ELO – El Cuentacuentos – Parte III
proviene de la parte II
Autor en trance: M. Furlock

Campocorso llegó a las playas de la isla por la mañana, con las primeras luces rompiendo como la mar en forma de oleadas suaves y tranquilas. La sobrevoló durante varias horas, hasta que al mediodía estaba relativamente seguro de que nadie le estaba esperando.

La isla estaba desierta de vida humana. Las ciudades y pueblos habían sido arrasadas por las Sombras Baúl. Fueron verdaderos centros del gasto energético, con redes que llegaban hasta a la finca más apartada. Los pocos supervivientes se fueron en veleros a los pocos días de iniciarse la Gran Invasión, como había aprendido Campocorso en sus largos años en San Dehli a través de estudios cuidadosos de documentación que el nunca manejaba directamente.

No habían vuelto, y era comprensible porque la isla necesitaría otros cien años para volver a ser quien era antes, mucho antes de que llegaran las Sombras Baúl en formación de ataque de estacato, pulverizando lugares de ocio y turismo en pocos segundos.

Decidió que seguiría en el aire otras cinco o seis horas más hasta que la oscuridad le diera aún más ventaja. El próximo paso era el más fácil de todos, pero revelaría a cualquier observador uno de los secretos mejor guardados de los de su especie. La entrada principal a lo que llevaba millones de años destruyendo la sangre del planeta, su agua pura, esa agua que se resistía una y otra vez a quedar infectada en todas sus moléculas.

Pensó por un momento en ese extraño como poderosamente débil perseguidor que ahora estaría en otra playa, pero a cientos de kilómetros de distancia. Ese pensamiento le alertó y amplió sus círculos de vuelo no sólo hasta la caída de la noche, sino a mucho después y hasta el día siguiente por la tarde, no aterrizó.

Cuando lo hizo, estaba completamente seguro de estar solo en la isla, que desde la Victoria Imposible no había vuelto a recibir ninguna visita.

Sus carcajadas llenaron las ruinas de la catedral. Ni con las Sombras Baúl impactando a velocidad de la luz había quedado al descubierto la entrada. Inspeccionó los puntos de accesos posibles y se puso a trabajar.

Unos tres o cuatro días de remover escombros y lograr que el modulador interno del sello que pusieron sobre los accesos cegados reconociera la superficie despejada.

Las primeras piedras volaron a distancias que denotaban que estaba más que harto de tener que limpiar la meta el una y otra vez. Sintió agradecimiento por ser esta la última antes de retornar y después volver.

***

“Fede. ¿Has visto eso?”

La voz de mi alumno me sacó de mis propios pensamientos. “¿El qué?”, le pregunté distraído mientras que me acerqué a la silla, intentando ver que había descubierto Toni en la red.

“Ya no existe esa página. Es una barbaridad. Mira que era buena, llena de documentales y videos sobre los imperialistas y sus locos planes de matarnos a todos. Qué descaro que ya no esté, con la de visitas que tenía.”

El monitor devolvió a nuestras miradas el escueto mensaje de despedida de los autores de la página. Aunque pusiera que estaría de baja durante un mes, ya teníamos hasta instinto para saber que delante nuestro estaba otro cadáver de la red. Otra página que había cedido bajo la presión de acallarla.

Un mensaje breve, una indicación clara a que no habría más emisión. Ni siquiera estaba dirigido a los visitantes, sino a los imperialistas. ‘Aquí no molestaremos más, bwana’. Aunque el aviso no dijera ni una ni otra cosa, no se separaba para nada del guión de todas que habían dejado de ofrecer esos contenidos tan molestos a los imperialistas. Fin del cuento, otra menos.

Ya no sentí pena, aunque sí un resquemor que me agrió un poquito más la existencia. ¿Cuántos había pasado ya así? ¿100? ¿500? La batalla se estaba inclinando a favor de los destructores, y si ya antes de que se pusieron en serio a limpiar la red de cualquier cosa que apuntara a sus conspiraciones era complicado hacerse una imagen más o menos comprensible de todo lo que estaba ocurriendo, con las 2000 mejores páginas web menos en el panorama, casi nadie tenía posibilidad de informarse ya. Lo que quedaban, debunkers, debunkers vestidos de webs, webs vestidos de debunkers.

Una red superficial, tan superficial como todo que los imperialistas tocaban. No soportaban el crecimiento de los demás humanos.

La red había demostrado que podía con el cierre informativo y que millones de pequeñas piezas también podían mostrar la verdadera cara de los gobernantes y monarcas, esa élite bochornosa compuesta por miles y miles de parásitos de la peor calaña. A partir de eso, acabó bajo las ruedas de la maquinaria infernal que por dónde pasaba, todo lo dejaba insulso, vacío de contenido e información fidedigna o diferente. Uniformidad puesta al cuadrado.

A la red le quedaban pocos años, una vez que los imperialistas desembarcaran en ella definitivamente.

“¿Has grabado alguno de estos documentales, Toni?”

La mirada de repentino sentimiento agudo de culpabilidad de mi alumno lo decía todo.

No, no había esperanza. Era previsible que quedáramos los últimos entre pocos últimos, y que cualquier día también nuestros esfuerzos de resistencia a la mentira global llena de millones de mentiras locales se irían por el retrete.

Al día siguiente tropecé con un artículo en la consulta del dentista, una entrevista con aquel que decía ser el fundador de la red y comprendí que no había más que hacer en ella.

El padre de la comunicación moderna, apoltronado en su cátedra que no atendía, más rico, más viejo y más padre que nunca, abogaba por controles, abogaba por redes rápidas para los ricos, abogaba por cosas tan hilarantes en la voz de quien se había considerado un defensor de los comunes, que le di un puñetazo a la mesa.

Uno se podía reír, pero de tanto tener que hacerlo se le acababa la paciencia.

***

En los primeros días de la tercera semana de vuelo comenzó entre Ka y yo una nueva relación. No es que tuviéramos que cambiar de formato, pero yo había llegado a un punto en el que no podía darle la vuelta a lo que mi interior seguía agarrando con fuerza para que no se moviera.

Mis preguntas habían llegado a cansarme, tanto que no sabía ya que preguntar o analizar. La información nueva no cabía, no encontraba siquiera sitio de emergencia.

Mi interior se comenzó a hinchar, con ello aumentó mi grado de suspicacia y nerviosismo.

Cada día me sentía un poco menos capaz de todo, hasta que Ka comenzó a hacerme preguntas el a mi. Me pidió que yo fuese quien le instruyera sobre lo que había pasado, y que la mejor forma sería contar y describirle mis vivencias, en vez de buscar una respuesta más o menos aceptada en general.

“Probemos. Veamos lo que viste o vimos en su día, y comparémoslo con lo que sabemos hoy. Eso activará otra parte del cerebro, y puede que así se vea obligado a contarnos su historia. En el fondo, todos los cerebros quieren eso también. Poder contar su historia una y otra vez, hasta que sea la oficial. Si yo te pregunto, algo fluirá desde ese cerebro tuyo, algún vacío creará y quien sabe, puede que así avancemos con menos irritación.”

Fue un paso consciente y le pregunté a Ka si no era ridículo hablar sobre nuestros propios cerebros haciendo como que estos no nos registraran.

“Claro que te escucha, pero ya que se niega a aceptar lo que ha escuchado durante las últimas semanas, no puede hacer otra cosa que desechar también todo lo demás que llega. El cerebro, una vez que se cierra, no deja pasar lo que le pueda interesar, ni siquiera registra lo que le pueda amenazar aunque lo tenga delante y con letrero inmenso anunciando el ataque.”

Ka estaba aún en su saco de dormir, mientras que yo estaba preparando ya el café.

“Pues parece tonto eso. Pensaba que los cerebros eran más listos.” Le pasé una taza humeante del preciado líquido y en cuanto se había logrado encajar a gusto en una esquina de la barquilla, me dijo que la percepción oficial de los cerebros distaba mucho de lo que en eran después de hacerse uno consciente.

