ELO – Los Yishe – Karma Brescida
Proviene de la parte IV
Autor en trance: M. Furlock

***

Media hora después estábamos de nuevo en las atestadas calles, que ahora me parecían molestamente vacías. Enseguida me faltaba esa energía inmensa de ‘la marabunta’.

Quise alisarme las telas, pero para mi sorpresa no presentaban arrugadas, ni manchas, ni más que un poco de polvo que se desprendió casi por si solo.

Olassa respondió a mi sorpresa con contarme que una buena tela no se ensuciaba, que eso estaba reservado para las telas de poca calidad, o aquellas que jugaban con la suciedad para convertirse en una buena tela. Si, si, me dijo. Las buenas telas eran así. Hacían amigos o mantenían la casa cerrada, según las circunstancias. Las demás no permanecían.

Pensé que si hubiera ido en mi ropa europea semi-africana de la tienda de pijos de Langfeldt, hubiera acabado como una pordiosera de primera saliendo después de un mes del agujero en el que se había metido. Comprendí que las telas europeas o las que llegaban a Europa no eran más que estafa tras estafa.

“No se puede vivir con ropa que no te cuida, ni se puede cuidar a nada si no se parte de lo básico en orden. Es lo único que tiene que estar bien, lo demás es un caos de energías que nadie puede ni debe controlar. Es la vida. Pulsa, pulsa y pulsa. Una base sólida, flexible y que el pulso te haga vibrar en todas direcciones. Pulsa, pulsa y pulsa.” Olassa estaba encantada de empezar a hablar conmigo como si fueramos amigas del mismo pueblo. Al menos las niñas en nosotras lo eran ya de por vida.

Aún podía sentir ese pulsar, ese ritmo del flujo de la plaza de antes. Firme y claro, como aquel que se baja de un barco y sigue en alta mar, porque efectivamente el suelo se sigue moviendo, porque efectivamente el cuerpo aún seguía el ritmo del agua.

Me salió como una arcada. “Olassa, me tengo que ir mañana y no sé si volveré a verte alguna vez. No sé siquiera si … “, pero no pudo terminar la frase.

Olassa asintió, lo que la libró milagrosamente de no llevarse por delante un letrero que colgaba entre dos farolas que hacía años no funcionaban.

“Lo sé. Lo saben todos. La cara del doctor Yang es la cara que más observamos. Hace semanas que sabemos que viene la gran lucha final. Los guerreros tienen esa cara cuando se van despidiendo en secreto, cuando no quieren verte para ganar espacio a tu flujo, cuando se alejan, para acercarse, cuando crean su propio flujo, su propia isla, su independencia y desconexión con los demás.”

Daba un paso ella, y yo tres. Me entró la repentina consciencia de que debió de ir a paso tortuga para no dejarme atrás.

“Lo harás muy bien Karma, porque lo que has percibido y hecho en la plaza se aprende en años, se aprende a lomos de la madre, envuelta en telas, entre sueños y juego, juego y sueños. Algún que otro chocazo te darás, pero fluirás con el ritmo de África y eso era lo mejor que te podías elegir para el camino.”

Llegamos a una calle tan tranquila que se podía andar casi en línea recta. Me disgustó, porque comprendí esas líneas rectas ahora por lo que eran. Ilusiones, engaños. Tomaduras de pelo de mentes desconectadas, hilarantes como terroríficos traspies terribles. El mundo al revés. No podía haber líneas rectas en ninguna parte del universo. Andarlas te alejaba de el, de ti, de todo lo que valía.

“Te voy a presentar mi peluquero, Saïd.” Olassa me empujó en dirección a una pared en la que habían colocado una chapa que haciá de tejado, y unas telas que cerraban un espacio de no más de un metro cuadrado.

“¿Me vas a decir que tu entras aquí para que te corten el pelo?” Era imposible, hasta aquí habíamos llegado. No iba a picar de nuevo.

“No, no se corta el pelo. El pelo se retoca y se cuida y se mima. Además, no se hace esto dentro de ningún sitio, el pelo hay que lavarlo y peinarlo al aire libre, un día sin vientos y nunca de mañana ni de noche.”

Saïd salió de su lugar de descanso y almacén minúsculo, que era minúsculo porque no precisaba más. Sacó la silla, me empujaron en ella entre los dos como si el siguiente paso sería atarme y efectivamente eso hacían, aunque con las ligaduras de tenerme totalmente sorprendida y fascinada por el cambio del paseo.

Después de una hora de lavados y lavados que Saïd preparaba sin cesar y Olassa se encargaba de realizar, supe que no iba a volver nunca más a ninguna peluquería occidental en mi vida. Podía sentir como me crecía el pelo, y aunque fuese una ilusión, no era más que la amplificación de una verdad que el microscópio y la cámara ultralenta hubieran certificado.

Me hormigueaba el cuero cabelludo, podía sentir los pelos y los masajes de las manos de Olassa me tuvieron cerca de babear en plena calle. Varios niños formaban un primer círculo, y luego este círculo recibió las islas de quienes se quedaban encantados con un respiro del paseo, y de nuevo pude ver el ritmo, mucho antes de que la mezcla de ritmos convirtiera el lugar en un tapón impresionante del lugar.

Saïd estaba feliz. Olassa no paraba de reír porque compartí todo lo que sentía con ella con cada vez más felicidad y cuando me dijo que sería mejor que ahora anduviera un rato para volver de aquí una media hora, me levanté y empecé a andar sin preguntarme dónde esos pasós podían llevarme, ni sentir la más mínima angustia de no poder volver.

A la media hora que fueron veinte minutos había vuelto, y comenzaron entre cuatro mujeres a hacerme trenzas muy finas a velocidad de vértigo. Cerré los ojos cuando comencé a percibir que las ocho manos tenían un ritmo común, me perdí entre los tirones que a cualquiera en otras circunstancias le hubieran sacado con grito de enfado y dolor de la silla de su peluquero, pero que ahora eran agradables liberaciones de un cuero cabelludo, el mío, entumecido de los mil y un lavados con tantas mezclas diferentes que sospeché que Saïd nos tenía a todas engañadas, y que debajo de su cobertizo escondía una escalera al almacén de verdad.

Las mujeres hablaban entre ellas sin cesar ni en hablar, ni en su labor. Era una sola cosa, las cuatro mujeres, sus conversaciones, los toques de recoger el número de pelos exactos siempre a la primera, la primera trenzada algo más enérgica, las siguientes aumentando en velocidad, siempre la misma, y vuelto a empezar. Lo eran los niños, que se movían en ese mismo ritmo, la gente andando, negociando o descansando, el sol y el calor, el aire que contenía un batir de alas, de tantas que vibraba en esa frecuencia universal.

Ya no me quedaban fuerzas ni ganas para llorar. Estaba en paz. No quería irme, aunque sabía que me iría. No sabía si iba a volver, aunque ese ritmo lo decía bien claro. Siempre se volvía, fuese cual fuese la misión, su peligro o camino, y duración.

Las mujeres habían parado y no sabía si eso se produjo hacía unos segundos u horas. Me erguí en la silla, estiré la espalda y miré a las cuatro que me contemplaban muy serias. También Saïd estaba callado, lo que me sorprendió. No había notado cuando dejara de hablar. Poco a poco entró el silencio en mi consciencia.

También los niños miraban, sin apenas estar en el ritmo. Una especie de unísono de dejar atrás a la voz de tres, pero que no había habido voz ni nadie coordinando la coreografía. Miré a unos y a otros, que no dejaban de observarme como si fuera un bicho raro que había salido de la selva.

“Vaya con Karma.” Olassa rompió la parte del peso del silencio. “Pensé que te iría bien devolverte el pelo a tu cabeza, pero ahora ya no estoy tan segura de eso.”

¿Pero que habían hecho esas insensatas? No quise ni tocarme la cabeza, que seguramente estaría mostrando a todos una chaterrería humeante, con un incendio de quemazón imparable o peor. Lo podía ver en esas miradas, quietas y seguramente intentando encontrar un hueco para escapar cuanto antes del desastre. La mirada de quienes ya pensaban en que más valía no ser relacionado con un atentado como el que estaban contemplando.

Entonces una de las mujeres se levantó del banquillo que le había servido de asiento, lo cogió con la mano derecha y se ajustó con la otra a la niña que llevaba sobre la espalda. Me echó un último vistazo y le pude ver el pesar en los ojos antes de que se volviera sin saludo siquiera hacía lo que parecía ser el camino a su hogar.

“Olassa, traeme un espejo, que no aguanto más. Si me habéis dejado calva… os juro que…”

Olassa negó con la cabeza, seria todavía o incluso más. “No es el momento, pero aquí no se usan espejos. Traen mala suerte, porque te has de mirar en los ojos de los demás si quieres saber de tu exterior, no en el espejo que te devolverá la mirada que tienes para los demás. Esa sólo quiere verte como ella quiere.”

Me quedé boquiabierta. ¿Qué había dicho? Y en mi confusión toqué finalmente mi pelo, o lo que había sido mi pelo alguna vez.

