un día sin sal en las colinas de la quietud cuando me encontré con los soldados muertos, terriblemente desfigurados incluso.

La bestia me cogió por detrás, me levantó y me giró en el aire. No hice nada, porque comencé a sentir con un retraso de segundos o minutos, según me apetecía o necesitaba. Eran Henrik, y mi sorpresa tremenda se quedó estancada en unos vientos solares cerca de Marte, luchando contra espesas nubes de plasma de helio, incapaz de alcanzarme.

Eran Henrik. Muchos Henrik. Eran el infierno. Eran los príncipes de los monarcas, unos de ellos. Me hablaron, me zarandearon, me acercaron a su cara, me alejaron de la misma. Mis miedos eran tan pequeños que se escapaban entre los espacios del aire que dejaban las ideas. Mis terrores se aplastaron hasta confundirse con la nada que los pisaba sin darse cuenta.

La bestia estaba en plena ebullición después de explotar por primera vez en el cuerpo que la albergaba. Eran muchos Henrik y despertaron con manos para matar o morir. Estaban fuera de sí. Los muchos Henrik estaban locos. Demasiado poder.

***

Acelerar para poder parar… acelerar para poder ralentizar… ralentizar para acelerar…

***

Fueron menos Henrik los que me dejaron en el suelo.

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Acelerar para ralentizar, ralentizar para poder acelerar para parar…ver la ola, ver las olas, verlas para poder sentirlas… para producirlas… para calmarlas… para serlas…

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Menos de tres me miraban con profundo odio y manos temblorosas abriendo y cerrándose.

***

Viene la balsa… acelerar para poder parar… pasa la balsa… acelerar para poder frenar… ir hacía adelante para llegar a atrás… quedarse debajo de la balsa y viajar al compás…

***

Henrik miró sus manos ensangrentadas sin comprender la situación más que en trozos de gasa de sueños que parecían picarle en la piel de la consciencia.

Sabía lo que había pasado. Recordaba cada microsegundo. Cada golpe, cada grito, cada risa suya en medio de hacer de bestia imparable.

Cerró los ojos. Todo había funcionado a la perfección. Mira a la Brescida y asintió. Lo había sentido cuando la primera toma de contacto de ella con las fuentes, en los sotanos labirínticos del Parador. Ella era capaz de despertar la bestia en el, y ahora lo sabía a ciencia cierta.

Ya no la necesitaba. El proceso se había cumplimentado. Ahora conocía a sus propios límites. Podía volver por su cuenta desde cualquier estado de ser muchos a la vez. El ritmo que le había mostrado la Brescida en la última hora no se le iba a olvidar nunca.

La miró sin que ella le devolviera la mirada desde esos ojos fijos e inexpresivos del todo. Estaba en un profundo trance del que nunca más despertaría.

Ella que nada sabía de cuando la descubrieron en la escuela primaria, ella que nunca supo como pasó de profesor en profesor para que aprendiera las lecciones exactas, ella que llegó a la universidad para pasar por ella como entró, con todas las puertas cerradas menos las que tomaba ella sin elegir nunca ninguna, ni siquiera la de su profesión, ella que se hizo con la misma para brillar en ella más de lo que hubiera debido, ella que sirvió para apuntalar los inicios de Montoro, ella que se prestó para amar a Yang cuando este aún era un niño en pañales, ella que hizo todo, absolutamente todo sin enterarse de absolutamente nada, ni siquiera cuando pasó por las fuentes y heredó la sabiduría de miles.

Aquí estaba. Ajena a todo lo que le rodeaba, imprescindible sin nunca parecerlo, y ahora cumplida esa función hasta la saciedad con el cerebro quemado de la furia de la bestia que no paró de provocar hasta que despertó en el.

Como no iba a recordar ese primer momento de acercarse a ella en la piscina del hotel al que le tocó llegar. Esa excitación de saber que delante de el estaba la mujer que le llevaría a ganar la contienda sin apenas esfuerzo. La pieza que todos se habían fabricado, y que no sabían que lo habían hecho para el.

Disfrutó cuando comenzó a irritarle, a llegarle hondo, a dejarle contra las cuerdas. Estuvo a punto de matarla varias veces, pero en cada uno de esos momentos ella dijo algo aún peor, lo que le volvió a recordar la función que estaba viviendo.

Dio con la historia clave en su vida y le clavó la misma una y otra vez hasta que comenzó a sangrar, lo suficiente para que pudiese volver a beber de la fuente de la vida, que se dejó engañar una vez, pero no sería lo mismo la segunda.

Hizo de el una persona durante un tiempo, el suficiente para llegar a bestia insuperable, el suficiente para que algunos litros de agua de la vida pasaran por la replicadora, el suficiente para observar el inevitable ocaso de una humanidad desde alturas y fuerzas que prometían invencibilidad.

Esperó hasta que la mirada de Karma se aclaró visiblemente. Aún quedaba un pequeño favor que le podía hacer, después de tan grandes servicios prestados. Lo típico de los que tienen lo que es de los demás. La humillación final. El quedarse tranquilo después de haberle restregado el alma en la cloaca del fracaso.

***

Henrik me expuso las siguientes horas.

Asentí. No habia opciones. “Aunque me debes un favor, y si quien soy yo te ha parido de alguna manera para que ahora ocupes otro trono más alto aún, ese favor lo has de canjear. Me debes una explicación. Además no creo que tengas muchas oportunidades de contarlo.”

Me miró un momento, y casi sin dejar esa mirada empezó a contar. Desde que había sido seleccionada de niña hasta el pase por las vidas del agua. Cada uno de los detalles de la preparación. Tardó una hora y media en la que mi vida pasó delante mía, la vida de que no era mía sino de los demás.

Los especuladores, los padrinos, los del partido, Montoro… Montoro que estaba vivo, que había sido una inversión de un cacique, que en realidad estaba a sueldo de Henrik, que a su vez competía con su propia creacion, hasta haber dejado confundido a los demás en la contienda.

“Siempre me has servido, porque contigo no supieron que hacer. Siempre estabas en medio, aunque nadie sospechara de mi. Incluso ahora estarán pensando que eres en realidad una contendiente, la única mujer. Ni siquiera han visto quien podía haber sido una competencia increíble y se retiró a tiempo. Pero para eso estabas tú, creando el halo de la perfección que todo lo demás cegaba. Lo has hecho perfecto, nunca he trabajado con alguien tan disciplinada en ser manipulada como tu.”

“¿Y Yang o lo que sea?”

Me habló de los Tres Reinos de Asia, de los señores de Sheingen y de cómo funcionaba la monarquía bicéfala de China, y que todo se reducía a quien iba a salir con más fuerza de la catástrofe que se cernía sobre la humanidad. Todo lo demás eran ilusiones para el respetable y mentiras.

Daba igual si en lo pequeño o en lo grande. Todo era una farsa que iba a terminar para la mayoría dentro de unos años, cuando las naves volverían para recoger la cosecha más grande de todos los tiempos.

“¿Sebastiana nunca sospechó de ti?”

Dijo que no. La engañó la primera vez, a ella y a la fuente con el ritmo que aquel chico le había revelado en sus conversacones, largas conversaciones en aquel hotel dónde trabajaba para Langfeldt. Sabía que las fuentes estaban por la zona, pero nunca las hubiera encontrado sin esa generosa aportación del destino. El chico no tenía idea lo que tenía entre manos con lo que le estaba explicando durante horas lo que había descubierto con el agua. El resto fue coser y cantar, salvo que la Naturaleza le intentara matar en la salida del hotel, durante la bajada. Pero sus propios hijos parecían contar ya con fuerzas más que suficientes para evitar incluso eso.

“¿Por qué te quería matar la Naturaleza, Henrik? El agua no mata, tiene otros caminos.”

“Lo comprendí cuando ese Carmichael contó lo que había hecho para evitar que nos cayesemos por la montaña. No por eso solo, sino que además me acordé de cómo había visto en un segundo que tenía delante mía la clave de todo. Si podía acceder a una fuente, iba a convertirme en dueño de todas. Al menos lo pensé así entonces, y lo hice con una exaltación en mi interior que eran campanadas constantes, hasta que salí del coche destrozado con el chico muriéndose o no muriéndose en su agonía terrible. Sentí que una mano gigantesca había buscado mi aniquilación desde ese segundo hasta quedarme de pie, con las manos rotas contemplando como había errado una y otra vez hasta incluso golpear a su propia gente. No lo vi entonces, le aceché al alcohol, pero cuando relató Carmichael la secuencia de nuevo, comprendí.”

“No has contestado a mi pregunta, pero si no quieres tengo otras. Aunque ya da igual.”

“La Naturaleza  ¿Nunca te has preguntado porque sólo Naturaleza y Realeza son lezas?

No hay empresariolezas, ni empresalezas, ni industrialezas, ni politiquilezas… pero esos dos de la mano, hasta que algún monarca demente y fuera de control se carga a una osita emborrachada en un bosque que ni siquiera deja salir de la jaula antes de abatirla. La naturaleza de la realeza es su simpleza, y que para los demás sólo queda todo lo demás.

Si, si no fuese por esas incongruencias, la Naturaleza hacía tiempo que hubiera tenido que ceder su trono. Está viva, y es consciente. Nos sabe a todos, pero es muy lenta en sus reacciones. Ha aprendido, pero aún así es suficiente con tener alguien como tu o Carmichael cerca para que no pueda con sus enemigos. Karma, despierta. La Naturaleza va a por mi, como todo organismo ha de ir por una infección.”

“¿No hay otra forma que esta? ¿O ellos o los otros, y si nosotros mejor? ¿Qué tal hubiera sido unirse para luchar codo a codo?”

Henrik eructó la risa despreciándome por hacerle este tipo de preguntas.

“Si se lo llevan los chinos, los chinos se libran de ser cosechados. Si se lo quedan los europeos, serán los negros, los mulatos y los chinos los que se van de tourné por los laboratorios alienígenas. En este mundo no puedes compartir la seguridad para todos, porque hasta el último imbécil querrá hacerse con el poder que eso representa. No hay poder en este planeta ni fuera de el que pueda protegernos a todos, ni nosotros mismos. Hay fuertes, y débiles. Este es el sprint final, Karma Brescida.”