“Ese es quizá el punto de mayor debilidad del cerebro en su gran mentira. Hace ver que eres tú quien piensa, cuando sólo es capaz de reflejar los caminos que otros han tomado antes que tú.

Sabe no obstante, que eso le condena a que haya que compartir mejor los recursos, porque una memoria es lo que es, y hay que ir optimizando su gasto. Como no le encuadra eso en su supremacía sobre los demás órganos, difunde una gran mentira. Antes de ser un átomo entre millones, prefiere que todos los átomos crean que o bien no existen, o que lo único que existe es el cerebro. Puede parecer lo mismo, pero no lo es.”

Nos quemábamos los labios a gusto. Sólo el café estaba permitido como comida caliente, las horas de menor viento y movimiento de la corriente que nos llevaba. Un incendio de la cesta sería sin duda nuestro último fuego al que asistir.

“Ahora si lo observas con paz en ti, enseguida te darás cuenta que puedes usar tu cerebro a pesar de lo que está haciendo… sin querer. Por ejemplo, puedes estar loco por algo, pero por mucho que recreas esas ganas en tu imaginación, luego no harás nada para ir en pos. No le sigues, y eso te muestra que el cerebro piensa en el formato último que ha dado por válido, mientras que tu piensas sin el, o con el, pero sin necesidad de usar ese mismo formato. Has avanzado, o estás por encima de los niveles a los que ha llegado tu cerebro.”

Craack…

Me encantaba sentir-oír ese crujido en mi. Era físico, aunque no lo notara en ningún lugar específico de mi cuerpo. Era psíquico, aunque después no se notara ninguna diferencia. Era el sentimiento-sonido que anunciaba que algo había comenzado a moverse. Se lo dije a Ka y se puso muy contento.

“Muy buena señal, Cecé. Has visto lo que estaba diciendo, y lo comprendiste por encima de lo que tu cerebro te obligaba a pensar. Es como cortarle la línea con la que se comunica contigo y obligarle a dar con la nueva, adaptándose a las novedades. Aprovechemos. Cuéntame algo sobre tu vida que yo no sepa.”

Miré al cielo que pasaba de la oscuridad a tonos de nublado oscuro y después a los colores apagados de la salida del sol, tapado por billones de Sombras Baúl en constante giro entorno al planeta en la estratosfera.

Comencé a hablarle sobre mis años de luchas mil contra el sistema, esos años locos en los que me sentí más solo que la una, aunque por aquel entonces no había hecho más que iniciar mi andadura por la soledad, aún ampliamente acompañado.

“Sí”, me dijo cuando mencioné ese recuerdo de ver las páginas contrarias a los imperialistas desaparecer, “eso de internet sí que fue una gran jugada imperialista, puede que la mejor incluso.”

Yo no lo veía así. Más bien era la burda forma de siempre de aplastarnos a todos, y que entonces se había extendido a la red, una vez que comprendieron que por ese lado les venía una encima que no iban a poder controlar.

Ka se rió y negó con la cabeza. “Que va, Cecé. La gran mayoría de las páginas, incluso las más informativas y los mejores documentales o videos denuncia de autoproducción no eran más que productos de los propios imperialistas. Ese fue siempre su truco, el de meter noventa mil lobos entre cinco ovejas.”

***

“¿Has visto mi vestido rojo? ¿No lo habrás lavado, no? Te he dicho mil veces que no se puede meter en la lavadora, que esa tela es sensible y necesita el lavado de mano. ¿Qué, lo has visto o no?”

Miré a mi novia y pensé que la mañana no podía empezar peor. Ya estaba ella a cien, y si no me agachaba me iba a costar la cabeza antes de salir de casa. No me apetecía para nada conducir sin ella hasta el trabajo. Sin mi cabeza, mi refiero.

Empecé a ayudarla en buscar su vestido rojo, que con total seguridad estaría en un lugar imposible de encontrar por la mañana, con los reflejos lentos y el cerebro atontado de la noche anterior, del sueño reciente y de la luz borrosa que llegaba desde un cielo cubierto y amenazante. Iba a llover.

Durante mi búsqueda en la cocina, por dónde ella ya había pasado revolviendo absolutamente todo, dejando abierta hasta la nevera, comencé a preparar un mínimo de desayuno. Como no le contesté a sus gritos desde el dormitorio y desde el baño dónde no paraba de vociferar ni cuando… en fin, ni cuando cagaba, se presentó con unas pintas estrafalarias detrás mío en el rellano de la puerta de la cocina.

“¿Tú no me contestas porque eres borde o porque has lavado el vestido y no quieres decirme la verdad?”

Me volví hacía ella y le pasé una taza de café, que aceptó, pero al no encontrar enseguida las pastillas de edulcorante, volvió a vociferar, esta vez mezclando la desaparición del vestido con la falta del dosificador que no estaba en ‘su lugar’, y manchas de café por todo dónde enseguida comenzó a buscar con la mano libre, mientras que la otra no ofrecía más que temblorosa y accidentada rutina de escapar al control que debería haber ejercido sobre la taza y su contenido.

“Me cago en todos. ¿Has tenido otro de tus ataques de orden y limpieza, no? Oh, por dios, como puedes hacer que te odie en un instante. Mira ya, me has arruinado toda la mañana. Pero eso a ti te da igual. Saldrás en tu coche, te irás a pasarlo bien, y yo mientras tanto currando en ese cuchitril de emisora, dejando me la piel. De verdad, eres odioso. Un inútil.”

Me resonó aquello de que iba a dejarse la piel, algo que mi cerebro no aceptaba. Desde que había conocido a Tulia, su piel había mejorado ostensiblemente, había llegado a un nivel de de rojez que antes no tenía, y al comer bien por primera vez en su vida en vez de meterse de todo entre las costillas, había dejado de tener ese sudor tan agresivo que solía tapar con baños aromáticos cada ocho horas, cada cuatro o cada media hora, según el ataque que tenía.

“Además, mira como me tengo que ir. Con unos pantalones que tienen dos años, una camisa que no llevaría ni mi abuela, y los pelos como los de una loca. Todo por tu culpa, porque esta casa está hecho un asco, y ya que el señorito se pasea por el mundo en su cochazo, quizá no estaría mal que hiciera algo de provecho. Al menos podía encontrarme una casa en condiciones cuando volviera, no te parece Frederik?”

Comenzó a ver la taza en su mano y se acordó de que contenía café. Tomó un sorbo, puso cara de dolor inimaginable y escupió el buche sobre la pica, ensuciando absolutamente toda la vajilla que se había secado del lavado de anoche.

Cuando finalmente había salido, contemplé un piso en ruinas, que media hora antes había presentado un aspecto formidable. La cocina arruinada, con la ropa limpia sacada del secador, mezclada con la ropa sucia del cesto medio caído, los platos, la pared y parte del armario lleno de manchones marrones del escupitajo explosivo. No quedaba ninguna puerta de los armarios cerrada, ni en la cocina, ni en el baño, ni en el dormitorio. El baño se había llenado con todas las toallas en el suelo, todas pisadas y usadas en menos de cinco minutos. La cama desecha, con el colchón medio sacado, los cajones de la ropa abiertos, incluso los que sólo contenían ropa mía.

Media hora más, y los vecinos de arriba la hubieran saludado mientras se hiciera camino con el berbiquí para buscar su maldito vestido rojo o lo que fuese por dónde jamás podría estar.

Me senté en medio del desastre que empezó poco después de conocernos. Primero una vez al mes, luego pasó a ser semanal, y ahora se producía a diario, mañana, mediodía y tarde.

Me sentí frustrado conmigo mismo. Nada me salía bien, todo estaba cerrado a cal y canto a que yo pudiera avanzar. Lo que aguantaba con mis últimas fuerzas se deshacía ante mis ojos, entre mis manos, en mi cabeza y corazón. Lo estaba perdiendo todo, y no hacía más que recuperarlo durante el resto del día, para al día siguiente, levantarme en medio del expolio repetido. No, no sólo el piso, o la relación cada vez más tormentosa con mi novia. Todo se estaba deshaciendo.

No podía más ya con ese mundo así, en el que no encajaba para nada.

