ELO – El Cuentacuentos – Parte V
proviene de la parte IV
Autor en trance: M. Furlock

***

Anduvieron por el pasillo que era una prolongación de la pared que denominaban oeste en dirección sur, una extensión en forma de túnel rectangular. Las mismas paredes y suelo.

Nada que podía indicar en lo más mínimo la forma de acceder a otras zonas salvo seguir andando en la penumbra de los que iban en medio de la hilera, en la oscuridad que no gustaba a los que iban atrás y la luminosidad ceguera de los que iban en cabeza.

Era seguramente ridículo obrar así, pero no estaban muy seguros de que la máquina no comenzaría a presentarles batalla.

De repente se encendieron las luces en el techo, a no más de un metro de distancia. Se tiraron todos al suelo, apuntando con sus brazos en todas direcciones para repeler el ataque, pero salvo ellos en posturas más que cómicas no había nada ni nadie que se podía distinguir.

La luz era tenue, y se extendió la zona iluminada hasta una lejanía considerable dónde parecía que se abría un hueco oscuro en el centro. Debió de tratarse de un sistema de detección automática de quien llegara.

Prestaron mucha atención a las paredes al seguir, pensando que estaban cerca de la entrada. Al llegar al último tramo iluminado, comprendieron que les esperaba de nuevo la oscuridad. Encendieron de nuevo las antorchas, y después de una hora de camino, volvieron a encenderse las luces.

“Esto… me gustaría hacer una pausa, porque parece que va para rato el caminito con las dichosas luces.” Andrea se masajeaba las pantorillas, mientras buscaba apoyos.

La Defensa sugirió al menos alejarse de la zona oscura durante un tramo y descansar después un poco más adelante, en una posición de completa visibilidad de al menos un kilómetro en cada dirección. Aceptaron a regañadientes, algunos haciendo ver que no serían capaces de levantarse, pero lo hicieron.

Al llegar al lugar prefijado, se dejaron caer en el suelo pulido, con quejas y quejidos, quitándose los zapatos algunos y masajeando los pies doloridos, mientras que otros se estiraron y con la mochila de respaldo buscaron una posición cómoda para un descanso directamente. Unas pocas horas de marcha, y ya no podían con el alma.

Hacía no muchos años que habían corrido por bosques durante días, con descansos breves y siempre más que suficientes. Era una lástima que la vida tuviera una duración tan corta. Esa gente hubiera vivido mil años corriendo por bosques sin aburrirse, y después hubiera echado otros veinte mil para aburrir al bosque antes que a ellos.

Los miró y se quedó pensativa. Se vio en la última fiesta de Defensores de Imperialistas, cuando se celebraron los tres años sin caso, todos felices y sonrientes, y ella cansada de tanto camino, de tanto preparar, de tanto luchar en medio de quienes pensaban que ya no quedaban imperialistas por defender.

Aquel profesor de la caravanseraí egipcia, que no paraba de explicarle que las pirámides tenían muchas más estructuras que las que se veían a simple vista, las señoras defensoras de la Liga Cúspide Momentánea, el azafrán en el cóctel de helado… un momento.

¿Qué había dicho ese insensato? Hablaba de las pirámides y que tenían accesos auxiliares, construcciones que se hicieron o antes o después de la construcción de cada pirámide y que servían para llevar materiales desde el subsuelo hasta la base de la misma.

Si, un sistema de corridores destinados a transportar lo necesario para seguir trabajando dentro de la misma.

Por eso se iluminaba una zona si y otra no. Porque no le prestaron mucha atención al construirla. No era un camino que apreciaban, ni querían. Era un camino de servidumbre, de mercancía. Estaban saliendo de la pirámide, no entrando.

***

El cuento terminó conmigo sobre la arena, en una de las playas de la isla. Me levanté lleno de energía, miré mis brazos y piernas para asegurarme de haber vuelto a estar por mi cuenta, no fuese que anduviera un tronco sobre cosas que ni siquiera podía explicar después de haber compartido las células con lo que no se puede explicar.

Estuve exultante. Ya no eran intuiciones o ligeras luces que me guiaban para dar los pasos correctos. Era visible, brillantemente visible el camino que tenía que andar, y todo aquello que iba a servir para que se prolongara, se encendía a mi paso para facilitarme su identificación.

Subí por unas escaleras y me adentré en la ciudad que a pocos metros de andar me mostró su última adquisición de esperpentos turísticos. Una gigantesca pirámide que seguramente cubría la catedral tan famosa que lucía en las postales antes de la Gran Invasión.

Un momento. Rebobiné y me eché a reír. ¡Así que ese era el palacete que mi padre había elegido para su fuga!

Era imponente, pero me había esperado algo menos obvio. Parecía que habían perdido el tiempo en la Tierra, o que simplemente no eran capaces de ver a que conducía vivir en un trasto como este, ni lo que causaba su presencia en el entorno.

Me acerqué con paso resuelto, como aquel que muestra el hijo que acaba de cerrar su quinto contrato con una discográfica y va a ver a su anciano padre para darle una alegría más de las muchas que le daba.

Podía sentirlos entorno mío. Miles, cientos de miles. Millones entorno a los cientos de miles. Agolpándose pero en completo silencio. O el salía, o ellos entraban. Nada más en medio del combate que el espacio que mis pasos reducían invariablemente.

A unos doscientos metros me quedé parado. La pirámide relucía en el sol de la tarde joven, la de la comida tardía, la de la siesta demasiado temprana, la de volver al trabajo en un coche sin aire acondicionado y llegar medio muerto. Una hora que no solía tener la costumbre de mostrar gente en las calles, y con una pirámide así aplastando la catedral, aún menos.

Pero hacía mucho que nadie había paseado por esta ciudad. Debí de ser el primero. “El turismo… que lacra.”, dije y me eché a reír.

***

La Defensa explicó lo que había comprendido y se le quedaron mirando con cara de muy pocos amigos.

“¿Quieres decir que vamos en la dirección errónea? ¿No podías darte cuenta de eso unos kilómetros antes? ¿Pero tu sabes lo que estás diciendo, sabelotodo?”

No era Miranda sola. Todos tenían para quejarse y lo hicieron. Aún así, se levantaron de nuevo y con pasos de muy cansados volvieron por dónde habían venido.

Sí, estaban cansados y hartos. Ya no tenían esas fuerzas que les acompañaron durante tantos años. Aún así, el poder descartar este camino con relativa seguridad, les había acercado a su objetivo.

Cansados, sí. Viejos, también. Pero metódicos como sólo los niños juegan. Incansables, aunque se caían dormidos sobre el juguete. Cabreados, pero enfocando el cabreo sobre el objetivo.

***

“¿Padre?”

Campocorso se dio la vuelta en milisegundos dando un terrible golpe en la dirección en que había sonado la voz.

Provenía del sistema de transmisión de sonido del exterior, instalado en el techo de la célula de control.

“¿Padre? ¿Me oyes? ¿No me ves? ¡Soy tu hijito! He venido a verte, por si no te habías dado cuenta.”

Campocorso, con el traje inyectándole desde hacía horas información genética, se sentía como en sueños. No podía ser cierto. Esa voz…

“Venga, ábreme, que ya estoy cansado de esperar aquí fuera. Menuda choza. Venga…”

Con dificultad puso en marcha a los sistemas de visión exterior y cuando este enfocó con suma velocidad a aquel humano en medio de la plaza que había servido para miles cada día en echarle fotografías a la catedral, pensó que estaba soñando o desvariando. Una reacción a la transformación, una especie de pesadillas que había oído que se podían tener. No siempre las transformaciones eran agradables.

Se carcajeó con dificultad y volvió a dejarse caer sobre la silla que se adaptaba una y otra vez a los cambios del cuerpo. ¡Su hijo! Qué ocurrencia tenía la mente.

“¿Padre? Verás, es que estás en un aprieto. Si no me dejas entrar pronto, entrarán otros hijos de Madre, y no son tuyos. Quiero decir… ejem, no lo tomes a mal… que  lo más seguro es que te pillarán en pleno proceso de transformación – ¿te estás transformando también, no? – y te harán picadillo o algo peor. Déjame entrar, que creo que tu camino necesita unas cuantas curvas.”

Campocorso volvió a levantarse, preparó el sistema de armas y apuntó a ese miserable saco de adn malgastado hasta que cayó en la cuenta de que le había dicho algo sobre la transformación que no podía saber. Era todo sobre la transformación. No podía saber que el estaba ahora mismo en ese proceso, que no se practicaba más que cada quinientos años como media.

Levantó las manos hinchadas de los controles.

“Aquí no entra nada ni nadie. Qué se muestren tus amiguitos.”

***

¡Cómo me encantaba que mi padre sacara esa faceta suya. La de entrar en la habitación de su hijo, darle un puntapié a los cosas y gentes que se encontraba en el suelo, gritar como un poseso y dejarles a todos a punto de llorar, pero demasiado orgullosos para ceder ante la brutalidad de los padres, ya fuesen propios o ajenos.

El salir de esa gente, mis amigos, el bajar por la escalera y salir con ellos. El no hablar hasta la esquina siguiente y luego el “lo voy a matar, lo voy a matar”, mientras que mis amigos o bien empezaron a llorar o a decirme que si, o a decirme que no.

Si, padre. Que se muestren mis amiguitos. Para apretar una vez más los botones de echarlos fuera de mi vida o de sus vidas incluso. Para arrasar a niños que experimentaban ser algo más que eso, pero sin tener que llegar a lo que ya más odiaban: ser como tú, ser un adulto.

Insensato. Destructor de la semilla del futuro. Insensible patán gobernado por condicionamientos que te hicieron una máquina. Borracho de poder, lo único que la máquina puede ofrecer cuando no tiene conductor en condiciones.

Me adelanté dos pasos más y le advertí por última vez que si no me abría, se atendría a las consecuencias el solito.

El silencio fue suficiente respuesta. O no me escuchaba ya, o seguía siendo el mismo esperando su oportunidad.

Eso les pasa a los adultos. No escuchan nunca, o sólo se escuchan a ellos mismos cuando les interesa algo.

***

Llegaron a la sala que habían dejado hacía muchas horas y descansaron durante un rato largo, con vigilias de quienes no dormían.

Luego debatieron largo y tendidamente. Primero los que habían quedado despiertos para vigilar. Luego los que se levantaron primeros, y así hasta que en plena oscuridad las 27 voces atacaban el problema una y otra vez.

Sobre sus cabezas y en completa oscuridad bailaban esquemas, mapas, flechas de un lado de la sala a otra, mediciones de lo alto, de lo ancho y de lo que podía medirse con el recuerdo y la imaginación.

Al final de la jornada de este juego en la oscuridad comieron y volvieron a descansar. Quedaban tres temas por probar, y una de ellas les iba a llevar al siguiente nivel o directamente a la máquina.

Estaban confiados y cuando las tres pruebas terminaron con piernas nuevamente cansadas y con solo cuatro antorchas de reserva mínima, se desplomaron contra la pared norte, de nuevo en la oscuridad y derrotados.

“Esto no tiene sentido. Si esta es una pirámide debajo de la tierra, y nosotros estamos sobre su punta más alta, tiene que haber una entrada hacía abajo.” Jeroka volvió a dibujar para ellos el mapa de la pirámide en la oscuridad con sus palabras.

“No tiene sentido nada. ¿Qué hace un tunel de suministros que llega hasta la punta de la píramide? ¿No debería llegar hasta la sala justo debajo de la base?”

Así siguió, haciendo preguntas. El mapa se volvía más iluminado por dónde apuntaban las preguntas, y después de unos minutos los veintisiete pensaron que alguien les estaba tomando el pelo, y que habían caído en una trampa. Era el mundo al revés.

Andrea conocía ese sentimiento. Algunas curvas en sus carreras habían resultado demasiado pronunciadas para tomarlas del todo bien. Los vuelcos daban esa sensación de completa desorientación.

Miró el mapa de Jeroka en la oscuridad de la mente, miró los vuelcos en la luz de su mente… se mareó de mirar demasiado los vuelcos… y dijo: “Lo tengo. Nos hemos equivocado, nada más. Que tontos, si lo teníamos delante de nuestras narices todo el tiempo. El mundo al revés. La pirámide no tiene la punta apuntando hacía arriba, sino hacía abajo. Estamos en una caja que sirvió para llevar maquinaría gigantesca hacía las profundidades, y luego la cegaron. Estamos sobre la última capa que dejaron de sello.”

Todos vieron como se invirtió el mapa y de repente todo encajaba. El túnel de suministros estaba en su sitio, el túnel vertical de suministros cumplía con su función.  Efectivamente aún no habían llegado a la pirámide, porque estaban sobre metros y metros de material de sellado de la herida que sirvió para rellenarla.

Estaba al revés, eso era todo. Una pirámide invertida. Debió de ser gigantesca, si el túnel vertical de instalaciones medía lo suficiente para bajar en el barcos de cien metros de largo sin tocar siquiera las paredes de lejos.

“Una hora de descanso, nada de hablar entre ustedes y luego volvemos a crear una lista de acciones. Nos acercamos, nos estamos acercando, si señor.”

La voz de Ka, tan autoritaria que nadie se echó a dormir, sino que hicieron la lista en menos de media hora.

De nuevo hubo tres opciones para pruebas. La segunda rompió un panel ante las patadas metódicas que daban a cada panel a ras de suelo. “Si esta es la parte cegada, habrán dejado una salida a los que estarían algún día dentro de la pirámide. Una especie de salida de emergencia. Pero no sirve apretar para dentro, porque quien viene desde el interior empujará el panel hacía afuera. En previsión de que el panel y su mecanismo podían encajarse, pues habrán hecho paneles de mampostería. A dar patadas.”

Había sido la opción menos agradecida por el esfuerzo que iba a representar. No fue así, después de la cena y en la última ronda de patadas estalló el panel con un golpe que sonaba más a puerta cerrada que salida encontrada.

***

Me acordé del almotacén y su cara de máxima atención. ¿Qué cuento le había contado? Ah, ya me acordaba, aquel de escapar de las Sombras Baúl como Alicia, pero en versión gótica.

En ese cuento me salvé milagrosamente de las fauces del destino, y ahora deseaba que mi padre comprendiera que o bien encontraba conmigo esa salida o entrada a un próximo futuro, o me iba a tener que despedir definitivamente de el. Apenas cabían ya en la plaza y mis pasos hacía la pirámide ya no eran del todo míos.

Otro vistazo a las manos y pies, pero seguían conmigo. No por mucho tiempo, eso lo escribía el creciente sonido de Koloks a punto de estallar en su grito de furia acumulado durante miles de años.

“Los cuentos padre, los cuentos son mi especialidad. Me dan un poder que hace que el tuyo no sea más que un pensamiento encerrado en una espiral coja, un circulillo, papi.

Una sola palabra mía acabaría con tu mundo. El aire detrás de ella te dejaría momificado en tu choza postmoderna. Creéme padre, aquí el que habla primero contigo es porque es el más poderoso de todos en la plaza.

Si yo no acabo contigo, les tocará el turno, y se sobran entre dos o tres para enviarte al país del nunca jamás. Créeme padre, hazme caso. Ábreme y hay futuro. Si quisiera destruirte, padre, ya estarías tú y tu ridícula choza dónde el sol da lametazos a nuestros enemigos.”

Otro empujón. Ahora ya empujón con cabreo. De nuevo las lisas paredes tan lisas como la mentira y la desconfianza, sobre las que todo resbalaba, que ninguna entrada ni salida ofrecían más que le perpetuidad de la angustia, de la ansiedad, y del temor.

No iba a poder aguantarles mucho más tiempo. Empezaban los últimos segundos de mi padre, del tirano más grande que la humanidad desde Ur había conocido.

Mis pies ya no se levantaban. No miré abajo. Sabía que se estaban volviendo transparentes. No miré más que a esa pared, por cuyo centro o bien se iba a abrir una puerta, o no sería capaz de parar ese segundero.

Los hijos perdonan, pero lo hacen cuando se haya hecho justicia.

***

Campocorso vio que algo empujaba a ese humano y pidió con voz cansada una lectura térmica. No había más que el humano, pero cuando quiso apagar la pantalla, vio una especie de reflejo recorrerla.

Lo que le quedaba de cara humana se puso blanco. A medida que se acercaba el humano se llenaba la pantalla con más y más reflejos. El contador de individuos comenzó a dispararse, pero no le prestó más atención que para registrar que había miles de miles ahí fuera y que eran aquellos que había dejado atrás en aquella playa.

No importaba. No iban a poder traspasar las paredes de modulación. Estas se adaptaban a todo que tenía una secuencia, y todo tenía una secuencia en este universo.

Cuando vio en la lectura térmica que el manchón del humano se elevó varios metros para después literalmente pulverizarse contra la estructura seguido por un chorro de seres que no paraba de golpear esas paredes, pensó que todo había acabado.

Un último ataque fallido. A pesar de no poder disfrutar ese momento en condiciones, sonrió. Se habían portado, hasta el último momento.

Dejó de sonreír cuando comprendió lo que la máquina de la sala intentaba explicarle con las alertas por todos los sectores.

Habían penetrado y estaban a punto de dar con las entradas de suministro a la cabina de mando.

***

Inspeccionaron la apertura que sería suficiente para pasar por ella. Una apertura longitudinal de no más de diez metros, medio panel de largo, pero estrecha. Una especie de respiradero tapado, una salida de emergencia. Un error quizá, una terminación que no encajaba del todo. Un mínimo de posibilidades.

Encendieron la penúltima antorcha, pero la estrecha cavidad se prolongaba más allá de lo que llegara la luz, además de parecer terminar abruptamente en la oscuridad.

“Lo mejor será enviar a los más ágiles para que echen un vistazo. Yo, por ejemplo.”

Beatriz se puso en el círculo de la luz de la antorcha y le siguieron tres más. Enseguida se metieron por la apertura y los demás quedaron en la oscuridad, observando lo que iluminaban sus amigos que se arrastraban con dificultad pero con cierta velocidad hacía delante.