“¿Por qué aquí, en medio de la Naturaleza, en una selva de África? ¿Por qué no en el Parador o en cualquier otro lugar con una fuente?”

“Este es el único lugar que no solo produce la transmisión de vivencias y renovación de fuerzas, sino que además crea la vida. Quien controla esta fuente, las controla todas. Por cierto, la de Sebastiana estará en manos de Montoro a estas horas.”

“¿La vais a matar también?”

Henrik rio mientras que se guardó la bolsa negra del medaillón en la mochila.

“Si no está muerta ya, lo estará en pocos días. Montoro mandará los mejores asesinos a hacerle una visita, tantos que cuando se maten entre ellos para cumplir con el contrato se va a armar la gorda en el monte.”

“¿Y  a mi?”

“A ti te mataré yo, pero no hoy. Te mataré cuando me sienta amenazado por ti en lo más mínimo.

Lo haré personalmente, porque no he conocido a nadie que se haya atrevido a decirme lo que tu. Me has ofendido decenas de veces, has mostrado el papel de mujer que más detesto, una sabelotodo que encima de aburrida en la cama cree que puede elegir, que puede exigir y que puede pisotear a un hombre todo lo que le apetece.

Te tengo tantas ganas, tantas de exprimirte hasta la última gota de vida que hay en ti con mis manos apretándo el cuello de cisne, que me es difícil conciliar el sueño algunas noches. Sé que algún día un movimiento de tu ceja en alguna parte del mundo romperá el difícil equilibrio entre mis instintos y el tiempo que puedas vivir.

Eso es lo único que me hace dormir tranquilo, y puedes estar segura, de que el día en que no lo pueda hacer, ya estaré de camino a terminar el trabajo.

Hasta más ver, doctora. Ahora si que puedes decidir sobre el resto de tu vida. De ti dependerá cuanto vivirás.”

Se dio la vuelta y se fue para desaparecer entre las hojas y árboles en pocos segundos.

***

Inspiré profundamente y dejé que el tiempo, las emociones, los miedos, el pánico y el terror, la tristeza, los nervios, la angustia, la opresión de pecho y alma volvieran  o llegaran. Me entregué a ellos con el doble de entusiasmo con el que habían aguantado su turno. Me dejé llevar por ellos a sus profundidades y cimas. Compartí sus gritos y esperanzas. Se calmaron enseguida, ocupando sus puestos de nuevo.

Nunca antes lo habían hecho. Nunca antes me habían visto entre ellos y como amiga.

***

Vio como se abrió lentamente la puerta falsa. Hubiera costado dar con ella, lo tuvo que admitir. Preparó la aguja en el anillo que puso sobre el dedo enguantado. Estaba a punto de terminar con la parte más complicada de la jornada.

Sebastiana salió del escondíte y pasó debajo del asesino, que se dejó caer como una sombra negra sobre la anciana y le clavó el aguijón en el cuello. Sólo un segundo, pero eso era suficiente. Un roce hubiera bastado.

Eso es lo que pensó que había hecho, pero el intenso dolor en el pecho y abdómen le mató antes de que comprendiera que se había dejado caer sobre tres lanzas que Sebastiana y Susana habían tapado con la ropa de la anciana, escondiéndose las dos debajo, aguantando las lanzas y avanzando con pasos inseguros, muertas de miedo, pero vivas de cordura y lúcidez en medio de la noche más oscura de sus vidas.

***

Yang y Ngunyeng observaron la partida del príncipe de la guerra y quedaron varias horas observando a Karma, que seguía sentada sin moverse apenas. Cuando llegó la noche, Ngunyeng se acercó a ella en la oscuridad y le siguió dónde les esperaba Yang entre la maleza.

Emprendieron el camino al poblado abandonado, referencia última que tenían, porque el helicóptero estaría vigilado por Ganges. Tenían que huir por la selva, y Yang esperaba que su hermano se pusiera en contacto con el en cualquier momento. Tenían que ganar terreno, para que cualquier operación de rescate tuviera un mínimo de oportunidades de éxito, y tenía que ser pronto.

Llegaron al poblado que seguía igual de abandonado. Un breve descanso, en el que infructuosamente intentaron hacerle hablar a Karma, que tenía una mirada inexpresiva y que no presagiaba nada bueno en los pensamientos de experiencia de lo que había de médico neurocirujano en el señor de Sheingen.

Karma había visto demasiado para su frágil personalidad.

***

Llegamos a un pequeño claro y al estar a mitad de el salió Henrik de la espesura de enfrente, con una metralleta ultramoderna, pequeña y fea. Fumaba relajadamente un cigarillo y no hizo falta que dijera nada.

Miró a Ngunyeng detenidamente, pero seguía apuntando al doctor Yang. El cigarillo se apagó con la humedad reinante, y sin mostrar el menor signo de debilidad sacó con la mano libre el mechero y se lo encendió de nuevo, tomando una larga calada antes de tirarlo en dirección a Ngunyeng.

“Estaba en lo cierto con los tortolitos. El bueno del doctor no iba a dejarte abandonada en medio de la selva. El tonto de su guardaespaldas no iba a dejar irse solo al doctor. Que previsibles son ustedes, que previsibles son todos sus planes y maniobras. Es usted un idiota doctor, podía haberse largado de África, volver a su China que se retuerce ante lo que se le avecina. Pero no, había que ahondar y ahondar hasta rascar en el lugar equivocado para amarillos. ¿Y ahora qué?”

Yang no dijo nada. Había confiado totalmente en los instintos de Ngunyeng para evitar acabar atrapados en una situación así.

“¿Dígame doctor, ahora que lo que buscaban en Pretoria con tanta preparación, con tanta ONG de gobierno chino, tanta buena cara … ahora lo tiene a pocos metros y quien  se lo lleva todo es quien estaba entre los tontos, no es así?

Si es que ustedes no van a aprender nunca. No es China que se salvará, ni África, ni América. Será Europa y hasta dónde nosotros querramos. ¿No se habían dado cuenta ya en los últimos…” – simulaba con los dedos de la mano libre estar contando – “… cuatro, cinco mil años? Ustedes, los chinos, los asiáticos, que es lo mismo que los africanos o suramericanos, ustedes no valen para subirse al vagón. No tienen pase para la siguiente étapa.

Sinceramente, doctor. No comprendo porque no la reconocen de una vez, eso haría todo mucho más fácil y menos dramático.”

Ngunyeng comprendió que a Ganges le faltaba alguna pieza en el puzzle. Si lo que había planeado era matarlos, ya lo habría hecho. ¿Pero cual?

“Y la buena y modosita de la doctora, recién perdonada la vida y ya se la ha gastado en el primer paseo. Tu tampoco aprendes Brescida, pero eso se comprende, porque te has mezclado demasiado tiempo con razas inferiores. ¿Qué, camino de avisar a tu amiguita Sebastiana? ¿Buscando amparo y protección en Beijing? ¿Queriendo salvar a mil millones de asiáticos?

¿No comprendiste aquello de mis angustiosos intentos de conciliar el sueño, o quizá la de que me encargaría personalmente de tu respiración no fue descripción suficientemente convincente?”

No dije nada, fijando mi concentración en lo único que me parecía que tenía poder para salvarnos.

“Ya, no habléis. Miles de años luchando, y luego en dos o tres operaciones de relámpago, sin más que palabras, un poco de dinero y un par de agentes como toca, y todo se va al carajo. ¿No os parece que si mil millones de asiáticos y otro tanto de negros y mulatos no son capaces de poder con cuarenta blancos, que eso lo dice todo sobre quien se queda, y quienes se van?”

Henrik se sacó otro cigarillo y lo encendió. “Bueno doctor, ¿qué me dice? Porque sabe que le queda una posibilidad, no es así? Una personal, una suya, exclusivamente suya.”

Yang cerró los ojos y comprendí que la tenía, pero que no iba a hacer uso de ella. Me desesperé por completo. El lugar empezaba a perder consistencia ante mi mareo.

“Oh, la doctora con sus patinazos cuando las cosas se ponen feas. Tanto hablar, y luego caerse mareada porque el noviete no quiere soltar prenda. Tendría que haberte matado en aquella sala de masajes. ¿No ves Brescida, que tu novio acaba de firmarte la sentencia de muerte sólo porque se cree más importante que su vida y la tuya? Conmigo eso no habría pasado, pero claro, un hombre de verdad no pierde el tiempo con mojigatas como tú. ¿Qué pasa doctor, no cree que debería cambiar de opinión?

¡Venga doctor! Le dejaré con vida, a usted y a su miserable tropa. Sólo tiene que contarme ese secreto, aunque y de verdad que se lo digo, no cambia mucho. Con el medaillón Europa se salva, no nos hace falta la fuente abierta, podemos abrir las nuestras. ¿O tendré que trabajarme otra vez a su amiga para motivarle un poquito más, doctor?”

Yang apretó los labios, pero no abrió los ojos, y Henrik negó con la cabeza con ironía en sus muecas, lo que Ngunyeng aprovechó para mover un pié un poco más hacía atrás, un movimiento minúsculo para posicionarse mejor.

Henrik volvió a fijarse en el.

“Tú debes de ser uno de estos chinitos que si se presentaran en las olimpiadas, se llevan el oro en salto de altura y longitud sin cambiarse de ropa. ¿No es cierto? Si, tienes esas pantorillas de cabra salvaje, esa frente chata y esa mirada que me dice que eres un animalito sorprendente. Pues bien, estoy apuntando a tu misión, y en cuanto hagas el menor movimiento cortaré al doctor en cuarenta trocitos, porque un segundo sí que necesitarás para llegar hasta mi, incluso con dos medallas de oro colgando de tu cuello.”

Ngunyeng no dijo nada. Seguía agachado y me parecía que se estaba tensando como un muelle.