Era fuerte y las más de trescientas trenzas bajaban en cascadas para unirse en una cola gruesa y pesada. Me llevé los dedos a la nariz y olí mi pelo, el olor a mi pelo pero mil veces amplificado, con un toque a almizque y una suavidad aceitosa pero que no dejaba el menor rastro de ese aceite en los dedos.

No podía estar tan mal. ¿Tan mal me veían con sus miradas de ver a los demás?

Olassa y los demás comprendieron cuando vieron mis comprobaciones que estaba asustada y que malintepretaba sus miradas porque yo, yo sólo sabía mirar en los espejos, no en las miradas.

No conocía la mirada del sobrecogimiento, ni sabía del placer que causaba en quienes la compartían. No sabía que cuanto más la compartían, mayor se hacía. Había reservado ese sentimiento a auténticos milagros que de hecho no había vivido hasta llegar aquí, a este continente. Milagros que no podían producirse jamás, porque eran mentira todos, por muy oficiales que fuesen los certificados pegados detrás de cada espejo, detrás de cada mirada incomprendida de mi vida anterior a pisar estas tierras.

“No, tonta. Estás preciosa. Si no fueses tan blanca, te adoptaría como prima hermana, pero no quiero que hablen mal de mi.” Lo tradujo para los demás, y se echaron todos a reír, un poco tristes eso sí de dejar de estar ese trance.

***

“¿Ustedes cuando comen? ¿O no tienen una hora fija para la comida?” Sentí hambre y quería salirme ya de estar en le centro de la atención.

“No necesariamente, pero si tienes hambre has de comer. Eso no lo digo yo, eso lo dice Zhuu. Si nos damos prisa puede que la encontremos en el palacio de Nogono. Si, que buena idea además. Mucho mejor que volver al hospital. Vamos. Ah, paga a Saïd, que ya te veo las intenciones de dejarle sin cobrar por sus servicios.” Me guiñó un ojo.

Saïd me dijo el precio en su inglés de números mezclado con un francés de cumplidos que en años no había sacado a relucir. Le pregunté cuatro veces por el precio, lo que ante mi horror lo bajó hasta quedar en la mitad. Cuando le di el montante que inicialmente me había dicho, negó con la cabeza y me devolvió la mitad. Era imposible que le salieran las cuentas así. Entonces me acordé las mujeres y pensé que aquí mi no saber estaba empezando a costarles caro a esta gente. Se lo dije a Olassa, pero ella negó con la cabeza.

“Aquí el peluquero lava el pelo, le hace unos retoques, presta el material para el lavado y se encarga de que nosotras podemos estar entre nosotras durante un rato improvisado. Es … no sé como lo decís, un lugar de … reunión no es, … debí estudiar más… es …”

“¿Un acto social?”

Negó con la cabeza, y siguió con la frente jugando con sus cejas. “¡Ah, ya lo tengo! Es un rito que se ha trasladado así a nuestras vidas modernas.”

La miré y aparte de que la cabeza me sonaba debido al constante choque de cuentas de madera que habían puesto en las terminaciones de las trenzas, mi cerebro parecía hacer lo mismo con las últimas neuronas europeas que me quedaban en circulación, y que siempre buscaban el choque ahora para hacerse notar.

“¿Rito? ¿Vidas modernas?”

No me contestó, no porque estuviera cansada de la niñata semiprima blanca que no paraba de ponerlo todo en duda, sino porque ante nosotras se erguía el palacio de Nogono. Yo para entonces no sabía que se trataba del lugar al que habia hecho referencia Olassa unos minutos atrás, pero como le vi esa mirada de satisfacción, también me giré para compartir la misma.

“¿A qué es genial?” Olassa ya estaba subiendo los dos escalones que después bajaban de nuevo dos escalones. No había necesidad de hacerlo, porque aparte de los escalones no había más que impedía a derecha o izquierda pasar directamente al descampado y un edificio venido a menos y después de haberse venido a menos unas cuantas veces en el pasado.

“Si que lo es”, murmuré y la imité, aunque me sentí ridícula al usar esa entrada. “¿Qué es?”

Olassa me miró incrédula. “¿Cómo que qué es? ¡El Palacio de Nogono, el mejor restaurante que este continente haya parido! ¿No te estará sintiendo mal el tirar de las trenzas, no? Eso pasa, y la gente se vuelve muy tonta enseguida. Ya me tienes preocupada doctora.”

***

Henrik levantó la pesada máquina y la metió en el maletero. El coche se hundió peligrosamente por la parte de atrás, por lo que Andrea que había levantado la tapa del maletero recomendó que “el señor irá mejor de copiloto, si se me permite la sugerencia”.

Observó a la ex azafata convertida en nieta. Vestía unas ropas oscuras que no revelaban nada más que un cuerpo joven y atlético, demasiado ligero para sus gustos, pero podía ser la oscuridad reinante y el color elegido para la ocasión que le hiciera verla así. No había que despreciar a esa chiquilla en su peligro.

Al elegirla Pava como acompañante debió de tener registros que se les habian escapado a los hombres de Montoro. Eso de todas formas era el día a día en organizaciones del poder absoluto, así que tampoco era gran referencia. En realidad no sabían nada de ella, salvo que era una excelente piloto de carreras caída en desgracia, que pasó de conducir algunos coches oficiales a ser la azafata de vuelo de máxima confianza de Montoro, seguramente porque se la tiraba en cada vuelo.

Sumisa, demasiado sumisa para incluso los gustos de Henrik, abrió al puerta de atrás a Pava y luego esperó la llegada de el hasta la puerta de copiloto, para abrir al unísono con el la suya y sentarse detrás del volante un momento después de que se sentara el. Parecía evaluar la distribución de peso en el vehículo concienzudamente. Esta había vuelto a ser piloto de carreras, pensó Henrik ajustando el sillón para dar algo de libertad a sus piernas.

“No haga eso, señor. Siga en la posición incómoda para usted, pero más segura para todos. No me mire así, o se baja. Aquí dentro mando yo. Si, así es. Gracias señor y perdone.”

Así que con esas las teníamos. Sumisa sí, pero controlando y con fuerzas ya para tratarle desde arriba. No iba a ser un problema, efectivamente era verde como un esparrago triguero. Debió de saber follar como una diosa, porque tan verde era que corría peligro de romperse el espinazo al equivocarse tanto con quien había recriminado segundos antes.

La Pava esa debió de estar verdaderamente desesperada, aunque no se le notaba un ápice.

“¿Dónde vamos, señor Ganges?”

La voz de Pava sonó desde atrás. Se había sentado detrás de su piloto y con su bolso sobre las rodillas de nuevo tenía aspecto de Misses Jones a punto de conquistar el viejo oeste a bordo de una limusina que había conocido mejores tiempos.

“Vuelva a la ciudad. Le iré indicando.”

La rubia no hizo ademán de poner en marcha el coche, sino que manoseaba a tientas y ciegas entorno a los instrumentos. Henrik se volvió hacía Pava, pero no llegó a completar el movimiento, porque el asiento le estampó contra el salpicadero, apretándole con dolorsa intensidad. Le quedó una mano libre e intentó agarrar a la conductora, que ya no estaba en su asiento. Un golpe fuerte descargado sobre ese brazo libre lo dejó inútil, cayendo fláccido sobre el asiento después de resbalar por el volante sin poder agarrarse en su parálisis repentino.

“Señor Ganges, tendrá que comprender un par de cosas o tres antes de tratar a unas damas como es debido.

La primera es que he crecido en un barríó dónde las mujercitas se convierten en mamaítas y que hacen lo que les dicen sus maridos poco erectos salvo dónde les pega más el reumatismo.

La segunda es que si quiero escuchar una buena historia, me voy al cine o me bajo una película de la red, hasta leo un libro, en vez de viajar miles de kilómetros y aguantar los desvaríos de un asesino fuera de control. Y la tercera, señor Ganges, es que me va a tener que dar una buena razón para no matarle aquí y ahora, llevarme la máquina, copiarme lo que me de la gana… y seguir o no con el señor Montoro, porque lo que me pidió mi jefe, lo he cumplido.”

Era una voz desapasionada, ligeramente aburrida y hasta cansada de tener que tratar con inútiles. Pava no se había movido de su asiento, ni siquiera cambió de postura de lo relajada que asistió al cambio de poderes. Andrea esperaba fuera del coche, con la espalda vuelta hacía el vehículo y controlando con sus cinco sentidos el entorno. Sus manos juguetaban aún con la antena que había utilizado para descargar el terrible golpe sobre el brazo del cíclope encajado. Eran sorprendentes esas antenas, mortales instrumentos de entretenimiento de la comunicación.

“¿Qué me dice Herr Ganges, por qué es alemán de orígen, no? ¿De niño se cayó en un barril de cerveza o le fallan las neuronas desde hace poco? Dígame si me quedo con todo o si tiene una oferta mejor que hacerme.”

“Haga lo que quiera, maldita zorra. Pero hágalo rápido porque saldré sino y no pararé de retorcerle el cuello hasta que sea tan largo y fláccido como el de un ganso listo para ser desplumado.”