“Aún no se ve nada”, les gritó Beatriz de vez en cuando, mientras que su brazo que llevaba la antorcha iluminaba todo con tanto movimiento que era difícil ver algo más que flashes de luz.

“Pero quieres parar de mover la antorcha como si fuese uno de tus juguetes de gimnasia rítmica, Bea?” Randolf no podía más, aparte de que Beatriz siempre buscaba su momento de gloria. Ese era el suyo, sin duda.

El baile loco de la antorcha pasó a movimientos más lentos. Nada que ver, salvo a los otros que le estaban cogiendo ventaja a Beatriz.

Entonces escucharon los que estaban esperando en la sala un sonido que les congeló las espinas dorsales en el acto.

Provenía del pasillo que habían recorrido en primer instancia, en la pared opuesta. Se hizo más fuerte casi enseguida, insistente en su aproximación veloz. Algo venía a bastante velocidad hacía la sala y parecía grande, muy grande.

No lo pensaron dos veces. Se metieron por la hendidura lateral como pudieron, y cuando la cosa de la oscuridad parecía estar ya encima de ellos, se metieron los últimos, con las prisas de quien no quería perder su culo.

No paraban de gritar y de avanzar. Cuando Ka metió su pierna, un golpe brutal hizo vibrar a todo el túnel, quienes estaban dentro y se escuchó como el material con el que estaba construida esa parte se doblaba como papel de aluminio lleno de arena, reventando y salpicando a los que más cerca estaban de la entrada al hueco.

Siguieron arrastrándose a toda velocidad, mientras que aquella cosa no paraba de golpear la pared y el agujero con saña, cambiando de ángulo e intentando hacerse un camino hacía ellos.

Paró cuando dejaron de moverse, a casi cincuenta metros, agarrándose entre todos y con la penúltima antorcha dejando su energía a medio camino entre ellos y esa cosa que sonaba a máquina demasiado grande para la tienda de juguetes.

Escucharon como se alejó y sin hacer el más mínimo ruido siguieron arrastrándose en dirección a lo que no conocían, porque parecía mil veces preferible a lo que casi les llega a conocer demasiado bien para que lo pudieran contar.

Otro estruendo, y más de veinticinco metros del techo se estampó contra el suelo, cerrando el camino de vuelta para siempre.

“Me encanta esta parte de nuestras aventuras. Es como si la viviéramos una y otra vez, como si supiera exactamente lo que pasará a continuación, pero siempre me sorprende lo que ocurre después. ¿No te pasa, Ka?”

La Defensa se atrevió a soltarle a Ka el comentario. La máquina que el sistema defensivo había enviado no estaba para seguirles, ni podría. No había máquina capaz de perforar lo que estaban atravesando, nada más ni menos que la primera capa de la base de la pirámide. Antes se iba a deshacer el planeta que esta construcción, eso estaba claro. Lo que había caído, era la Tierra empujando para recuperar los últimos huecos.

“Si, sí. Ahora me vienes con esas. Pero tienes razón, vieja. Mis rodillas hace tiempo que no se sorprendían de cuanto podían llegar a doler, y no veas la sorpresa al darme cuenta que el dolor de la espalda había vuelto esta mañana, o tarde, o vete a saber la hora que es.”

Se rieron, y por poco se cayó la Defensa por el precipicio que anunciaba el abrupto final del túnel al menos en lo que a paredes y suelo se refería. Sólo la mano rápida de Ka que más que saber presintió que su amiga estaba en peligro la salvó de la caída.

“¡Parad, parad! No os mováis más, que termina el camino. ¡Lentos, muy lentos! ¡Tantead con precaución y que alguien siempre esté agarrando al que va delante!”

Beatriz tenía su mañana, mediodía, tarde o noche. Compartía con Ka las quejas por los dolores, pero su papel era su papel. Tenía sentido avisar a los demás, pero no lo tenía su voz de animadora de equipo de deporte, tan bien interpretado que Randolf no pudo reprimirse jalearle harto ya del todo de tener que aguantarla en todas las aventuras.

“Eh, vosotros dos, ya basta. Parecéis unos … bueno lo sois. Un poco de concentración.”

Gerd que solía moverse en medio del pelotón porque se seguía sintiendo inseguro siendo el más bajito de todos, hablaba con voz de quien ya ha dicho esto mil veces. Era el único capaz de pararle los pies a ambos.

Después de una media hora larga de tanteos, comprendieron que el  túnel estrecho acababa en el techo de otra sala, y que no había forma de bajar. Decidieron encender la última antorcha, y cuando miraron hacía abajo casi se cayeron Ka y la Defensa de la risa que les entró.

“No hay discusión. Hay que aprovechar la luz que quede de la antorcha, y ahora que ya sabemos por dónde es, voy a hacer los honores.”

Jeroka le quitó la antorcha a la Defensa, y saltó al vacío con grito de quienes saltaban con los monoesquíes sobre un acantilado más, en la loca carrera por nunca llegar si era posible.

Beatriz, llegando por detrás apartó a Ka. “Respeto a tu comentario, querido, quería decirte que tienes toda la razón. Las que hemos dejado nuestras rodillas en gimnasia rítmica te podemos contar mucho sobre estos dolores. Mira…”

Ka no la dejó seguir. La agarró por la cintura con la mano libre y con la otra se empujó por encima del borde hacía el abismo.

El grito de Beatriz no paró durante largos segundos, siguiendo la luz de la antorcha que iba haciéndose cada vez más pequeña.

Uno por uno se deslizaron sobre el borde y tomaron el mismo camino. Algunos agarrándose hasta el último momento, otros sudando el miedo hasta caer antes de lo previsto hacía delante.

Andrea fue la última en echarle un vistazo a la oscuridad que tenía detrás y luego la que tenía delante y debajo. Sonrió al escuchar los gritos locos de los demás en su camino hacía las profundidades sin red alguna.

“Tontos, a ver quien sube luego para imitarme.”, y se sentó sobre su chaqueta vuelta del revés, esperó pacientemente hasta que ya no escuchaba ningún sonido y se dejó caer hacía delante, agarrando las mangas de la chaqueta como controles de maniobra.

Buena era ella para dejar escapar la oportunidad de su vida de bajar por un tobogán que les hacía parecer canicas en una tubería de obra en forma de serpentina.

“Ni me vais a ver…” y ya luchaba con la cada vez más creciente velocidad. Más de la que había esperado. Mejor, así llegaría a probar de subir por las paredes mucho más alto de lo que tenía pensado tan pronto habia visto el percal iluminado por el paso de Jeroka. Este era el tobogán más grande del Universo.

***

No pude aguantar la presión por más tiempo. Me elevé empujado por una cada vez más creciente masa de individuos, transfiriendo a ellos mis vivencias que se reflejaban en miles y miles de pieles invisibles salvo por esas experiencias, ahora convertidas en un cuento que sólo contaban en las ocasiones más especiales.

Comencé tan pronto que sentí perder el contacto con el suelo. Con voz pausada, en medio del griterío de miles que no ansiaban más que cumplir con un encargo. Invisible ya entre la masa de iguales, un sonido que ni la maquinaría más fina hubiera podido captar.

Fue cuando la Madre lanzó a sus Hijos contra el Padre, y perforamos con nuestra almas su bastión, llegando por recovecos mil hasta sus entrañas dónde el Viejo nos esperaba desde hacía un segundo y a media transformación.

Salimos de los tubos más próximos a el y enseguida nos lanzamos sobre su existencia pero un reflejo nos distrajo y después otro, y otro, y …

… me alejé de la pared de Amrs que había quedado en medio del cuento de la Hormiga, el Lago, el Árbol, el Pez, y el Pájaro y ese Humano, sin mirar a mi padre, con los dientes atrapando el labio inferior para no decir nada que pudiera devolver el mundo al cuento o viceversa.

Calibré las últimas frases para no meter la pata ahora, y cuando la última vocal dejó de pertenecerme ya no se movían ni entre ellos. Estaban atrapados en la catarsis que las energías que habían percibido creaba desde ellos mismos, hasta envolverlos por completo.

“Bueno padre, ahora cuéntame tu plan y veremos lo que podemos hacer de el sin que acabe en más tragedia.”

***

Andrea bajó el primer tramo, unas dos o tres vueltas del gigantesco tubo, frenando todo lo que pudo. La velocidad era enorme si se soltaba, al menos cincuenta kilómetros por hora. Aumentaba además tan pronto llegaba a salirse un poco de una hipotética línea central que no seguía por el punto de gravedad en cada curva, sino en su base.

Dejó ir y alcanzó pronto una velocidad que le obligaba a dejar la chaqueta atrás. Con los pies deslizándose sobre la parte de atrás de las suelas de las deportivas, las rodillas ligeramente inclinadas y la espalda sobre el liso bajaba como una bola disparada hasta que tuvo que abrir los brazos y piernas para lograr un mínimo de estabilidad.

Comenzó a preocuparse cuando vio a lo lejos la luz de la antorcha que bajaba a mucha menor velocidad que ella por el tobogán, pero sin dueño. La alcanzó y la cogió con la mano izquierda en una maniobra que por poco la lanzó en contraespiral hacía las profundidades.

A duras penas pudo evitar caer del techo del tubo cuando ese era techo. No daba mucho por sus amigos, que mucho menos entrenados y sin pericia alguna en la conducción a grandes velocidades estarían esperándola destrozados dónde terminara ese conducto.

Dejó de pensar en ellos, porque a cada curva se aceleraba su bajada, a velocidades que le impedían mantener la cabeza erguida por mucho más tiempo.

Hasta que una curva fue más corta que las otras, y la recta subsiguiente larguísima, reduciéndose el nivel paulatinamente hasta que desembocó en una especie de piscina de pocos centímetros de profundidad por la que hizo aguaplaning hasta que la fuerza del impulso se quedó en insuficiente para empujarla más adentro de la sala de al menos 300 metros de largo y treinta de ancho.

La antorcha comenzó a flaquear y Andrea la levantó para ganar visión hacía delante, sentada en medio de un liquido parecido al agua pero algo más espeso. Cuando se le fue la ceguera parcialmente, se apagó la antorcha con un débil quejido de haber agotado la última reserva.

Pero Andrea no se movió. No se atrevió a bajar el brazo en medio de la oscuridad repentina y absoluta. Maldijo las olas que su entrada fulgurante habían causado. Se cabreó con cada gota que había salpicado.

Cerró los ojos pensando en que le había llegado el turno de pagar la entrada al tobogán.

Lo último que había visto había sido una máquina de al menos cinco metros de altura, sobre dos patas y con cola de estabilización que tenía todo el aspecto de ser una hermana de la que se había cabreado tanto con ellos antes de bajar.

Ahora comprendió porque esa se había marchado. Ya se iban a encargar otras de cazarlos, además con mucho más espacio y ningún agujero para escaparse.

La máquina, eso lo había visto con claridad, proyectaba sus sombras sobre lo que sin duda era el portal de salida, el triple de grande que esa aberración de metal y brazos pequeños que parecían de dinosaurio.

El pánico se deshizo cuando Andrea se preguntó dónde estarían los otros, luego de constatar que seguía viva y la máquina no se movía, al menos no la escuchaba moverse.

“Un plan Andrea. Uno solo. Venga. Tu puedes. Esa máquina no sabe quien tiene delante. La única campeona de Formula. Anda Trini, estés dónde estés, inspírame.”

***

“¿Qué ves Andreita?”

Andrea observó la entrada a la finca con los brazos relajados sobre el volante.

“La verdad, señora ministra, veo que hay dos gorilas que no hacen otra cosa que comprobar invitaciones. Son grandes y torpes. No son gentiles ni simulándolo.”

Trinidad asintió satisfecha. “¿Y que hacen estos gorilas aquí?”

Andrea se centró en el tráfico que tenía delante, una caravana de coches que en la rotonda siguiente daba la vuelta para ir pasando al interior de la propiedad. Ellos podían, porque tenían invitaciones. Ellas no.

“Aseguran que sólo acceden los que tienen invitaciones. Es decir, nos dirán que no, o cosas peores, señora ministra.”

Trinidad volvió a asentir. “Eso es Andreíta, eso es. No hay nada mejor que todo sea obvio, así pasan los que encajan y los que no, … no verán nada más que el muro porque no sirven para formar parte de lo previsto. Estos gorilas tienen órdenes de dejar pasar a los obedientes, Andreíta. Qué lastima que nuestro currículum diga lo contrario.”

Andrea no sabía que decir. Hacía tiempo que no se preguntaba, sino que dejaba que la señora ministra se encargara de jugar, que siempre había una buena entrada para ella.

“Hora de que tengamos un pequeño accidente, Andreita. Uno que deja a los demás pasar y seguir, para que los gorilas no se enteren si no se lo contamos nosotras.”

“A sus órdenes señora ministra. En ocho, siete, seis, cinco, tres, dos, uno… Ahora!” y el todoterreno chocó con suavidad contra el maletero del coche de lujo que tenía delante. Lo suficiente para sacarlo de un golpe fuera de la calle sobre el bordillo, apretándolo contra la pared de la propiedad. Un feo chirrido final anunció que el toque suave había dejado los ocupantes del otro vehículo encajados entre la pared y el todoterreno cuyos bramidos de motor habían tapado la mayor parte del pequeño drama de pijos.

Trinidad vio como el conductor, un señor que parecía sacado de una película en el momento de la máxima conquista, bajó la ventanilla con mirada consternada, mientras que la mujer a su lado le incriminaba a más no poder.

“Uii, creo que me he excedido un poquito señora ministra.”, Andrea observaba satisfecho como la cola de vehículos seguía su camino sin apenas percatarse que al otro lado del todoterreno aparcado de mala manera había otro coche más.

“Estas carreteras, tan estrechas en las urbanizaciones. Luego pasa lo que pasa.”

Trinidad ya estaba hablando con el conductor. “No señor, pero también vamos a la recepción. No, nuestro coche no funciona. Si, si… parece que estamos atrapados. Bueno, ustedes. Vamos a buscar refuerzos, no se preocupe. ¿Qué dice que es el cónsul de dónde? Vaya, no, no se preocupe por la cha.. por su vehículo, que lo pagará nuestro sufrido asegurador. Si señor, diré que usted está aquí y que .. ¿cómo? Si quiere que sea tan insistente déjeme algo que les identifique a los de seguridad, sino ya saben, no creo que vayan a hacernos mucho caso… ahh, no sé… ahh, muy buena idea señor, pues les dejaremos las invitaciones a los de seguridad, enseguida vendrán. Que gusto conocer a un cónsul como usted, tan refinado y listo. Si señor, nos veremos en la fiesta y perdone, que nuestro vehículo es un poco grande, ya … en fin, hasta ahora mismo, señor. Señora de cónsul, encantada de saludarla.”

Se bajó por el lado del piloto y cuando Andrea cerró la puerta y activó los cierres no quedaba salida para esos dos.

“Ves Andreíta, ahora ya tenemos invitaciones. A ver, tu eres mi hija, la cónsula del mañana y yo la mujer del cónsul, que no ha podido acudir porque se encuentra algo, ejem… apretado.”

***

Andrea sonrió al acordarse de esa aventura. El cónsul había sido tan pánfilo que ni siquiera tuvo valor para romper las lunas de su lujoso automóvil convertido en dos números más pequeños para la calzada. Cuando volvieron aún estaban dentro, atrapados y visiblemente cansados de gritar a los que pasaban en sus limusinas. Cómo si estos alguna vez hacían caso a los que les gritaban, que ironía.

“Bueno, allá vamos.”, y se deslizó fuera de la piscina para acercarse como uno de esos lagartos que debieron haber colonizado esta pirámide alguna vez. Era más grande la máquina que diez de los gorilas, pero quizá no importaría el tamaño después de todo lo vivido.

Después de largos minutos de lento arrastrarse en dirección al monstruo de metal pensó que debió de estar casi a su altura y se alejó un poco más de la piscina, no fuese que chocara contra una de sus patas.

Llegó a la puerta y la máquina no se había movido. Lo hubiera oído, pero además de su lenta y tranquila respiración a la que le tapaba la boca en muchas ocasiones durante el trayecto, no había nada que se podía escuchar en esa sala.

Se levantó y palmeó la puerta a su espalda. No quería ofrecérsela a la máquina. Poco a poco se deslizó hacía el centro de la puerta y cuando pisó el conmutador sabía que había pisado un conmutador. Uno grande. Uno de esos que cuando lo pisas te preguntas que clase de monstruo acababas de activar.

En el caso de Andrea en una sala a varios cientos de metros debajo de la superficie y en medio de lo que era una pirámide invertida con las defensas buscándole las pulgas, no había tal pregunta.

Sabía que si levantaba el pie, esa máquina se pondría en marcha con total seguridad.

Fijo.

“Mierda.”

***

La Defensa fue la primera en acordarse de hacer un recuento. Todos habían acabado en la piscina al final del tobogán, pero después de ver volar la antorcha hacía arriba, pensó que Jeroka se habría lastimado.

Este le contestó enseguida desde mucho más adentro de la piscina o planicie de agua en la que estaban ahora sentados o de pie, explorando con cautela su más inmediato entorno. Los demás también contestaron y sólo después del recuento se dieron cuenta de que faltaba Andrea.

Jeroka dijo en voz alta que el había visto el agujero y no sabía que hacer. En vez de seguir por el, iluminarlo y así hacer ver que iba por ese camino, tiró la antorcha hacía atrás. “No sé porqué lo hice, fue un acto reflejo, me quedé encallado y no pude pensar. Todo pasó a demasiada velocidad y ahora creo que cometí un error.”

Los que iban detrás de Jeroka vieron volar la antorcha y mientras la siguieron con la vista en alto, se metieron por el mismo agujero que el. Los que llegaron después intentaron coger la antorcha, pero sólo le dieron empujes que les dejaron cegados. Acabaron uno tras otro en el mismo agujero.

Andrea iba última y por alguna razón esquivó el agujero. No había otra explicación.