“Pero bueno, como eres un animalito, saltarás. Tu misión morirá, tu impactarás contra mi, puede que incluso te lleves unas cuantas de estas balas por intentar proteger al bueno del doctor. Luego te aplastaré el craneo, porque eres una mosca, si aún te quedan alas, claro.”

Henrik se relajó las vértrebras con unos movimientos de cabeza que soltaron las uniones pegadas con crujidos.

“Con el doctor hecho pedazos y tu craneo en proceso irrecuperable de rendirle culto a mis botas, dejaré que corra la doctora un ratito más, que yo aquí, señoras y señores, no he venido a ser el malo, sino a divertirme y crecer a costa suya. Así que, cuando quieran, que empiece la función.”

Ngunyeng saltó justo cuando Henrik estaba en “…quieran, que…… . Era como un hombre bala, disparado de la boca invisible de un cañón. Henrik apretó el gatillo del arma y me puse delante de Yang como lo aprendí en la plaza con Olassa, como lo vi hacer al suricato, como mi nuca me empujó a hacer.

El arma de Henrik no paraba de soltar volutas de disparo, chispazos y balas que volaban por todas partes.

***

Ganges vació el cargador, pero el maldito chino ya estaba casi tocándole apenas había apretado el gatillo. Maldito cabrón, pensó y mientras levantó el brazo izquierdo vio que la mayoría de la carga se lo había llevado la doctora, tonta de ella, porque había saltado delante de Yang que también yacía muerto en el suelo.

El chino que venía como una bala recibió un golpe brutal en la cara, como si le hubiera parado el amortiguador de hierro del final de una vía de tren. Cayó al suelo, sangrando profusamente y después de un breve espasmo quedó inmóvil.

Ganges no reparó en el, sino que maldiciendo a la doctora se acercó para rematar en caso necesario al objetivo primario. Los Tres Reinos habían perdido su mejor figura, y las demás no estaban acostumbrados a salir de sus escondites. Ahora comenzaba otra dinastía, la de Ganges.

Cuando estuvo cerca, vió que la Brescida estaba hecho un colador, una verdadera pena de cadáver, casi pulverizada, mientras que Yang sólo tenía una herida en el hombro, pero estaba inconsciente.

Apuntó a la nuca del chino, pero la ametrelladora no respondió. La miró, y descubrió que un insecto gordo y maloliente se había metido medio cuerpo en el mecanismo de retroceso, que no podía cargar la siguiente bala. Maldijo la selva, el insecto y a la naturaleza, porque sabía que ese insecto no había llegado por casualidad.

Justo cuando se quiso agachar para romperle el cuello al doctor, vió un alambre metálico que sobresalió de la chaqueta ensangrentada del mismo. Se rió, cogió el alambre y lo dobló para poder sacar los restos del insecto de los rieles de retorno del arma.

Pero o le fallaba la vista, o no tenía pulso, porque la punta del alambre nunca terminaba dónde el quería que lo hiciera.

La miró, se humedeció los labios en un movimiento totalmente ajeno a su consciencia, y el alambre se convirtió en una serpiente muy fina, pequeña y con una boca no más grande que la cabeza de un alfiler.

Le mordió en esa lengua suya, en una minúscula parte con tal velocidad que Henrik se metió la lengua dentro de la boca antes de darse cuenta de que le había mordido algo. Fue entonces cuando descubrió que llevaba una serpiente minúscula y letal en su mano y la tiró lejos, pero ya era tarde.

Abrió la boca, porque la lengua se inflaba a como los globos en una fiesta. Intentó arrancarsela, lo que era una buena idea y le hubiera salvado, pero sus brazos pesaban demasiado ya y no llegó más que a tirar con dos dedos de sus labios inferiores, con mirada ya glaseada y febril, con un paso inseguro hacía delante, un giro suave a la derecha, otro giro suave a la izquierda y luego cayó cuan alto era hacía un lado, muerto mucho antes de llegar a impactar entre las hojas de la vegetación salvaje.

***

El viejo, ahora solo con un taparabos, dos cintas en las articulaciones de los pies y un cuchillo de caza grande en la mano , se acercó a Ganges y negó con la cabeza al ver como este había quedado.

Le cortó la aorta en el cuello y recogió un poco de la sangre en una hoja. Dejó que la serpiente se acercara de nuevo, y la metió en el bolso del amuleto que luego cortó de las ligaduras al  cinturón de Henrik.

La doctora Brescida yacía destrozada y de lado en el suelo y tenía un aspecto terrible. La fuerza de fuego del arma era devastadora a esa distancia. No quedaba nada intacto. Hasta para el anciano lo que siguió le costó hacer, pero lo hizo.

Después se volvió hacía el doctor, le extrajo la bala con los dedos haciendo movimientos de masaje en el aire antes de meter dos dedos en la herida para atrapar la bala a la primera. Tapó la herida con tres bolas que hizo de una hoja que cortó después de una breve búsqueda de un arbusto que parecía estar muerto de lo seco que estaban en medio de tanta humedad.  Pero no quedó satisfecho, porque la herida era fea y el doctor iba a morir en las próximas cinco o seis horas. Había perdido mucha sangre y no había forma de tapar la hemorragia interna.

El hombre pequeño que había intentado luchar contra el cíclope estaba medio muerto. Hizo con el lo que habia hecho con la doctora destrozada y no hizo más de lo que tenía que hacer.

Volvió a levantarse y y después de taxar el cadáver de Ganges por última vez, le cortó las manos y los pies que colgó de un árbol cercano para que desangraran por completo.

Le sacó los ojos, después las visceras y por último el corazón. Le costó una larga hora cortar el cíclope en trozos de carne y huesos machacados y acabó sudando a chorros, pero a medida que avanzó en su macabra tarea, recobró cada vez más fuerza y vitalidad. Cuando tiró los restos de Ganges por el alcantilado, había rejuvenecido por lo menos 50 años, aunque seguía siendo un viejo.

Eso, y lo sabía, era invariable. Siempre había sido un viejo, incluso con una hora de vida ya lo llamaban así.

Entonó la canción que le había enseñado su abuela, a quien se lo había enseñado la abuela de esta, y preparó el fuego.

***

“You’ve got to help me, misses. Wake up, I need your help. Wake up misses.”

Escuché una voz que me parecía lejanamente conocida. ¿Help me? ¿Ayudar? ¿A quién? ¿Para qué?

Un bofetada me hizo espabilar enseguida. Tenía delante mía al viejo, que parecía mucho más joven y que estaba a punto de darme otra bofetada cuando le paré con un grito de “No, que ya basta” y vi que se le iluminó la cara de felicidad.

Apuntó enseguida con la mano que por poco me hubiera dado de nuevo si no la esquivo a su derecha y cuando giré la cabeza vi la cara blanca, muy blanca de Yang.

Me levanté de un salto, me maree y volví a sentarme de forma dolorosa. Las piernas no me respondian, pero el viejo, que no llevaba más que un taparrabos me hacía señales de calmarme y moverme despacio.

Decía que yo sólo tenía que ayudarle para incorporar el doctor un momento para que el le pudiera dar de comer.

Miré al viejo en total confusion, pero negándome enseguida a semejante barbaridad. No se iba a curar Yang al darle de comer y mucho menos se le debería mover. Se lo dije, pero el negó con la cabeza y me explicó en su inglés casi perfecto que la bala había dado con una arteria y que esta no se podía alcanzar sin cortarle en trozos. Me mostró el cuchillo de caza que tenía y se encogió de hombros. Le comprendí, no había forma de salvar con eso a nadie. Yang estaba perdido, era un milagro que aún respirara. Apenas le quedaba sangre.

El viejo insistió en su locura de darle de comer, pero no le escuché. Intenté recordar, pero sólo me acordaba de que me había concentrado en el amuleto, y que luego me puse en un acto de reflejo delante de Yang cuando… ah si, había aparecido Henrik en la escena… ¿pero por qué no estaba Henrik? … y luego el hombre bala, Ngunyeng … tampoco estaba aquí… ¿o no habia estado aquí? …ah si, salió volando… jajaja…

Otra sonada bofetada me dejó casi inconsciente. El viejo me miraba con rabia y cuando levanté mi otra mano para frenar el siguiente golpe, me abofeteó por la cara opuesta, de nuevo con rabia y quemándome la carne.

“WAKE UP OR MR. YANG WILL DIE!”

Desperté. Y recordé que …me toqué el cuerpo pero no había heridas, aunque mi ropa estaba llena de sangre y destrozada.. recordé como salté delante de Yang y luego oscuridad… y de nuevo levanté sin pudor mi ropa para contemplar que estaba perfecta, sin herida alguna, con la piel tersa como nunca.

Busqué la mirada del viejo y este asintió, apremiándome a reaccionar y ayudarle. Asentí, me levanté lo suficiente para gatear hasta quedar detrás de Yang, y el viejo me dijo que tendría que coger a Yang por los brazos contra su cuerpo, apretar lo más fuerte que podía y no soltarme bajo ningún concepto, pasara lo que pasara.

No comprendí nada, pero mi mente había comprendido que este hombre, el que ahora veía por tercera vez en este continente, actuaba con fuerzas que superaban con creces todo lo que podía comprender. Hice como me dijo, y casi me desmayo al notar que Yang se estaba yendo en esos precisos momentos.

El viejo corrió hacía el fuego y volvió con una especie de colador hecho de hojas grandes formando un cono largo. Levantó el cono sobre la cabeza de Yang, que yacía colgando hacia abajo, sobre su pecho, con el semisentado y conmigo aguantándole en esa posición.

Empezó a cantar, sacó el cuchillo de nuevo, cortó la punta del cono y mientras caía el cuchillo de su mano, con la misma agarró los pelos de Yang y giró la cabeza violentamente hacía atrás, dándome a mi con ella mientras un chorro hirviendo de una sustancia acuosa y negra, maloliente y putrefacta impactó sobre la cara de Yang primero, y luego en la boca que el viejo abrió con brutalidad.

Quise soltar a Yang, que en sus últimos espacios pareció volver a la consciencia, sólo para asistir a como le ahogaban, pero el viejo me gritó algo que me hizo apretar a Yang con más fuerzas aún, luchando por primera vez al lado del que estaba luchando de verdad por Yang y la vida.