Esa era la respuesta que quería escuchar Trinidad, que con un suspiro de molesta por las groserías de un extraño salió del coche. Le tocaba a Andrea, que se acercó por la parte de fuera del vehículo al tipo gigantón encajado. No iba a salir solo de esa postura ni con cien kilos menos de peso.

“Señor, la señora ministra me dijo que usted no repararía en la antena, porque me vió colocándola. También me dijo que se iba a sentar en el asiento del copiloto, para así poder estar cerca de mi, poder herirme o cosas por el estilo que usted practica. Cosas malas.

Me dijo que nos haría volver a la ciudad, pero sin decirnos exactamente nunca nada, hasta que caeríamos en la trampa que nos tiene preparada. Intentaría canjear mi vida por aquello de conseguir que se muriera la señora ministra. Copiaría el amuleto y después me remataría definitivamente.”

Ganges bramió, pero tosió enseguida porque los pulmones apenas tenían espacio para acumular aire.

“Yo le dije a la señora ministra que un señor como usted – aunque por entonces no sabía del todo quien era usted – no haría esas cosas.

Nos llevaría a cenar, sería agradable, nos contaría hazañas e intentaría incluso ligar, pero nada más. Si estuviera en un aprieto, nos contaría el desaguisado y nosotras le ayudaríamos en todo lo que nuestros escasos medios y conocimientos sirvieran.

Estaba verdaderamente indignada de la historia de la señora ministra, porque ya me dirá usted como se puede tener una imaginación así de perversa, cuando los hombres son tan buenos con nosotras.”

Ganges no podía hacer más, se le estaba nublando la vista por falta de oxígeno, las piernas estaban dormidas por falta de circulación y el corazón comenzó a bombear con dificultad ante la espesura del líquido que ahora ocupaba sus cámaras con pereza.

“¿Se sorprende, a que si? Yo también me sorprendí cuando un viejo amigo de la señora ministra nos salió con que se había pagado una suma increíble por un instrumento secreto camino precisamente de Pretoria en esos instantes, cuando le preguntó sobre lo que sabía de usted y sus tejemanejes. Porque Montoro sólo quiso que estuviéramos aquí, no iba a venir el si acabábamos de dejar su linda casa, en caso de la señora ministra, lindas celdas incluso. Indagamos… y debería usted cambiar de broker, señor Ganges, que el suyo parece que le va la marcha demasiado en ese pueblecito suizo. Todo un pervertido, no debería un señor tan apuesto y de sociedad mezclarse con elementos como este, señor Ganges.

Bueno, solo era eso, que yo comprendo que quiera morir en paz, algo que sus víctimas no han tenido nunca oportunidad de hacer. Ah, y habrá Montoro para rato, porque somos unas hijas de puta fieles de verdad, como no tendré más necesidad de tener que explicarle, supongo.

Ah, siento lo de su brazo. Sobra decirselo, al igual que ya se curará y eso. Que tenga una muerte feliz, señor Ganges.”

Andrea se erguió, estiró los brazos y comenzó a correr en dirección a la ciudad. Unos cinco kilómetros sólo de error de cálculo. Se maravilló ante lo predecible que eran los hombres y lo mucho que estaba aprendiendo con la ministra.

Volvíó a la media hora con aquel coche que el señor Ganges había echado de menos. Lástima, ahora no iba a ser capaz de admirarlo ya.

Cargaron la máquina con grandes dificultades en el todoterreno y se fueron. Ganges ya estaría muerto y enfriándose.

***

“Pásale eso a tu jefe, y que averígüe lo que ha pasado con el verdadero contacto si alguna vez lo hubo, descerebrado. No nos vamos a quedar en la zona más que unas horas, así que rapiditos y esta vez ocuparos de vuestros propios asuntos, que por esto os pasaré una cuenta que vuestro jefe os hará quitar de las nóminas para no acabar en bancarrota, idiotas.”

Envío el archivo con la grabación de las últimas dos horas que tardó en completarse.

“Andrea, has sido maravillosa. En tu fe, en tus maneras, en la dosis exacta de desviarle la atención. Ya has pillado el ritmo de los hombres, que es el más básico de todos los ritmos artificiales. Bum, bum, orgasmo. Bum, bum, orgasmo. A veces creo que tenemos dos tetas porque los dioses eran hombres, y no llegaban más que a dos antes de dejar correr.”

El archivo había llegado al otro lado, al igual que esa parte de la conversación en la cabina del vehículo que se avanzaba en la carretera como una mano que pasaba por la seda extendida en un tablero.

Cortó y apagó el ordenador. A ver como respiraría Montoro ahora.

“¿Y si era un hombre de Montoro y …?” Andrea no parecía nerviosa, simplemente quería oir la opinión ahora, ahora cuando las suposiciones podían dejar lugar a las certezas.

“Lo era. Y uno de los mejores. Una mala bestia, de las que no hacen otra cosa que sembrar del caos por dónde pisan. Incomensurable, bastaba verle el cuerpo. Este tenía la fuerza de un elefante, pero las manos finas como un pianista. El terror disfrazado de oveja gigante. Si, claro que era un hombre de Montoro, pero la historia que me contó no era de un hombre de Montoro.”

Encendió de nuevo el ordenador y pasó la parte de la historia a reproducción. La voz melodiosa de Ganges llenó la cabina.

Cuando terminó, Andrea no sabía que decir. Esa historia era verdadera, sin duda. La máquina también lo era, aunque lo más seguro que no servía para copiar nada. Ganges había jugado a dos o tres bandos, en la Champions de los peores de la humanidad reunidos.

“Sabes señora ministra, cuando la alcaldesa de mi ciudad me dijo que ella apostaba personalmente por mi carrera y luego resultó que no, que además simplemente se había aprovechado de mi momento álgido para engancharse como una asquerosa sanguijuela… en fin, ahora cuando me presenten un alcalde me entrará la risa y puede que hasta le dé una bofetada o patada dónde le más duela en plena fiesta.”

Trinidad asintió satisfecha con la reflexión de su alumna. “Eso, querida Andrea, se llama perder el respeto que no era respeto sino mamaíta jodiéndote la vida con hacerte copiar su calculada sumisión.  Se agachaba tu mamaíta para que le dieran mejor por detrás, y cuando hijita dijo que no, que ella no quería bollos, pues… no supo irse al mejor concesionario de la ciudad para que le diera un ratico por culo también, a cambio de tu carrera, que si era pobre, hubiera sido lo propio. ¿No te parece cielo?”

Andrea agarró el volante con un poco más de fuerza, no para soltar tensión sino para sentir el ronronea del motor que albergaba más caballos que había en su pueblo natal. Su madre. Si su madre hubiera tenido un uno porcien del valor y desparpajo que mostraba la mujer que viajaba a su lado, todo habría sido diferente.

“No, mi madre no hubiera servido ni para eso, señora ministra. No decía follar, sino ‘hacer esas cosas’, con eso le digo todo.”

Sonó el móvil y Trinidad contestó dibujándose enseguida una sonrisa en su cara. “De acuerdo. Allí estaremos.” Colgó. “La chusma está esperando, y empieza el segundo round, preciosa. El lobo está en el pozo, la abuela y la nieta se han ido en el coche del millón y medio, y ahora negociarán la entrega de una máquina que vale todo nuestro futuro como mínimo. Visto lo visto, al cuento de Caperucita le faltaban algunas modificaciones, está quedando emocionante y todo.”

***

“Así no es, la coges con una mano y … ah, déjalo Karma, estás demasiado tensa hoy para más experimentos.” Olassa rescató la raíz de entre la crema de verduras, la lavó con agua que dejó chorrear al suelo. Luego la peló expertamente hasta entregarle a Karma el interior carnoso, que esta se metio con la misma velocidad que una niña dos mesas más allá, que tampoco dejaba tiempo a su madre para que comiera tranquila.

“Es vergonzoso eso de ir con europeos, prima. Mira que les haces pagar la comida, pero lo que hay que trabajar…”

Zhuu no la comprendió por idioma, pero sí por mirada y gesto. Le contestó algo que yo ahora no sabría traducir, pero captaba perfectamente por la mirada a la niña ruidosa unas mesas más adelante.

“Eh, que ya os quiero ver yo en un comedor de pijos.”, y me mordi los labios al comprender que ellas sabrían comer perfectamente en un lugar así. Me miraron con lástima, después de que Olassa tradujera mi impulso.

“Cómo se te nota que estás muerta de miedo. Sigues pensando que no vas a volver y eso te paraliza. Si no paras de hacer eso, volverás a ser una europea en un par de horas y la selva te comerá. Que te quiera no quiera decir que también seas un apetitoso extra a cualquier hora en el menú“.  Zhuu terminó su exposición zampándose una raíz sin pelarla siquiera.

“Con ropa y todo”, añadió Olassa, traduciendo las palabras que llegaban entre masticado si y masticado de remate.