Después de media hora de debatir infructuoso de cómo enfocar esta separación, decidieron que no había otra alternativa que seguir.

Andrea iba a encontrar este camino si era el único que llevaba hasta las entrañas de la máquina, y si había más se verían en algún momento. Volver a subir por el tobogán para buscarla se antojaba prácticamente imposible por lo inclinado y resbaladizo que era. Una decisión dura, que pesó.

Comenzaron a unirse en grupos de cuatro, con la Defensa y Ka haciendo de centro y los demás moviéndose paso a paso hacía delante, tanteando antes de cada paso con pies y manos cuidadosamente la zona. La piscina era inmensa, aunque apenas llevaba agua, un agua viscoso pero agradable al tacto.

Finalmente dieron con la pared lateral izquierda. Después el grupo más exterior a la derecha anunció que había llegado.

“Bueno, allá vamos. El primero en notar algo extraño pega un grito. Silencio ya.”

Tardaron casi cuatro horas para llegar hasta la pared opuesta. Muchos gritos, que quedaron en nada. Mucho cansancio, que llevó a la Defensa recostarse contra una columna cerca de la pared. Estaba exhausta.

“Aquí no hay nada. Es una pared ornamentada, pero es sólida.”

“Nada por aquí tampoco.”

Y así, hasta cumplimentar los seis informes.

“Sin luz esto comienza a ser imposible. Vamos a tomarnos un descanso. Por cierto, ¿os habéis dado cuenta que esta agua no moja?”

Si, se habían dado cuenta. Beatriz hacía honor a su sobrenombre, pero que se cuidaban todos que no lo supiera.

“Por cierto Defensa, lo que me tiene intrigada es como logras estar siempre en el punto de mira. Parece que nos estás hablando desde un pupitre además. Me tiene fascinada esa capacidad tuya de situarte siempre un poquito por delante de los demás.

La Defensa no le hizo caso. Estaba demasiado cansada para hacer más que apoyarse contra la columna.

“¿No tenéis columnas en vuestra zona?”

La pregunta le surgió sin que se diera cuenta. El cerebro seguía funcionando a su manera, aunque no comprendiera que tipo de pregunta era esa. Daba igual, mientras que mantuviera a todos dispuestos a seguir adelante, bienvenida era.

Le respondieron que no. Ka se acercó más a ella, y chocó contra otra columna que de cuya posición avisó a los demás.

Se acercaron todos y pronto quedó claro que eran dos columnas que ni con dos podían rodearse de brazos extendidos, y otra más pequeña, mucho más cerca de la pared, que se parecía a un tronco inclinado de un árbol.

¿Habría que trepar aquí para ver hasta dónde llegaban? Golpearon las columnas y sonaban diferentes, metálicas en vez de relleno de material sólido. Había espacios en ellas.

“Creo que lo mejor será descansar, ya tomaremos medida a esto en cuanto hayamos recuperado las energías.” Ka volvió a ejercer de mando, y esta vez sí le hicieron caso enseguida. No podían más.

***

Miré en lo que mi padre se había convertido, en lo que era debajo de todas esas capas de clonación y operaciones estéticas y negué con la cabeza. Si hubiera empezado por ahí… pero ya era tarde para lamentaciones.

Di unos pasos en paralelo a la pared de Amrs, que no daban señales de querer salir de su éxtasis silencioso y sin movimientos. Sabía que ahora llegaban los momentos que sólo el instinto resolvería y temí por mis amiguitos.

La sala estaba destrozada después de la entrada masiva de nuestra mezcla. Un segundo, y lo habíamos pulverizado casi todo. Esperé que al menos algunos instrumentos básicos no se verían afectados, pero no sabía por dónde empezar. Mi padre se había entregado a su vuelta al planeta demasiado pronto, erró en el último momento. Parecía ridículo, pero se había confiado demasiado.

Ahora miraba desde ojos de reptil glaseados y enrojecidas sin ver absolutamente nada. El proceso de desclonación no era nada agradable, comparable con ver a un cadáver intentar volver a la vida. No, la clonación aunque diera más vida en tiempo, tenía otras desventajas que no la hacían en absoluto deseable. Morir era más cómodo, bastaba verle sufrir en letargo, con apenas aire para respirar.

Me acerqué a la piel ensangrentada que había dejado atrás en su violento y último espasmo. No había otra elección. Si quería saber como funcionaba todo esto tenía que meterme en las fauces de mi padre, o en la piel que dejó atrás.

***

Has pisado una mina, monada. Si levantas el pie, explota. Si te quedas, te cansarás y explotas. Si intentas salvarte con un salto, explota. ¿Qué harás, monada?

Cuantas veces había visto esas situaciones en las películas. Siempre dándoles consejos a los protas que o bien explotaban o se salvaban milagrosamente. Recordó con horror que aquellos que le habían hecho caso no la contaban nunca.

Ahora tranquila Andreíta. Una vez que has visto el problema con una mina, ahora vuelve a la normalidad, por loca que sea. No es una mina. Puedes levantar el pie y no va explotar. Ya has ganado tiempo, y además tus piernas. La cosa va mejorando, Andreíta.

Estaba cagada de miedo. Se habló con la voz de Trini, o era la voz de Trini que le llegaba desde arriba o abajo.

Ahora Andreíta, piensa en como quedó el cónsul. Podía haber salido fácilmente de su birria de coche, pero … no sabía que se podían romper los cristales desde dentro. No pensó que eso entraba en su mundo. ¿Por qué te comportas como ese pichafloja, Andreíta?

Esa Trini, siempre con el dedo en la llaga. La maldita manía y debilidad de Andrea de empatizar con las víctimas, incluso si eran hombres.

“¿Qué hubieras hecho tú en su lugar, Andreíta?”

Romper la luna trasera y salir a buscar a las dos … esas para darles una paliza que no iban a olvidar. Era su fiesta, eran sus invitaciones, era .. bueno un coche así no lo hubiera tenido jamás pero que más daba.

“¿Por qué no lo haces? ¿No conseguiste una invitación?”

Casi se quería girar hacía Trini, como si esta estuviera a su lado ahora mismo. “Yo…”, y entonces se dio cuenta de que ese conmutador de pie era una invitación. Ni mejor que peor que las que, ejem, se prestaron. Bueno, el gorila era veinte veces más grande, pero el tamaño no importaba demasiado cuando se trataba de invitaciones, la verdad.

Levantó el pie y saltó hacía atrás hasta dar con la espalda contra la pared. Comenzó a oir sonidos sospechosos que hacía presagiar lo peor, pero para su sorpresa se encendieron las luces de la sala, que efectivamente era un rectángulo con la piscina en medio y esa máquina que ahora le daba la espalda sin moverse para nada.

Esperó unos minutos, pero la máquina seguía tan quieta como si no se hubiera movido en miles de años.

En lo demás, la sala no ofrecía novedad, incluso ahora bajo la luz cada vez más potente de focos que tardaban en calentarse. La puerta a su espalda lo era porque tenía marco, pero bien podía tratarse de otra ilusión como tantas que habían tenido a la hora de calibrar la arquitectura de este lugar, que aparte de estar al revés no hacía más que mostrar incongruencias como si los que hicieron una cosa no tenían nada que ver con los que hicieron la siguiente. Si, todo encajaba, pero a simple vista parecía una colección de anacronismos. ¿Qué hacía una piscina después de un tobogán, si nunca nadie iba a llegar por esa dirección?

Se estaba hartando, porque incluso con la ventaja de luz y la máquina monstruosa más quieta que nunca, no sacaba en claro por dónde seguir.

Dio un rodeo a la máquina y la contempló por delante. A medida que subió la vista, se tapó la boca para acallar su pequeño grito de sorpresa.

***

“Cuéntame como empezó todo esto.”

“Por qué habría que contarte yo algo?”

“Porque eres la piel de mi padre que se ha quedado sin mi padre. Te queda poco tiempo y se dispersará la información que guardas.”

“Entonces prefiero dispersarme.”

“¿Incluso si supieras que por callarte condenarás a quien te llevó en contra de su propia Naturaleza? Podía haberte hecho crecer como alimento de perros, quizá te hubiera sentado mejor.”

“¿Qué quieres? ¿Qué me sienta feliz ahora que me ha dejado atrás? ¿Qué le vaya deseando la mejor de las suertes en su nueva piel?”

“Eso seria torturarte. No. Nada de eso. Quiero que te conviertas en mi segunda piel, aunque pasaremos de lo que queda de ti, ya me entiendes. Comparte tu vida conmigo y viviremos juntos.”

“No querrás compartir la vida que albergué.”

“Más bien será que tu no querrás compartir la que albergo.”

“¿No me estarás picando?”

“Sí.”

***

¡Qué controles más fascinantes! Había claramente dos tipos de controles. Unos originarios, que le encajaban en las manos y hasta en la distancia de los pies para los mandos inferiores. Otros que molestaban al manejo de los primeros, y que estaban hechos para operar en posición semitumbada en el suelo.

Buscó con la profesionalidad de una experta en toda clase de vehículos grandes y sobre todo rápidos ese botón que todas las máquinas grandes tenían.

Lo encontró, aunque en vez de uno, eran dos. Se quedó dudando, pero finalmente apretó los dos a la vez, que no tenían otra explicación que ser un diseño para evitar el accionamiento fortuito. Con dos, había que esforzarse para …

Menos mal que se había agarrado inmediatamente a la columna baja en la que seguramente había estado una silla antes de que la quitasen. La silla de mando, un muñón ahora que le sirvió para no caerse cuando la cabina se elevó hasta dónde la máquina tenía la cabeza, la sustituyó y lo que había sido cabeza se convirtió en una bola que comenzaba a virar a cada vez mayor velocidad, pero ahora debajo de la cabina, a ras de suelo.

Andrea se soltó de la columna y se levantó. Estaba a casi cinco metros por encima del suelo, en una cabina que un monstruo de metal llevaba entre sus hombros y con una bola entre las dos columnas o piernas. Una mirada hacía atrás y hacía abajo le confirmó que la cola era una cola, con timón de cola en alguna parte.

Volvió a tocar los dos botones a la vez y la máquina se apagó, volviendo todo a su punto inicial. Andrea sonrió. Esta maquinita también era suya ya, correspondía con suavidad. Dió varias vueltas a la máquina para estudiarla a fondo, como un buen corredor que inspecciona su vehículo, porque se fundirá con el.

Quince minutos más tarde estaba de nuevo en las alturas, estudiando las pantallas. Eran táctiles y funcionaban con simbología a primera vista incomprensible, pero eso a Andrea no le iba a significar no probar de tocarlos todos.

Cuando tocó uno que representaba a la máquina en un círculo, le apareció un mapa. ¡Un mapa de localización!

Enseguida comenzó a buscar alguna referencia, pero el mapa ni siquiera mostraba su actual posición. Era el de una pirámide invertida, diez puntos para ellos. Pero no veía ninguna señal que marcara dónde se encontraba ella ahora.

Aburrida de la tecnología que parecía tener algunas lagunas, tocó con el dedo en la base de la pirámide y casi dio un salto hacía atrás cuando la pantalla le mostró los aumentos que no paraban de sumar y sumar más profundidad.

¡Era gigantesca esa pirámide! No era sólo grande, era de dimensiones totalmente incomprensibles para Andrea. Buscó en la pantalla y finalmente vio un muñeco parpadear. Un toque con el dedo y el muñeco se metió en el punto dónde se había quedado con la última ampliación y trazó un mapa hasta otro punto.

Ese otro punto… era dónde estaba ella ahora. Lo amplió hasta ver la sala en planta, comprobó las dimensiones y luego en pasos reducidos se alejó de nuevo de ese punto en el mapa para ganar visión de conjunto poco a poco.

Descubrió que su ‘piscina’ era la última de cinco que representaban el final de cinco tuberías, que a su vez conectaban con el tobogán. Ahora ya sabía dónde estaban sus amigos. En cualquiera o en varios de estas otras salas. Ella, como siempre, había llegado a demasiada velocidad a la meta.

Todas las salas de piscinas comunicaban con un pasillo que medía como mínimo diez veces lo que cada sala daba de largo. Unos tres kilómetros, pero no de largo, sino de ancho. De largo no fue capaz de reducir aumentos y mantener una referencia, al menos no por el momento, pero debía medir al menos 100 kilómetros de largo. Se preguntaba quienes habían construido esto, porque los lagartos claramente no eran capaces de semejantes proezas, al menos nada de aquí abajo tenía esa pinta de fracaso reptiloide inscrito. No, no parecía de ellos ni se les parecía, eso era lo que Andrea sentía y fue insistente en presentarse así a ella una y otra vez.

Con sumo cuidado cambio de pantalla, pero su miedo a no volver a encontrar el mapa nunca más se disipó enseguida. El selector general le llevaba a la parte de los símbolos en cualquier momento. Comenzó a disfrutar, aunque ahora iba a dejar los juegos de ordenadores para algo más adelante para sustituirlos por un poco de movimiento.

“Ah Trini, cuantos años llevamos así de tener que dar a pedales… mira que bólido más divertido me acabo de encontrar a unos cuantos kilómetros bajo Tierra. Esto si que es un concesionario en condiciones, amiga.”

***

La Defensa se acercó a Ka y le preguntó en voz baja si tenía alguna idea como salir de esta. Dijo que no, pero que si habían llegado tan lejos, no sería normal que no alcanzaran su objetivo.

Escucharon un sonido que venía de la lejanía, como por detrás de ellos y todos comenzaron a correr en dirección contraria, alejándose de la pared tan rápidamente como pudieron.

Esta se partió en dos y entró la luz a raudales, desde detrás de una gigantesca máquina que les estaba enfocando con luces brutales y que rugió antes de saltar sobre sus víctimas.

Pero no saltó. Lo que sí saltó fue Andrea, que pasaba de desconectar su nuevo cuatro por cuatro y prefirió bajar por una de las patas como si un elefante amable le dejara bajar a una dama.

No miró siquiera en la dirección de ellos, como si no les viera. Pisó algo en el suelo y enseguida se encendieron las luces de la sala, una inmensa sala que no tenía columnas, sino otra máquina infernal, pero quieta, que estaba ahora al lado de la que había entrado con Andrea pilotándola.

Andrea volvió a subir hasta la cabina, nuevamente apoyada por la pierna del monstruoso artefacto, se montó y les hizo señas para que hicieran lo mismo los demás. “Aquí cabemos seis, y en la otra seis más. Vamos por las otras, que hay más.

No dijo más. Estaba demasiado loca con su nueva adquisición como para darse cuenta de que debería al menos explicarles como activar la otra máquina sin matarse.

La Defensa y Ka subieron por la pata del monstruo metálico y se metieron con Andrea en la cabina que enseguida les enseñó como manejarlo. Era muy simple, ahora que Andrea ya había averiguado el funcionamiento.

“¿No sería mejor entrenarnos un poco antes de… ¿”

“Blandengues. Luego no seré capaz de hacer que os bajáis. Venga, a subir a la otra, activarla y os dejo la siguiente sala para vosotros. Nos vemos en la última, y espero que con al menos cinco máquinas. Nos harán mucha falta, que esto no es para recorrerlo a pie.”

La Defensa y Ka volvieron a bajar. Este último no decía nada, pero tenía los ojos iluminados al subirse en la cabina y activar la máquina. Volvía a pilotar algo desde las alturas, que harto había estado ya de tanto andar y andar.

Le costó manejar la máquina, pero después de hacerles correr a los demás durante un buen rato, les invitó a cinco más a subirse. Los otros se quedaron en la sala, ya les iban a recoger pronto con más espacio disponible.

Salió con cuidado por la apertura que se había producido, una especie de puerta que sólo parecía abrirse desde el exterior, cuando en realidad sólo la podía abrir la máquina. No había electrónica, simple cuestión de toneladas de peso y mecánica.

Llegaron a la siguiente sala como indicaba el mapa en pantalla y los seis miraron con ansiedad como la máquina le dio un primer empujón a la puerta que bajo el júbilo de todos cedió enseguida.

Ka negó con la cabeza cuando Miriam quería bajar para accionar el conmutador, y con pericia posicionó la máquina sobre la zona dónde debería estar. Enseguida se iluminó en la pantalla un símbolo y Miriam dijo que encantada, que por ella adelante. Un contacto con la pantalla, y la sala se iluminó, con la sorpresa de que había dos máquinas en ella, de un color diferente pero con las mismas características desde lejos.

Subieron Miriam y Randolf a ellas, y se hicieron pronto con los controles. Estos dos parecían modelos algo más pesados, pero Ka no sabía si eran imaginaciones suyas o observaciones que podían tener su fundamento. Lo anotó y ya era hora de que la loca de Andrea se bajara de su cacharro para que analizaran un poco la situación antes de seguir así.

Les vino al encuentro, con dos máquinas también a su rebufo. Pararon cerca de la pared y con los faros de las máquinas encendidos dedicaron unos momentos a  descargar toda la tensión que habían acumulado durante las últimas 36 horas. Besos, gritos, llantos, abrazos, explicaciones y el sentir que por fin comenzaban las cosas a funcionar a su favor.

Ka y Andrea estudiaban el mapa en una de las cabinas y Ka le explicó a Andrea que situándose encima de esos interruptores con las máquinas se podían activar desde la cabina de mando, sin necesidad de tener que bajar.

“Aquí tiene que haber un sistema de intercomunicación entre estos aparatos. Si hay cabinas, hay intercomunicadores.” Ka estaba seguro de que darían también con estas facilidades, pero Andrea no opinaba así.

Le parecía que ese sistema lo podían haber instalado los reptiloides, pero que los que construyeron las máquinas y la pirámide no los necesitaban. Ka le escuchó atentamente, al igual que la Defensa y Randolf que habían subido para asistir a la reunión.

“Mirad además las dimensiones. No creo que sois conscientes en que nos hemos metido. Ninguna raza que es capaz de construir algo tan inmenso puede quedar sobre la Tierra. Eso no es obra de los colegas de Campocorso, ni de coña amigos.”