Yang comenzó a tener espasmos que me movieron de un lado a otro sobre el suelo como si yo fuera una cometa entre ráfagas de viento cambiantes, pero entre la mano sin piedad del viejo que a estas alturas habría destrozado la boca del Yang por completo y mi agarre por detrás, le mantuvimos en el suelo hasta que la última gota del asqueroso brebaje había caído dónde debía.

Enseguida me apartó el viejo y caí de espaldas. Vi como cogió a Yang de nuevo, pero ahora a la altura de las caderas, levantándose hasta que Yang colgaba medio cuerpo hacía abajo, medio de pie, con los brazos rozando inmóviles el suelo.

Así se quedó, durante varios minutos sin que pasara nada. Estaba muerto Yang, no me hacía ilusiones. Fuese lo que fuese lo que había intentado el viejo, no había funcionado y mucho me temí que fuese por mi culpa.

Entonces comenzó a salir el líquido de nuevo, pero ahora no era ese fluido que había entrado, sino una pasta densa, que le salió como un gusano inmenso de la boca, negro, pero de un negro cuya oscuridad era la señal de alarma más colorida que había visto en mi vida. Nadie tocaría eso.

Después un minuto o dos o cinco, cayó el último cacho y el viejo arrastró a Yang hacía atrás, sin perder de vista los cachos negros que comenzaban a moverse por su propia iniciativa entre la hierba, aunque muy debilmente.

Volvió a cantar y abrió el bolso del amuleto, y antes de que le podia alertar del peligro que corría, una serpiente minúscula salió del bolso, se encaró con el primer trozo del gusano y lo picó en un flanco con increíble velocidad, traspasándolo con el impulso. Hizo lo mismo con todos los trozos, luego volvió a la bolsa que el viejo negro le mostró de cerca. Los trozos se cuartearon y acabaron en arenilla.

Me miró, asintió con la cabeza y cayó lentamente al suelo, extenuado y exhausto. Se quedó dormido al instante.

“¿Karma? ¿ Ngunyeng? No veo nada, Pero que es esto, estoy ciego?”

Yang estaba tanteando detrás mía la hierba con las manos extendidas. Tenía los ojos muy abiertos, pero no parecían funcionarle. Me daba igual. Estaba vivo. Me arrastré hacía el llamándole para que se calmara.

***

Yang había quedado ciego. Aunque tuviera los ojos abiertos,  no veía nada. No parecía controlar ademas apertura y cierre de párpados a voluntad, sino que se abrían y cerraban a medida que el ojo precisaba extender la fina película de protección, nutrición y reparación. Estaban perfectamente, pero no los sentía ni veía por ellos.

Le conté lo poco que sabía yo, y animé el fuego que el hombre había hecho para el brebaje asqueroso. Comenzó a caer la noche y  convenía encender uno segundo, para no enfriarse al quedar expuesto sólo por una cara o lado a las llamas y su intenso calor.

En la búsqueda por ramas encontré a Ngunyeng, que estaba inconsciente. Le arrastramos hasta quedar cómodamente tumbado sobre una cama improvisada de hierbas y hojas. Le examiné con la poca luz que quedaba, pero parecía estar simplemente recuperándose. Parecía un coma artificial, algo que daba tiempo al cuerpo de recuperarse de un shock terrible, de iniciar la curación sin tener que atender nada más que eso.

El hombre viejo no se movía, y su respiración era profunda y lenta, lo mismo que su pulso. Estaba claro que íbamos a estar sin más información durante toda la noche.

Me imaginé lo que había pasado. Henrik nos había disparado, de eso me acordé. Ahora no estaba Henrik, sino el viejo que me había saludado con hoy tres veces. Se había cumplido la profecía del viajero una vez más. Después de ver lo que hizo con Yang, me imaginé que hiciera algo parecido con Ngunyeng y conmigo, pero que nuestros casos no tenían que haber sido tan graves.

“Menos mal que no sabía manejar esa arma. A esa distancia nos tendría que haber dejado a todos como unos trapos.” Yang respiró aliviado.

Yo en cambio pensé que eso desde luego no podía ser la explicación. Algo había fallado, porque de todos los hombres que había conocido en mi vida Henrik daba la impresión de manejarse perfectamente con armas incluso mucho más grandes. Se lo dije a Yang, pero este no me escuchaba. Mejor, yo tampoco tenía ganas de hablar con el. Al fin y al cabo era como Henrik, simplemente que cuando sus hombres apretaron los gatillos se enfrentaron a alguien muy superior.

Encendí el segundo fuego, y después de una hora de ir suministrando ramas me cansé y me  quedé dormida entre el hombre viejo al que le había puesto unas cuantas hojas sobre el cuerpo casi desnudo del todo para protegerle de la humedad más directa, y Yang, que seguía en la misma postura de estar intentando oir algo o quizá recuperaba la vista y se estaba concentrando en eso.

***

Me despertó el viejo, con una sonrisa que infectaba enseguida mi pesada cabeza con ánimos. Estaba aclarando, y los fuegos se habían apagado. Con dos o tres movimientos y soplar un poco los reanimó, pero sin que echaran llamas más que en azuladas lenguas silenciosas.

Yang yacía en una postura incómoda sobre el suelo, mientras que Ngunyeng seguía en la misma postura, con la respiración notándosele en el rítmico y tranquilo subir y bajar de las costillas.

El viejo desapareció para volver poco después con unas hojas largas y otras más pequeñas.

Puso las largas a pocos centímetros sobre el fuego, cambiándolas frecuentemente de arriba abajo y viceversa, como si las calentara poco a poco, sin que nunca llegaran a tocar las llamas. De vez en cuando tocaba con un dedo en el centro de algunas de las hojas, y cuando en una de esas su dedo le dijo que ya valía con el invento, puso las hojas a un lado. Seguidamente troceó las hojas más pequeñas que hasta ahora no había usado. Eran diferentes entre sí, algunas incluso de colores que yo no hubiera tocado. Los troceó y luego los machacó con la hoja del cuchillo de caza sobre una piedra.

Tomó de nuevo una de las hojas precalentadas, que ahora ya deberían estar frías de nuevo, pero no pareció importarle. Cortó varias partes de la hoja, dejando sólo la vena central y dos bandas a cada lado. Luego me miró, apuntó a la hoja y le hizo una pequeña incisión. Enseguida brotó el agua. Me pasó la hoja, pero indicándome que la mantuviera en posición natural, como si colgara aún desde el árbol o tronco. Se preparó otra hoja de forma idéntica, y me pasó un poco de la pasta de hojas cortadas y machacadas.

Vi que la puso justo entorno a la incisión, luego levantó la hoja para que comenzara a salir el líquido y bebió la mezcla.

Le imité y tomé uno de los mejores tés amargos que el paladar pueda esperar. La hoja conservaba el calor en la vena principal, el agua salíó a la temperatura perfecta, y la mañana fría se tornó en mañana, en nuevo comienzo.

El siguiente paso fue hacer tortas con semillas que recogimos juntos. Pensé que ibamos tardar al menos tres horas para reunir suficiente cantidad, pero en poco menos de veinte minutos se había llenado la mitad de la bolsa que improvisé con las telas de mi ropa.

Hizo servir casi todas las semillas de la zona, evitando aquellas que estuvieran a plena vista.

Cuando salieron las primeras tortas, me había contado todo lo que yo debería saber. No sobre como hacer un desayuno continental en medio de la selva, que eso me distrajo para poder aceptar lo que oí explicarme, sino sobre lo que había pasado en el tiempo que yo no recordaba.

El decía que no tenía nombre, porque desde niño lo llamaban viejo. Había nacido viejo, y eso le llevó a las fuentes cuando apenas tenía ocho años, en una de sus largas excursiones por su parte, las que le quedaban a aquel niño que no tenía amigos porque le veían como a un adulto, y que no podía estar con los adultos porque le veían tan pequeño como a un niño.

Bebió de las fuentes, y supo que era un guardián de las fuentes. No volvió nunca a su poblado, sino que se instaló aquí.

Durante años se dedicó a cuidar las fuentes, a vigilar las zonas para asegurar que los que visitaban las fuentes no sufrieran accidentes, en asistir a aquellos que bebían de ellas y todo aquello que un niño haría hasta que llegara a la pubertad.

Pasó varios años lejos de las fuentes, inmerso en una vida con mujeres e hijos, pero nunca llegó a integrarse, porque siempre le trataban como el viejo, y no había forma de que viviera su vida conforme a las edades que tenía y que pasaban hundiéndole más y más en el sentimiento de no formar parte de aquello que le ignoraba.

Cuando sus hijos podían valerse mínimamente por ellos mismos, dejó la sociedad de nuevo y se dedicó ya íntegramente al estudio de las fuentes. Bucéo literalmente en sus aguas, encontró cavernas con lagos subterráneos de increíble belleza, y llegó a vivir años que no sabía contar porque nunca estaba seguro si ayer había sido invierno, o si el verano era el mismo que hace dos días. Perdió toda noción del tiempo.

Viajó por todas las fuentes que podía localizar. Recorrió África, fue capturado en el norte por tropas coloniales británicas y deportado a Gibraltar, dónde sirvió a unos oficiales y comerciantes hasta recabar en Londres. Localizó las fuentes de Inglaterra, de Escocia e Irlanda, pasó años con frío en esas islas que le fascinaban. De ellas tanto mal se había extendido, y salvo algunas zonas industrializadas era con creces la naturaleza en armonía con el ser humano. Era el paraíso, si no fuese por el intenso frío que azotaba la zona y toda Europa en esa época.

Llegó hasta América, fue encarcelado por un sheriff en un pueblo costero, se escapó con la hija de un panadero hasta acabar trabajando de esclavo en unas plantaciones, primero de algodón, y después de tabaco.

Volvió casi 150 años después a África, entrando por la puerta grande de Dakkar, desde la que millones de negros habían sido deportados durante siglos.