El Palacio de Nogono había resultado en el restaurante más exclusivo de la ciudad, pero que esto aquí no iba por los derroteros como en blanquilandia. Aquí cada grupo tenía su restaurante preferido, que pasó directamente a llamarse palacio. Así, si el que preparaba y vendía carne asada resultaba en punto de encuentro de algunos, a la semana se referían al tenderete como el palacio de… con el nombre de la dueña o dueño detrás.

El restaurante era pues de Nogono, y me imaginé a un negro imponente controlando la caja mientras que las sufridas camareras y cocineras se volvían locas de trabajo e humillaciones por cuatro perras mal pagadas. De nuevo un chasco, porque Nogono no era hombre, y en la cocina trabajaba toda la familia. Camareros había a docenas, porque aquí cada uno tenía una oportunidad se le faltaba para comer.

Tenían razón, estaba muerta de miedo. Quería terminar con la pesadilla que había comenzado como uno de los mejores sueños posibles, pero quizá era preferible vivir una pesadilla que morir por ella.

Zhuu habló con Olassa sobre algo que parecía un asunto familiar de consideración, porque no me prestaban más atención. Que me las apañara con las raices, que eran deliciosas una vez peladas. Que blandos nos habíamos vuelto. Esta gente podía pasar de comerse una vichysoisse a tragar bulbos crudos arrancados de la tierra sin quedarse, como sería mi caso, sin traquea. Sus estómagos podían con todo que le echaban, el mío era como el de la niña pequeña, o incluso mucho más delicado.

¿Y qué diferencia había entre esa Europa de los blandos y la África de los fuertes para que se produjeran esas diferencias tan marcadas, ese claro retroceso en cuanto a la fuerza física y resistencia? No me engañé. Que los europeos vivieran más años que la media africana sería dramáticamente diferente para esos mismos europeos sin antibióticos y un sistema de atención sanitaria que no paraba de funcionar las 24 horas del día, 365 días al año. No quise ni pensar dónde estaría la esperanza de vida de los europeos en un caso así, sin esos pilares engrasados y funcionando a toda máquina.

Recordé lo que había vivido del agua, pero aún así no era suficiente como para justificar lo que estaba viendo. Si los europeos dejaran los coches, los televisores y volvieran a andar en vez de dar al gas y al sofá, la mitad de los casos no serían casos. ¿Por qué no se prohibían directamente todos esos alimentos que encima del mal que les recibía, lo pervertían aún más, con cuadros horrendos como resultado?

¿Qué anillo se nos caería a los europeos si dejaramos el coche un día a la semana en el garaje?

“A África solo la van a dejar en paz cuando o bien no exista ya, o los demás se hayan muerto. África es diferente a todos los continentes y eso lo sabe cualquiera que haya puesto pie en estas tierras. No la comprenden, no la sienten, no saben que es África hasta que sus ejércitos se vuelven sin más que enfermedades y muerte pisándoles los talones. África es la Naturaleza en su feudo, y hasta que no se comprenda esto, todo el planeta sufrirá, y sufrirá.” ¿Dónde había escuchado yo esa frase hacía poco, pero que dónde se produjo ya era como fuera del lugar?

Las farmaceúticas, con sus diabólicos planes que habían arrasado con millones de vidas. Las indústrias químicas que envenenaban a estas gentes impunemente. Las multinacionales de todo tipo, que saqueaban sin pudor y en tres turnos. La politica de colonias, la política de caciques, la politica de hombres de paja y el tirititero moviendo los hilos para entretener al respetable condenado.

Y aquí estaban sentadas esas dos, en el Palacio de Nogono.

“¿Y vuestros hombres, que les pasa a vuestros hombres que no los veo en vuestras vidas? No es que jueguen ya un gran papel en la mía, pero …”

Olassa le tradujo a Zhuu la pregunta y se echaron a reír. ¡Las ocurrencias que tenía esa doctora!

“Nuestros hombres no son nuestros, Karma. Mi marido tiene once mujeres. Mi segundo marido que no existe oficialmente atiende a ocho o nueve si este año no falla. Vienen, cortejo y embarazo que celebran si es hijo, que las niñas, son hijas de la madre. La clase alta lo hace más fino, está el hombre y la mujer, pero inoficialmente hasta la casa de mayor lujo y la familia más perfecta hace lo que hacen aquí los hombres, es decir que son ellos los que hacen, y las mujeres son mujeres. Nacen pocos varones, eso sí que te lo dirá todo.”

“¿Eso está bien?”

“No. Eso está fatal, pero no se cambia en un día. Los hombres tendrán que cansarse de su violencia de grupo, y nosotras hemos de aprender a facilitarles ese camino desde la unión. La violencia se tendrá que producir de nuevo uno por uno, y no todos juntos bebiendo de ella.”

Zhuu vió que mi cara era un poema y le dijo algo a su prima.

“Zhuu cree que en una historia diferente. Ella siempre cuenta que hubo una vez una tribu y que todas eran mujeres. No había hombres. Entonces vinieron unos demonios, las diezmaron y después de diez generaciones volvieron de nuevo, los diezmaron de nuevo, y así durante 50.000 años, hasta que nacieron hombres en vez de mujeres, y acabaron con los demonios en su siguiente visita.

Ella dice que somos iguales, hombres y mujeres, que las diferencias de los cuerpos son simples formas de encaje que forman uno, pero que los hombres no pueden olvidar que han de luchar, porque nacieron para eso una primera vez. Todas las veces después nacieron hombres, no nuevas cosas, así que mientras nazcan hombres, habrá que comprender que no comprenden más que la lucha.”

Asentí. Pero también había lucha entre mujeres y entre mujeres y hombres. También había mujeres que no sacaban el aguijón hasta haber causado profundo daño, irreparable incluso. Menos, pero había.

Zhuu escuchó la traducción, pero a mitad de ella interrumpio a su prima con una pequeña cascada de frases. No la había escuchado hablar así desde que la conocía.

“Si, y quien crea que las mujeres no sepan luchar como los hombres, se equivoca. Las mujeres aprendieron de los hombres, por eso nacieron los hombres. Por ellas mismas nunca hubieran dado con la solución. Eso es lo que aprovechan los hombres. No su fuerza física más explosiva, sino que ellos resolvieron en su día lo que las mujeres no supieran eliminar como amenaza que era. Viven de rentas, de rentas millonarias. En años y en regalos.”

“¿Y no hay hombres que se escapen a esto? Hasta Yang está metido en estúpidos juegos de poder. Cuando me habló hoy me fue franco, pero yo ya sé cuando falta la mitad o más por contar. ¿Siempre habrá que ser así, entre hombres y mujeres?” No sabía si no sería mejor dejar de hacer estas preguntas, cuando la respuesta era obvía.

“Está muy cerca el momento de que todo esto cambie.” Olassa no tradujo, sino que decía lo que su prima casi al unísono, pero en ese inglés que hablaba mejor que yo.

“¿Lo decís por los movimientos de mujeres en África? Ojalá.”

Primero Olassa y luego Zhuu negaron con las cabezas.

“Lo decimos porque de aquí diez años nada de lo que hayamos conocido seguirá en pié. Todo cambiará.”

Las miré. Ellas me miraban. “¿Cómo podéis estar tan seguras?”

“Es la historia de Zhuu. Las mujeres supieron una generación antes de que nacieron los primeros varones, que todo iba a cambiar. En África lo saben casi todas las mujeres que todo va a cambiar de aquí diez años. Nacerá una nueva cosa, que se convertirá en ser, y que resolverá los problemas de las mujeres y librará a los hombres. Sin violencia.”

Había escuchado esa historia ya en varios formatos durante los últimos meses. Fueron esas dos que me convencieron de que así iba a ser de verdad. Me miraban expectantes, no esperando que aprobara nada, sino al acecho de ver que cambiara mi visión del mundo de un infierno eterno a otra cosa, a algo inimaginable.

“Los puentes que nosotras tejemos en nuestros sueños de mujeres libres en África son el destino de los destinos de los seres humanos en todo el planeta. Son telares indestructibles, son ropajes que visten a todos por igual. La libertad fue nacer como mujeres, la libertad fue nacer como hombres, y la libertad nacerá una y otra vez hasta que se haya cumplido el último sueño de ella.”

Asentí, impresionada y conmovida.

“No lo olvides doctora preguntona. Las mujeres saben luchar igual que los hombres, y no les debemos nada ya. Somos libres, no importe si la liberación llegue hoy o dentro de diez años. Fuimos libres hace miles de años, o de millones de sequías. Nuestra pesadilla termina cuando termine la del hombre, pero nosotras al menos podemos soñar con lo que ya vivimos. No lo olvides, amiga Karma, las mujeres pueden luchar igual que los hombres.”

Zhuu asintió con ganas, pegó un golpe en la mesa y amenazó con levantarse, lo que consiguió con sorprendente agilidad.

“Dice Zhuu que vayas a pagar la cuenta, que no preguntes a Nogono nada, ya que esa tiene malas pulgas y más maridos que pulgas, y que cuando vuelvas no se te olvide pasar a saludarnos. Si te quieres quedar aquí, casa tendrás, aunque tendrás que dormir en el baño.”