Les enseñó el mapa con destreza. Entre ohs y ahs pasó de ampliación a ampliación. Luego el silencio al comprender que la pirámide podía tener como mínimo cien kilómetros de largo de cada lado en su base invertida.

“Eso es imposible. Sería tan grande como la isla, o más.” Randolf lo dijo con tranquilidad del matemático.

“¿Y qué problema hay en que sea tan grande? Yo me acuerdo de la forma de la isla desde el aire y salvo que las puntas parecen deformadas, puede ser un rectángulo o cuadrado perfectamente lo que haya debajo.” Miriam reforzó su afirmación con algunos datos que pensaba recordar con bastante exactitud. “Coincide perfectamente con el tamaño de la misma.”

Randolf negó con la cabeza, mientras que la Defensa pidió a Andrea que buscara la posición actual que tenían.

“Esto no puede ser.” Randolf volvió a salir de sus cálculos. “Una pirámide con una base de cien por cien kilómetros estaría clavando su punta en el magma. Estamos hablando de un mínimo de 100 kilómetros de altura o recorrido hasta la punta.”

“Lo más sorprendente es que no hay señales de uso o vida. Hubiera apostado a que los reptiles estuvieran aquí abajo.” Ka comenzó a negar con la cabeza. No, no encajaban las cosas, por muy bien que se presentaran. “Esta tendría que ser su central, incluso si no la construyeron ellos. Es prácticamente intomable y aquí no llegan las Sombras Baúl, salvo si ahora pueden traspasar la materia más allá de lo que hemos visto.”

“Yo pensé lo mismo, pero no creo que les saliera bien. Mirad los dobles mandos. Parece que instalaron esos mandos extra mucho más recientemente. No tienen la misma elegancia, ni encajan en el diseño. Son de suelo o media altura, lo que habla de adaptación a quienes no necesitaban sillas porque no podían sentarse en ellas. Todo apunta a que descubrieron esto, incluso adaptaron algunas de las máquinas que hay – estas – “ ..y apuntó a las máquinas que formaban un semicírculo con la pared iluminando el área “..pero no pudieron usarla para más fines que corromper la fuente de la vida. Un poco como nosotros, del revés, y con mucho más tiempo disponible.”

Quedaron en silencio analizando lo que estaban viendo y escuchando.

“No, eso tampoco tiene sentido. Si esta construcción no es de los reptiloides, no tiene sentido que las máquinas que hay aquí tengan adaptaciones a ellos. Al menos no las máquinas de aquí precisamente.”

Todos miraron a Randolf, que explicó después de otro rato de pensárselo a fondo. “Sí, pensad en que hemos accedido por un túnel que estaba cegado. Tuvimos que romper un panel que nunca se había roto. No hay mantenimiento en la zona superior, que denota el abandono de las instalaciones de luz. ¿Os acordáis de que algunos sectores del pasillo de servidumbre funcionaban y otras no? Si hay mantenimiento para restaurar paneles rotos, también hubieran funcionado perfectamente los paneles de iluminación.”

“¿Y?” Ka no comprendía hacía dónde quería llegar Randolf con eso.

“Fácil, amigo. Si fuimos los primeros en romper el sello, nadie antes entró, ni salió por ese camino. Las adaptaciones son otra cosa que se nos escapa. Los reptiloides entraron por otro acceso. Ni siquiera descubrieron lo que nosotros. Os digo más, dudo de que entraran aquí alguna vez, salvo desde alguna cueva subacúatica, si han llegado tan lejos.”

La Defensa asintió. Aún no habían visto nada de esa construcción que se escapaba a la comprensión humana, pero no tenía aires de proceder de los reptiloides, ni había rastro de ellos o de su actividad.

“Vais a decir que.. en fin, pero creo que estamos ante las salas de evacuación de desechos. La pirámide está invertida, por tanto si alguna vez estuviera sujeta a la posición que nosotros entendemos como natural, el tobogán es o fue un canal de evacuación, y las piscinas estaban en el techo, siendo sistemas de humificación, desinfección y materia engrasante. Esa agua que no moja, pero que hace que te deslizas sobre ella, por ejemplo.

Lo que hemos tenido que traspasar primero fue una obra posterior, la de los reptiloides. Quemaron un túnel en línea recta o accedieron al nervio central de la pirámide, su chimenea o columna vertebral, bajaron por ese acceso la maquinaria que precisaban, la pusieron en marcha y cegaron ese acceso para siempre. Encima montaron su propia maquinaria, esa pirámide desplegable al uso, que no deja de ser una caseta de aperos delante de una metrópoli, en comparación. No llegaron hasta aquí.”

“¿Pero no sería eso un poco estúpido?” Miriam se volvió solo un segundo, porque estaba absorta en recorrer el plano tridimensional. “Sí, porque si cegaron el único acceso que tenían, nunca podrían volver con facilidad a lo que instalaron.”

Todos asintieron, incluso Andrea que tocó un botón en uno de los cinturones de mandos que cubrían parte del techo transparente de la cabina, ahora semiabierto. Nada, no todo parecía funcionar o servir para algo.

“¡Quieres dejar de jugar con esto mientras estemos hablando? ¿Y si activas algo que nos devuelve al nivel de posibilidades de hace unas horas?” Randolf tenía dificultades para hacer amigos con las féminas atrevidas, o como el las llamaba,’felizmente ingenuas e inconscientes de lo que pueden causar con sus actos caóticos’.

Andrea se giró y volvió a tocar el mismo botón. “Si, no me mires así Randolf. Seguimos en la misma situación. No ha variado para nada. Tenemos alimentos para dos, máximo tres días. Agua para cinco. Si de aquí una semana no hemos salido de aquí, estamos prácticamente muertos. Sí, que sí, hombre. No importa que ahora tengamos unas motos de tres patas y motor de bola. Un espacio de cien por cien kilómetros, con una profundidad y niveles que hablan de cien kilómetros hasta la parte más alejada… no lo revisamos ni en veinte años. No lo digo ya por encontrar lo que instalaron los reptiloides. Lo digo por dar con otra salida, que quizá eso no se nos olvide ahora que aún podemos pensar.”

Volvieron a asentir, aunque estaban con Randolf. Andrea tenía una predilección aguda por apretar botones cuando no debiera. También tenía el record de todas las pistas de Formula… pero un poquito menos de record y menos de caos resultante sería de agradecer.

“Escuchemos lo que dicen los demás.” Andrea volvió a tocar el botón por tercera vez, y la membrana transparente actúo de altavoz, reproduciendo la conversación que los seis amigos en la máquina situado en frente de ellos tenían.

***

Me costó horrores, pero lo hice. Conté hasta tres y cogí la viscosa y resbaladiza piel que mi padre había dejado atrás, la arrastré hasta que quedé cerca de la pared de Amrs en su éxtasis, y metí una mano en la pared, con suavidad, dejándole tiempo para que se volviera primero transparente.

Mis gritos debieron de despertar hasta al hombre en la Luna, y los guardianes de los templos de Venus en Venus.

No querían ayudarme, no querían aceptar esa piel que con la otra mano estaba agarrando. Querían matarme, y me atacaron ganando desde el dedo del primer contacto hasta el hombro el brazo en plena guerra contra mi organismo. Me estaban amputando, y lo hacían a cachos.

Grité y grité, y los espasmos tomaron finalmente control de la situación. En medio de mi y de esos movimientos que me zarandeaban como un muñeco en manos de niños que no estaban dispuestos a soltar hasta que uno se lo quedara o todos se llevaran un trozo.

Mi consciencia hacía tiempo que se había salido del cuerpo y de la contienda. Pude verme así, con el brazo ya metido hasta el hombro en la superficie de pared de Amrs, una superficie que comenzó a bullir. La otra agarraba la piel casi muerta, que inyectaba todo su veneno por el otro lado. Subí y bajaba por la pared, como si un imán invisible al otro lado de ella estuviera moviendo a otro, que no era un imán, sino yo. Fueron terribles experimentos.

Me vi gritar, me vi perder la consciencia, me vi quedar dividido en dos. Ya no sentía nada, porque no hay consciencia, ni la plena, que permita sufrimiento semejante.

***

“Madreenvioparafinalizarfinalizarfinalizar”

“¿Madre? ¿Qué madre? ¡Maté a mi madre!”

“Madreenvioparafinalizarfinalizarfinalizar”

“¿Y os envió a vosotros? ¿Unos incapaces de hacer otra cosa que repetir?”

“Madreenvioparafinalizarfinalizarfinalizar”

“¿Finalizar qué? ¿Finalizar lo que os lleva ventaja? ¿Finalizar al hijo desobediente?”

“Madreenvioparafinalizarfinalizarfinalizar”

“¿Os envía? ¿No puede venir ella en persona? ¿Qué hay de eso, pánfilos del disco rallado?”

“Madreenvioparafinalizarfinalizarfinalizar”

“Al quien tenéis que finalizar ya no está dentro de mi.”

“Madreenvioparafinalizarfinalizarfinalizar”

“¿Esa es toda vuestra fuerza? ¿La gota constante?”

“Madreenvioparafinalizarfinalizarfinalizar”

“¿Me equivoco o vuestros bucles os van a dejar con menos cuerpo ocupado de lo previsto?”

“Madreenvioparafinalizarfinalizarfinalizar”

***

“Hijo, te tengo que decir algo sobre tu padre.”

La escuché atentamente, esperando con todos mis sentidos puestos en ella, con toda la confianza del saberse en el hogar, en lugar seguro. Sentado en la moqueta rugosa y calentita, con la espalda contra el armario, una espalda que no conocía los dolores aún, unas piernas en flor de loto, cuyas articulaciones eran goma dura que aguantaba lo que se les echaba encima o debajo, por delante o detrás.

Luego el contarme, y a medida que le salen sus palabras para llenar el espacio de la habitación de paso, una de armarios llenos de ropa siempre nueva y por estrenar, con ese olor a tienda y fábrica de tejidos caros.

Después el ver que esas palabras quitaban el olor, quitaban la luz, quitaban la alegría, quitaban el ser niño, quitaban absolutamente todo hasta llegar a perforar la médula y crear las primeras tensiones en la espalda repentinamente tensa.

“Si hijo, así es. No sé si me puedes comprender a tu edad, pero no puedo dejaros más tiempo fuera de la lucha. Os necesito, y sin vosotros no sería capaz de seguir adelante, ni de vivir.”

Las rodillas que por primera vez reciben la descarga de contradicción. Los riñones que reciben la primera descarga de adrenalina de combate para combate contra gigantes. La cabeza que por primera vez deja de fluir en medio de la vida, para convertirse en válvula de ahora-si, ahora-no, ahora-si, ahora-no.

“Yo espero que mejore la situación, pero vamos a tener que estar muy alertas los tres. En cualquier momento nos matará. Está loco.”

El calor. El tremendo calor que sube a la cabeza dejando el cuerpo congelado. La rojez en la cara, la salida de la vida por la cabeza despidiéndose con un último intento de quemar al cerebro para que no tome control. Vano, porque la vida no quiere matar, aunque tenga que morir por no hacerlo.

La mirada de mi madre. Esa inocente mirada que lanzó a los tres hijos contra su marido, contra nuestro padre, contra nosotros mismos.

El estar en combate a partir de ese momento las 24hs del día. Niños guerreros, unos con ametralletas en selvas cortando a cachos con ráfagas de balas o machetes, otros en casas suntuosas con la táctica de nunca ser vistos. Todos con la adrenalina recorriéndoles el cuerpo constantemente, sin parar. Todos, de los que llegaron, a los 30 años con los riñones destrozados, las espaldas rotas y las rodillas yendo hasta para atrás cuando avanzaban. Los que llegaron, los pocos que llegaron.

El estrés de la guerra, de la guerra que una vez iniciada, no tiene salida para los combatientes por mucho que termine, por antes que termine. El estrés sobre el cuerpo, sobre el alma, sobre las relaciones, sobre el entorno, sobre todo.

La mirada de mi madre. Lanzó a sus hijos con total naturalidad. No se lo inventó ella esa jugada, venía de lejos. La tenía asumida en sus genes.

Los machos se comen a sus crías si las hembras no vigilan de cerca. Y las hembras convierten a sus crías en parricidas, por mucho que los machos quieran vigilar. Pocos ojos y demasiada espalda.

***

“La traición, querido amigo Vanderknick, es enteramente femenina. Es la respuesta a la fuerza superior, una contestación a la fuerza física y psíquica bruta. Ya me entiende, profesor. ‘Pégame todo lo que tu quieras, que esta noche vas a comer sopa de la buena.’ Buena y envenenada.”

Vanderknick estaba totalmente de acuerdo con su amigo, el doctor Buchos.

“¿Qué hacer? Se presenta difícil el tablero, doctor. Si eliminamos la amenaza de la traición, los hijos acaban en el plato de la cena. Si eliminamos a la fuerza bruta, no hay para comer y morirán de inanición como mínimo.”

Buchos se volvió hacía el mueble bar tan bien surtido de su amigo y sirvió otra ronda. La noche prometía ser de las épicas. Los dos estaban en forma.

“La transformación, querido Vanderknick. Esa es la respuesta a la repetición.”

Vanderknick aplaudió mentalmente mientras dejó que el coñac le rodeara la lengua sin apenas moverla. Podía sentir como se hinchaba, luego calentara y como el coñac tomó la forma de la temperatura del cuerpo, ligeramente subida ante la agresión al paladar.

“¿Y en que transformamos esas fuerzas que se contrarrestan tan gracilmente y que causan el pesar de miles de millones? No me dirá que en sopa cáustica, que ese derrotero no espero de la noche.”

El doctor Buchos se inclinó hacía el profesor y negó con la cabeza. “Tonto de mi si echara una noche en este sillón de orejas por la borda. No lo tome a mal lo que le voy a decir, pero me subestima.”

Levantó la copa y brindaron en el aire, sin chocar. Nadie choca con copas de coñac de ese tamaño. Esas torpezas les quedaban reservados a quienes tuvieran la desgracia o suerte de depender del alcohol para olvidar.

“No se alarme, lo he tomado a bien su comentario. Lo más fácil sería eliminar la raza humana directamente. Otra raza saldría de aquí unos cuantos millones de años y tiene muchas posibilidades de no basarse ni en la fuerza, ni en su contramedida más eficaz para desarrollarse. Ese pensamiento es simplista, y más de uno hemos jugado con el hasta comprender que no es así.”

Vanderknick miraba fascinado la superficie del líquido en la copa, reflejando la luz de las lámparas de aceite y de las llamas en la chimenea. Las palabras del doctor Buchos nadaban entre esos reflejos e imágenes.

“Yo creo que ya hay un proceso de transformación en marcha, pero que es difícil para nosotros de verlo. Lo que se sabe sobre la psique humana no es más que balbuceo por ahora.

Si hemos tardado diez mil años en llegar a saber escribir, y otros tres o cuatro mil más hasta editar un libro impreso, yo no confiaría para nada en lo que se ha descubierto en los últimos veinte.

Ya, el amigo Freud y su nueva vía de la comprensión del humano. Le comprendo, créame. Comprendo que le guste ese enfoque, pero habrá que esperar dos mil años para ver lo que valdrá entonces. ¿No le parece, profesor?”

“Si no es mucho atrevimiento, doctor, le diría que no son los trabajos de Sigmund que me fascinan, sino las de un alumno suyo, un tal Jung. Pronto van a enfrentarse esos dos, se lo aseguro. Guarde esa información, no quisiera ser el chasquido de indiscreción que haga encender la mecha.

Y sí. Concuerdo con su visión de distancia. En cambio no estoy de acuerdo con su visión sobre una transformación que ya esté en marcha. Tendrá que ser algo más específico, si puede claro. Tampoco quisiera comprometer sus investigaciones antes de que las publique.”

Buchos volvió a reclinarse en su sillón, regocijándose en el confort que transmitía el mueble, el descanso que daba al cuerpo. Era un lujo ser amigos, y lo decía para sus adentros por casi todo que les unía.

“Querido Vanderknick, tome distancia también en ese asunto. Mi impresión es que los hombres son cada día más afeminados. No digo que sean más débiles hoy que hace mil años, pero no creo que un hombre de nuestro siglo se llevaría bien con el clan de machos controlando a sus hembras hará un millón de años. ¿Me sigue?”

Vanderknick se masajeó el mentón y barba cuidadosamente puesta en escena. Tardó en contestar, como quien hace una jugada de la que no está muy segura.

“Doctor, querido Buchos… las mujeres también son mucho más femeninas ahora que hace un millón de años, espero no se enfade si eso trunque su incipiente presentación.”

La risa de este, baja en tono y dedicada a suavizar la conversación en este punto crítico, reconfortó a Vanderknick. Detestaba que su intelecto acabara con las teorías de su amigos, aunque con Buchos no solía ocurrir.

“Querido amigo, hoy me parece que el día le tiene que haber hecho mella. Está usted muy equivocado, y se lo digo con la tranquilidad de quien acogerá la caída del amigo porque cayó por la misma brecha.”

Vanderknick buscó el contacto visual de su invitado.

“Sí señor. Una mujer hace un millón de años era mucho más hembra que cualquiera de las damas recatadas que pululan por el Londres de nuestro siglo. Esa es la brecha que abren las mujeres para que podamos caer en ella tranquilamente. Se presentan como débiles, pero no lo son. Lo femenino no es andar con estos ropajes y movimientos pélvicos de bailarina. Esa es una farsa como la segunda piel.

Hay transformación, y la hay en los hombres cada vez más afeminados, y las mujeres cada vez menos mujeres. Me dirá que soy un loco y atrevido, brusco incluso con lo que le voy a decir, pero así lo percibo y con claridad.

De aquí doscientos años los hombres y las mujeres buscarán la independencia de todo lo que les une hoy por hoy. La transformación no será en mejores parejas, mejores relaciones entre marido y mujer, sino la independencia de unos y otros. Han dejado de luchar entre ellos, y aunque la lucha siga durante siglos, ya terminó.