Calculaba que tenía unos 450 años de edad, cuando un explorador europeo le engañó y le robó la llave de la fuente, cuya perdida lloró durante años aunque también sabía que esa llave volvería a el, llevase quien la llevase.

Palpó la bolsa que tenía ahora firmemente atada con la mano y sonrió.

Luego me explicó lo que había hecho con Henrik, y no se le fue la sonrisa en ningún momento. Me puse blanca, después verde, y cuando supe lo que me había salvado la vida vomité las tortas y restos del té amargo, que en realidad no era té sino un líquido protector del estómago. El viejo sabía lo que me esperaba.

“Su cuerpo, misses, estaba destrozado. Mire los agujeros que tiene en las telas. No tenía otra alternativa. El agua de la vida no cura, sino que refuerce lo que ha de funcionar. Es el veneno que cura y reconstruye, pero hay que saber usarlo. El veneno del príncipe de la guerra le curó a usted y al doctor Yang. A usted con unas gotas sobre cada herida después de extraerle las balas lo más rápidamente que pude. A el las visceras y sangre coagulada. A usted no la quiso matar el príncipe, sino no estaría usted viva. Al doctor una roce de una bala llevaba toda la intención de aniquilarle, por eso casi se nos va. Usted murió por amor, por eso la pude salvar. A el la muerte le llegaba porque la deseaba más que a la vida, y por eso casi lo consigue.”

“¿Me infectaré de la violencia de ese hombre? ¿Hay algo que deba saber que hasta ahora no me ha contado? Perdóneme, pero los hombres suelen hacer esto conmigo, lo de contarme la verdad a medias, y si no me mienten, es porque se les olvida la otra mitad convenientemente.”

El viejo se echó a reir. “No misses, eso no va a pasar. La serpiente inyectó más que suficiente en su mordedura. La sangre que usé para curarle a usted no le hubiera curado si no llevara veneno. La sangre de un humano no cura el mal de otro, es el veneno que mata a unos que después es destilado por transformación en el_que_salva_y_sana. Pero es más, porque los aspectos positivos de esa desgraciada figura en la historia humana que muy pocos recordarán nunca, pasarán a formar parte de usted y del doctor chino.”

“Que no es doctor, sino rey. Me pregunto porque no lo matamos nosotros mismos, será el siguiente en querer quedarse con el medaillón y la fuente.”

El viejo removió la brasa con respeto. “No, no lo hará. Llevo observando el doctor desde hace años y el agua le quiere bien, le va educando. El comprende el agua desde su cerebro, y con eso es el único monarca desde que existen los monarcas que se acuerda.

No, el doctor quería cerrar la fuente para que otros señores de la guerra no accedieran más a ella. La aparición del amuleto tampoco le conducirá a desearlo. El sabe abrir y cerrar fuentes, aunque puede que precise alguna que otra ayuda con eso. El medaillón lo comprende como lo que es. Un acierto que después se convirtió en peligro. Es anticuado, y en cuanto encuentre un lugar para su reposo, se perderá para siempre.”

Miré el cuchillo de caza y volví a sentir náuseas.

“¿Por qué le hizo todo eso a … a Henrik?”

El hombre me taxó para saber si aguantaría nuevos detalles que parecían tener que acompañar la respuesta.

“Ese hombre que ya no era hombre se había multiplicado dentro de si mismo. Tenía muchas vidas. Los consiguió al conectar una de las máquinas que inventaron los alienígenas para envenenar las fuentes, pero al conectarse a ellas mataban enseguida a quienes las manejaban, inyectando vida en ellos hasta hacerles reventar. Sólo uno de los alienígenas comprendió el error, e hizo destruir todas las máquinas que se habían fabricado menos esa o al menos eso es lo que he podido averiguar. Si alguien que el agua de la fuente reconoce como propio se conecta, recibe la energía de varias vidas, tantas como la máquina puede producir, y ese número es limitado.”

“¿Se hizo inmortal? Increíble, no comprendo como pudo morir entonces.”

El negro se agachó para desviar el camino de un gusano que le hubiera llevado a ser asado.

“No, la inmortalidad no es así. Todos podemos morir, pero en el caso del príncipe multiplicado, cada vez que perdía una vida, iba a volver a nacer a la misma edad y con el mismo cuerpo en el mismo lugar dónde se encontrara su cadáver.  Si le hubieran matado en la cueva, al día siguiente volvería a levantarse como si nada. Eso es práctico, pero no es la inmortalidad.

Tuve que hacer con el lo que le hizo a su cadáver para que tuviera que gastar todas sus energías de vidas acumuladas en reunir esas piezas, y suplir las que le faltaran por vidas también.

Los órganos e intestinos acabaron irremediablemente en la cura del doctor. La sangre se la llevó usted y este hombre  valiente que les acompaña. El corazón… el corazón me lo comí yo. Los trozos se los llevó el agua, y dentro de una semana el viento y el sol se habrán llevado lo que dejen los insectos. Apuntó hacia unos árboles y descubrí para mi terror a que se refería el viejo.

Esta vez no vomité. El mundo me daba vueltas, me sentí cansada y enferma. Comprendía que la violencia extrema a estos niveles de lucha por el planeta no podía ser menor, porque la violencia que no se veía oficialmente era igual o peor.

La humanidad estaba siendo diezmada ya por intereses de miles de pequeños Henriks, por miles de Montoros en ciernes, y no era de esperar que la respuesta final a este tipo de violencia fuese una palmadita en la espalda y un ‘encomiéndate, hijo mío’. Lo comprendía perfectamente, pero ante los pies y manos amputadas de Henrik a tiro de piedra esto no era tan fácil de hacer entrar en la vida, que era mucho menos espaciosa de lo que había creído antes de iniciar este viaje.

“¿No existe posibilidad de que se reagrupe? ¿Y si vuelve a levantarse en algún lugar?”

El viejo sonrió y me dijo que Yang era ciego porque aún mantenía los ojos cerrados, así fue como le hirió la bala, que el acompañante estaba inconsciente porque así vivió el último momento de su lucha, y que a quien yo aún llamaba Henrik le alcanzó la naturaleza cuando ya no quedaba nadie de pie para protegerle de si mismo.

“No era el poder que tenía, sino el poder de todos que en esta vida se acercaron a el para liberarle. El poder de personas que entregaron sus tesoros sin pedir recibo o actitud a cambio. Regalo tras regalo para que tuviera otra y otra oportunidad de virar, de rectificar, de amar y de respetar. Cuando ustedes murieron o casi murieron de lo muertos que estaban, ya no quedó nadie en el planeta que estuviera lo suficientemente cerca para salvarle de la Naturaleza.

No se preocupe, misses. La Naturaleza no le soltará nunca más de sus garras. Ha iniciado una nueva vía, la inició hace miles de años. Falta muy poco para que se haga cargo de esta situación. No quedan apenas unos años y no quedará monarca sobre la faz de la Tierra, ni alienígenas intentando remediar sus errores con la savia de ella.

¿Cree que se las podrá apañar sola con estos dos? Van a despertar dentro de poco, y el doctor ya volverá a ver perfectamente. Estuve esta madrugada dónde el helicóptero y está en perfectas condiciones, con la tripulación esperando. ¿Sabrá hacerles un buen té?”

Asentí, me apoyé en el suelo con las manos para levantarme y darle un abrazo pero ya no estaba.

“En África a los verdaderos amigos se les ve tres veces en un gran viaje, o no son amigos, misses.”

Me giré pero la voz había sonado en mi memoria.

***

Yang y Ngunyeng me bombardearon con preguntas después de tomarse el té y comer unas tortas. Les conté lo que querían oír. Les hice saber del viejo, y que nos había salvado con algunos rituales mágicos que sólo los guardianes de las fuentes sabían. Se lo tragaron a regañadientes. Les conté que el viejo se había llevado el amuleto, porque era el suyo que finalmente había vuelto a el y que nunca más caería en manos ajenas. Yang puso cara de alivio y se lo tragó a medias. Les mostré los restos de Henrik sin mirar en la dirección a que apuntaban los dedos extendidos de mi mano, y que no volveríamos a saber nada de el nunca más. Ahora se tragaron todo.

Nos fuimos del lugar que representó en pocos kilómetros cuadrados el final de una etapa de tres continentes, el principio de otras y punto que había iniciado la vida tantas veces que sus hijos eran de todos los colores, aunque siguieran confundiendo la vida con algo que hacía tiempo habian dejado atrás.

Recogimos a mis amigos contrabandistas que se rieron de Luis por haber apostado a que yo no volvería nunca. Ellos fueron la nota alegre, porque la vuelta en el helicóptero fue triste y no tenía nada de capacidad para volver a unir nuestros caminos que una vez un doctor y una doctora habían trazado lo más cerca posible uno de otro como para que no dejaran de sobreponerse. Caminos que ahora dejaron de estar en posición de alcanzarme, porque andaba por mis propios pies en todas las direcciones que deseaba.

En la puerta del hospital intenté escaparme de la escena final de tener que decirle adios a Yang, pero de repente estaba a mi lado, ayudándome a subir un macuto pesado al tejado dónde Luis estaba atando lo que le llegaba.

“Karma, te debemos todos tanto que no hace falta que te diga dónde está tu casa, si algún día quieras tener casa dónde tu me digas.” Me pasó un anillo colgado de una cadenita, que según el me daría conexión con el de forma casi instantánea si lo pusiera cerca de mi piel. “Ya, tu adn.. perdona pero ese me acompaña desde que tengo quince años, así que no protestes, que ya te conozco. Si no quieres que nos comuniquemos, lo dejas en esta caja y ya está.” Me pasó una cajita, abrí la tapa y el dejó el anillo y su cadenita caer dentro.

No le abracé. Me parecía una tontería después de todo y ante todo lo que me esperaba. Sólo mis amigos tenían derecho a tocarme.

Cuando lo dejamos atrás, Luis respiró hondo. “Mala cosa este doctor, se lo digo yo doctora.”

***

Por la mañana llegó el ejército al Parador. Los intentos de Montoro de limpiar la zona habían fracasado, y hasta para la guardia montañesa acostumbrada a desastres se les revolvió el estómago de lo que encontraron tras avisos de labradores y montañeses. No por el estado de los cadáveres, sino por la terrible cantidad de armas de todo tipo que estaban sembrando el cañón justo debajo del Parador.