Sonó el móvil, y ella que se disculpaba, que había encontrado el vestido en el coche, que no se lo tuviera en cuenta, y que seguramente había dejado la casa un desastre, que no me preocupara, que ella se llegaría al mediodía para arreglar el pequeño estropicio. ¿Por qué no nos íbamos a cenar esta noche con unos amigos que le habían llamado? Si, a ese restaurante de gays tan postmoderno y divertido. Y colgó.

Miré el móvil, que llevaba meses sonando para dar paso a palizas. O a llamadas de extorsión emocional directa. O a las amenazas, los gritos y la violencia verbal que después se traducía en violencia física incluso. Vivía con una enferma, vivía en un piso enfermo, en un barrio enfermo. Trabajaba con enfermos, en una empresa enferma y un comercio enfermo. Y sabía que yo también lo estaba.

Volvió sonar y era mi abogado. Que habíamos perdido la apelación. Había perdido mi casa en las afueras. Me dijo que su minuto subía a casi dos millones de la moneda oficial del país, y pensé que por haber perdido no sólo era mucho, sino una estafa. Se lo dije, y me amenazó con denunciarme inmediatamente, además de boicotear la venta de la propiedad. Una venta que de todas formas ya no iba a rendir nada más que para los gastos que todo el caos estaba causando.

Le dije que no, que bajara la minuta a la mitad o no iba a cobrar, que a mi me daba igual si se llevaban la casa, el coche y todo lo que quisieran. Hubo una pausa, y ante mi sorpresa aceptó.

Me levanté, eché un último vistazo a este piso en el que también había metido todas mis energías. De alquiler, el próximo inquilino disfrutaría las mejoras, el dueño sacaría más partido, mi novia se buscaría quizá otro para rellenar el vacío que nunca era capaz de rellenar.

Dejé las llaves sobre la mesa, y una pequeña nota que me hizo llorar al escribirla, pero que logré terminar en condiciones.

Dos días más tarde estampé la limusina contra las vallas de una curva que tomé a demasiada velocidad. El amigo que me había incitado desde el primer momento del día a hacer locuras, salió de la ruina en que habían quedado las dos toneladas de máquina bella y protectora y me gritó en hacerlo mismo, que el coche iba a explotar.

Apagué el motor, que aún rugía en punto muerto, y no sabía porque el maldito cd no funcionaba. Aunque el coche estuviera sobre su techo abollado y hundido, eso no debería afectar al maldito sistema de audio.

***

Ka asintió con la mirada entristecida. Dijo que esa escena comenzó a vivirse en los años de máxima prosperidad oficial, cuando de facto todos tenían que estar contentos, felices y agradecidos por vivir tan bien.

“El mundo feliz comenzó para muchos países en los años cincuenta, cuando los imperialistas estaban demasiado absortos en transformar toda esa tecnología que habían obtenido a cambio de la cosecha. Les costó casi treinta años para hacerse con ella, y en esos la humanidad recuperó un poco del camino vedado. Fue una verdadera explosión de actividades, negocios, ocio y cada vez más de tecnología hasta acabar en que habían cogido las riendas de nuevo, y dieron luz verde al asalto final.

Pero… siempre hay un pero. La humanidad seguía siendo esclava sin que lo reconociera, ahora tapada la verdad por la ilusión de que todos podían vivir muy bien en base a lo que los vencedores de la segunda guerra mundial de los tiempos modernos establecieron como pauta a seguir. Consumo. Consumo masivo de productos. Productos que no duraban, servicios que no cumplían, modelos obsoletos antes de que salieran al mercado.

Enseguida afectó a los humanos, que simplemente habían salido de una devastadora guerra que servía para tapar las primeras y aisladas llegadas de máquinas recolectoras para meterse en otra, una que no veían, ni comprendían.

Has de ver con que superioridad de información contaban esos imperialistas, Cecé, porque en Tierra nunca nadie hubiera llegado a crear esa parafernalia sin estar abducidos del todo.

Había que saber en que desembocaba para ponerlo en marcha, y nunca la Tierra había conocido el consumo como modelo para basarse en su crecimiento social de ninguna raza. Simplemente no podía conocerlo, ya que no era sistema de crecimiento, sino es el sistema de destrucción final por excelencia. Es saquear a palos.

La fase final de la gran mentira se inició en esos años de la posguerra, y estaba destinada a destruir absolutamente todos los valores, dejando al humano en medio de su necesaria locura al pasar por todo esto. Así, así iban a poder recolectar a billones. Así la élite se quedaría con haber alcanzado la solución final, que no era otra que ellos viviendo en lujos y unos cuantos cientos de millones de supervivientes sirviéndoles.

Podías nacer en un lugar dónde ya no quedaban defensas de ningún tipo, y morir antes de llegar los cinco días de vida. O nacer en un lugar avanzado, moderno y con todas las facilidades del mundo, y morir de locura, de tristeza, depresión o porque tu maquinaria llamada cuerpo no era una máquina y estallaba.”

Nos miramos y le dije a esos ojos que me sondeaban con regularidad, que me acordaba muy bien del momento en que me enfadé con el mundo. “Fue cuando descubrí que lo que me habían contado de niño no era cierto. Ya sé que mi padre no hacía otra cosa que mentir, pero también mi madre, los tíos, las tías, los abuelos, los amigos de mis padres, los padres de mis amigos… todos habían alimentado una visión de un mundo casi perfecto, en el que todo era posible, y que lo habían luchado con todas sus fuerzas para que nosotros lo disfrutáramos y conserváramos.

Pero eso era mentira. El mundo estaba en sus últimas. No habían hecho más que seguir dócilmente y ciegos a los que habían mandado antes de las guerras modernas, y cuando llegué a comprenderlo, me enfadé muchísimo. Aún me acordaba de ese momento, en el que estaba frente a una pared jugando con un balón. Me di cuenta de que todo era mentira y que nada de lo que habían dicho se acercaba ni en lo más mínimo a lo que estábamos viendo y a lo que pronto nos íbamos a tener que enfrentar mucho más allá de lo que uno se puede imaginar cuando vive en la mentira del paraíso en un paraíso falso y engañoso.

Se lo dije a mi padre y por poco me felicita, echándolo todo a perder con su sarcástica carcajada. Mi madre enseguida llorando, diciendo que ahora la tomaba con ella, que ella desde luego no tenía nada que ver con ese mundo cruel.

¿Cruel? Me quedé a cuadros. Ayer había sido maravilloso y desde siempre había sido así… y ahora era cruel porque yo preguntaba. No hubo nadie que tuviese el valor de admitir que nos estaban mintiendo, que estaban engañando a sus hijos para que estos no descubrieran lo viles, estúpidos y abducidos que eran ellos, nuestros progenitores, que habían arrasado con la mitad del planeta y que en una o dos generaciones arrasarían con el resto, porque no dejaban otra posibilidad a la plebe.

Si, me acordaba perfectamente del enfado que sentí mientras golpeaba la pelota que a su vez golpeaba la pared y después mi cabeza, rodilla, mano o pie, y vuelta a empezar.

Entre ellos, no sentían vergüenza por lo que estaban haciendo, pero a nosotros nos mintieron porque sabían que nuestras preguntas no tenían otra respuesta que dejarlos como por lo que eran.

Cobardes y vagos, conscientes de que ni guerras ni hambrunas habían sido más que juegos de poderosos, y que ahora al menos tenían sus isletas de casa propia, trabajo y prosperidad recuperada. Cobardes y vagos, porque dejaban en manos de sus hijos el enfrentarse al rodillo que simplemente estaba cogiendo carrerilla para aplastarnos a todos definitivamente.

Nunca salí de ese enfado, Ka”

El aire cada vez más fresco en la cara me devolvió al globo, al viaje y a lo que estábamos haciendo.

Ahora, con el libro de mi vida abierto en esa parte, no encontré razón para seguir estando enfadado. Entonces, de niño y claramente engañado podía sentirlo, incluso más tarde, de adolescente, pero no tenía mucho sentido a la luz de lo que sabía ahora.