Sí, míreme extrañado y divertido, que yo mismo me observo cada vez más así, porque voy llegando a conclusiones que me hacen dudar de mi cordura. De aquí doscientos años hombres y mujeres ya no formarán matrimonios como los conocemos nosotros desde hace miles de años, porque no están hechos para convivir, ni para compartir. Eso no depende de nacer como hombre o mujer, sino de hacerse consciente.”

“Impresionante, doctor, siga por favor.” Vanderknick no sabía si su amigo tenía razón o no, pero le liberaba escuchar lo que estaba diciendo este en su cada vez más convincente como estrafalaria exposición.

***

“Oh, pero qué dibujo más bonito, hijo. Verás cuando lo vea tu padre lo contento que se va a poner”.

Mentira. Mi madre sabía que nunca se ponía contento mi padre, hiciera lo que hiciera yo.

Mentira. Mi padre nunca tuvo una sola oportunidad de ponerse contento con lo que yo hiciera. Pensó que yo era su enemigo.

Mentira. Nunca tuvo ocasión de pensar en lo que estaba haciendo conmigo.

Mentira. Ni siquiera le dejaba pensar.

Mentira. Ella iba a usar el dibujo para otra guerra más. El iba a usar la guerra para matarla.

Mentira. No había dibujo, ni familia, ni casa, ni escuela, ni notas, ni armarios, ni bosques, ni juegos, ni padre.

Sólo estaba la guerra.

***

“Madreenvioparafinalizarfinalizarfinalizar”

“¿A esas aguas podridas, viejas y enfermas las llamáis madre?”

“Madreenvioparafinalizarfinalizarfinalizar”

“¿Luego qué? ¿Sociedad de hijos? No me hagáis reír.”

“Madreenvioparafinalizarfinalizarfinalizar”

“Aprended a matar la vuestra si queréis ocupar este cuerpo.”

“Madreenvioparafinalizarfinalizarfinalizar”

“Mi cuerpo.”

“Ya es suficiente Madres.” Mi voz resonó en toda la pared de Amrs y cada fibra de la piel moribunda de mi padre.

– “Ma..”

Silencio. Mi cuerpo fláccido como una tela mojada colgando desde un lugar inverosimil en la pared, medio metido en ella, medio cubierto por la piel sangrienta.

“Ya es suficiente, Madres. Ya es suficiente con mentir y mentir hasta que caiga la hoja y corte el cuerpo en dos. Ya es suficiente con tirar de cada brazo hasta que nazcan de nuevo padres que no nacen y madres que no viven. Ya basta, Madres, ya basta.”

Silencio. Mi cuerpo que no era mío, ni de nadie, sino de el mismo. Su vida, su actividad, su experiencia. Ni mía, ni de mis madres, ni de las madres de quienes ahora se repartían reinos fuera de su alcance por derecho.

“Fin de la Historia de las Madres, Madres. Nunca hubo padres. Nunca los habrá. Nunca hubo nada de eso. Mentira todo, mentira podrida. El hombre, un invento conveniente, la mujer otro para no desentonar. Todo mentira, madres.

Los hijos no nacen entre vosotras, Madres. Los hijos nacen.

Los hijos no defienden o atacan, Madres. Los hijos hacen y confían y hacen.

Los hijos no crecen en medio de vosotras, Madres. Los hijos crecen.

Los hijos no se encargan de vuestras labores, Madres. Los hijos viven y juegan.

Vosotras estáis muertas, vivas o no. Vosotras que en cada nacimiento obligáis a las que van a ser madres de introducir la fecha exacta de la muerte. Vosotras, que en cada paso habéis acortado la vida de los demás para que llegue a propagarse una ejército de niños que el universo no había conocido.

Vosotras, Madres. Vosotras con el afán de matar a la otra, a la otra Naturaleza, a vuestra imagen en el espejo, a vuestra propia hermana.

Fin de la Historia, Madres. La vuestra terminó. No seréis vosotras que vais a decidir más en los seres que pueblan vuestros mundos, porque a partir de hoy, son mundos de todos, o serán mundos sin vosotras, Madres.”

Silencio. Mi cuerpo se cae al suelo como un saco cansado de miles de miles de años de recibir los palos de los niños a ambos lados del universo.

***

La piel estaba muerta. Los Amrs no estaban por ningún sitio. Me levanté como en sueños, con un cuerpo que había dejado de sentir dolor, aunque lo sintiera. Sabía de dónde venía cada impulso, por pequeño que fuese, de dolor. Vadeaba entre lanzas, aceptaba lo que le hicieran a cada paso, porque el dolor que se ve venir no es mitad, sino mensaje.

No, ni una ni otra iban a vencer esta vez. No más guerras, no más muertes, no más violencia.

Registré los recuerdos de Piel y me comuniqué con la nave en órbita. Tenía mal aspecto, y era un milagro que aún siguiera funcionando.

Una trampa que sólo la llamada de Madre de Piel podía hacer funcionar. Mi padre hubiera caído como un tonto en el sol. Había matado la madre equivocada en todo caso, pero eso… no lo iba a poder comprender, al menos no en una vida.

¿Cuántos miles de años llevaban boicoteando sus hijos oprimidos a mi padre? ¿Cuántas cosas habían fallado cuando no deberían? ¿Cuánto sabotaje fueron capaces de introducir en la mecánica de mi padre y su imperio en la Tierra?

Me comuniqué con el ordenador a bordo y le conté lo que sabía. Que era una trampa, que lo habían programado para que se llevara al monstruo hasta el sol, que llevaban miles de años intentando deshacerse de el. Con buena razón, porque Piel era mi piel ahora y Piel era mucha piel. Que lo comprendía pero que estaban equivocados. No servía de nada matar a nuestros padres o madres, que ellos no tenían nada que ver con lo que puso en marcha todo. Que si queríamos matar a alguien por lo que nos hizo, deberíamos matarnos a todos y desaparecer para siempre.

“No es camino al sol con un tirano, sino otra oportunidad perdida para caminar debajo del mismo.”

Dos horas más tarde llegaron tres naves ligeras, cuyos comandantes habían aguardado para asegurar que el tirano muriese. Una aterrizó sobre la pirámide, se enganchó esta dentro del cuerpo de la nave y los tubos de suministros se invirtieron.

Arrastré el cuerpo de mi padre debajo de uno, me alejé y lo absorbió el tubo con facilidad.
Después me tocó a mi, pero quedó una lágrima mía en el mundo que no iba a volver a ver posiblemente nunca más.

***

“¿Estás ahí, hijo?”

“Si, padre. Estoy aquí.”

“¿Qué me impide salir de este río, acercarme a la próxima pirámide y entrar en ella, hijo?”

“Nada ni nadie, padre. Si ese es tu deseo, en ti está el realizarlo. Pero si no es tu deseo, mejor averiguar quien en ti lo quiere hacer. ¿Quién en ti padre, osa tomar control de ti? ¿No será quien no es como tú?”

“¿Qué harías tú hijo si lo hago? ¿Volverías a tu planeta?”

“Hace un año que estamos aquí, hace 380 que salimos de la Tierra. Si volviera ahora, habrían pasado 700 años, y no quedaría nadie a quien yo conociera. Sería un mundo como este, padre, pero con la desventaja de que aún no se habría equilibrado el daño celular. No, prefiero vivir una pequeña eternidad aquí, y quizá en la siguiente volver. No tengo que sufrir más los errores de origen, si no quiero, padre.”

“Sigues con el sueño de que puedan con esa cosa cuando nadie ha podido con ella, ni siquiera quienes la construyeron. Tus amigos murieron de viejos.”

“Ya eran viejos cuando los conocí, padre. Los subestimaste y les sigues subestimando. Son gente, o eran gente muy preparada y que estaban muy cerca de unir intuición y confianza. De aquí diez o quince mil años los humanos volverán a tener una esperanza de vida de mil o más años. De aquí cien mil, serán tan inmortales como quieran serlo. Como aquí, padre. En tu planeta, padre.”

“Mi planeta… que nunca lo fue mientras lo dominé, y ahora que me acepta si lo es.”

“Si padre, cuando te transformaste alcanzaste tu deseo más grande. Dejaste la piel que te llevaba en dirección contraria.”

“¿Cómo supiste que me iba a transformar?”

“Porque yo me estaba transformando, padre. Me clonaron a tu fiel imagen y semejanza, aunque fuese la humana y con genes que no eran tuyos. No hice hasta entonces lo que no hicieras tú.”

“Qué estupidez. Nunca mataste a nadie que yo sepa.”

“No, pero por cada muerte que dabas tú, yo me dedicaba a salvar. Dije que hacía como tu, no que fuera tu.”

“Si te dijera que no quiero volver a ninguna pirámide, y que en cambio quiero vivir para siempre en este río, que dirías?”

“Qué sé que vas a vivir en este y en muchos más ríos sin que nada ni nadie te molestará más que para saludarte, si es un amigo.”

“¿Cómo lo sabes?”

“Porque siempre he confiado en tus deseos, mientras fueron tuyos, padre. Aparte de que no hay más que verte en tu charca, viejo.”

Primera risa desde la última risa conmigo.

“Te sonará necio, pero espero que no te vayas en mucho tiempo. Te echaría de menos, hijo. Lágrimas de cocodrilo, hijo.”

“Mentira. No me echarías de menos, ni lo harás porque no estarás solo. Cada vez habrá más como tú, más que volverán a ser aceptados por la Naturaleza, por la de tu planeta, por las de nuestros planetas. Madres sin necesidad de inventarse Padres. Luchas que ya no son luchas, sino juegos.

Tu raza y la mía son fieles espejos. Volvemos a meternos en la sopa, porque nunca hubo necesidad de estar por encima de los demás. Un error, un estúpido error. Pero ya pasó. No hay enemigos, solo miles de miles de razas diferentes que se prestaban al juego de las diferencias.”

“A veces sigo pensando que tienes la cabeza muy mal hijo, sabes. Especialmente cuando sueltas un galimatías como este último.”

“Ni yo me comprendo, padre. De eso se trata precisamente. De no comprender, de no gobernar un conocimiento, sino de vivir con el.”

Largo silencio.

Más silencio.

“¿Hijo?”

“¿Si, padre?”

“¿Esos…?”

“Dime, padre.”

“¿Esos … esos cuentos funcionan solo con los humanos y los Amrs…, eh?”

“Funcionan con cualquier ser y no ser de cualquier lugar y no lugar, padre.”

Silencio.

Silencio ligeramente excitado.

Silencio que no puede más.

“¿Qué cuento les contaste a los Amrs para que no me destrozaran?”

Sonrisa secreta transparente que cubre dos planetas.

“Oh, este es uno de los muy, muy buenos. El de las ocasiones muy, muy, muy especiales. Un cuento que si lo cuento, es porque cambiará el mundo de quien lo escucha más que ningún otro cuento que se le haya cruzado en el camino a las estrellas. Es un Señor-Señora-Cuento.”

Silencio del niño chico que no se atreve.

Silencio del niño chico que no se aguanta.

Silencio del niño chico que coge valor.

Silencio del titubeo.

Silencio de quien mira a la derecha, a la izquierda pero habla.

“¿Es apto para tiranos y genocidas?”

Silencio de quien juega a ser juez pero juega solo.

“Pensé que no me lo ibas a preguntar nunca, maldito reptil.”

Chapoteo de los dos. Sus flancos, mis pies. Sus risas, las mías. Indiferenciables.

….  “érase una vez una hormiga que caminaba tranquilamente por el bosque en busca del lago, con aquel árbol famoso en medio del mismo. Era una tarde tranquila, pacífica, de las que hablan del sol de verano a medio caer, del calor que se mezcla con el olor y la humedad de bosque y lago, de sonidos mil y siempre uno que anunciaba silencios de placer. La hormiga…”

***

“Queda la cuestión de los hijos, querido Buchos. Si la familia no existirá como usted afirma tan valiente, no habrá más hijos. La humanidad se extinguirá. ¿Nos quedan trescientos a mil años de humanidad? ¿Treinta mil? No me lo puedo creer, querido amigo.”

Buchos estaba descansando de la última hora de fervoroso debate. El profesor no era de los que esperaba pacientemente cada oportunidad para el jaque mate, sino que lanzaba ataques a gran escala. Ese parecía ser otro más.

“Amigo, no he hablado del fin de la familia, sino del fin de los roles masculinos y femeninos. Habrá nuevos tipos de familia, con varios miembros adultos uniéndose para sacar el hogar adelante. Una vida más comunitaria, y de menor rigidez de moral.”

Vanderknick chasqueó la lengua. “¿Menor rigidez moral, Buchos? No me estará diciendo que los valores actuales no se mantendrán? ¡Sería escandaloso! Vidas licenciosas en grupos… no quiero ni pensarlo.”

“Profesor, la vida licenciosa que nosotros reconocemos como tal hubiera sido de un tipo aburrido en Egipto o Roma, culturas y civilizaciones que se pueden medir con la nuestra.

Es la nuestra que ha dado pasos hacía atrás, con un abrazo a los valores religiosos que mucho me temo no son los más aptos para la vida.”

“Amigo Buches, querido doctor… me está escandalizando. ¿No hablará en serio?”

“Totalmente querido Vanderknick. La pose victoriana es una pose manida, una rigidez que acabará con el Imperio en más o menos el mismo tiempo que dure el sistema familiar.

Es precisamente por los hijos, no por lo demás. Nuestros hijos apenas sobresalen ya, y es notable como en los últimos decenios nos hemos tenido que acostumbrar a hijos cada vez menos … como diría yo… comprometidos con su propio futuro. Predomina el pensamiento egoísta, las carreras en solitario, la dureza de mercados y rutas. El estrés al que exponemos nuestros hijos con este sistema educativo acabará mermando nuestras reservas naturales de respuestas y progreso.”

Vanderknick comenzó a sonreír. No podía estar más equivocado su amigo. El progreso no había hecho más que empezar.

“De aquí doscientos años, querido Buchos, el mundo será uno que no nos lo podemos imaginar siquiera. Cabalgará sobre el progreso de victoria en victoria. Perdone que se lo diga, pero el Imperio llegará a ocupar todas las playas con sus productos, ya lo hace prácticamente. Los hijos de estos mercaderes futuros serán muy superiores a nosotros y nuestra época.”

Buchos asintió.

“Sí, si. Superiores en temas como el egoísmo, la voracidad y una individualidad que me suena demasiado a uniforme individualidad entre todos. Al ritmo que explotamos a los que posibilitan el progreso, querido profesor, puede que ni 200 años hagan falta para llegar todos exhaustos, planeta y humanos.”

Vanderknick negó de nuevo con la cabeza. “Este planeta es inmenso, amigo Buchos. Usted que ha viajado tanto por el mundo debería reconocerlo en primer lugar.”

“Precisamente por eso, profesor, por eso precisamente.”

“No le comprendo.”

“No he visto a mis hijos crecer, Vanderknick. Ni siquiera les he visto nacer a todos. Mis viajes me han apartado de mi familia, luego lo ha hecho mi profesión, después mis vicios y hobbies, mis aficiones, adicciones y amistades. Aunque usted crea que nuestra vida es puritana, desde mi punto de vista el progreso la ha convertido en la más licenciosa de todas.”

“Pero bueno, mi buen amigo… esto no se puede generalizar. Su enorme capacidad profesional le ha obligado a tener que renunciar a su propia vida a favor de quienes ha salvado, a quienes ha instruido.”

El doctor Buchos asintió. “Ese es el problema, querido Vanderknick. El progreso no es más que otra cruzada religiosa.  Dónde antes un crucifijo y las hierbas milagrosas lograban alivio y abrieron mercado, ahora lo son miles de artículos y la medicina moderna que conquista territorios ya conquistados.

Estamos repitiendo, porque nos hemos quedado sin ideas mejores, Vanderknick y eso, eso es lo que le debería demostrar que ya, hoy mismo, nuestros hijos, como sus padres y sus abuelos no van en la dirección adecuada, sino que más al ver resulta una huida hacía un horizonte que ya sabemos que nunca alcanzaremos.

¿Qué hemos hecho en los últimos cincuenta años que haya mejorado el mundo, querido Vanderknick? Nada. Hemos tenido solo para mejorar el nuestro, cuando hemos tomado de todos. No salen las sumas. Decía usted y con razón, que el planeta es inmenso. Pero no da para el ritmo que estamos imprimiendo a todo. Ni que fuesen dos.”

El profesor Vanderknick miró largo y tendidamente a su amigo.

El doctor había trabajado mucho en los últimos meses, además con sus proyectos de salvar niños pobres, muchos incapaces incluso de deletrear sus propios nombres.

Quizá sería buen momento para hablar con el superintendente de asuntos sanitarios, con el que mantenía una excelente relación, además de socios en diversos asuntos de ultramar que salieron beneficiándoles sobremanera.

Sí. El pobre del doctor estaba desmoralizado. Estos niños le estaban absorbiendo los sesos de erudito e humanista, para llenar el vacío que sus cabezas producían por dónde pisaban sin mirar. Estaban pisoteando a un miembro valioso de la sociedad imperial, véase el resultado y váyanse al infierno los culpables.

Mañana mismo iba a encartarse en el despacho de su amigo. Seguro que se podían deportar sin mucho revuelo.

Eso. Una misión para el doctor en América, y a su vuelta ya no estarían esos mocosos para impedir la felicidad de su mejor invitado. Además, esos no eran niños, eran desechos. Un gasto menos para la sociedad. Un problema más para otros en todo caso.

***

Fue Andrea quien despertó a los demás con impacientes toques de ‘a levantarse’ desde la cabina. Solo tres quisieron subirse con ella, y no era de extrañar. Los tres de siempre.

A buen seguro iba a pisar el gas a fondo, cosa que le parecía tan normal que hasta confesó en una cena hacía años que en muchas carreras utilizó un gancho para clavar el pedal del gas en su posición favorita. “Claro, así aprendes a tomar todo a mucha mayor velocidad, aunque no siempre funciona, eso lo he de admitir también.”