No era un asunto para ellos, sino para el ejército. Allí arriba algo terrible había ocurrido y bastaba verlo en la basura que había generado.

Después de varias horas de intentos de acercar una grua hasta la parte de la carretera que se había llevado el aláud de piedras, finalmente pudieron pasar los primeros soldados y oficiales, hasta la entrada principal, desde la que desde hacia horas les estaban mirando y hablando.

En la casa no había ninguna huella de lucha, y hasta el comandante de la zona se desplazó para convencerse de que no había explicación posible para lo que había ocurrido, si los empleados y la dueña no se decidieran a soltar las lenguas.

Estos decían que se habían levantando de sus camas al oir un estruendo tremendo que había agitado la casa como si fuera una brizna de hierba en una tormenta, vibrando desde los cimientos hasta los tejados. Que por poco se habían caido al abismo recién abierto, al no encontrar suelo tras la puerta de entrada, pero que no sabían nada más. No, ellos no habían visto llegar a nadie, ni nadie estaba previsto para que llegara, porque el Parador estaba cerrado para iniciar unas reformas internas.

El comandante no se creyó ni una palabra de las pocas que hubo. Siempre eran pocas cuando todos decían lo mismo.

¿Qué hacían casi doscientos hombres armados asaltando el parador? Preguntó si podía hacer una inspección más a fondo de la casa y la dueña le dijo que si encantada. Decía que ella temía que aún hubiese alguien escondido quizá. Después de tres días, incluso con equipos de infrasonidos para detectar cámaras o bóvedas ocultas, sótanos disimulados o zulos en la montaña o jardines, lo dejó por imposible.

Salvo dos habitaciones ocultas que no habían sido abiertas en al menos trescientos años y que representaban un verdadero descubrimiento arqueológico para los habitantes y empleados, con genuinas expresiones de sorpresa y excitación por los hallazgos, no encontró nada.

En el restaurante, frente a la chimenea que apagada ahora podía albergar al menos una docena de hombres bajo su campana, no paraba de pensar que tenía la solución al enigma muy cerca, pero que no lo veía porque no sabía que mirar.

La dueña miró por el tiro de la chimenea como para asegurarse de que no esperaría un hombre araña para matarla. Estaba convencida de que esos hombres la querían matar a ella, que ya de niña habia soñado con esas cosas y que eso era completamente normal en un mundo dónde los alienígenas controlaban gobiernos enteros y vendían a los seres humanos en mercados galácticos.

El comandante ya tenía suficiente. Lo que había pasado sería para siempre una incógnita, porque lo más seguro era que estos tipos no habían venido a por el parador, sino que celebraban alguna reunión ultrasecreta, que nunca llegó a empezar porque el parking cedió bajo el peso de los vehiculos, algunos blindados.

No se lo dijo a la dueña, porque temía que le preguntara por los tipos que habían aparecido con paracaídas destrozados colgando como ganado desangrado entre los árboles hacía el canyón y valle.

Para esos no tenía explicación, salvo que quizá fuesen de otra facción, pero ningún arma que habían encontrado hasta ahora había sido disparado recientemente.

Dio carpetazo oficial, e inoficialmente hizo instalarse a dos grupos de vigilancia al parador. Uno se camufló entre los trabajadores que reconstruyeron la parte que el derrumbe se llevó al fondo, y otro que se hizo pasar por un grupo de guardias encargados de instalaciones de defensa en el cima de la misma.

Después de cinco meses de aburridos informes de agentes cada vez más hartos y protestones, dejó también esa parte.

Justo cuando quiso enterar el voluminoso expediente, le llegó un anónimo con una lista detallada de los nombres y apellidos de las víctimas, su historial criminal, y lo más sorprendente, para quienes trabajaban.

El comandante releyó los nombre cuatro veces o cinco. Según el anónimo, los que querían matar a los del parador eran nadie menos que Falomino Velez, el magnate huido a América del Sur y Sebastián Montoro, porque le podían haber identificado unos días después de su muerte televisada al segundo, y porque el primero había decidido que la fuente de sus males se encontraba en el Parador.

Ocho meses después cazaron a Montoro en un paso fronterizo. No parecía el mismo hombre que logró revolucionar la justicia y la ley, la política y la sociedad europea con su brillante aportación a la comunidad.

Estaba demacrado y no parecía estar en sus cabales. Lo ingresaron en un sanatorio, fuertemente vigilado. No era cuestión de juzgarle por sus crímenes, porque era un símbolo en Europa, que limpio hacía mucho bien, pero sucio podía levantar una oleada de crímenes que no tenían necesidad de ocurrir.

El comandante recibió una carta del director del sanatorio, porque sabía que el primero se dedicaba a completar el expediente. Tuvo acceso a Montoro, que babeaba ya. Le hizo unas cuantas preguntas, pero sacó más de las enfermeras y enfermeros que habían conocido a Montoro cuando ingresó.

“No paraba de hablar del fin del mundo, de la bruja del agua Sebastiana, luego de una vieja de la fuente y casi siempre nos miraba para luego decirnos que el sí que sabía distinguir entre un humano y un alienígena. Mezclaba su trabajo brillante antes de la enfermedad con historias que no tenían ni pies ni cabeza. Ah, si si. Una que al principio nos tenía intrigada. Nos hablaba de que el conocía el lugar dónde estaba la fuente de la vida. Daba tantos datos que comenzamos a mirar y comprobar, y sabe a qué lugar se refería ese loco?”

Una hora más tarde el comandante enfiló el cruce para acceder a la autovia hasta su distrito. Estuvo a punto de pasar de largo del desvío al Parador unas tres horas más tarde, pero a pesar de su cansancio se llegó hasta el negocio. Aparcó el coche y se dio prisa para llegar a la entrada. Era difícil olvidar el inmenso mordisco que el destino pegó a la montaña.

El restaurante estaba a tope y aprovechó la confusión para sentarse en una mesa para dos comensales, de nuevo frente a la chimenea. Pidió unos platos típicos que sabían que le iban a reconfortar. Esperando a que llegara el primer plato, dejó descansar su mirada sobre el mobiliario y entonces, más de un año después de todo el jaleo, comprendió lo que había pasado.

No hizo falta que pidiera por la dueña. Estaba a su lado, había salido de la nada y miraba en la misma dirección.

“Ha tardado mucho, pero no era fácil. ¿Quiere saber como nos deshicimos de ellos, o prefiere que le enseñe las fuentes?”

El comandante pensó en su oficina gris en la capital de provincia, de la que sabía el 1000%. Luego pensó en todos esos trocitos minúsculos de historias que no formaban siquiera un porcentaje, pero que eran suficientes para comprender que quien entraba en esta casa comprendiendo mínimamente lo que podía albergar en realidad, nunca más volvía a ser el mismo o la misma.

“Prefiero despedirme de mi vida anterior con esta buena cena a la que me gustaría invitarle. Siéntese conmigo, acompañeme que llevo demasiados años comiendo y cenando solo. Después sí, si que me gustaría visitar las fuentes. Lo de esos tipos no me lo tiene que explicar, que para algo soy militar. Pero dígame una cosa, solo una para que mi mente tenga su regalo.”

Sebastiana miró al comandante y pensó que quizá no era demasiado tarde para empezar a vivir después de cientos de años muriéndose. Este se levantó, el mantuvo cogida la silla hasta que se había sentado. Mientras volvió a su sitio, le animó a proseguir.

“Dígame amigo mío.”

“¿Quién fue capaz de preparar una trampa para quienes llegarían doscientos años después?”

Sebastiana miró a la derecha, luego a la izuierda y con los ojos levantados como una niña chica se apuntó con el dedo a ella misma, intentando que solo la viera el comandante.

“Ahhh…..pues entonces, lléveme directamente a las fuentes, si semejante petición de urgencia no echa a perder lo que me imagino que seguirá.”

Sebastiana rió con complicidad en sus ojos y expresión.

“Todo lo contrario. Los que han de llegar a las fuentes, llegarán. No importará nunca lo que les lleve, ni el camino que tomen. Son tan poco rastreables como los caminos que tomó el agua para encontrarles. Pero ahora dígame una cosa usted, comandante. ¿Cómo descubrió lo del asesino en la casa?”

“Fue un descuido suyo, cuando mencionó de nuevo a los alienígenas el día que cerré la investigación oficial. Si, efectivamente eso me trastornó para darle por loca. Pero después esos alienígenas se volvieron, como diría… “

Sebastiana le ayudó, pronunciando lentamente el adjetivo:  “… reales…”

“… si gracias, eso es. Exactamente esa es la palabra. Y hoy, contemplando esa chimenea, comprendí.”

Los dos volvieron a mirar la chímenea, luego se levantaron y se encaminaron con pasos lentos hasta la puerta de la cocina.

Pasaron debajo del fresco de los duendes del bosque, con uno que parecía estar a punto de saltar desde su prisión de cal y cemento sobre los comensales.

“Por cierto, aquí sólo veo a uno. ¿Qué les pasó a los tres que no encontramos entre los cadáveres, pero si en una lista?”

Sebastiana sonrió. “El camarero que le ha servido es uno de ellos. Los otros dos trabajan en la reconstruccíón de una parte del edificio. Después de unos meses resultaron niños asustados, y si sobrevivieron el ataque, era por algo. Siempre es por algo, y hay que mirar sin ver para captarlo.”

Buscó con la mirada al camarero que además les estaba observando. Se puso blanco y parecía querer huir. El comandante negó con la cabeza, y por poco se cayó el hombre sobre una mesa de cubiertos al dar un traspie hacía atrás, aún con la pierna pensando en la huida, pero el cerebro desconectando las alarmas.

“¿Cómo es que no los encontramos en la búsqueda?”

“Porque cerca de las fuentes no hay máquina que reproduzca lo que no deba reproducir. Sólo hay una que funcionaba, pero esa es una historia que le contaré en otra ocasión.”