No podían hacer otra cosa. Si a mi el enemigo me resultaba imposible de vencer, las generaciones pasadas aún tuvieron menos posibilidades.

Comencé a percibir que no era su culpa, simplemente eran los más cercanos para descargar mi ira. Los más cercanos después de dejar la pelota y la pared.  No habían visto el enemigo, no se habían visto a si mismos.

Estaba bien eso de lanzarles pelotas. Suaves, con o sin efecto, rasas, altas, duras o cañonazos. Todo eso estaba bien, porque liberaba el cuerpo de la tensión acumulada, la de que se le decía que atacara, cuando no había contra quien hacerlo específicamente. Liberaba al cuerpo del estrés resultante.

Aunque no sirviera de nada, porque quienes devolvían las pelotas no eran esas mismas personas o seres, empleados o jefes, serviles ejecutores o cabezas de operaciones.

Era una pared gris, llamada mentira. Vivían en ella. Mataban en ella. No llegaron a existir siquiera. Gastaron sus vidas en hacerle la vida imposible a los demás, porque eso era lo único que les mantenía vivos, ellos sin saberlo, incluso cuando se sentían culpables.

Sí, uno podía enfadarse, podía cabrearse. Podía denunciarlos y así meterse en medio del fangoso terreno de la lucha por una justicia que jamás podía expenderse desde esa humanidad profundamente enferma, desquiciada y ajena al universo.

Podía cometer ese error y seguir dando pelotazos contra la pared. O quedarme con la pelota en una de esas tandas, comprender que ese era el fallo de un sistema así. El de no poder quedarse con la pelota jamás.

Craak.

***

“¿Amaste en esos tiempos tan revueltos para ti y todos?” Ka jugueteaba con los prismáticos intentando descubrir algún globo de la formación.

Si, claro que sí que había amado. Con todas las carencias que teníamos en medio de la voluptuosidad del progreso me refugié en amar a los demás.  Era lógico, ahora lo veía claro en este cesto a 300 metros de altura sobre una Tierra sin guerras y sin mentiras.

Tenía que ser así. Si la cadena del amor se interrumpe, el miembro roto ha de transferir su conocimiento y arte a las que queden intactas, a las que le siguen, porque los que le siguieron se perderán para siempre en su última experiencia. Una cadena rota, que obligaba al miembro más débil destrozarse para así asegurar que su esfuerzo en transmitirlo todo en el último momento sirviera para que algún día se volverían a unir los cabos, aunque el no estuviera.

La renuncia a quererse a uno mismo en beneficio de querer a los demás, el mantener la llama viva con la sustancia propia, para que así llegara a la siguiente generación. Un salto al vacío sin red, sin llegar nunca al otro lado.

Si, eso era. Había renunciado primero a amarme a mi mismo, y después de destrozarme a consciencia amando a los demás, acabé sin poder amarme ni a mi, ni a nadie.

“¿Qué opinas ahora de ese camino? ¿Te parece el adecuado u optarías ahora por otro distinto al que tomaste?”

Le pedí prestados los prismáticos y escudriñé una formación rocosa que me había llamada la atención.

“Fueron emociones muy fuertes, ahora que lo estoy revisando. Cosas que no he vuelto sentir, pero que anhelo volver a sentir. Era la vida sin cerebro, la vida en la que las emociones te llevan de un lugar a otro. Fueron un fracaso, porque mi cerebro se volvió igual de loco como todos los demás, cada uno a su manera pero al unísono sin que lo oyéramos ninguno, pero fueron camino, Ka.”

Uno horripilante, pero ese fue el que quedaba. Se podía vestir mejor o peor, pero estaba tan lleno de los cadáveres en los que nos estábamos convirtiendo a cada paso, que ni siquiera quedaba espacio para pensar en otras alternativas. El mundo era un matadero gigantesco que se hacía llamar progreso, y por el que pasaba todo lo que podía triturarse y después vender en un bote.

“Hicimos bien en amar y en hacernos daño, porque no quedaba otra. Amamos bien y nos hicimos mucho daño, de calidad y del bochornoso, pero lo hicimos. Cuando golpeaba la pelota contra la pared y esta me la devolvía en forma de fracasos en traspasarla, al menos seguía luchando. Luego, cuando los fracasos superaron los límites soportables, todo terminó de todas formas en un profundo sentimiento de fracaso, de tener que reconocer que no habría forma alguna de vencer jamás a esa maquinaría de demolición de todo lo humano. Aún así, también me acuerdo que me seguía agarrando entonces a cualquier brizna de esperanza. El sistema flaqueaba, pero a esas alturas no éramos capaces ya de distinguir entre flaqueza de verdad, o flaqueza simulada.”

“¿Pero dime, lo volverías a tomar, con todo lo que sabes ahora?”

Negué con la cabeza, devolviéndole los binoculares de aumento.

“No, claro que no. Me habría ido de casa a los 14 años y habría iniciado una vida totalmente distinta a la que he vivido, o al menos creí haber vivido. Me habría llevado mis hermanos y a mi madre, habría puesto tierra de por en medio entre nosotros y la bestia. Hubiera luchado por ellos, por mi y por este mundo desde otra posición, mucho más ventajosa que la que he manejado.”

Nos quedamos pensativos ante esa última aseveración, que había salido con más vehemencia, con mayor fuerza en su sonido de caída hacía las copas de los árboles que seguían siendo los claros ganadores de la recuperación de la Naturaleza de los espacios cedidos o mejor dicho, expoliados.

Craak.

***

“Funcionó el camino, aunque era peor que otros. Funcionó, porque ahora no lo tomarías. Has llegado a opciones mejores.”

Quise negar con la cabeza, porque en realidad no había llegado a esas opciones por mi camino, sino porque las Sombras Baúl se cargaron la mentira en unos minutos a nivel planetario. Ka se fijó en mi incertidumbre y le dio la vuelta a los prismáticos, ofreciéndome que retornara a observar la cadena montañosa con ellos así.

Miré por ellos, puestos del revés, aunque ya sabía lo que iba a ver. Estarían tan lejos las montañas, que el mundo habría ganado diez o veinte veces en tamaño.

No obstante, al mirar, vi lo que me había llamado la atención. Sobre los imponentes promontorios se estaba produciendo un fenómeno extraño, como de aire caliente que se desplazaba en forma de fina película u ola sobre los picos incluso más altos.

Mi cara se convirtió en interrogante al devolverle de nuevo los prismáticos y llamarle la atención sobre lo que había descubierto.

Ka estudió esa extraña película de calor que a ojo desnudo o bajo aumentos no era visible. Solo en la más absoluta lejanía se delataba al contrastar un poco más.

“No sé lo que es esto sobre las montañas, pero si que parece que hay movimiento de aire caliente.”

Dejé los prismáticos de nuevo en manos de Ka, mientras intentaba cogerle en su habla lento y metódico.

” …¿pero te has fijado en lo de las distintas vistas? Las emociones nos acercan con muchos aumentos a lo que vemos y vivimos, sentimos y percibimos. Tanto nos acercan, que no vemos más que detalles y esos los ampliamos hasta que se convierten en mundos dónde escondernos, vivir y sufrir, pero en lugar seguro.

Las emociones son lugar seguro, aunque no sirvan para compartirlo en paz, y son fósforos explosivos en manos del pirómano que quiera incendiar el mundo para su provecho.

Es cuando nos alejamos de ellos y si exageramos el espacio a ganar, se vuelven reconocibles, meras volutas sobre aire caliente, motas de polvo que sólo una determinada luz permite ver, contrastes que delatan movimiento dónde todo parece quieto e impermeable a los cambios.

Tomamos todos en su día ese camino de las emociones. El refugio del alma humana, de su esencia. Cerramos los ojos, aunque bien abiertas las mostramos a los demás, y a nosotros mismos. Hicimos lo que hicieron nuestros padres, porque el enemigo no sólo era superior, sino infinitamente superior.

Ya no eramos capaces de mirarle siquiera a los ojos de nuestros propios hijos, que no iban a heredar un mundo en paz, sino un caos aún mayor, algo que no había forma de parar, porque no tenía más vida que la de bestias manipulando al ganado como se les antojara.