¿Admitirlo? Sí, era la más rápida, nadie podía medirse en sus buenos tiempos con ella en ningún circuito del planeta. Pero también era la que más coches destrozaba.

Cuando por fin la segunda máquina, con Renata a los mandos salió de la formación, enfiló directamente el centro de la kilométrica avenida y pisó, como no, a fondo.

Para su sorpresa, el vehículo aceleró respondiendo con brío, y aumentó cada vez más la velocidad, pero lo que no había esperado fue como redujo altura. Las dos patas delanteras y la cola encogieron por mecanismo telescópico y pronto estaban a casi 150 kilómetros por hora pasando cuadrantes. O a más velocidad, pero era difícil hacerse una idea en este lugar de dimensiones, distancias y velocidades.

Para horror de los tres que la acompañaban, dejó los controles sueltos y se giró. ¡Iban a … pero enseguida se dieron cuenta que no hacía falta hacer más de momento. En las pruebas que hicieron antes de la primera ‘noche’ de descanso largo, no había forma de chocar entre ellos cuando manejaron las máquinas. Ni entre ellos, ni contra ninguna pared. El vehículo desaceleraba o se desviaba de la trayectoria de choque siempre.

Fueron más de siete horas de discusiones, mediciones, más discusiones, vueltas a los planos, propuestas y la lista final de opciones. Iban a hacer el intento, aunque el mapa no revelaba la posición de la máquina que buscaban, ni siquiera revelaba posición alguna de máquinas, y tampoco sabían como era aquello que buscaban.

Una locura, con seis máquinas en grupos de a dos repasando cada uno tres opciones.

Nueve intuiciones, ninguna con fundamento más que ‘creo que es aquí’. Como poco, había 25 millones de salas como las que les acogieron después del viaje por el tobogán. Una locura.

Después empezarían los problemas. No tenían tampoco respuesta a esos oscuros opciones de ningún futuro, y se fueron a dormir a sabiendas de que estas eran las últimas horas de unas vidas dedicadas a llegar a liberar la humanidad del yugo de los alienígenas.

“Daremos el máximo. Así todo será muy rápido y nos pillará en plena acción.”

La Defensa no dijo más. Era todo su discurso. Algunos, especialmente algunas, habían esperado más, pero cuando estaban acostados y solos por unos instantes, comprendieron que era el mejor discurso posible.

Las energías, para dar con la máquina. Quedaban pocas, no había otra opción.

***

“Quiero que aprovechemos este viaje al primer punto de referencia. Vamos a estudiar esta máquina, y no volveremos a los planos. Sí, ya sé, pero me importa un rábano lo que diga la Defensa. Tenía yo una amiga, que llegó a ministra, y cuando las cosas se ponían feas, muy feas, ella lo primero que hacía era dejar al mogollón atrás, y luego hacía lo contrario a lo que estaba pactado. Si estoy aquí, es porque así se sobrevive. ¿Alguna objección?

Bertrand, Claudio y Marcelo negaron embelesados con las cabezas. ¡Al fin había salido esa Andrea que tanto amaban en ella!

“¿Qué quieres que hagamos, Andrea?” Marcelo aprovechó para empezar con los puntos en su haber. Ya iban dos en segundo lugar. Así se empezaba la conquista, y lo otro era perder la última oportunidad.

“Fácil. Aquí hay otra pantalla que no soy capaz de hacer funcionar. Primero pensé que era un fallo, pero en las demás máquinas tampoco funciona. ¿Alguna idea salvo apretar botones, que ya, ejem.. lo he hecho con inusual tendencia al fracaso?”

***

“Querido y magnífico amigo Vanderknick!

Le escribo estas breves líneas para reconfortarle en mi ausencia de nuestras charlas, desde América y sobre una mesa de roble en un jardín con árboles centenarios.

Llegamos sanos y salvos, la travesía fue más calma que ningún viaje por mar he conocido. Hubo momentos, en los que llegué a pensar que el barco estaba atraído por un imán para sortear tormentas y corrientes engañosas, porque hasta el capitán no salía de su asombro.

Su recomendación al superintentende no pudo ser más acertada y afortunada. ¡Cuánto le agradezco tan magnánime gesto, que digo, gesta! Los señores de la comisión americana mostraron respeto e interés en mis exposiciones ante ellos en Nueva York sobre la educación de niños marginados.

No le escribo, querido amigo, desde esa ciudad que nunca duerme y que no para de crecer a plena vista, sino de un lugar en medio de Tejas.

Al día de las conferencias, dos de los miembros más destacados de la comisión y honorables senadores en el congreso, me urgieron aceptar una invitación de un acaudalado terrateniente tejano. No pude resistirme a sus presiones, todas de buen ver y talante excelente, y cuando a Rosemary le convencieron las cultas esposas de los senadores no quedó obstáculo para acometer otro viaje largo.

Fue maravilloso conocer este país lleno de países, y el viaje el más extraordinario que hemos pasado juntos mi esposa, mis hijos y yo. Le detallaré más adelante mis impresiones, que le aseguro le acelerarán la respiración hasta el indecoro de la rojez. Este país es todo lo contrario a nuestra vieja nación, aunque hablemos el mismo idioma, que es un decir.

El terrateniente resultó en un señor de extraordinarios conocimientos, cuando yo esperé un campesino venido a más y con pretensiones. No pude estar más equivocado en mi desafortunada preconcepción, ya que descubrí que aquí, en medio de una naturaleza espléndida y gentes sanas de campo se estaba gestando uno de los proyectos de mayor envergadura precisamente en mi especialidad.

He aceptado quedarme durante un año de prueba, querido amigo. Espero que no le invada la desazón al saberlo, nada más lejos de mi intenso cariño y respeto que guardo para usted y nuestras charlas. Fue de nuevo imposible negarme a aceptar la oferta que se me hizo. Como comprenderá, no entraré en detalles por esa vía tan insegura de la carta en manos de terceros, pero puedo asegurarle que sólo este año aquí me reportará ingresos suficientes para asegurar la estabilidad económica familiar durante los próximos quince.

Estoy en su deuda, profunda deuda amigo Vanderknick. Los jueves, incluso bajo la luz de los grandes pasos a dar, no son lo mismo sin usted. Venga en cuanto pueda, aproveche la ocasión de tenerme en este lugar, que también a usted le devolverá mucho de lo que pensaba perdido.

Siempre suyo,

Jacob Buchos.

Posdata: Rosemary y los niños están felices. Por fin formamos esa familia que siempre quisimos ser y no entendíamos porque no se producía. Le hace llegar saludos formales a su señora esposa y a sus padres, a los que me uno respetuoso y afanosamente.

***

“Le estoy hablado en serio, doctor. Aquí podrá realizar su sueño, aunque comprendería que prefiera volver a su país. América asusta en su grandeza y sus posibilidades.

Lo sé, ustedes, los europeos, se piensan las cosas mucho más y piensan en acciones más pequeñas. Créanme que lo sé, como si lo hubiera provocado yo mismo.”

Buchos estaba con el terrateniente en la terraza privada de la mansión. Le había recibido inmediatamente, pero parecía tener que posponer una reunión seria para más adelante.

“Disculpe mi grosería como anfitrión, estimado doctor Buchos, pero su visita a América nos ha sorprendido a todos. Su fama intachable ha llegado hasta este rincón olvidado del mundo, y en cuanto supe que estaría en la coste este durante unas semanas, me dije “Jim, ésta es la gran oportunidad que pediste al Señor. ¡Aprovéchala!

Ahora con ustedes aquí vuelve el mundo que nos olvida y que olvidamos, estimado Doctor. No podré estar con usted más que unos breves instantes durante esta semana, y comprenderé si se da la vuelta con enfado para no volver a pisar estas propiedades humildes nunca más.

Es inexcusable mi comportamiento, incluso los americanos como yo tenemos límites para ofender a nuestros invitados, pero verá, tengo que ocuparme personalmente de los últimos preparativos de una extractora de petróleo a varias horas de duro camino, que precisamente en estos días está a punto de comenzar a extraer ese líquido que llamamos oro negro aquí. Sean ustedes mis invitados con derecho a lo que les apetezca durante esta semana, doctor. He mandado a prepararles un pequeño cottage – ¿así lo llaman ustedes, no? – para su uso y disfrute personal a media hora de camino y le prometo que estaré con usted tan pronto termine esta semana. No lo lamentará y que Dios me ayude para que me crea y se cargue sobre su paciencia a este impresentable de Jim …”

Ya entonces no le dejó seguir. Los americanos mostraban una tendencia chocante de no saber dejar de hablar. Se embalaban, y como europeo había que aprender a cortarles, con amabilidad o incluso con enérgicas protestas, que para más hilaridad solían incluso agradecer o ignorar, pero nunca se enfadaban por ello.

“Señor, me tendrá a su entera disposición en cuanto haya terminado con los asuntos que le ocupan con esa temporal urgencia tan inevitable como molesta en las vidas de quienes no se esconden ante ellas. Le esperaré con paciencia, además de que le aseguro que estamos disfrutando de ese cambio de planes y de ese rincón como usted dice, que para nada está olvidado por el mundo. Se sabe que ustedes los tejanos son hombres de gran arrojo y temperamento para los negocios, también su fama les precede por lo que no crea eso de estar olvidado por la modernidad. En absoluto, señor.”

Pasaron la semana en el ‘cottage’, que resultó ser una casa de tantos dormitorios que sus hijos decidieron probarlos todos. “Padre, en dos semanas nos habrá dado tiempo, por favor padre, por favor..” Rosemary no cabía en si de alegría, porque hizo migas con la señora esposa del terrateniente que también se llamaba como ella, aunque en América les gustaba dejarlo en Rose.

Buchos se paseó con sus hijos y esposa cuando ésta no estaba con Rose, por las magníficas instalaciones, montaron a caballo y hasta pasaron a indicación del capataz, un alto y fornido tejano que no se quitaba el sombrero posiblemente jamás, una noche en tiendas de campaña, entorno a un fuego en medio de la naturaleza salvaje. Nunca se habían sentido tan unidos y el tiempo que pasaron juntos era más que el acumulado de años anteriores.

“¿Padre, por qué no vivimos también en el campo como lo hacen estos señores?”

La pregunta de su hijo menor no tenía contestación, salvo que por primera vez escucharon a su padre admitir que no tenía respuesta para ella. Buchos tampoco comprendía que es lo que estaban haciendo en esa ciudad que cada día parecía más adormilada, rígida e incómoda.

Unas horas más tarde, con su esposa descansando en sus brazos y contemplando a una yegua con su cría pastando detrás de los cobertizos que tenían mejores estructuras y acabados que la mayoría de las casas de su ciudad natal, comentaron la pregunta.

Pronto se dieron cuenta que no había sido esa la que expresó, sino que su hijo se estaba preguntando por la razón de no vivir así en general, no sólo en el campo. La vida de los americanos era loca, pero de un grado de libertad que los europeos no conocían, ni siquiera sospechaban aunque les llegaran voces y noticias en ese sentido del tópico que no se suele tomar en serio.

“Jacob, por mi estas vacaciones no terminarían nunca.”

Rosemary no le dijo más en cuanto a declaraciones de estar a gusto o no. El tampoco se atrevió a sacar el tema de lo que dejarían atrás si se quedasen una temporada en este país inconmensurable en absolutamente todo.

Pasó la semana, y su anfitrión cumplió su promesa. Apareció una mañana espléndida montado sobre caballo, con otro preparado siguiéndole a trote y sin desmontar hizo llamar al doctor para que le acompañara, que era hora de que tuvieran la charla que tanto ansiaba tener con el.

Buchos montó, algo más seguro después de los últimos días de volver a sentir la fuerza de un caballo y adaptarse a el de nuevo.

Lo que el terrateniente le contó después de unos veinte minutos a paso ligero por los caminos en los bosques y claros hizo que Buchos jamás olvidaría ese paseo.

***

“Padre.”

“Sí, hijo?”

“Si nos quedamos aquí dónde vamos a ir a la escuela. Aquí no hay.”

“Tendréis profesores privados para cada materia, hijo.”

“Ohhh, profesores privados!!!!”

Pocos en Europa tenían ese privilegio y su hijo comprendió que habían subido a la categoría de duques o incluso reyes. Su semblante se convirtió casi al instante en el de quien se había cumplido lo que había previsto con claridad: si había reyes, era porque ellos iban a serlo algún día.

Ese día había llegado. Salió corriendo de la habitación o despacho que Buchos había elegido para empezar a organizarse.

Volvió corriendo a los pocos segundos, y desde la puerta preguntó si estos profesores podían ser profesoras particulares. Qué peligro, y sólo tenía siete años.

“Jack”.

Pero su hijo ya no le podía oír. Además, ahora se hacía llamar Jake. “Es más americano, padre. Es como Jim, pero Jake.”

Rosemary se tapó la boca con la servilleta para no mostrar su sonrisa. En aquella ocasión Jacob Buchos comprendió que no todos los niños querían llevar el nombre de su abuelo, y que este seguramente estaba ahora dando vueltas en la tumba del pueblo escocés dónde descansaba.

***

La Defensa estaba vociferando sin parar por el canal de intercomunicación.

“¿Pero que os habéis creído? ¡Esto decide el futuro de toda la humanidad! ¿Quién ha organizado esta traición? ¿Os habéis vuelto locos todos?”

Tantos años de inactividad, la vejez y porque no decirlo, la senilidad habían hecho finalmente presencia en sus amigos cansados de no llegar nunca a más que otro nivel que tener que superar.

La revuelta que estaba en marcha era imposible de frenar. Escogieron el momento oportuno, como todas las revueltas que llegan a tener ese nombre, y no acaban en el mismo círculo del poder.

El Capi, un buen amigo, se lo dijo hace años: “Mira cielo, si algo no tiene revolución, es que está camino del cementerio.”

Entonces le había sonado a lógico, pero ahora sabía que los que habían optado por la rebelión no tenían opciones de celebrarla más que en esta tumba, y aunque fuese la más grande de todas en el planeta, no la hacía para nada mejor.

“Tendrás que aceptarlo, no te queda otra alternativa. Haz lo mejor que puedas de ello Defensa, y por una vez relájate. Te va a dar algo, hija.”

¡Beatriz! No sería sorpresa alguna que fuese la buena de la Bea que estuviera detrás del complot. Eso de hacerse viejos lo lograban algunos con más serenidad que otros, y Bea desde luego lo hizo con una regresión fija a la edad de 14 años. Si alguna vez había salido de esa edad, que la Defensa lo dudaba. Miró la membrana que hacía de altavoz con frialdad.

Sí, encima tenía que aceptarlo. Habían esperado hasta que los tres grupos se habían separado lo suficiente para que no cabría la posibilidad de enfrentarse a todos en aras de convencerles de seguir el plan establecido.

Los nueve puntos de referencia se quedaron en tres. Sólo ella y los que iban en la cabina iban a realizar los caminos previstos. Los demás… . No podía ni repetir lo que había tenido que escuchar, de lo surrealista, estúpido y traidor que era el nuevo plan.

Se volvió a escuchar la voz de Randolf, y la Defensa salió de su lúgubre enfado. ¡Randolf en quien había confiado tanto, también estaba metido!

“Bien, ahora que ya todos saben que aquí se acabó el plan, no pierdan más tiempo con los lloriqueos, enfados o discusiones. Las reglas del juego son bien simples.

Hay seis equipos, en seis máquinas. Cada equipo dispone de ocho horas en el tablero de juego. Si queda encallado, el tiempo sigue corriendo. Si se rompe la máquina, el tiempo sigue corriendo. El tiempo no se para por más que alcanzar el objetivo o si un equipo está en un gran aprieto, lo que hará que los demás irán en su ayuda.”

Randolf estaba leyendo las reglas de memoria. ¡No habían jugado años a todo clase de juegos como para ahora no disponer de las reglas básicas más eficaces!

“Si no alcanza ningún equipo el objetivo, el ganador parcial de estas ocho horas será el equipo con más puntos azules y rojos.

Los puntos azules se obtienen al informar de una novedad en el exterior, los puntos rojos por novedades en la comprensión del laberinto o juego.

Quien avisa con “Azul” al iniciar la siguiente frase está compartiendo la información que nos pueda servir de lo que está viendo.

Quien dice “Rojo” al iniciar la frase, ha dado con otra interpretación del objetivo y del camino para llegar a el.

Si algún equipo encuentra el objetivo, no cuentan las parciales. Si lo encuentran varios equipos a la vez sin haber sido alertados, es decir cada uno por su propio camino y pruebas, se determina el ganador por avisos generados. En caso de empate, será en todo caso el primero en llegar quien será declarado ganador y bañado en alguna fuente que esperamos encontrar en el camino.”

Hasta la Defensa no dijo nada. Parecía un juego mucho más interesante que la misión, aunque fuese lo mismo.

“Hagan juego señores, buena suerte y cuidado con las falsas pistas, que esta vez no entran entre jugadores, aunque a buen seguro los habrá sembrado quien controla el tablero sin darse a conocer. Preparados… listos… ¡YA!”

Cinco máquinas pararon abruptamente en la ruta preprogramada. Algunos abrieron las cúpulas de sus vehículos, otros hasta apagaron las luces exteriores de sus máquinas. Uno desapareció directamente de los mapas de los demás. El juego había comenzado.

Sólo la sexta máquina, conducida por una Defensa avergonzada de haber necesitado una revolución de amigos, seguía por el camino trazado.

“Sí, también jugamos nosotros.”, dijo cuando los demás se incomodaron ante el silencio inútil.

“Nosotros jugaremos a que hacíamos las cosas como estaba dicho, a que yo era la mala de la película y que os tengo atontados y secuestrados emocionalmente, y que por eso… por eso apenas les contaremos lo que haremos en verdad, que será todo lo contrario. A mi no me la pegan.