Pasaron por la cocina, y diez minutos después el comandante y ella chocaron las copas, con ella urgiéndole de beber enseguida, antes de que el agua se calentara demasiado.

***

“Empresas ZOB es una manufacturera de prestigio señor. Nuestros clientes llegan hasta casas reales, nuestra amplia experiencia con los deseos de príncipes y magnates nos ha granjeado un nombre internacional a pesar de que apenas producimos más que un número cierto de productos. Si cree que nuestros precios no son acordes a la calidad que suministramos, le puedo indicar algunos teléfonos y direcciones de nuestra competencia, que le atenderá con sumo gusto. No señor, no hay problema. Aceptamos las  tarjetas principales. Naturalmente señor. Si señor. Descuide señor. En menos de dos semanas tendrá la mercancía en su tienda señor. Gracias señor. Un placer hacer tratos con usted señor. A más ver, señor. Arrividerci.”

Al menos cincuenta pares de ojos la estaban mirando cuando colgó. Se hizo la pensativa y dubitativa. Se rascó la nariz, la cabeza y volvió a mirar el pedido que había llegado por fax unos minutos antes.

“Ya lo han oido, holgazanes. Empresas ZOB es una compañía de prestigio, no creo que los clientes quieran verles mirando a una secretaria europea, por muy sexy que sea. Ah, aquí tienen el pedido, el primero de empresas ZOB… ACEPTADO!”

Zhuu y Olassa corrieron, como los demás para levantar a la doctora y llevarla en volandas por toda la nave. El primer pedido, y llegaría el segundo y los demás. Tejidos exclusivos para gente común. A buen precio para todos. Había costado el primero, pero los demás vendrían por los propios clientes, incluso si las tiendas se negaran a vender esa mercancía, a esas telas prácticamente indestructibles.

Sobre la mesa que Zhuu y Olassa le habían regalado en la inauguración hace unos días, estaba el casco, ahora lleno de lápices que milagrosamente por la tarde aún estaban.

Zhuu, Olassa y Brescida. Con su primer pedido internacional colocado. Con una europea que parecía africana. Con africanos que ya no le parecían otra cosa que lo que era ella misma.

¿Qué le había dicho el viejo? ¿Qué disfrutara? Sólo se disfrutaba viviendo cerca de los amigos de verdad y echando manos hasta reventar si hacía falta.

Además, esas cajita de zapatos que por poco iba a ser el fin del suricato Pedrito, no había pesado tanto por la injusticia, sino por lo que el contrabandista había pegado debajo.

Y en algo había que invertir los regalos de desconocidos. Pedrito estaría seguramente de acuerdo si le preguntaran sobre qué destino elegir. Los regalos, regalos son.

***

Los señores de Sheingen volvieron al palacio después de llegar del largo viaje procedente de la reunión de los Tres Reinos, dónde el monarca del reino del Sur y el del Reino Lejano ovacionaron a los dos hermanos con varias y profundas inclinaciones, impropios para señores de la Guerra de su rango, el más alto.

Con la eliminación del cuarto y quinto pretendiente, Los Tres Reinos consolidaron su posición ventajosa. La política de apoyos entre las tres dinastías había resultado en un acierto que iba a asegurar casi por completo que la próxima cosecha de humanos no tuviera éxito en Ásia. Con la apertura de los pozos por todo el continente asiático hasta llegar al Mediterráneo ni mil flotas alienígenas se harían más que con pocos millones de habitantes.

También África estaría preparada, mientras que Europa no contaría más que un pozo abierto. Aún no se había recuperado del efecto Montoro, ni siquiera había empezado a vivirlo en toda su extensión y fuerza. Durante años Europa sufriría cambios que impedían compartir el secreto.

América y América del Sur seguían siendo incógnitas. Los esfuerzos imperialistas más denotados aún brotaban con fuerza desde el norte, mientras que la corrupción y teatro de títeres ocupaba al sur, que de nuevo el norte seguía explotando sacando de sus tierras todos los recursos. Si había fuentes abiertas, se trataba de pocas, demasiado pocas para no acabar perdiendo cientos de millones de habitantes en la primera recogida.

“Hermano, no habrá otro competidor hasta la avenida de las cosechadores. Nuestras fronteras se irán cerrando, y después del terrible desastre nos encontraremos ante un mundo que sólo en nuestro mundo seguirá teniendo reflejo de lo que fue.

Si nuestra dinastía resultó ser la elegida y se mantuvo así hasta hoy, es porque se basa en conseguir sus objetivos, sin olvidar que otros pagarán precios altos por nuestro bienestar. Al acordarnos de nuestros vecinos, enemigos y amigos, siempre hemos conseguido unirles bajo nuestra imparable expansión y reinado estable de más de mil quinientos años.

Los próximos 1.500 años serán de una Tierra que se recuperará de los últimos 500 años de destrucción, pero no lo hará sin que ocuparemos en los primeros quince de ellos a todo el planeta, extendiendo los Tres Reinos sobre los demás continentes.

Nuestras tropas ya se están entrenando para misiones puntuales en un futuro no muy lejano, y preparan palabras y golpes que acompañarán los derrocamientos de gobiernos dentro diez años.

Nuestra economía se prepara para quedar interna, nuestros aliados cercanos servirán de zonas de amortiguación, y las fuentes asegurarán una sociedad brillante que podrá prepararse extensamente para que no haya más cosechas de humanos, si aún queda por esperar otras más.

Te propongo que creamos para ese mundo que caerá en la barbarie un cuerpo especial que se dedicará a dejar el nombre de los Tres Reinos siempre en lo más alto. Sin armas, sin violencia. Un grupo amplio, que se encargará después del Gran Desastre en asistir a todos los supervivientes fuera de nuestros territorios centrales, para que puedan reorganizarse, para que tengan un referente que les salve de la barbarie, algo que a cada cosecha ha acompañado sin piedad a los alienígenas, y se quedó una vez se fueran con las bodegas de carga completas.

Un ejercito de conocimiento y capacidad de resolución, dispuesto a apoyar a los pocos que quedarán en los demás continentes. Una garantía para 1.500 años de paz.”

Su hermano, con la mirada fija en la lejana montaña de Sheingen, que les exigía aún más serenidad por mucha que percibieran al verla en toda su extensión majestuosa, no dijo nada. Los dos, en ropas reales y sobre cojines reales en la terraza real ante la montaña que no iba a cambiar a la vista, incluso con 150.000 años más a sus escarpadas espaldas.

“Serían las alaminas, un ejército de mujeres, hermano y señor de Sheingen.”

Su hermano alisó la tela sobre el banquito a su derecha y un sirviente se materializó a su lado para escuchar la orden que le daba su señor, y de rodillas y arrastrándose hacía atrás hasta salir de la antesala a la terraza cuando se entregó a su transformación.

“Hermano y señor de Sheingen, tu mandas en este reino tanto como yo, y lo que veas conveniente, así lo veré yo. Hace mucho que observo esta Tierra y su lucha, y hace mucho que esa lucha no conoce a un ejército de mujeres como el que tu describes.”

Los dos hermanos seguían sentados, con las espaldas erguidas y las miradas buscando la aprobación de la montaña. Llegó de nuevo el sirviente y presentó lo solicitado por su señor en el banquito para después hacer lo propio sobre el banquito de su segundo señor.

“Brindemos por las alaminas, hermano. Brindemos por tu mente al servicio de tu amor por estas tierras y las otras. Brindemos por tu convicción de conseguirlo todo, incluso lo imposible.”

Bebieron despacio de las copas. Las elevaron de nuevo, y brindaron a la montaña. Una tercera vez y brindaron por sus antepasados.

Entonces el señor de Cheingen que se conocía como el general de las figuritas de porcelana se giró en su cojín, dejó las piernas colgando y miró fijamente a su hermano, aquel que se conocía como el doctor, que hizo lo propio.

“Y brindemos por nosotros hermano, por haber acertado cuando todos erraron. Por dar los pasos que nadie pensó posibles, y por poder contarlo.”

Vaciaron las copas. El general eructó, después lo hizo su hermano.

“Y ahora dime… ¿no le estarás buscando un proyecto para tu amiga, no? Mira que me tiene hartito la loca esa en tu vida. Dame un respiro, hermano, dame un respiro.”

***

La última vida de Ganges se despertó cuando fue capaz de localizar suficientes piezas de las otras siete que el ritual del viejo había destrozado.

Era poderosa la medicina del viejo, era poderosa la Naturaleza en su feudo, pero la máquina había producido siete vidas, más la que Ganges ya vivía. Esa era la que ahora, aún inexperta, comenzó a unir los hilos de energías, sin saber para qué, sin saber lo que hacía, pero con la programación de sus hermanos muertos firmemente impresa.

Tardó en recuperar las primeras piezas, tardó en encontrar las que el viento ya había secado. Tardó en sacar de millones de seres lo que en la descomposición habían robado.

Sólo le quedaba recuperar su corazón, y ese se lo había comido el viejo. Fue fácil encontrarle. No llevaba la bolsa con la serpiente, y estaba solo en un camino demasiado inclinado para un hombre tan viejo.

Le hizo acercarse al borde del camino, y luego bastó un pequeño empujón que hasta sin corazón y desde la Nada le resultó fácil en su inmenso odio. El viejo cayó como el plomo y se deshizo en un amasijo antes de que el último impacto le clavara en el fondo.

Bajó hasta el, le sacó su corazón del estómago y se lo comió.

***

Henrik despertó en el fondo del valle, al lado del terriblemente desfigurado y molido cadaver del negro viejo. Lo primero que hizo fue lanzarle un escupitaje a los restos, para luego encaminarse desnudo y con dificultad por el torrente. Llegó unas horas más tarde al poblado que meses atrás había visto su final, encontró restos de ropa suficientes para protegerse y se encaminó a las fuentes. Necesitaba urgentemente una recarga.

Entró en la cueva, debilmente iluminada por la luz brillante del exterior y comenzó a beber todo lo que podía, hasta que sintió que su cuerpo comenzaba a rechazar el agua.

Se incorporó y respiró hondo.