Sabes, has ganado otro punto de vista en ti. Dentro de ti has cogido los prismáticos del cerebro, les has dado la vuelta, y eso te ha hecho decir que tomarías otros caminos y no volverías a andar el mismo.

¿O me equivoco cuando presupongo que ibas a decir que si, que ese camino lo volverías a andar cien mil veces y que no tú, sino otros habían hecho el trabajo sucio?”

Craak.

***

Campocorso no sudaba, aunque llevaba tres días seguidos con la tarea de limpieza de escombros.

No era tarea fácil, y solo la fuerza sobrehumana del alienígena permitía acometerla. Tuvo que emplear a fondo sus conocimientos para mover los bloques más grandes, que superaban con creces incluso sus posibilidades de embiste directo.

Sin herramientas, sin maquinaria disponible, los escombros representaban un reto tras otro, que cumplía metódicamente, con precisión y frialdad.

Sabía que los detectores a decenas de metros por debajo de el ya lo captaban, de lo contrario sus trabajos de descombro habrían acabado pronto. Sabía que en las profundidades un sistema le estaba analizando en todos sus movimientos, una máquina que odiaba las visitas, y cuya única razón de vivir era el más profundo odio posible contra todo que no fuera quien tenía autorización y pase para estar acercándose a ella.

Al caer la cuarta noche, por fin quedó despejada la zona de acceso que había elegido. Sólo un bloque que representaba los restos de una obra de arte que le había gustado al tirano.

Un recuerdo que se iba a llevar a casa, un pequeño trofeo que le recordaría durante cientos de años venideros a lo que había venido, lo que había logrado, y porque no, en lo que había fracasado.

Representaba a la Naturaleza, pero grotescamente desfigurada por las manos y golpes del artista. Campocorso tuvo que reírse de nuevo a carcajadas, porque a la obra solo le habría faltado incluirle a el, tan completa, verídica y plástica de los hechos era.

¿Algún humano salvo el artista se habían dado cuenta de lo que decía a grito entumecido de la soledad en medio de la devastación?

Lo dudaba. Los artistas hacía tiempo que habían perdido la conexión con los demás, no porque hubieran evolucionado, sino porque los demás cayeron en los abismos de haberse convertido en mentes programadas, al igual que esa máquina debajo de sus pies.

Ni la máquina, ni los cerebros locos y destruidos de los humanos eran capaces de comprender una obra de arte, porque buscaban placer en cumplir con instrucciones básicas e ignoraban que el arte no había nacido por placer, sino como herramienta de guerra contra el, contra el invasor, y contra todos los invasores que hubiera habido antes que el.

Esa Tierra era muy vieja, y lo descubrió al comprender que aquellas manifestaciones de pinturas o acabados, de estatuillas y formas que daban a todo no se correspondió a un acto gratuito, sino a buscarle protección en la visita al arte, y que el arte daba.

Lo comprendió tarde, cuando también Grecia y Roma habían sucumbido ante la rebelión contra los amos, rebeliones lideradas por los que se llamaban cultos, eruditos de la filosofía hasta genios de la pintura y de las demás artes que tomaron forma de cuña en su unión para meterse entre puerta y rellano, impidiendo que se podían mover tan libremente y sin ser vistos entre los humanos.

Eran esos pocos visionarios que en los últimos miles de años les había costaba cada vez más recursos, incluso llegó a cobrarse cada vez más víctimas entre los de su especie.

Matarlos no servía de nada, porque sus obras se hicieron más grandes que sus artífices habrían llegado a ser jamás en vida.

Reaccionaron, y con la misma eficacia diaria y nocturna con la que Campocorso había limpiado una zona casi tan amplia como la propia catedral ocupara en sus días de esplendor, acabaron con el arte haciéndolo popular, cambiándole la filosofía de instrumento de crítica y de avisos, a meras expresiones que buscaban agradar, más y más.

Pronto perdieron las artes todo su empaque, y llegaron a que ya nadie sabía diferenciar el dibujo de un niño de cuatro años de una obra maestra llena de claves y simbología precisa contra la opresión.

Convirtieron el arte en aprensible, en escuelas y universidades lo cogieron por entre esas tenazas de la teoría.

El, Campocorso, cuando estampó su firma en el tratado de culturización de dos continentes, pudo escuchar el profundo gemido último de las artes en libertad y luego ese otro sonido, el de un espinazo rompiéndose.

Que fácil fue eliminar a esa vía de la Naturaleza. Menos de 1000 años, cuando durante millones de años había sido un garante de defensa de los humanos contra todo que no fuese humano.

Campocorso se quedó dubitativo en el borde del acceso despejado, como si se le olvidara algo. ¿O había sido algo que había cambiado mientras que el había dado rienda suelta a su memoria milenaria?

Observó que el trozo de la obra que ahora reposaba como una cabeza cortada y desfigurada sobre el firme, llevaba una inscripción, o parte de ella. Dos letras, una encima de la otra, una jota y una ce.

***

Me tenía intrigado lo que había visto sobre las montañas fluir. Ka sabía perfectamente lo que era, pero no hubo forma de sonsacarle más de lo que había dicho. ¿O lo sabía y lo temía?

Retomé con más ahínco mi interés mínimo por la navegación. Me pinchaba el querer llegar lo más cerca posible a aquello que fluía en la distancia, o que sospechaba que lo hacía, porque ya no había montañas a la vista, y el territorio que sobrevolábamos eran llanos y estepas, con la lejanía en constante bruma.

Comenzó a hacer frío y tuvimos que cerrar la barquilla con lonas, aparte de ponernos ropa de invierno, que de día era un constante calentarse y sudar, y de noche no parecía suficiente jamás para sacarnos el frío de los huesos.

Cualquier cosa para distraernos era bienvenida y poco a poco logré con minúsculos olvidos que dejáramos el rumbo.  Lo suficiente como para estar sobrevolando en algún momento lo que iba en esa misma dirección, pero unos trescientos kilómetros más al sur.

Ka no parecía haberse percatado, o me daba coba porque le gustaba como lo estaba enfocando. El podía ser un muro, pero no iba a impedirme poder rodearlo si con un rodeo llegara yo antes a comprender por mi cuenta. No era esa pared gris de los mil y un despachos que devolvía pelotas en forma de acoso al ciudadano.

Calculé que por la mañana siguiente estaríamos cerca de ese flujo, aunque tenía pocas esperanzas de que siguiera la línea que había prolongado yo en mi imaginación después de desaparecer las cordilleras de nuestra vista.

“¿Cómo es la vida del cuentacuentos, Cecé? Cuéntame un cuento…. “ Ka se había instalado en su esquina favorita, dentro del cesto que habíamos forrado con telas y lonas en interior y exterior para aislarnos mejor del frío.

No sabía que decirle. Era un buen trabajo, aunque no le veía demasiada utilidad.

En cambio lo que habían tenido que trabajar durante los últimos diez años para tener esta ruta tan bien abastecida de todo, en parajes de difícil acceso y sin nunca saber si serviría algún día, eso sí que me parecía un trabajo difícil, útil, interesante y arriesgado en un mundo demasiado tranquilo a veces.

“¿En serio?” Ka parecía sorprendido. “¿El trabajo de cuentacuentos no es así también?”

Le negué con la cabeza, sin saber si añadir algo más o dejarlo estar. No me aburría, me era fácil hacerlo, mis oyentes estaban normalmente contentos, incluso tenía cierta fama de contar cuentos fascinantes. Eso no era nada comparado con el trabajo de un band’aker y sus resultados de cosechas que daban de comer a todos.

“El que está fascinado ahora soy yo, Cecé. ¿Tu crees que el band’aker hace un trabajo útil para el mismo y la sociedad, y tú crees que no es ese tu caso?”

Sentí un relámpago recorrer mi cuerpo y memoria. Por un momento volví a ser adolescente, pero duró menos que un segundo. Ka insistió:

“De verdad Cecé, ¿me quieres hacer creer que contar un cuento no da derecho a comer del plato común?”