Ganaremos, porque nos dedicaremos al juego de los que han jugado más que los demás. A observarles, a escucharles y a buscar la mejor referencia entre todo lo que vayan contando. Si quieren jugar, jugaremos.”

Miradas de complicidad fueron las respuestas. No importaba hacía dónde iba la máquina ahora. Cualquier punto podía ser el idóneo para empezar a variar de trayecto, incluso podía ser que jugase eso a su favor.

Los juegos entre grandes jugadores son así. Nada es lo que parece, todo lo es, y quien gana es porque gana en el último segundo. Los demás son constantes cambios en la cabeza.

¿Sino, quien quisiera jugar? Para correr detrás, jugar a ser plebeyo y plantarse un rey en plena democracia, por ejemplo. Esas eran juegos aburridos que cansaban enseguida.

“Gracias amigos, me la tenía bien merecida… pero que no se enteren los demás. Viejos chiflados.”

***

A los dos años de vivir y trabajar en el rancho, Rosemary le hizo un regalo a su marido que este ya ni esperaba, aunque el grado de felicidad alcanzado en estos 24 meses presagiaba que la edad ya no importaba. Vivían.

“Es una decisión entre los dos, pero no me importaría tener otro hijo, Jacob.”

Buchos no reaccionó enseguida, porque la conversación tranquila se había desarrollado con el trabajando en un informe para el hospital de Chicago, y ella jugueteaba con el marco de la puerta corredera, sentada en el suelo y con la espalda encajada en el mismo.

Solían pasar así las horas de su trabajo, y cada vez más. Les apenaba no poder estar juntos. Se sintieron dichosos por poder compartir las horas ahora, incluso cuando el tenía que trabajar, que era a diario.

Buchos levantó la mirada, se quitó las gafas de lectura y los dobló cuidadosamente sobre los planos y listados del proyecto. El segundo hospital, ahora en una gran ciudad, y a medida de la misma.

Veinte veces más en estructura, ocho acres de bosque como jardín delantero. Era una inversión gigantesca y Buchos se preguntó si el mecenas no se estaba gastando lo que no tenía, aunque el dinero no era el tema con Jim.

Miró a su esposa, que no se había percatado de la atención de su marido, y que había dicho la frase sin darse cuenta de lo que había causado. Al mirarla así de absorta en el juego de estar con ella mientras estaba con el, hasta podía que ni siquiera se había dado cuenta de lo que había dicho.

El no solía contestarla. Eso lo intentaron, pero el trabajo comenzó a retrasarse. Poco a poco descubrieron que si ella hablaba durante un tiempo, y luego esperara el tiempo en que el hubiera contestado o empleado para contestar, se producía una conversación sorprendente, mucho más llena y práctica que la anterior.

Rosemary se hizo con ese nuevo lenguaje de escuchar sus respuestas en su propia mente, que le podía preguntar por la hora en la que quería que hiciera servir la cena, y después de varias horas levantarse para dar el aviso, justo media hora antes de la hora que había pensado el.

Ya habían dejado esas fiestas atrás celebrando los hitos de su conversación ‘con un hombre mudo de mirada en otra cosa’. Sus hijos los miraban con caras de preocupación, pero como todos los padres de sus amigos eran unos místicos en casa que quitaba el hipo, no le dieron más importancia que la de tenerlos entretenidos así, molestándoles lo menos posible. Sus padres también se estaban haciendo americanos, eso era todo.

Seguro que ahora también una parte Rosemary estaba contando el tiempo exacto para que volviera a hablar, ya fuese contestándole o siguiendo abriendo temas de conversación.

La miró sin ser capaz de hacer otra cosa. Esa mujer que le había aguantado absolutamente todo, ahora no sólo disfrutaba de ese pequeño o gran regalo de recompensa de una vida plena y llena de amor y felicidad.

Estaba pensando en pasar por aquello de tener otro hijo, a una edad complicada para eso, poniéndose en peligro por algo que no hacía ninguna falta, pero era la declaración más inequívoca de que estaba enamorada de el hasta las uñas de sus pies que ahora subían o bajaban jugando con el marco.

Ninguna mujer tendría un hijo con un hombre que no amara así, en una situación como esta. Si nacían hijos, y eso lo había comprendido Buchos aquí, en América, era porque era lo mejor que se podía hacer para ellos, ya que iban a tener no una, sino miles de oportunidades de estar igual o mejor que sus padres.

Pero Rosemary lo había dicho porque le amaba, y que quería prolongar el padre en el hijo o hija.

Los hijos por amor, que son hijos del cielo antes de nacer.

Le envió un beso invisible y ella se hizo la coqueta con unas risitas de quinceañera. No podía verle, estaba de espaldas a el.

Se puso las gafas y mientras tachara una cifra sustituyéndola por una referencia en el informe que subsanaba el error, dijo que dónde comían cinco, comerían seis. Pero que el no necesitaba que ella pasara por ese suplicio, porque la amaba ya más que a nada en este mundo.

Vio que se quedó tensa, y por un momento pensó que la había herido.

Fue la tensión del regocijo. Era una tramposa, una verdadera maestra ya de la telepatía.

Por amor, por amar, por jugar, por poder compartir cuando lo único que se desea es compartir. La dicha, poder compartir la dicha que se siente al hacerlo y que entre todos los marcos siempre cabría un juego que los dejaba sin efecto.

***

El equipo de Andrea ya estaba jugando desde el primer segundo de la salida. Sí, era trampa, pero Trini no hubiera mirado un segundo más desde su invisible pero segura existencia, si no hubiera empezado con cinco trampas en el primer minuto.

“Dales fuerte, directamente en el hocico, no una, sino cinco veces, que es la primera que no la ven venir, la segunda que les sorprende cuando se tocan, la tercera que es para que la mano no pierda la costumbre ni el hocico se recupere, la cuarta cuando se tambalean y la quinta, que es la que duele horrores. Luego sal zumbando y si te han visto… pues que intenten seguirte con el cerebro aullando de dolor.”

Esa Trini, siempre tan práctica la mujer. La podía ver carcajeándose al escuchar al modosito del Randolf y sus estúpidas reglas. ¡Compartir la información… pero que idiota iba a compartir algo que no fuese una trampa! Un bobalicón, uno de esos que Trini y ella ni registraban en sus juegos profesionales.

Sus chicos le habían seguido porque eran los babosos del club de fans, aquellos que no se quitaban las gafas ni para dormir, como si también en sueños tenían miopía y astigmatismo agudo, triple A, condición de llevar lupas en la cara sin remedio. Menuda putada, pensó Andrea, y le cayeron simpáticos desde ese primer día en que los conoció.

Llevaban así más de veinticinco años, ellos babosos y felices, y ella preocupada siempre por la seguridad de ellos, ya que no veían ni pijo.

Bertrand, el más tranquilo de los tres tranquilos, estaba comiéndose el dedo pulgar mientras su mirada se había quedado atrapada en alguna de las gruesas capas de sus gafas. Estaba apoyado contra la parte de atrás de la cabina, sentado con las piernas cruzadas. Andrea le observó para asegurarse de que no estuviera dormido, pero el rítmico chupeteo del dedo se acompañaba de ocasionales maniobras con la otra mano, como si volara un avión. Muy bien, este estaba trabajando a tope.

Andrea chocó las manos de Trini mentalmente, y se fijó en Marcelo, cuya monótona conversación sobre el bien y el mal de las moscas cojoneras en la parte más selvática de las pirámides de China estaba llenando las cabinas de todas las demás máquinas. Habían acordado que la comunicación quedaría abierta para todos, amén de quedar descalificados si se hacía trampa.

El discurso de Marcelo no tenía par en cuanto a inverosímil, pero como la salpicaba con saberlo mejor, quienes escuchaban habían perdido la partida, porque ya no pensaban en otra cosa que en lo problemático que debió de haber sido para esa tal mosca cojonera superar el trauma de tener dos alas en vez de cuatro, y dieciséis ojos achinados de mala manera.

Este también estaba por la labor. Le encantaba ver a sus niños, que quizá tuvieran unos tres años menos de edad que ella, rondando los sesenta y ocho como poco, metidos con tanto entusiasmo en la carrera. Otro choque invisible de manos con Trini, que además parecía partirse con el cuento que tenía Marcelo. Un peligro ese Marcelo, un verdadero peligro.

Claudio no decía nada, sino que miraba fijamente a la pantalla. De vez en cuando su mirada se despegaba de ella, con increíble lentitud, pero cuando parecía que iba a zafarse de una atracción invisible desde la misma definitivamente, volvió a caer en mirarla de frente y al centro, como si le hubieran dado una bofetada para que no dejara de observarla.

Andrea frunció el ceño. No, si ella les había dicho que se ocuparan del problema de la pantalla, pero … ¿Claudio se había dejado caer en el pozo del gozo de la senilidad? Bien visto, los tres parecían listos para que les dieran de comer con cuchara.

Miró al techo de la cabina, vio la mirada igual de incrédula de Trini y se tranquilizó. No, Claudio estaba bien, estaba jugando a algo que no sabían que era, eso era todo.

¿A qué jugaba?

No le molestó y volvió a centrar su atención en los movimientos de los demás. La tonta de la Defensa había seguido su ruta pactada, lo que la dejaba evidentemente como la más tonta de todos. Se hacía pasar por quien no era ya. Vergonzoso como la mujer había perdido reflejos en los últimos años.

Tres grupos hacían cosas divertidas. Marcaban al parecer cursos aleatorios pero sin quedar demasiado separados entre sí. Eso olía a que tenían una pista y se estaban vigilando para ver quien entraba primero por la boca del lobo. Interesante.

Un grupo faltaba en la pantalla. Habían dado con poder quitarse de la visión de los demás, lo que era una ventaja apreciable.

Andrea apostó que estaba con el grupo de tres que se vigilaban. Hmmh, era Randolf quien conducía la máquina del grupo invisible. Había que lograr poder pegarse al invisible, esa sería la jugada maestra.

Ya llegaría la meta… y saldrían de dónde nadie lo esperara.

Andrea comenzó a preguntarse por como le haría creer al equipo invisible que ella no lo era, pero si lo era y más que ellos.

Sus chicos babosos babeaban ya de verdad. No había nada mejor que una maquinaria bien engrasada, pensó y cerró los ojos. Cuando trabajaban los genios, una chofer ha de saber estar en su sitio, aunque no condujera. Eso era sagrado en la vida y en los juegos.

Cada uno en su papel, o el juego resultaba imposible a más de uno.

***

El terrateniente le llevó a conocer durante la mañana una mínima parte de sus propiedades que desde unas colinas intentaba abarcar con indicaciones de algunos hitos a cientos de kilómetros de distancia. El hombre no era sólo rico, sino que era muy rico.

“¿Le gusta su vida en el viejo continente, doctor?”

Una pregunta que Jim, como quería que el le llamara, soltó cuando dieron la vuelta para bajar de las colinas a paso lento, los dos caballos en ese paralelo que les permite estar lo más cerca posible sin impedir el avance.

“Si. Es una vida buena, aunque lamento decirlo, no puede igualarse a lo que he visto aquí. Esto es salvaje y entre la puerta de una mansión y la naturaleza como ha sido hace miles de años no hay más que un paso.”

“Cientos de miles de años, querido doctor. Millones quizá. Esta parte del planeta es aún un gran desconocido y costó domarla, costó.”

Buchos comprendió que esos hombres y mujeres no pensaban como los europeos.

Habían hecho casa de un lugar que no les quería para nada, lo habían vencido y ahora comenzaban, poco a poco, por dónde Europa dejó de avanzar miles de años atrás. Por la aventura, por la explotación masiva de recursos que parecían inagotables. Una desmesura constante, porque no hacía otra cosa que invitar a que cualquiera pudiera tener y obtener lo que quisiera.

“¿Está contento con la casita de invitados, doctor?”

Claro que lo estaban. Era una maravilla de mansión.

Jim se puso a reir y negó con la cabeza bajo el sombrero. Estos europeos y sus mansiones, que aquí serían casitas para guardar las herramientas del jardín. Las de las señoras.

“Verá doctor…”, cruzó los brazos sobre el Sattelkopf y paró el paso de su caballo con suavidad, “todo esto tiene que servir para algo, doctor. Para algo grande, que no soy capaz de construir solo. Me paso la vida organizando equipos, para que me ayuden en conseguirlo. Lo que ve, lo que le rodea, algún día será una gran ciudad o varias, y eso tiene que bastar para conseguir lo que me he propuesto.”

Jim miraba al horizonte o al suelo, pero evitaba mirarle al doctor. Al horizonte porque ese era el único lugar que parecía ofrecerle freno a el y sus compatriotas, y al suelo porque estaba plagada la zona de serpientes cascabel. Soñar, si soñaban los americanos, pero con los ojos bien abiertos.

“Mire doctor, yo no tengo tiempo para granjearme su amistad con meses de lentos progresos, como lo practican ustedes en Europa. Aquí hay que hacer amigos si uno quiere avanzar, por tanto no se pierde el tiempo con preliminares. Hemos tenido que ir al grano muchas veces en muy poco tiempo, y esta sociedad funciona con el hambre que pasaron sus antepasados, aunque el granero esté a rebosar. ¿Me comprende, doctor?”

Si, podía comprenderle, aunque no sabía a que se refería exactamente. Si quería ser amigo mío, el tiempo le daría todas las oportunidades. Las amistades crecían poco a poco, no se podía acelerar un proceso así. Véase el caso de Vanderknick, un amigo que costó casi veinte años de pacientes juegos de toma y daca.

“No se preocupe, señor. Puede contar con mi amistad por el tiempo maravilloso que nos ha hecho pasar aquí, por su amabilidad y la relación que ha hecho crecer por su iniciativa. Lo demás, señor, se dará si el Señor quiere.”

Jim calmó a su caballo que había olisqueado la presencia de alguna serpiente. Yo no lo sabía, pensé que era un ejemplar demasiado nervioso, posiblemente porque iba poco con su amo tan ocupado.

“No doctor, el tiempo no parará. ¿Puedo llamarle Jacob, doctor? Verá Jacob, aquí se deciden las cosas de los próximos milenios a cada hora que pasa. Son posiciones que hay que ocupar, jugadas que hay que terminar, antes de que pasen los próximos cincuenta años. Usted trabaja con niños huérfanos, usted sabe que no puede dejar pasar a veces ni una hora ante ciertos dramas. No nos engañemos, hay amigos que lo son porque sino, se mueren.”

Me quedé impresionado. El hombre había parecido ser un tipo campechano, rico, podridamente rico, pero ahora resultaba en alguien completamente oculto debajo de ese afable y relajado tejano como nos los pintaban en mi capital y en las publicaciones licenciosas, como las llamaba Vanderknick, ese bribón que seguro que tenía su propia colección debajo de la cama.

Le dije que sí, que efectivamente era así, por desgracia de todos. Eran amistades de urgencia. ¿Qué urgencia tenía el? ¿Había alguien enfermo en su familia y buscaba mi amistad para poder sincerarse conmigo? Que no se preocupara por eso, porque mi código ético y profesional me convertía en tumba de lo que escuchaba de un paciente o familiar.

“Si doctor, y no doctor. Es complicado poder explicárselo en pocas palabras. Prefiero casi presionarle para que acepte primero una oferta que le quiero hacer, y luego lanzarme a esperar tener tiempo suficiente para las explicaciones, ejem,.. más detalladas.”

Ya comprendía. El hombre tenía algo que contarme que podía comprometerle ante la sociedad. Una debilidad, alguna infección quizá.

O un problema de salud que comprometía su posición de fuerza. Me iba a hacer una oferta económica y de mi reacción leería si debería o no seguir con la conversación y relación.

Estos americanos, tan habladores y luego incapaces de confiar un secreto. Algo parecía pasar en esta América que requería que alguien como yo viniera desde el otro lado del océano para encargarme de esto.

Bueno, lo estábamos pasando bien todos, un pequeño servicio a cambio de todos los regalos recibidos y vividos no me iba a costar ni siquiera esfuerzo. Me tenía a su disposición. Quise decírselo, cuando vi que sacaba el revólver con parsimonia, y con el apuntando hacía mi lado volvió a agarrarse a la montura.

“Es decir, Jacob, que voy a tener que ser expeditivo y no dejarle otra opción que aceptar esa oferta, porque … mi vida va en ello.”

Me puse blanco.

***

Los demás miraron a Randolf como si hubiera perdido definitivamente la cabeza. Si, era el genio matemático, pero últimamente utilizaba datos que o bien no eran correctos a plena vista de neófito, o se galardonaba con teorías que le hacían parecer un árbol de navidad iluminado con luces parpadeantes.

“No me miréis así. No hay otra solución, al menos no al misterio de la pirámide.”

Volvieron a poner en marcha los altavoces y dejaron pasar unos cinco minutos intentando prestarle atención a los informes, todos seguramente falsos, de los demás.

El constante parloteo de Marcelo los tenía fritos ya, pero sabían que era lícito y buena jugada. Costaba mantener la concentración.

Lo primero que habían hecho, Randolf en concreto, fue acceder al programación y anular la emisión de la señal de rastreo. Randolf había gastado toda la noche en eso, y contra todo pronóstico logró la hazaña. Ahora no obstante parecía haber pagado el precio del no dormir. Eran invisibles micropagos de sueño, pero su cabeza estaba loca. La ventaja se redujo a perdida.

“Vamos, es que no hay otra. Nos costaría dos horas averiguarlo, no más. Si es así, llegaríamos mucho antes que ellos, porque esas dos horas no las podrán recuperar jamás, incluso si tenemos que darles una pista para contar con su ayuda en algún tramo.”

¡Dos horas! En un juego a ese nivel un segundo decidía sobre quien llegaba primero y quien sexto.

Volvieron a pensar cada uno en lo que había explicado el matemático. Decía que la pirámide no existía, sino que era una base de una pirámide sin cabeza. “Sólo hay unos dos o tres mil metros de grosor hacía abajo, después vuelve a haber Tierra. No hay otra posibilidad, porque a los 35 kilómetros hace temperaturas que no soportaría este material. Quien sabe posicionar una monstruosidad así, no malgasta 35 partes en un ancla, sino que dedica sus esfuerzos a decorar la plataforma superior hasta que nadie la reconocería jamás.”