***

Le costó poco esfuerzo localizar los detectores de infrarrojos. Había ‘sombras’ por las que pasar. Esperó unos minutos, pegado a la pared y detrás de una maceta que le daba cobertura perfecta. Luego entró por la puerta como una exhalación, aprovechando que el generador mostrará su momentáneo bajón al coger aire. Sólo alguien cerca de la puerta pudo haberle visto entrar y supo que estaba a muy poco de entrar en combate. Ahora sí comenzó a ser un juego de niños, porque no estaban entrenados como sí lo estaba el.

Esperó pacientemente en la antesala al comedor y después de evaluar luces y sombras, trazó con movimientos felinos un camino nuevo, que nunca nadie había andado para llegar de ese vestíbulo a la sala mayor del restaurante. A partir de aquí, y eso sabía, el edificio tenía que albergar zonas escondidas, con puertas falsas camufladas. Detrás de cualquiera de esas puertas estaría su objetivo principal y deseaba que fuese pronto el hallazgo en compensación.

Su instinto le decía que estaba cerca, quizá a tiro de piedra de la vieja. La podía oler, aunque ese olor estuviera en toda la casa.

Avanzó muy despacio. Cinco minutos, un metro. Poco a poco, en su errático movimiento de centrarse en el olor que le guiaba, comenzó a ver que enfilaba a una pared detrás de la parte acristalada, entre el restaurante y la cocina. Sí, era un lugar idóneo para esconderse. Uno fantástico para morir o matar. El nervio central del edificio.

Cuando abrió finalmente la puerta de cristal, cuidando al máximo que la corriente de aire comenzara suavemente, sin silbidos, sin más desplazamiento que un viento ocasional, se deslizó directamente como una salamandra negra sobre el suelo hasta la pared y presionó su oído derecho contra la misma.

Se quedó media hora en esa posición, pero por fin escuchó lo que quería oír, lo que esperaba oír. Bingo. La vieja estaba a un metro y medio o dos de el. Ya tenía el plan formado, así que se retiró y se escondió en un lugar que había visto antes, y que le iba a dar la última ventaja necesaria de la partida, una que terminaría en pocas horas.

***

La entrada del parking estaba pobremente iluminada, pero Andrea jugueteó un poco con las luces del todoterreno, que pronto actuaban como faros potentes para iluminar un área de casi 180 grados. “Motorizados, una joya”, murmuró Andrea mientras avanzaban despacio sondeando el terreno.

Después de dar la vuelta a una montaña de chatarra, vieron a los hombres de Montoro delante de los faros encendidos de tres todoterreno, igualitos al que les quitaron ya en el aeropuerto.

Andrea paró el vehículo a unos cincuenta metros de ellos y Trinidad marcó el número último con rellamada.

“Si, y ahora verá lo fácil que es. A su jefe le dará estos datos que ahora mismo le estoy transferiendo por correo. A esta cuenta ha de ingresar una cantidad que no le voy a decir a usted, sino que irá ingresando hasta que yo misma corte la conexión.

Atiende con atención. Si no se alcanza la cantidad que yo veo razonable, la máquina se irá a tomar unas lecciones de buceo por su cuenta y sin profesor apuesto salvándole el culo.

Si la cantidad es la que me hace desconectar la transferencia, sus hombres se podrán acercar, llevarse la máquina y hacer con ella lo que les da la gana. Ah, y dígale a su jefe que el medaillón va incluido.”

Andrea se volvió hacía Trinidad. “¡Pero que díce señora ministra, el …”.

Trinidad no la dejó hablar y con le cortó con una mirada terrible el torrente de protesta.

Luego puso el ordenador portátil sobre el salpicadero para que la dos pudieran observar el estado de la cuenta del banco virtual, que mostraba un cero grande a la derecha.

Los hombres de Montoro estaban muy bien iluminados, aunque las dos sabían que habría al menos el doble de hombres detrás, cerrando lentamente el círculo.

“Siempre cazan así, creen que así evitan que la presa pueda huir. Idiotas. Eso funciona con gacelas, pero la tigresa se busca al más fuerte, sabe que le brotará más sangre de la yugular cortada y un buche se llevará antes de correr en libertad, anda que no.”

Trinidad había aprovechado los dos días de tiempo para aleccionar a Andrea en todo lo que preveía posible. Hasta ahora no se había equivocado en nada. Incluso este parking había sido uno de sus primeros lugares para acciones. “Es ideal, Andreíta, es ideal. No hay hombre que no lo elija, ya lo verás. Contiene todo lo que un hombre puede desear, y con nosotras en medio como el dulce tiene sus pepitas de oro, será irresistible. Es que son tan previsibles, que da grima, Andrea, pero por ahora disfruta con averiguarlo, que eso si que es divertido.”

Aquí estaban, en ese lugar que ya habían conocido de día, y que entonces le parecía a Andrea una tontería. “Sigo sin verlo. ¿Por qué aquí y no en cualquier otro lugar?”

Trinidad sacó el mapa y lo abrió delante de las dos. “¿En qué zonas puede aterrizar un helicóptero? Márcamelas con … toma, usa la crema de manos, luego compramos otro mapa, este ya apesta a aburrido.”

Andrea observó el mapa y puso gotas de la crema espesa sobre el mapa. Había muchos sitios, al menos cien, pero Andrea siguió con la aficción de quien estaba en el cole y encantado con los deberes.

“Muy bien, ahora márcame los lugares en que es difícil de salir. Una entrada.”

De nuevo, Andrea observó el mapa y marcó unas cincuenta zonas.

“Eso es. Ahora márcame los lugares que si la victima se escapa, aún tendrá que pasar por un segundo control, una segunda única salida. Si, eso es, aquí, aquí… y aquí arriba, y aquí hay otro, cerca del aeropuerto. Ya, pero bueno Andrea, incluso si ese lugar parece tonto, márcalo. A veces son más tontos de lo que se puede una imaginar.”

Andrea contemplaba el mapa que estaba lleno de puntos blancos pastosos, con toques del aceite que la crema soltaba al papel grueso. “Dónde vas…” dijo Trinidad y apretó un goterón demasiado alegre hasta asegurarlo contra futuras deslizadas.

“Ahora verás que divertido. Tu eres hombre y como hombre lo que buscas es un lugar dónde tu víctima no tiene salida. Esa es siempre la primera preocupación del hombre, que sólo haya una salida y que la controle el. Con eso oprime, con eso se gana la vida, con eso sobrevive y le alimentan. Con eso ya es casi rey.

También buscarás un lugar que te permita salir lo más rápidamente posible. Ha de ser por aire, porque piensa cuantas veces hombres estúpidos se quedaron atrapados en su propia trampa. Una entrada, una salida… ¿y si la lucha inutiliza la salida? Ay, pero ay que dolor. Por tanto, helicóptero para evacuar la máquina.

“¿Cuántos sitios quedan, hombre?”

Andrea puso cara de madelman y contestó con “Cinco, mi comandante.”

Se rieron. “Volvamos a centrar nuestra atención en esos cinco lugares. Todos son buenos, todos son útiles, algunos parecen más fáciles o accesibles, otros tienen la ventaja de estar en zonas aisladas. Todos son perfectos para controlar la situación.

Como hombre, querrás asegurar la jugada. Eso es algo que siempre te perseguirá en tu vida, y te conduce a que te acostumbras a poder rodear. Aunque te debilite contra un enemigo fuerte, como eres hombre, crees en el centro. ¿Cuántos lugares se eliminan al no tener ese centro posible?”

Andrea vio que los dos parkings con varias plantas no tenían centro posible para rodeos, o que incluso ofrecían varios niveles y centros poco clarificables.

“Pues fuera con ellos. Aunque esa hubiera sido la mejor elección, y la hubiera tomado una mujer a la primera si la hacen elegir entre cinco ratoneras.”

Quedaban tres opciones. Un parque en las afueras, sin inaugurar y en obras, un descampado cerca de una ruidosa cementera y el parking de la chatarra, como Andrea llamaba el tercer lugar.

“Ah, el parque. Como hombre eso de imaginarte la entrega de una máquina entre árboles te es imposible. Tu cortas los árboles, por tanto no puedes verlos de pie. No te rías, te lo estoy simplificando. Hay estudios sobre eso y son muy buenos. No fallan.

El descampado… que buena opción después de todo. Pero eres hombre, y salvo si es de día, no eres capaz de dormir bajo el cielo estrellado sin ninguna referencia cercana. Ya te veo reír de nuevo, pero creeme Andreíta, no hay apenas hombres que aguanten en un lugar sin techo más que unos minutos. Si están al aire libre, enseguida buscan refugio bajo un árbol, bajo una sombra. Llévate uno a la playa y lo comprobarás enseguida. Se vuelven majaras, todos.”

Andrea reía a carcajadas. La ministra estaba simplificando mucho, pero hasta ahora no había nada que no le sonara como haberlo vivido miles de veces ante sus propios ojos, pero sin registrar la repetición de la estúpidez.