Me lo quedé mirando, pero eso era lo que yo pensaba. Sonaba extraño en la boca de otro, más con tanta incredulidad.

Me encogí de hombros, repentinamente inseguro de una opinión que me había acompañado durante toda mi vida, ya fuese cuando quise ser poeta, escritor o como ahora, cuentacuentos. Lo último ni en su ejercicio regular me parecía algo digno de ser comparado con quienes levantaban caravanserais, araban y cuidaban cultivos, trabajaban con el agua o en las cocinas comunitarias.

Volví a sentir ese relámpago, y de nuevo se fue como había venido. Me comenzó a doler la cabeza en las sienes.

“A la vista que tienes un bloqueo en ese tema que supera todo lo que he visto hasta ahora, te voy a contar un cuento yo, y luego veremos hasta dónde llegó el poder contigo. ¿Te parece?”

“Adelante, no va a cambiar mi opinión, porque unas frases en un libro no quitan el hambre, salvo si hablamos de libros prácticos o de enseñanza. ¿Crees que hubiéramos llegado hasta aquí si todo dependiera de mi? Jamás, Ka, jamás.  Mis ideas no sirven en este mundo, ni sirvieron en el que hubo, ni servirán en el que habrá. Lo que me queda es hacer bonitas historias de ellas, no para no frustrarme más, sino porque yo no sirvo ya para otra cosa.”

Ka en vez de recoger impulso con mi invitación se quedó varado. Estaba visiblemente asombrado y cuando pensé que una vez más había tocado el tema que todo lo dejaba en destrozos, empezó a contarme con la negación aún recorriendo su cuerpo y ademanes hasta bien entrado en el cuento.

***

Érase una vez un rey y una reina que deseaban fervientemente tener un hijo, pero después de tanta manipulación genética no daban ni para lo mínimo que caracteriza la supervivencia humana.

Los médicos les dijeron que no había forma, porque el rey era impotente, y la reina si tenía ovarios eran de atrezzo. No les dieron esperanzas, algo que normalmente salvaba cabezas al dar una mala noticia. No las dieron porque sabían que no las había.

El rey se tomó la noticia a broma, luego cuando se marcharon los médicos quiso encargar que los ‘retirasen’ como lo llamaba el, y después de unos días cayó en una profunda depresión que ni las niñas más jóvenes de palacio podían traspasar.

La reina se tragó cinco de sus pastillas habituales para las migrañas, aparte de comenzar a mirar de una forma que recordaba mucho a la abuela y su catatonía permanente.

Las siguientes semanas hicieron que de cinco pasó a diez pastillas, y de mirar como la abuela hasta que perdió la mirada en otro vacío aún peor.

Los asesores estaban muy preocupados con la pareja. Si no habría hijo, no habría más reino, y si no habría más reino, no habría más empleo, ni buena vida, ni … en fin, toda la gama de lujos que a estas alturas no estaban dispuestos a perder.

Urdieron un plan. A aquel que devolviera la felicidad a ambos, le darían propiedades y dinero más que suficiente para no tener que preocuparse ni sus bisnietos de cómo ganarse el pan, si no querían.

Disfrazaron el plan bajo un gran festival ciudadano de ideas para hacer feliz al prójimo, y cuando las inscripciones superaron a los 100.000 súbditos con ideas, cerraron la admisión.

Durante cuatro largos años analizaron las ideas, algunas fantásticas y que desde luego harían feliz a todo el mundo, a veces unos minutos, otras unas horas… pero no iban a ser suficientes jamás para evitar que el reino desapareciera, cada vez más inclinado a seguir el camino de la depresión general.

El rey se fue un día a visitar el mercado, en una visita oficial y rutinaria. Se bajó de su limusina, los guardaespaldas se bajaron de las suyas, el helicóptero daba sus vueltas y cuando pensó que ya estaría entrando de nuevo en su cochazo, una mano le agarró desde el público.

Los guardaespaldas se lanzaron como muñecos sobre el agresor, pero este en vez de amedrentarse, los esquivó y se plantó delante del rey con las manos abiertas.

“No teméis, majestad. Sólo tengo un mensaje para usted.”

El rey paró con un ademán a los guardaespaldas que nuevamente quisieron aplacar al hombre de mediana edad y de finos rasgos. Tantas veces había pasado lo mismo, que no comprendía como sus hombres seguían saltando sobre todo lo que se movía sin distinguir entre quien era y quien no era una amenaza.

“Que si quiere recuperar su fertilidad su majestad y que su esposa, la reina pueda dar a luz, yo conozco al hombre que puede lograr semejante milagro.”

El rey se puso rojo como un tomate, porque el público había escuchado las palabras del hombre. Se maldijo a si mismo por haber dudado de sus guardaespaldas, que al parecer tenían más instinto que el.

“¿Pero que tonterías dice pobre hombre?” dijo con sonrisa de rey que resolvía todo y que era perfecta, y que era todo lo que no era, pero eso último precisamente lo tapaba la sonrisa con tanta perfección.

Se viró sobre sus talones, se acercó al coche y con un último saludo vitoreado por los cientos de pares de ojos fijados en el con miles de problemas esperando solución detrás, acallados detrás de rendirle homenaje a quien los exprimía sin piedad, se metió dentro.

“Sigan a ese hombre y me informen.”

***

Al día siguiente el rey y la reina se fueron a ver ese hombre, ya al atardecer. Vivía en una choza apartada de la ciudad, y la comitiva del rey no tuvo ocasión para pasar desapercibida.

El hombre que estaba sentado en el porche improvisado con unas telas y cuerdas, se levantó, divisó por las hileras de coches como se congregaría una multitud en pocos minutos y dijo al rey que había bajado la ventanilla que volvieran otro día, pero sin todos esos coches.

Los asesores les dijeron que no fueran, que podía ser una trampa, pero sus hombres le aseguraron que en aquella chabola lo más peligroso era la chabola, que podía caer en cualquier momento.

Así que volvieron al día siguiente, algo más de noche, y como iban en la limusina que tanto le gustaba conducir, su treta no funcionó tampoco. Esta vez había hasta periodistas que ya estaban alertados de las escapadas del rey y de la reina.

Pasaron delante de la chabola y desde la ventana de la misma el hombre sacó la cabeza para decirles que volvieran otro día, sin llamar tanto la atención.

Así siguió el mes, con el rey y la reina cada vez más cambiados, quitándose hasta el último lujo y la última costumbre para poder hablar con el hombre, que finalmente los recibió en su chabola, mientras que los periodistas acampados afuera no vieron más que un regalo del rey, un barril de vino imponente que por la tarde trajeron unos operarios preguntando por el hombre. Uno de los periodistas le dijo que había salido al campo, pero que ya se encargarían ellos de avisarle. “¿Avisar de qué? Ya lo verá en cuanto vuelva. Estará borracho el resto del año.”

Cayó la noche y el rey y la reina salieron del escondite, y entraron por la ventana trasera de la chabola, el rey cayendo cuan largo era sobre un taburete, y la reina destrozándose los pantalones al engancharse a los hierros que simulaban agarrar algo en medio de chapas.

El hombre los miró, sonrió y dijo que el resto ya no era de su incumbencia, y que se largaran a la barrica de nuevo, antes de que el saliera a alertar a los periodistas. Miraron incrédulos al hombre, que a todas luces les había engañado y le juraron que no iba a salir con vida de esa.

El hombre asintió y se encaminó a la puerta, pero el rey le paró, le pidió que no lo hiciera, y que aceptaban volver al tonel, lo que hicieron al amparo de la noche.

Se levantó una tormenta que hizo pequeños a todos en el campo. El hombre se refugió en el sótano, una cueva mínima con otro techo de chapa improvisado, los periodistas huyeron del premonitorio, del campo y de la carretera comarcal porque la tormenta les persiguió hasta la ciudad.

Cayó más agua en una hora que en todo el año, y el tonel se soltó finalmente de la base en un golpe del viento huracanado, rodó unos pocos metros hasta los campos inundados un poco más abajo, en el comienzo de la colina suavemente ondulada, y comenzó a flotar por encima de las aguas que fluían según la dirección del viento, que cambiaba con mucha frecuencia.