Iba a pensarse sus próximos pasos con mucha lentitud. Pero a finales de año todos los demás actores yacerían en algún barranco.

Notó una vibración a su lado y miró incrédulo al viejo que le estaba mirando desde abajo.

“Mal hecho, señor. Si hubiera tenido más paciencia quizá, pero después de tan pocos meses… En fin, pensé que me iba a causar más problemas, pero ya se ve que usted es al fin y al cabo solo un hombre blanco que arderá en el infierno, porque cree en el. Que tenga un buen día señor.”

Ganges vio como salió el viejo de la cueva. Miró en pánico al suelo, pero no había serpiente por ningún sitio.

Abrió y cerró los ojos, y de repente se acordó de que después de cada toma de agua de la vida venían los subidones. Respiró aliviado. El viejo habia sido el primer subidón, ahora comprendía. El viejo estaba muerto, pero su agua demasiado reciente en su cuerpo.

Se sentó en el banco y así estuvo durante cincuenta y ocho años, hasta que se le acabó la última vida, esperando el segundo subidón, cuando el agua nunca le dejó salir del primero.

No, el agua no mataba. Pero había más formas que esas para defenderse.

***

“No se lo van a creer, no .. es increíble, es imposible de que entre así como así en la cabeza, pero eso está ocurriendo tal como se lo cuento a todos. Va en cuarta posición, señores, va en cuarta posición y no deja respiro al tercero, al vigente campeón del mundo de fórmula uno, al que le está comiendo la moral desde hace dos vueltas. Es una lucha titánica, y el campeón ya ha intentando todo pero no es capaz de quitarse esa bestia de encima que le ha costado casi toda la adherencia delantera después de fustigarle con fintas y amagos de adelantamientos en las últimas vueltas. Esta listo para sentencia, está listo para que le adelante en cualquiera de las… ohhhhhhhhhhh, señoras, señores, oyentes, espectadores, mi madre, … HA ADELANTADO en PLENA CURVA DE META, sin apenas espacio, sin apenas espacio señores, es que es increíble lo que ha hecho, ha pasado por dónde nunca nadie ha pensado siquiera pasar… y ahora va por el segundo que lo tiene a pocas décimas, también herido ya de tener que defenderse contra el empujón desde atrás, y  ohhhhhhhhhhhh, pero esto que es.. OHHHHHHHHHHH INCREÍBLE, escuchen las gradas, escuchen las gradas señoras y señores, lo que acabamos de ver lo verán sus hijos y nietos… acaba de explotar el motor del lugarteniente del líder, y ya lo tiene a menos de un segundo a la falta de una vuelta, PERO QUE EMOCIÓN, PERO QUE EMOCIÓN, señoras y señores, estas últimas curvas me causarán un infarto… pero no puedo parar de hacerles partícipe de esta carrera, de este carrerón, de esta temporada, de esta revolución en la fórmula, el fin de tantos años de aburridas carreras dónde solo los de siempre mandaban… y ahora, ahora a solo media vuelta y con cuatro décimas entre los dos que luchan por el título, pero … pero que veo? NO PUEDE SER…  ha tomado la chicane en un ángulo contra toda lógica y en vez de estrellarse ya se está picando al líder, lo va a hacer, que lo veo venir, que lo veo venir, señores,ya está asomando el morro por un lado, que lo veo venir, que ya asomó por el otro, de nuevo la curva, la última curva del circuito y de este año… señores ha salido de la misma rueda con rueda con el lider, este gana unos centímetros de ventaja, vuelve a perderla, vuelve a ganarla, y …..VICTORIA!!! VICTORIA!!!! VICTOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOORIIIIIIIIIIIII AAAAAAAAA!!!!”

***

“Ahora cuidado con la cámara cinco. Quiero ver la entrada en la siguiente curva no con el coche ganador, no. Venga, la cinco, quiero al perdedor. Si, así es. Un zoom, venga a pillarle la cara. Que me da igual si se mueve la cámara idiota, tu haz y cobras o lárgate de allí ahora mismo.”

Una imagen de muy cerca del lider que perdió la carrera en los últimos diez centímetros. La cara consternada, los ojos fijos como piedras. Este estaba acabado y millones lo vieron.

“Ahora la tres y la dos, que saldrá el coche ganador de entre los dos italianos… si eso es, perfecto. Venga, ahora una repetición del adelantamiento en la penúltima vuelta.. venga repitela a camára superlenta… venga otra vez, es aquí dónde se ganó la carrera… muy bien… venga la uno ahora con el comentarista, pero sin sonido… si solo el paddock con motores y público… perfecto, bingo, bingo, vais calentando… ahora rápido, que entra el perdedor….nononono… quitale ya, que no se le vea llegar… si así, ahora fundido… se quedará para siempre así en la memoria… da igual lo que diga o haga, sabrán que la pifia en el último momento… perfecto, ahora el coche ganador.. genial, un zoom desde la ocho, si si….venga dáte prisa,si.. aunque no se vea apenas por lo que sea, me da igual, entrale por detrás.. ahh, eso, muy bien. Ahora las dos cámaras laterales de la entrega… vale… atención, que saldrá a la tribuna en 3, 2, 1 ahora cambio a lo 12, cambio a la 11, cambio a la superior uno, la dos… bravó, así se hace… una general ahora con la grúa… sin moverla, así… ahora dos generales desde atrás, por encima de las tribunas de enfrente, muy bien, bajando, entrando en escena principal pero siguie, sigue, sigue… si … ya, para, entra la 12 de nuevo, entra la 11… ahora con la grúa, nos acercamos, nos acercamos, ehh cuidado el encuadre, baja, baja.. bien, quieto ahí y busca los ojos, sólos sus ojos… vale, no estás dentro, te aviso, .. sigue general de la 11, ahora vuelve la grúa… eso, mezcla fija… bien….se va la 11, más fuerza en la mezcla a la grúa… perfecta, esa es la imagen .. ahora así nos quedamos todos hasta que hayan llorado en todo el mundo…

Trinidad estaba en su salsa. “¡Un año, un año.. por favor. Si quedó última en la primera carrera, vendelo todo. Soy exigente conmigo, no te haría parecer estúpida jamás.” Esa Andreíta, y luego va y encima gana el campeonato pulverizandolos a todos los machitos, carrera tras carrera y mira que se echaron todos, absolutamente todos encima para sacarla fuera.

Vender el equipo. Habían sacado sólo por derechos televisivos lo que había costado construir el coche y mantenerlo en carrera. Los cuatro coches, porque anda que no se volvieron agresivos los machitos cuando Andrea les dejó con los tubos de escape entre los dientes.

La conductora misteriosa, que nunca se quitaba el casco en público, y cuyos ojos habían perseguido a los machitos durante estos increíbles meses de hundirles en todo lo que podían las dos. Ese negocio ya era suyo, y no volvería a servir para pulverizar el dinero de los demás. Iba a haber grandes cambios, pero este año era el de Andreíta, y ya verían si volvería a correr. Ella dijo que no, que era un año y si quedaba segunda en el campeonato eran más de 30 posiciones más allá de lo que se podía soñar.

“¿Y si ganas?”

Andrea se puso el casco. “Si gano, tampoco. Es un poco estúpido correr dando vueltas por la misma pista, eso es un invento de los que no quieren correr dónde corre la vida.”

Esa niña. Que peligro de niña.

***

Los cinco suricatos, hijos de Pedrita y Molón estaban muy atentos a su madre. Eso sí, eso no, eso si, eso no, eso también, eso tampoco… y asi durante todo el día hasta que llegara el momento de los momentos de juego, pero sin olvidar el cielo nunca, sin olvidar el suelo nunca, sin olvidar nada nunca.

Pedrita encontró a Molón a mucha distancia, era aún muy chica y fue más bien Molón quien hizo de salvador. Pero se lo llevó ella lo más cerca posible al poblado.

Sabía que era un lugar seguro, con los siempre de pie en los que podía confiar. Al año siguiente nacieron los nenes, y así durante años hasta que en el poblado no quedaba necesidad siquiera de las trampas. Las serpientes evitaban la zona como la peste.

Los del poblado, los siempre de pie volvieron al año. Y poco después volvió a ver la gran madre, que los visitó con unas amigas grandes madres y una muy grande madre. Unos silbidos, la gran madre con su irresitible dedo y ella que no era capaz de evitar morderla, aunque esta vez no pudo porque la gran madre la cogió por la piel del cuello, que era lo que tenía que haber hecho el primer día, que era lo que hacian todas las grandes madres con sus hijos.

No volverían a verse en esta vida, pero para eso eran todas la Gran Madre. Para que la vida tuviera lugar, en vez de solamente cuerpos ocupándolo. Siempre iban a ser una, no estaba mal perderse de vista de vez en vida.

***

A mi no me importa atender a una visita cada diez minutos. Ni antes de la invasión de las Sombras Baúl me importaba, ni después.

Sí me importó cuando era una inconsciente, y que pensé que el éxito estaba ligado al trabajo, los números con los pacientes, y la medicina con la sociedad mercantil que la dominaba.

Al hacerme consciente de todo ello, pude volver e iniciar una vida profesional totalmente diferente.

Sin necesidad de triunfar, sin necesidad de alcanzar objetivos, sin objetivos fijados siquiera. Así comencé a atender a pacientes cada diez minutos, en un ambulatorio local de una ciudad tan perdida en Europa como la de Zhuu y Olassa en África.

Así fue como empecé a participar de verdad en la sociedad, y así fue como viví los terribles años de la Gran Invasión y los siguientes dos o tres después con cinco consultas por hora, estuviera dónde estuviera, cayera lo que cayera.

Para comprender la historia, hay que comprender a sus protagonistas, y esos no son otros que todos los que sobreviven en nuestros corazones el proceso de llegar a vivir.

Para comprender a los Yishe, nada mejor que comprender lo que dejamos atrás para alcanzar lo que pensábamos era un sentido contrario, una vuelta equivocada.

Si, suena complicado. Pero la marabunta es así. Parece complicada, pero su ritmo no lo es.

***

Fin de la recopilación