“Bueno, eso nos deja en el lugar que estamos.”

Andrea volvió a mirar ahora, 36 horas más tarde y de noche por el parking. Juró que aceptaría las simplificaciones de la ministra ya con total confianza.

***

“¿Qué les impedirá llevarse la máquina y salir corriendo?”

Trinidad suspiró. “¿Quién crees que inventó el revolver? Un hombre, si ya sé que lo sabes. Una mujer no hubiera inventado un revolver. Una mujer de verdad cae una vez en la trampa y en la misma o la siguiente vez se carga a cazador con alguna treta. El hombre inventó el revolver, porque no le bastó con un disparo, necesitaba más. Han bebido de mis lecciones durante la última semana. Son quizá la fuerza de mayor poder en el planeta después de los chinos y hasta hace poco farmaceúticas. No tienen nada que hayan podido obtener de mi, pero yo les he dado todo en todos mis pasos, todo lo que podía dar. ¿Qué anhelan? ¿La máquina? Pues sí, porque ellos siempre adoran las máquinas que hagan milagros, aunque solo sean cinco. ¿El amuleto? Pues mucho más que nada, aunque no lo puedan usar, ni tocar. ¿Y si la máquina puede desprogramar esa cosa y se lo pueda poner el jefe? Ganges no nos ha contado nada, Andreíta. Ui, mira, el cero se ha ido.”

La cuenta empezó a registrar ingresos. Al minuto había llegado a un millon de euros, pero Trinidad sabía que eso era nada más que una prueba, no destinada a ella, sino a la seguridad de las transacción. Miró el segundero. De aquí medio minuto tendría que empezar el baile de verdad, o tendrían que aplastar a algunos hombres mucho más tontos de lo que se podía esperar después de dejarles como idiotas en tantas ocasiones ya.

Y arrancó el contador. Llegó a los cincuenta millones en diez segundos, y siguió subiendo. Andrea se quedó mirando fascinada, no se podía creer lo que estaba viendo.

***

“¿Cuánto piensas sacarles?” Andrea quería que cerrara el portatil ya, interrumpiendo la transmisión. La cifra era astronómica en estos momentos, muy por encima de lo que pensaba posible que podía transferirse. La superó por completo y se puso nerviosa.

Trinidad no decía nada, riendo por la nariz y con sonrisa, mientras controlaba el segundero.

“¿Si tuvieras mil hijas y a cada una le quisieras regalar un coche como este, Andrea… lo que ahora te parece mucho sería lo justo para unas dos navidades, teniendo en cuenta que al año habrá que renovar la flota por completo. Esto es calderilla aún, pero Montoro es lo que es. Me ha podido engañar una vez, pero ahora es como jugar al poker con alguien que te enseña sus cartas. Van a pagar hasta cincuenta veces lo que ves aquí, pero nosotras de aquí … veinte segundos desconectaremos con 35 mil millones en la cuenta. Prepara las herramientas.”

Andrea ya las tenía sobre su regazo, pulcramente organizadas en la bolsa abierta de bolsillos.

“Diez, nueve, ocho, siete, seis… oh, mira han aumentado la velocidad, será que Montoro se da cuenta de que eso pudiera engancharnos a sus sistema informático más tiempo el bribón… vaya, dos, uno. AHORA.”

Quitaron la batería al equipo, Andrea soltó la última unión que habían dejado, extrajo el disco duro con un tirón, lo abrió con las herramientas y sacaron el disco para meterlo en el pequeño baño de ácido que enseguida tapó de nuevo, asegurando con las hebillas que en caso de caída no vertería su corrosivo contenido. Después les tocó a las memorias que electrocutó con pasarle el descargador eléctrico de defensa personal del ejército.

“Muy bien, hora de que los chicos se lleven la mercancía.”

Andrea les hizo señales con las luces, y se acercaron despacio.

“Si fuese yo, ahora nos mataría. No seríamos capaces de gastar el dinero en contra de quien pagó, la máquina y el amuleto serían mios. ¿Por cierto, dónde está el amuleto?”

Trinidad sonrió. “En su bolso, encima de la máquina.”

“¿Pero…?”

“No, no nos tocarán. No tendrán tiempo para eso. ¿Decías que estos cristales eran blindados?”

“Si, claro, este …”, pero las palabras de Andrea quedaron ahogadas entre las primeras explosiones, que hicieron saltar a los hombres que apunto habían estado de llegar al vehículo por los aires. Se escucharon ráfagas de disparos atrás, y alguna que otra bala perdida zumbó entorno a la cabina.

Andrea se agachaba cada vez menos, y en una preguntó gritando para hacerse oir en el infierno que se había desatado porque había activado Trinidad los explosivos, si eso les iba a costar ser perseguidas toda la eternidad por Montoro. Que era una loca, que con su sed de sangre había echado todo a perder, que para que, para su ego?

Trinidad se acercó a ella, le tomó la cara asustada entre manos y la besó compulsivamente la boca, los ojos, nariz, orejas y cuello. “He conocido al jefe de Montoro, y eso ha cambiado las tornas. Disfruta, esto no se ve todos los días. ¿Decías que aguantaría el impacto de artillería pesada? ¿Sí? Pues mira que  perder el tiempo con esos hombres matándose entre ellos. Ven, que me puesto cachonda, la señal de que he vencido en la batalla, aunque acaba de empezar la primera escaramuza. Ven Andreíta, si aprendes a disfrutar ahora, nunca más nadie te interrumpirá nada ni nadie en tu gozo.”

Andrea comprendió. Ganges. El tiempo en que les había dejado solos. a esos dos. Ganges era más poderoso que Montoro, y ahora se llevaría lo que quería y eso haría efectiva esa superioridad de poder. La ministra había llevado la contienda para lograr que se enfrentasen los que tenían que hacerlo, y fuese cual fuese el resultado, solo quedaría uno.

La ministra se había tumbado encima de ella y le clavaba sus codos en el estómago mientras le abrió la camisa arrancando los botones con movimientos de tensión lenta de la tela. “Ellos que se maten, bum, bum y orgasmo. Luego quedará uno, y ya será la mitad de dificil que ahora. Puede que incluso se maten mutuamente, algo muy propio entre los machotes. O que la máquina les mate, o que mate al vencedor. Pero a mi no me meterán más en sus planes. Ni estos dos gillipollas con sed insaciable de poder por el miedo que nos sienten, ni nadie más, aunque esté por nacer.” Mordió el pecho de Andrea en su comienzo, primero con los labios, luego con los dientes y finalmente con el ácido de la lengua sobre las microheridas. Andrea se arqueó debajo de su cuerpo, levantándo y bajando después las rodillas imperceptiblemente para ella misma.

“Que jueguen a guardianes de fuentes, a exterminarse a ellos, entre ellos y a los demás. Nosotras gozaremos.” Repitió la embestida de su boca en el otro pecho, también justo en su comienzo. Andrea volvió a arquearse, algo más abrupta, más hambrienta, más despierta en sus instintos que comenzaban a tapar al miedo con esperas angustiadas por el siguiente mordisco.

“Que se vayan a follar después a sus mujercitas, y después a las putas que les dan caña, y después a sus esclavas y esclavos que les pondrán hasta los culos en ristra para que el señor no se tenga que agachar. Bum, bum… orgasmo. Nosotras gozaremos.” El mordisco se produjo no dónde Andrea lo esperaba, temía y pedía silenciosamente, sino en su abdomen tenso, lo que la obligó a levantarse hasta quedar sentada, agarrando la cabeza de la ministra exigiendo más, y más abajo y ahora.

“Que se hagan inmortales, con sus penes cada vez más robóticos, con implantes hasta para poder cagar y estómagos que enviarán señales de “me ha gustado” al cerebro. Que conquisten la vida, porque nunca, nunca jamás llegarán gozar como nosotras.”

Andrea quería más, mucho más, pero la ministra no cedió en su agarre.

“Si, Andreíta, amor mío. Harán todo esto y mucho más, porque lo único que les queda a los hombres en este planeta es jugar a soldaditos y reyes antes de que el planeta nos librará de ellos para siempre.” Subiendo lentamente en constante lucha por espacio, comenzó a destrozar la tapicería con sus uñas, superandose con increíble violencia de milímetro por milímetro de arrancada de piel, hasta que Andrea gritaba ante la cercanía de la trituradora en que la mano de Trini se parecía haber convertido.

“Bum, bum…” susurró a Andrea en la nuca, “yo nunca he matado a nadie, mi amor, nunca jamás…bum bum… ¡Orgasmo!” y le apretó con la mano abierta el sexo hasta que el grito de placer de Andrea acabó en gritos de extasis que se adelantaban unos a otros sin parar.

No dejó de aprisionar el miedo, hasta que quedó exhausto y se fue para siempre de la zona de control.

***

Movió a Andrea hacía el asiento de copiloto, le ayudó a ponerse el cinturón y la dejó con sus espasmos gozar. De vez en cuando la rozó con la mano, o con la mirada, suficiente para que se perdiera de nuevo en gemidos, que a la vez volvieron a provocor los espasmos.