Una hora más tarde volvió a salir el sol, pero salvo al hombre que se había refugiado en su sótano de pocos metros cuadrados, chorreando y vivo de milagro, no encontraban al rey, ni a al reina, ni a la barrica, ni tampoco a la chabola.

Después de tres días de infructuosas búsquedas, comenzaron a pensar en lo peor con cada vez más serenidad. A la semana hicieron oficial la trágica muerte de los monarcas, pero contaron que se habían ahogado en un accidente deportivo en alta mar, sin que los cuerpos aún se habían podido recuperar.

Se oficiaron los funerales sin cuerpos al mes, y al año el país empezó a funcionar mucho mejor, se deshizo de la corte y muchos de los que más habían agudizado los problemas en la población acabaron ante los tribunales, con sentencias en firme y cárcel de por vida como resultado, cuando años antes no hubiese quien se atreviera a tocarles ni de lejos.

Pero los reyes seguían vivos. El barril llegó desde los campos hasta un canal de riego, desde el canal de riego hasta el río, viajó durante toda la noche y por la mañana, ya en alta mar, fue arrastrado durante cuatro días y noches por las corrientes. Un pescador solitario lo enganchó a su barca, se lo llevó a puerto y ante la sorpresa de quienes lo sacaron, salieron un hombre y una mujer que apenas se sostenían en pie.

Los curaron, los alimentación, los cuidaron y al mes el rey les pidió una barca para poder volver a su casa. No les habían dicho quienes eran, pero tenían previsto agradecerles su acto de salvarles la vida con creces.

Los pescadores y sus familias no tenían inconveniente alguno, deseándoles feliz viaje y que se mantuvieran alejados de este y otro remolino. Incluso se ofrecieron a llevarles ellos mismos, pero el rey sabía que en las costas de su país le iban a reconocer enseguida, incluso con barba de un mes. Eran terribles enemigos, no era plan de que mataran a los pescadores por exceso de celo.

Cuando llevaban unas horas remando, la reina le dijo al rey que ella preferiría no volver.

La miró, sorprendido, incapaz de comprender lo que había oído.

“Si, yo no quiero volver a esa vida de antes, esposo. Llevamos un mes haciendo el amor, llevamos un mes hablándonos, llevamos un mes compartiendo secretos y aventuras, llevamos un mes aprendiendo juntos… no pensé que eso sería tan bonito. Nunca había sospechado que podía ser así de …, de….emocionante vivir.”

El rey, que sentía lo mismo. Le costó admitirlo, eso sí.

A la mañana siguiente volvieron a atracar en el pequeño puerto, y al año nació su hija, a los dos años su hijo, y al cuarto año otra niña más.

Y si no se han muerto, viven todavía…”

***

Le aplaudí sorprendido a Ka, que se sonrojó. “Muy bueno, me ha gustado mucho. Un poco acartonado, pero si cuentas cien cuentos más, te ganarías la vida con eso, te lo digo yo.”

Ka me miró hasta que me di cuenta de lo que había dicho.

“¿Así que después de todo, los cuentos pueden servir para ganarse el pan, no te parece? Por cierto, el cuento no es mío, sino de un amigo de La Defensa. Ya sabes, tiene su moraleja:

“Si quieres obtener algo que deseas con todas tus fuerzas, primero has de dejar de ser quien eres, porque es eso lo que te impide alcanzarlo, y eso precisamente es lo que te hace desearlo.”

“Para que lo sepas, Cecé. El día en que lo comprendas no es tan importante, pero quienes escriben un buen libro, han hecho lo mismo que un band’aker en tres octubres. Quienes escriben unos buenos poemas, han hecho lo mismo que aquel que escribió el libro. Quienes cuentan cuentos, lo hacen porque saben de que hablan, y sino, no dicen nada y se ponen a trabajar en cualquier otra cosa, hasta descubrir la suya. Los que quedan, y cuentan, hacen posible que se comparta y evolucione con todo que ocurre en todos.

En serio, Cecé. Abrirás el libro de tu vida y comprenderás que hiciste toda tu vida lo que te fue necesario para poder contar tus propios cuentos.

Yo sería incapaz de desarrollar ni el que me tuve que aprender de memoria y que tu acabas de escuchar, y disfrutar.

Dime… ¿Cuántos libros puedes escribir al año de tus cuentos? No, no me contestes. Sólo piensa que cada libro es una cosecha completa para quien lo lea. Ya me dirás lo que habría que pagarte, si el dinero aún existiera.”

Cuando quise decirle que lo estaba comprendiendo, añadió:

“Además… sólo has de aprender a lograr que el cambio de punto de vista sea completo, y enseguida comprenderás que ninguno vale más que otro. Seas band’aker con tu campo, profesor o médico, poeta o cuentacuentos. Cada uno es un punto de vista distinto del mundo, pero todos se unen para comprenderlo.

Se unen en ti, Cecé. El cuentacuentos puede hacer cualquier cosa, pero nunca las hará durante toda su vida, sino sólo por unos pocos instantes. Los suficientes para comprenderlos y poder contarlos.

Abre el libro de tu vida ahora, Cecé, y revisa. ¿No es precisamente tu vida una que puede generar miles de cuentos? ¿No has sido precisamente tú quien se ha inventado incluso cuentos para vivir dentro de ellos? Ábrelo y lee, te vas a sorprender lo bueno que eres en esto.”

Craaac.

Ka vió como me golpeó y comenzó a preparar el globo para subir a un poco mayor altura, evitando una corriente especialmente fría que se estaba colando por los poros. Yo seguí sentado, ensimismado hasta que me quedé profundamente dormido.

***

Colocado en el margen de la entrada, Campocorso retiró la piedra última. Primero no se escuchó más que el viento calmo que movía algunas hojas caídas. A los pocos minutos parecía que se podía sentir una vibración lejana, como de alguien trabajando en las profundidades haciéndose camino lentamente hacía la superficie.

Campocorso no paraba de sonreír. Se alejó unos cincuenta pasos y cuando todo el firme se levantó con cada vez mayor estruendo, comenzó a relajarse del todo.

El mecanismo seguía funcionando, seis mil años después de su instalación. Lo que había sido suelo de la catedral en sus sótanos restaurados se deshizo a cachos sobre la superficie que lo empujaba hacía las alturas, hasta casi veinte metros, para luego doblarse sobre cuatro lados y formar una columna, exactamente en el centro del área que había limpiado y que ahora mostraba un agujero en la Tierra cuya profundidad no era posible calcular a simple vista.

Esperó hasta que la columna comenzó a abrirse en su base de nuevo, ensanchándose más y más hasta que cada lado ocupaba exactamente los lados vaciados. A la media hora, delante de Campocorso se erigía la por el momento última pirámide construida en Tierra, de unos 100 metros por cada lado y casi 140 metros de alto.

En su cúspide comenzó a verse la capucha de anclaje y entonces Campocorso estaba seguro de que cualquier nave de las que estuvieran en órbita podía aterrizar en la Tierra en condiciones.

Con paso de quien deja atrás un mundo que ha gobernado durante miles de años, en la completa soledad del cazador que vuelve a su hogar después de abundante abatir de inocentes, y sin ningún grito de ningún alma de los millones y millones que se había llevado por delante, entró por la apertura que la pirámide le ofreció durante un momento, para luego quedarse herméticamente cerrada a cualquier otro intento de intrusión.

Fin del gobierno sobre la Tierra. Fin de la ocupación que trajo esa palabra. Fin de la Tierra y sus sueños de libertad.

***

“Tened piedad excelencia, tened piedad de esta comunidad que nunca levantó mano alguna contra vuestro reinado. Apiadadvos de nuestra miseria en concederse a esta población indulto y protección. ¿Por qué nos destruís, cuando nuestra sumisión no permite hacer vos daño alguno?”

En el teatro todos se aguantaban la respiración. ¿Iba a indultarles ese rey loco y brutal? ¿Había esperanza?