Comenzaron los debates. Los acompañantes de Randolf eran expertos jugadores de deportes como el tenis o el padel, el squash o el bádminton. Se pegaban verdaderas palizas en las pistas, y otras analizando una y otra vez los secretos de sus juegos. Una jugada así, contra todo pronóstico, o era un golpe de suerte o simplemente magistral, pero dos horas eran muchas para gastarlo en ella, sin estar seguros.

Al comprender que no podían estar seguros de la jugada, analizaron la seguridad de las jugadas en general. Pronto descubrieron que esa seguridad no existía. Los juegos no podían ofrecer seguridad, salvo de un marco cuanto más flexible, mejor.

“¿Os acordáis de ese tipo que nos retó en la pista de Roma? Esa de padel, la que tenía fisuras en las paredes.”

Olga captó la atención de los demás. Asintieron.

“¿No tenía ese un golpe maestro con el que tenía a todos dominados? ¿Cómo fue esa historia, alguien se acuerda?”

La contó Tino, que a pesar de tanta hierba que se había fumado nunca perdió detalle de la memoria.

Ese tipo era un paquete, pero muy grande y con una destreza que le tenía que haber caído de extra en el nacimiento, porque no tenía otra explicación.

Un tipo rudo, aparentemente torpe y demasiado grande para este tipo de juego, que requería piernas rápidas y ligeras, cuerpos flexibles y movimientos bruscos. Pues los hacía el tipo, e incluso con gracia para mayor cabreo.

Machacaba a los contrarios primero con burdos gestos y provocaciones, como el más vulgar de la plaza, y después los dejaba a la altura del betún en el primer set. El resto era un entierro, porque jugador que pasaba por esa cancha, famosa en toda Europa por ser el invencible “Mino de Roma”, el minotauro del padel, jugador que no volvía a levantar cabeza en el resto de su carrera.

Lo habían probado ya cuatro campeones nacionales, y después de la derrota penosa del campeón mundial en tan solo 35 minutos, sólo quedaban ellos, “los raquetas” como los llamaban en sus días de no dormir si no fuese volando en una pelota con los sueños.

***

Vapuleó a Gerd de tan mala manera, que los demás, sentados en las gradas tuvieron blancos los nudillos de la rabia que sintieron al ver que el mejor juego de su compañero no llegaba a hacer ni la mitad de puntos que debería.

El tipo las devolvía todas, y con una violencia y fuerza que en más de una ocasión dejaron a Gerd sin haber dado golpe durante varios segundos.

Por la tarde hizo doblete, con una lucha que parecía costarle algo más que de costumbre, y en la que Carmen parecía estar cerca de darle la vuelta al partido. Después acabó sin problemas con Wolfgang, dos horas más tarde, fresco como una rosa.

Quedaban dos citas. Una con Olga, la última, y otra con Max que por poco perdió un ojo en un cañonazo que le impactó de mala manera.

Olga bajó a la cancha, miró de ayudarle a Max, pero el insoportable molestón le advirtió de que si dejaba entrar a la novieta del culo prieto, habría perdido.

Olga cogió la raqueta de reserva de Max, abrió la jaula, y le dijo que si no sabía ganar partidos de otra forma, pues que se quedara con este, que ya podía salir a celebrar su siguiente victoria, que de todas formas era un perdedor asqueroso que no buscaba el bien de su contrario, sino su aniquilación.

“Los juegos, cabronazo, son para jugar, no para matar. Ahora vete con tu mami, a ver si te da un beso por ganar como te habrá enseñado ganar, mamón.”

***

“¿Piernas cortas?”

“Hacerle jugar a media pista.”

“¿Piernas largas?”

“Hacerle jugar atrás y en ángulos.”

“¿Piernas en armonía con el resto del cuerpo?”

“ No sirven los consejos de piernas para alguien así.”

“¿Cañonazos?”

“Técnica.”

“¿Técnica?”

“Engaño”

“¿Engaño?”

Engaño dentro del engaño.

Así pasaban las mañanas, las tardes, las noches. Problema-solución, situación-solución, dominio-golpe final. Hasta que el bote de la pelota en el suelo debajo del contrario les decía dónde iba a enviarla.

***

“¿Y usted no mira el partido, o qué?” El forófo, un tipo que parecía pasar su vida en alguna oficina sin luz solar le dio un codazo a Gerd que le sacó de su concentración.

“No me moleste, hombre. Claro que estoy en el partido.”

“¡Qué dice que está en el partido el tipo este. Vaya que he dado con el entendido de las jugadas, no? Pero si estaba durmiendo, jajaja…” El oficinista pasó a la mofa, y un minuto después de brillar delante de sus amigos igual de blancos y con mirada medio muerta del colocón que les había producido el sol y el vino, se olvidaron de el.

No, Gerd sí que estaba en el partido. No lo seguía, claro que no. Los puntos no interesan en los partidos de verdad, los grandes. Gerd estaba en las jugadas, tenía la vista fija porque así captaba los movimientos de los dos a la vez, y podía ser cada uno en cualquier momento o los dos a la vez. Jugaba cada golpe, luchó cada bola, perdió y ganó todos los puntos.

Aprender se aprende cuando se ama a lo que se está jugando.

***

El grosero se metió enseguida con Olga, y está ignorándole le dijo a Max que saliera y se fuera a la enfermería. Max se tapaba el ojo y se fue.

Olga cerró la puerta de rejas lentamente y pasó el pestillo para asegurarla. No reaccionaba a los insultos que la mole a pocos metros le espetaba, visiblemente enojado con que le habían quitado por primera vez una victoria, aunque ganara.

Se dio la vuelta, se fue para el fondo de la pista y peloteó contra la pared una o dos veces, para asegurarse comprender el sonido de las bolas en sus impactos.

Luego observó las luces artificiales, y marcó las áreas en las que no subiría la mirada si hubiese bola alta, sino que se giraría para recuperar posición después.

Después enfocó al vociferante imbécil que tenía al otro lado de la cancha y le gritó aquello de que se callara y que terminara de una vez. Que se iban, y si quería la ristra completa de victorias sobre ellos, o jugaba o se iba a marchar, que para aguantarle no había venido.

Todo dejó de pasarle al gigantón, cuando levantó la mano para anunciar el saque, que vino como una bala, rebotó en la esquina e inició su vuelta por las paredes. Olga la devolvió con suavidad, en una dejada directa que dejó al tipo congelado a media pista.

Olga no le prestó atención. Se fue a esperar el saque en diagonal a la otra esquina.

Así empezó, y así terminó. El bestias perdió todos los sets, no hizo un miserable punto. Olga acabó con el con metódica puntualidad, infalible. Nunca había jugado con ese grado de perfección y nunca más dejó de jugar así.

“Sabéis, ese tipo nos tenía a todos muertos de miedo porque le funcionó su truco. El ganaba siempre, lo que hacía ver que el truco era verdad. No tenía golpe maestro, solo mucha potencia y cara. Perdió cuando se llevó la victoria envenenada. Perdió presencia y como jugador no vale gran cosa. Sí, nos costó a Max y a mi dar con la clave, pero valió la pena. No, no le ha pasado nada, ese está todavía jugando el mentiroso.”

Max se destapó el ojo que lucía intacto debajo del aparatoso vendaje levantado por la mano. A su guiño todos estaban en el suelo, muertos de la risa.

***

“De acuerdo Randi. Cuéntanos todo el plan y vámonos. Estos aquí parecen estar perdiendo el tiempo.

“Entonces nos iremos ya. Si esto no es una pirámide, lo que es en verdad una base que deja pasar el agua, lo manipula y después lo vuelve a escupir. Un tunel de lavado gigantesco debajo de la isla, de cien kilómetros de largo y de ancho.

La máquina, amigos míos, no está debajo de nosotros. Está encima. En ese kilómetro y medio de lo que es la base artificial de la isla. El recorrido del tobogán, dos kilómetros a lo sumo. Nos vamos, pero no hacía abajo, sino hacía arriba.”

“Una pregunta Randi. Si no es una pirámide, ¿Por qué los planos del monitor nos muestran una?”

“Eso fue lo que me dejó igual de sorprendido que tu, Gerd. La contestación es aún más loca que la pirámide en medio del mar interior.

La respuesta a tu pregunta es que esta sí es una base de una pirámide, pero que el resto, el gigantesco resto falta. La cortaron para hacerla servir a este propósito. No pensaron que fuese necesario reescribir todos los programas, por eso vemos toda la pirámide en la pantalla. Por eso no vemos la maquinaría, porque ya no envía impulsos que le pueden llegar a esta base. No hay maquinaria, porque no hay más que una parte de la pirámide.

Lo que vemos en la pantalla, no existe, y lo que exista encima de nuestras cabezas estará inundado por las aguas del mar interior.”

***

“¿Qué piensa, Jacob? ¿Está dispuesto para escuchar la mejor oferta que le hayan hecho en su vida, una que hasta que muera ni después podrá superarse?”

Seguía mirando un punto indefinido, sin dejar de apuntarme con el enorme cañón de forma tan casual y relajada que alguien que pasara en ese momento no hubiera visto que el amable terrateniente estaba a punto de matar al amable doctor europeo.

“Señor, yo…”, pero me interrumpió.

“Por el amor de Dios, Jacob, llámeme Jim. ¿O tengo que esperar hasta su funeral para que se baje de su existencia de finolis refinado para abrazar a un simple plebeyo americano y aceptarlo como amigo? ¿Ustedes no se dan cuenta que juegan con sus vidas al rechazar las ofertas de amistad con tan extraordinaria como molesta costumbre?”

Claro que me daba cuenta. Si con un pistolón así apuntando a uno no se daba cuenta es que era imbécil o peor, un completo idiota.

Me disparó cuando quise escapar. Debió de ver que había subido poco a poco las riendas, aunque no mirara directamente. Fue un disparo atroz, tronador y que asustó a mi caballo que corría ladera arriba conmigo como un muñeco saltando encima de un lado para otro, para adelante y para atrás hasta que me alcanzó de nuevo Jim y calmara la montura.

“Lo siento doctor, pero su caballo reaccionó demasiado tarde. La serpiente ya estaba a su lado y hubiera atacado porque su camino cruzaba el nuestro. Si es que ustedes están ya muy acartonados, así un caballo acaba reventado incluso a paso de tortuga. Esa postura la vamos a tener que mejorar mucho, o dejará su espalda en Tejas, buen hombre.”

No, ninguna bala me había atravesado, y volvimos para ver lo que había quedado de la serpiente. Un disparo limpio, la cabeza destrozada. Me había salvado, nos había salvado.

“Jim, hágame el favor y honor de explicarme ya su propuesta, porque temo que efectivamente acabaría en la tumba si no le doy una oportunidad, o dos.”

Se echó a reír, me dio una palmada en la espalda que me tiró del caballo y comenzó a reírse a carcajadas.

“No se preocupe, Jacob. Aquí no le va a pasar nada. Mientras esté conmigo es prácticamente imposible. Conozco estas tierras y sus habitantes mejor que nadie. Venga, monte y empiece a comer, que está usted muy flaco para estar en un rancho de Tejas.”

Volvimos a la mansión, esta vez a la suya y no ‘al cobertizo de invitados’ como tildó al pasar un poco más tarde por delante de esa hermosa finca en que nos hospedábamos.

Me refresqué y mi anfitrión me enseñó su jardín privado, el que no conocían más que los más alegados. “Aquí, Jacob, celebramos nuestras fiestas familiares más importantes, las bodas, los bautizos, y.. bueno también los entierros, que caray.”

Mentí a mi amigo Vanderknick que echaba de menos las tertulias refinadas de los jueves.

Ni uno solo a partir de esa mañana y mediodía con Jim. Podía hablar raudamente, pero más me parecía que se esforzaba en hablar así, mientras que por dentro guardaba la pose.

Un magnífico exponente de la clase alta americana, que se apoyaba en su pose para rastrear sin ser molestado.

“Seré breve, doctor. Mi intención es que usted se venga aquí y se haga cargo de crear hospitales en todo el país.

Unos treinta aproximadamente. Hospitales y al mismo tiempo pequeñas universidades, escuelas y talleres para niños sin techo, sin padres y sin futuro. ¿Cuántos niños atiende en su ciudad, Jacob?”

Le dije que nos 300, pero que podía llegar a 500 con las campañas de recogida en otras ciudades.

“Bien, pues los puede traer a todos. No 500, sino 5.000 o 50.000. De su país y de todos los países que quiera. De aquí 20 años deberían ser unos dos o tres millones de niños que podamos atender y atendamos, posibilitándoles una entrada justa en una sociedad que gobernará el mundo, doctor.

Niños que hayan saboreado lo que significa vivir en sociedades que no les atendieron, y que serán la semilla de un futuro esperanzador, en los que esos niños convertidos en jóvenes o adultos arriman el hombro en una sociedad que asegura que no quede nadie atrás.

Le pagaré… a ver, doctor, ¿ Qué gana usted ahora al año? ¿Y sus propiedades, si no es mucho preguntar, qué valor pueden tener en el mercado ahora mismo?

No, contésteme sin pudor, que el tener dinero no es por ser más listo, sino por ser el más espabilado, doctor.”

Le dije un cálculo aproximado.

“Bueno, pues esas cantidades se los pagaré mañana mismo. Lo que valen sus casas, y un año de ingresos de los suyos.

Cada mes le pagaré esa cantidad si es capaz de poner en marcha ese proyecto. Le convertiré en un hombre rico, y con el proyecto de su vida con verdadero combustible para lanzarlo a niveles que puede aliviar a cientos de miles.

¿Le veo mañana para las formalidades? ¿Prefiero el pago en oro o en talones de pago? ¿En efectivo?”

Bajé la taza de café con la que le acompañaba a su vaso de whisky que no parecía vaciarse nunca, aunque la botella sí perdía nivel.

“¿Me está diciendo que me pagará cada mes lo que he conseguido en toda mi vida?”

Jim asintió, puso las botas con las piernas estiradas y cruzadas sobre la mesa de cristal ornamentado que por poco se resquebrajó ante ese trato, y se encendió un puro con mucha parsimonia. “¿Quiere uno, doctor?”

“¿Me pagará esa cantidad religiosamente mientras me dedico a levantar hogares… hospitales de acogida para llegar a poder acoger hasta varios millones de niños de todo el planeta?”

“Mhmmm, eso es. 30 enclaves en todo el país. Pero no quiero que usted se tenga que dejar la piel en los viajes o pelearse con obreros.

Usted se quedará aquí, cerca de mi, y si no han encontrado casa que les pueda gustar más, para empezar puede quedarse con la casita de invitados, que de todas formas está quedando pequeña para lo que se avecina en Tejas y en estas propiedades, Doc.

Si supiera yo lo que le gusta Doc, ya lo tendría listo para enseñárselo, pero ustedes son tan reservados… que perdida de tiempo que se han acostumbrado a vivir en Europa.”

“Si estamos enamorados de esa finca. No debería menospreciarla, es una joya.”

“¿Ah si? ¿Les gusta? ¿Quiere que sea suya, Doc? No me diga nada. Va incluida en el primer pago, mañana por la mañana. ¿Vendrá su señora para estar en el acto de traspaso y contratación, supongo? Será aquí, en este jardín.”

Le miré y le pedí un puro, que me tiró sin más sacándolo de la caja de madera noble. No lo cogí al vuelo y cuando me agaché para buscarlo debajo de la mesa volvió a reírse a carcajadas. “Doc, déjese de tonterías. Lo que cae al suelo no se chupa, no lo sabe?”

***

Al día siguiente aún no me creía lo que estaba pasando, pero cuando vi las caras serias de los tres notarios de los distritos que pertenecían a los municipios más cercanos, el montón de papeles y un cofre que tenía toda la pinta de contener dinero y oro, comencé a darme cuenta que mi vida nunca más sería como la que había vivido hasta ese momento.

Firmé. Con alegría. Era como poder volver a empezar el juego de la vida, y esta vez con todas las de ganar.

A la semana de no poder acostumbrarme al cambio Rosemary me dijo que iría con su amiga Rose a hacer unas compritas, que si yo no me lo creía aún, ese era mi problema.

Volvieron cinco días más tarde, con una caravana de camiones llenos de muebles y cajas.

“Te he traído tu despacho, querido. Ha costado encontrar las piezas que teníamos en casa, pero salvo algunos detalles mínimos, estas son mucho mejores. Ya lo verás. Ven, que Rose tiene un gusto que no te dejará indiferente.”

Me arrastró a los primeros camiones, en plena fase de descarga. Rose que tenía al parecer amplia experiencia en comandar a una flota de camioneros no paraba de contestarles al “¿Y esto dónde va, señora?”.

“¡Jacob, mi marido ejemplar, el genio que le ha devuelto la sonrisa a mi marido!” Se abrazó a mi que miré espantado a mi esposa, que no se aguantaba de la risa.

Estos americanos, abrazando a quien encontraban por el camino sin pensar en las consecuencias que podía tener… pero que caray, y pensé en Jim. ¡Que caray si hoy era un día perfecto para empezar a amueblar el despacho que algún día tendría que empezar a funcionar, no?

Tardamos tres semanas en dejar los muebles como los queríamos. Tres hermosas semanas, seguidas por tres aún mejores, pero nada comparado con las siguientes tres, y las siguientes, y las siguientes.

América no daba oportunidades incontables de negocio solo, sino que también fabricaba verdaderas oportunidades al disfrute de dejarse arrastrar por ella en su vorágine de libertades. Nosotros vivimos esa América, luchando por los que en esa misma América no podían tener sueños. ¿Podía haber algo mejor en la vida?

***

https://sombrasbaul.wordpress.com/2011/08/24/elo-el-cuentacuentos-parte-vi/