El fuego había cesado y vio que unos hombres se acercaron a paso resuelto para llevarse la máquina. Iban en grupos, eran con creces mejor entrenados que los otros. Había tomado la decisión correcta. Montoro no iba a llegar mucho más lejos, aunque su idea seguramente le sobreviviría. Sin el hasta era un avance.

Abrió la ventanilla y tiró el disco duro en su tanque de ácido al suelo fuera del coche y a considerable distancia. Esos tiempos de balonmano… lástima que se lesionara.

Les hizo una seña a dos de los combatientes para que dispararán al pequeño tanque y lo destrozaron con dos ráfagas.

Puso en marcha el todoterreno y salió despacio, intentando no manchar las ruedas con cadáveres o lo que podía fluir de ellos.

No fuera que Andreita se enfadara con ella por cogerle el coche y dejarselo hecho unos zorros.

Esta estaba dormida, medio desnuda y con una sonrisa que no se veía en la cara, sino a dos centímetros de la misma.

El contador había mostrado 83 mil millones de euros, la última vez que lo vio antes de arrancarle la bateria Andrea. Unos dos segundos de retraso de confirmación de ping y reafirmación de control… eso daban unos 95 mil millones, que ya estaban distribuidos en casi cuatro mil cuentas en más de 800 bancos y fondos.

Ahora lo único que quedaba era buscarse un lugar tranquilo y esperar unas semanas o meses, sin perderles de vista  a los contendientes.

Pisó el gas demasiado y por poco estampó el bólido en una granja que apareció fugazmente ante los faros mientras evitó el choque con una maniobra que solo en este coche fue posible. No sabía manejar un vehículo así, y ahora, sin medaillón, convenía no acelerar demasiado nada.

Ya volvería a ella. Eso le había dicho su padre, y su padre aunque hombre, había sido un tipo sabio. Por no aguantar su mujer ni cinco minutos sin salir corriendo a otra expedición.

Volvió a mirar a Andrea. “Te he mentido cielo. Sí que he matado. Maté a esos hombres al apretar el botón, pero iban a por ti. Lo comprendí en sus movimientos, no me preguntes como, lo vi, y los maté. Nunca tuve necesidad de hacerlo antes, porque nunca hubo nadie a quien amar. Se equivocaron de mamaíta, yo no iba a coger el coche para ir a la comisaría.”

Andrea seguía profundamente dormida. Mejor. De todas formas no se acordaría apenas de detalles. Sólo del placer, del inmenso placer.

***

Los hombres de Ganges le informaron de que tenían máquina y amuleto en su poder, y que las dos mujeres se habían marchado.

“Síganles, pero simplemente para saber en que dirección se van. Una vez que lo sepan, que se retire el seguimiento. La máquina la han de llevar al punto acordado. Cambio y corto.”

Ganges se masajeo los riñones que al igual que su brazo izquierdo aún dolían con fuerza.

Esa mujer increíble, que rechazó lo suyo para quitarselo al otro, arriesgando el doble y triple, porque sería lo inesperado. La que le propuso un trato nuevo una vez que la azafata se fuera, pero no antes de decirle a su ayudante que ya podía salir, que ella no llevaba armas. Esa que se dio cuenta que el había sabido cada uno de los pasos que habian dado con el, y que los habia incluido en un plan. Increible mujer esa, que le aligeró unos centímetros la presión del brazo mecánico-pneumático que habían instalado, tal como el se lo habia imaginado. Una imaginación casi perfecta, pero que no habia contado con la brutalidad de la azafata, que le hubiera costado la vida si hubiera seguido bajo la constante presión unos segundos más.

Sí. La aliada más poderosa posible, la enemiga más temible posible. Cada movimiento suyo parecía salir de la debilidad más absoluta, pero acababa siempre con todas las fuerzas que osaran levantarse contra ella.

Henrik no se hacía ninguna ilusión respecto al amuleto. Si lo habia entregado era para que se cargara a Montoro con el en última instancia. Sabía que volvería a ella, y con el dinero que tenía ahora bien podía aguantar unos días sin protección del agua.

La máquina. Esa máquina que le permitiría no duplicar el amuleto. No. Esa máquina no duplicaba máquinas. Esa se encargaba de absorber el agua de una fuente de vida, y quien estuviera conectado a ella en ese momento, duplicaba su vida. Quedaban cinco cargas, así que serían cinco vidas que le quedarían. Le podían matar, podía morir y al día siguiente volvería a levantarse. No importaba perder una pierna o las dos, ni los brazos y la cabeza. Mientras no acabara en cachos, podía morir cinco veces sin más que perder un día o dos en volver a la escena del crimen, vengando su propia muerte.

Montoro estaba perdido. Tragaría recibir el medaillón, se tragaría la siguiente historia,  porque ahora sabía que Ganges le superaba. Buscaría protección y el medaillón tarde o temprano sería su último resorte. Lo usaría, y moriría.

Ganges respiró hondo, con otro pinchazo en la zona lumbar. Ahora solo quedaba acabar con el chino, que era el único que tenía poder suficiente para hacerse con las fuentes.

Pronto llegarían. El chino y su amiga la doctora Brescida, la mosquita muerta que milagrosamente habia estado con casi todos los actores en contacto, y seguia viva. Ganges negó con la cabeza.

Pensó en Pava y asintió. Un rey necesitaba una reina. Aunque fuese la que algún día probaría de matarlo. La Brescida hubiera sido una de clase para pasarla a los amigos, pero la Pava era para enviarla directamente a los enemigos.

Luego estaba el asunto de cómo le había tratado una y otra. Bueno, de todas formas se la calzaría antes de acabar con sus ilusiones de un mundo de amor surrealista y ridículo.

Ya se daría cuenta de que había apostado por el hombre equivocado. Una vez más, la última para variarle el rumbo de la suerte un poquito.

***

Los últimos dos hombres salieron de la sala. La máquina había repetido siete veces el proceso antes de apagarse definitivamente y Henrik sintió las vidas en el.

Sus hombres vieron como se encendió y apagó siete veces una luz verdosa que entró en contacto con las palmas de su jefe. Parecía que se habia fotocopiado la mano. Luego les dijo que cargarán con la máquina y la tirarán desde un helicóptero sobre rocas.

Estaba exultante. Preparó la escena a su gusto, y se sentó en una esquina, observando el agua de la fuente fluir de nuevo. Enseguida había sentido la máquina, pero salvo reducir el flujo, no logró más. El amuleto, incluso sin su legítima dueña actual, había sido la clave.

El chino y su novia no tardarían en aparecer. Volvió a levantarse y salió de entre las rocas al exterior, con la noche de luna nueva dejando la selva en casi total oscuridad.

***

Montoro observó consternado los monitores. Los primeros ataques al Parador habían resultado en desastres. Sus hombres estaban trabajando en el valle para eliminar los cadáveres, pero no iban a ser capaces de recuperar a todos los vehículos antes del amanecer. Iba a haber preguntas, algo que no le preocupaba, pero que impediría seguir de momento con los planes. Tenían que tomar el parador esta noche, después se volvería imposible durante meses, quizá años.

Los informes de Pretoria eran aún peores. Pava, La Pava le había traicionado cuando por primera vez estaba dispuesto a perdonarle la vida. Ni Pava, ni máquina, ni medaillón, pero peor… otro se lo había llevado, sino todo, al menos la máquina, y eso convertiría a uno de los cinco que quedaban en el tablero en prácticamente inmortal. Otro que tendría que haber muerto hacía tiempo y se resistía con enorme facilidad.

Las cosas no pintaban nada bien para Montoro que comprendió lentamente que sus aficiones por el golf y el esquí le habían condicionado finalmente a estar demasiado lejos de la acción, y que probablemente, muy probablemente se había iniciado el declive de la opción Montoro.

Sonrió satisfecho. Cualquiera que le hubiera visto se habría dado cuenta que Montoro se había vuelto loco.

“Bravó, bravó! De aquí una semana hasta los señores de la Guerra me darán por muerto. Si es que no hay nada mejor que morir dos veces. Bravo por mi y mis cadáveres!”

Definitivamente, Montoro no sólo había iniciado el camino a los infiernos, sino que se había dejado caer en ellos con un pasito que no supo dónde lo dio en concreto ni a que edad. Pero ahora ya podía sentir el calor de las llamas subiendole por las venas.

***

Yang se miró en el espejo de su minúsculo baño del despacho en el hospital. Eran las cuatro de la mañana y dentro de una hora estarían camino de Pretoria. De un momento a otro llegaría el helicóptero de transporte pesado, que llevaba años siendo ensamblado y mantenido sin que existiera para nadie salvo aquellos que llevaban quince años esperando cumplir con su encargo. Una máquina que no había dejado rastro en ninguna fábrica, en ningún taller, en ninguna familia que quedara atrás.

Preparada para ser durante unas horas máquina igual que las otras, suplantando a las otras, haciéndose pasar por una de ellas, y después desaparecer de nuevo en la selva dónde sus piezas desmontadas volverían a diseminarse por manos que ni siquiera sabían con que negociaban. Tornillos que dejaron un transporte hace veinte años, y que de aquí pocos días estarían metidos en otro motor, otro tipo de máquina, una estructura fija o móvil. Imposible de rastrear, ni hacía delante, ni hacía atrás.

Se miraba y se preguntaba hasta que punto no era así con los humanos también. Durmientes durante gran parte de sus vidas, ensamblados y mantenidos por manos que sólo esperaban el vuelo del nido, con una misión que cumplir y después desaparecer hasta que las piezas por caminos de increíble precisión volverían a formar parte de otras piezas y estructras. Imposible de rastrear, nunca se sabía de quien era el poro que funcionaba entre miles en la palma de la mano.

Dentro de ocho o diez años llegarían las naves alienígenas para llevarse todo tipo de tornillos y piezas humanas, cómodamente empaquetados en formas de manos, cabezas y pies para meterse ellos mismos en las barrigas de transporte. Absorbidos a billones, para servir en algún planeta a fines tan oscuros y terribles, que hacían acto de bondad matar a un niño con las manos en plena calle y delante de su madre.

Esta vez no se llevarían a los chinos como siempre lo habían hecho. Esta vez quizá unos cuantos millones que caerían porque siempre había bajas en las guerras, pero no lo que los señores de la guerra fuera de China tenían previsto.

De aquí pocas horas al menos dos señores de la guerra, dos príncipes de los tratos oscuros con los alienígenas estarían frente a el. Dos, o más.

Sabía que no tenía que vencerlos. Tan pronto los viera juntos, había culminado con la misión de su vida.

Se fijó en el soporte del espejo con sus dos tornillos firmemente sujetando el peso de la caja de luz superior y reflejo.

Dos tornillos. Deseaba que fuesen dos los tornillos que no tuvieran que separarse para otra eternidad de transformaciones.

***

El gigantesco helicóptero me hizo volver al estado cercano al pánico. No parecía para nada algo normal en medio del descampado. Dónde normalmente estuviera el helicóptero de la Media Luna, ahora reposaba un insecto que tapaba por completo la señal de centro de la improvisada pista.

Sus rotores principales no sonaban a helicóptero, sino a cañonazos. El rotor de cola tenía el tamaño de los rotores principales de un helicóptero comercial.

Esta máquina era muy seria, con su pintura de camuflaje que bajo los focos le otorgaban aún más el aspecto de cosa viva, de insecto gigantesco. Pensé en Olassa y Zhuu, en el piso lleno de comercio y visitas, que ahora seguramente estarían con las caras pegadas a las ventanas, o corriendo hacía el lugar. Me pregunté si no sería mejor correr a su encuentro, en vez de estarlo haciendo para meterme en esa cosa seria, que dejaba a las ilusiones de un paseo por la paz y la heroína local en poco más que desvaríos de una adolescente que nunca había sabido crecer.

Me quedé atrás, no porque no corría como una loca, sino porque mis piernas pesaban cada vez más, hasta que no pude hacer más que seguir andando despacio en dirección a la rampa trasera, viendo como los demás ya estaban alcanzándola o incluso subían corriendo haciendoles caso a los militares a bordo que no paraban de gritar y gesticular.

El respirar me empezó a costar. Todo se ralentizó. Una voz en mi me imploraba darme la vuelta y vivir una vida como fuese, pero que no me subiera a esa cosa, porque de ella nunca más saldría la misma, sino alguien totalmente incapaz de vivir su propia vida.

Me giré, y miré hacía el hospital. Decenas de empleados estaban esperando al borde del descampado. Vi a Olivier haciéndome señas para que me diera prisa, me gritaban… pero a quienes quería ver era a Olassa y Zhuu. No tenía su valor, no me iba a ir con Yang. Pero sin ellas tampoco podía dar un paso de vuelta.

Apareció la cabeza de Olassa sobre las de los demás, rompió ya con cuerpo visible la línea invisible de la distancia a guardar y corrió hacía mi como un avestruz buscando a su cria rodeada de leones.

Llegó sudando profusamente, fuera de aliento y me puso el casco militar en la cabeza, me abrazó y salió corriendo de nuevo para volver sin echar la vista atrás.

Toqué el casco que me quedaba perfecto. Esas dos tenían una vista para las dimensiones que no tenía parangón en equipos de medición.

Dos minutos más tarde me senté en la última silla desplegable, me ajusté el cinturón y saludé militarmente a Yang que estaba sentado enfrente. Podía ver incluso bajo la pobre luz de la iluminación interior que su mirada aún luchaba con olvidar lo cerca que había estado de perderme para siempre.

Me quité el casco, y lo observé. Tenía camuflaje, pero era lo más ostentoso y llamativo que se podía hacer con las formas y colores en Tierra. Lo habían forrado por fuera con una tela tintada gruesa y resistente. ‘Tela de guerra’ la llamaban.

Volví a ponermelo, ajustando las cintas de tela para que no se me cayera. Debi dar una imagen ridícula, infantil y hasta peliculera.

Pero así era Karma cuando subió al helicóptero. Simplemente llevaba la tela adecuada para la ocasión. Así me querían ver los demás. Así me habían hecho sus miradas. Así me acostumbré a reflejarme en todo y todos. Como alguien que se entretenía mientras que los otros decidían sobre su vida.

No, desde luego que no bajaría esa misma Karma del helicóptero si llegara a aterrizar de nuevo. Esa no sabía luchar por lo que amaba. Esa se había quedado atrás.

***

Sebastiana y Susana miraban fijamente la pared. Fue ver como Susana empezó a mover la cabeza con los ojos cerrados, para comprender que estaba siguiendo los sonidos del intruso que a estas alturas ya había localizado la pared falsa.

Susana apuntó con el dedo a un punto justo enfrente de las dos en la pared y Sebastiana levantó el palo de madera preparado para rozar suavemente el techo por encima del punto que había señalado Susana.

Después de unos segundos, la cabeza de Susana volvió a moverse y después quedar quieta durante minutos, volvió a asentir. Ya sabía dónde se escondía el asesino, esperando que alguién en concreto saliera de la habitación oculta.

***

La primera hora del vuelo pasó en completo silencio de los que iban. Ni siquiera los tres amigos contrabandistas de Karma se hablaban entre ellos.

Yang echaba vistazos ocasionales a esa tropa con la que se llevaría a cabo un asalto minuciosamente planeado, que hasta el último segundo no era más que piezas sueltas que no iban a ninguna parte.

Se fijó en Karma, que no había visto desde el desayuno del día anterior. Llevaba trenzas y  peinado local, unas telas que había sabido colocarse correctamente, y un casco que le daba un aspecto de haberse colado entre un pelotón de paracaidístas para servirles de entretenimiento. Era el casco, porque lo demás no dejaba de ser una de las típicas reacciones de las europeas, que se entregaban a las costumbres locales con histerismo. Karma no era así, pero también era así, tuvo que admitirlo. Tan dura y profesional en lo suyo, tan perfecta a la hora de exigir a los demás, y luego muñeca que pedía lo que quería bajo disfraces que escondían su propia inseguridad, aunque se viera a leguas que temblaba de miedo.

Pensó en los tornillos y reparó en que estos eran como dos gotas de agua, mientras que Karma y el no tenían más que un gran cariño y opiniones profesionales que se asemejaban. Rascando las superficies, ni eso seguramente. Aún así se sentía terriblemente atraída por esa Karma payasa, que tenía todas las de sacar el boleto de no volver. Todos los que iban porque era más que dudoso de que hubiera un palo más largo que otro en la chistera del destino.

Nyungen tenía las manos sobre las rodillas y estaba en una postura tan recta que hasta Yang se enderezó al verle. Concentrado, con los ojos cerrados e inmutable. El que aparentemente menos sabía, menos protección tenía y más riesgo iba a correr. El palo corto seguro.

Los tres contrabandistas, que según Olivier no eran más que adolescentes que habían sobrevivido a base de la suerte africana. Quien la tenía, la tenía. Tres palos cortos, porque dónde iban, la suerte no era africana.

Los quince soldados, que dejarían sus vidas para defender la de el. Quince palos cortos más.

El piloto y el copiloto, y los dos mecánicos y el radar, que morirían para nunca poder revelar la posición de la fuente.

Comprendió a que le recordó el helicóptero, aunque en un primer momento le había hecho pensar en una cigarra gigante.

Era una caja mortuoria con alas, e iba a arrasar con una cosecha que otros se prometían felices de recoger. No ella, sino los condenados que iban a salir de su vientre en cuanto llegaran a su destino final.

Casi esperaba ese disparo de láser desde alguna de las fortificaciones de satélite de los alienígenas, pero sabía no iba a llegar. Esta vez no. Esta vez no tenían ni idea lo que ocurría en el mundo que consideraban suyo.

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https://sombrasbaul.wordpress.com/2011/08/26/elo-karma-brescida-fin-de-la-recopilacion/