“Dejad de lamentaros, comunes. Mi mano sabia os ha llevado a ser quienes sois, habéis vivido por gracia de mi beneplácito y benevolencia, a costa de mi paciencia y magnánime proceder. Ahora os destruirá vuestra propia inutilidad, porque no hay razón para ocuparme más de vosotros, y no habrá quien se aproveche de mi labor, ni de mis vasallos en mi ausencia.”

El actor lo hizo tan bien, que cuatro señoras en primera fila le tiraron zanahorias con enfado, lo que no causó risas o quejas, sino aplausos y admiración hacía las viejas irritadas.

Rumsvel, el actor principal no podía evitar sonreír debajo de su papel. Era estelar, era lo que les superó a los demás actrices y actores y público. Lo odiaban con todo el furor posible durante la obra.

Durante, y después de cada presentación, porque Campocorso no actuaba. Era así, aunque se llamara Rumsvel durante su época de actor teatral, una época que recordaba con especial cariño y justo ahora, cuando los paneles de cierre hermético le aislaron de ese escenario gigantesco como si cayera el telón de la última actuación.

Le fascinaba eso que podía ser quien era a la vista de todos, que podía sentir ese odio profundo que le tenían, podía verles en sus caras que le reconocían… pero luego, luego se iban sin más que pensar que había sido la mejor visita al teatro de sus vidas.

Cómo en la vida misma, en esa miserable vida que el les procuraba pasito a pasito, con la misma parsimonia que entraba en escena, con la misma brutalidad y sin el más mínimo resquicio de piedad posible.

No. Iba a cumplir con sus palabras. Durante su ausencia, no encontraría nadie nada de gran valor en la Tierra. Nada que podría aprovecharse. Nada que recuperar. Un agujero de vida y muerte, el peor agujero posible en cualquier trayecto.

***

Me desperté bien entrado el mediodía, con el dolor de cabeza extendiéndose. Tenía náuseas y sudores.

Había dormido fatal, de día y en una posición semisentada, apoyado contra una de las esquinas de la barquilla, con corrientes de aire frías que no hacían más que empeorar mi estado.

Además, tuve una pesadilla en la que mi padre se materializó en el pueblo pesquero, saliendo de las aguas para comerse al rey y a la reina, luego de dar cuenta de los hijos que habían jugado en la playa. Los habitantes del poblado le atacaban con pinchos y palos, pero el se reía porque medía al menos quince metros de alto y los aplastaba con el pie suelto como a cucarachas.

“Ka, amigo… me encuentro fatal. Creo que he pillado una gripe, y no voy a poder hacer hoy los honores de preparar la comida. Estoy muy flojo, yo… “

Ka me abofeteó como y cuando jamás lo hubiera esperado de nadie salvo de la bestia. Vino tan rápida la mano y tan fuerte, que me giró la cara estrellándola contra los nervios del mimbre acolchado por las lonas. Pude sentir que me sangraba la boca y la nariz.

“Sigue leyendo. Es el libro que no quiere que sigas, no lo ves estúpido? Es la vida que viviste que se niega a ser otra, que se niega a ser memoria accesible a todos los puntos de vista. Sigue leyendo, aunque tengas que morir. Eso es poco, morir es tan poco…”

***

“¿Ven señores? Aquí hay tres robots, y uno dejará de funcionar dentro de pocos segundos. Se le acabarán las pilas. Si, ahora, ¿lo ven? ¿Qué hacen los otros dos? ¡Siguen dando vueltas sin parar! ¿No ven a su compañero quieto? ¡Sí que lo ven! ¿Se preguntan sobre lo que ha pasado? ¡Claro que sí! ¿Hacen algo para evitar que les pase a ellos? ¡No!”

“Eso señor profesor, es porque los robots como lo sabe todo el mundo son un poco estúpidos, jajaja.”

Ya había salido el listo de la clase, el listillo que precisaba de aplausos. Como siempre, cada año igual. El mismo idiota, que dentro de quince años pasaría con su cochazo delante, parando y saludándole para que viera el profesor estúpido hasta dónde había llegado el, mientras que el viejo gastaba suelos de zapato en el camino.

“Bien señores, aquí tienen ahora una secuencia de diez muertes humanas. En cuanto lleguen a casa pregúntense si han hecho suficiente hoy en comprender lo que les pasó a estos diez casos. Pregúntense mañana, y el resto de sus vidas si quieren que dejemos de quedarnos parados como ese robot, a quien Gilabeck llamó estúpido.

Decidan durante el resto de sus vidas si quieren ser estúpidos o lograr que no haya resto, nunca más ningún resto.”

***

La sala de control estaba intacta, sin una sola mota de polvo, por primera vez en muchos años un ambiente estéril y libre de gérmenes de todo tipo. Campocorso se quitó la ropa molesta y se enfundó en un traje de combate que sacó de los tubos de suministros. Enseguida notó como el traje se comunicó con su cuerpo. Se preguntó como había aguantado todo ese tiempo en ese mundo siempre sucio, siempre polvoriento, siempre tapando lo que los años habían producido o construido, devastado o destruido.

Dentro de las pirámides eso no ocurría. Esta no obstante era ridícula, una simple construcción automátizada para servir de anclaje a una nave pequeña. Como un brazo para aviones en un aeropuerto, una simple estructura para que el sistema de la nave se conectara a una zona aislada, aún sin contacto con el mundo fuera de la nave.

Su propia pirámide en su mundo natal medía casi tres kilómetros de alto y albergaba a más de 4 millones de habitantes. Era una de las medianas, porque las más altas llegaban hasta los 15 kilómetros de altura.

Lástima que los de su especie eran tan miedosos para salir de esos búnkeres. La mayoría ni siquiera se atrevía a los viajes en superficie, temerosos de quedar varados entre pirámides y perecer ante un ataque de árboles látigo u hojas cuchillo.

Si, el sabía muy bien lo que había hecho en la Tierra en los últimos 6.000 años. Aprender a estar fuera de la pirámide, fuera de la seguridad más absoluta, y en medio de quienes no paraban de intentar matarle.

***

“No me lo perdonaré jamás. Cuando comprendí que se había marchado por su cuenta… es culpa mía, todo eso es culpa mía.”

La Defensa no dijo nada. Parecía que le interesaba más el paseo por el bosque que las lamentaciones de uno de sus hombres más preparados, que ahora tenía aspecto de no volver jamás a poder conciliar el sueño.

“Lo hizo… me engañó. Todo iba muy bien, se estaba recuperando del formato impreso, ya mostraba señales de despertar del condicionamiento. Es tan rápido como usted predijo, a la vista está, pero no es esa una excusa o justificación que me valga. Le perdí de vista durante diez minutos y no tengo perdón posible. Sí, ya sé. Todo menos perderle de vista, todo menos dejarle solo un instante, todo menos darle una oportunidad al condicionamiento para que le abdujera de nuevo o más incluso. Haga lo que tenga que hacer conmigo.”

Por entre los árboles se filtraba la luz de la tarde, con tonos ocres a pastel, predominantes  fotones rojos en todo caso. La Defensa le hizo una señal al hombre que no había parado de lamentarse en la última media hora para que siguiera un trozo solo en el camino.

Apesadumbrado, con los hombros caídos y la cabeza gacha, este aceleró su paso para cumplir con la indicación.

Una esperanza menos para la Tierra. Una vez más había ganado la bestia. Otra de las ocasiones en las que se cerraba un expediente invisible que añadió peso y carga a quienes visiblemente no lograban jamás esa pequeña ventaja que siempre tenían delante.

Se sorprendió encontrarse con Ka en el penúltimo punto de abastecimiento antes de llegar a la última cordillera que les separaba de la larga travesía del mar.

Ver el globo del experto piloto varado sobre la hierba de la colina, con la membrana desinflada lo decía casi todo, pero se sorprendió que fuese aquí, una zona que en todo caso hubiera sido la última para esos dos en repostar, extender un poco las piernas, y seguir.

Ka había salido corriendo del bosque circundante haciéndoles señas para que aterrizaran, un gesto innegable del nerviosismo que vivía, un gesto que sobraba y que indicaba que algo había pasado.

Aún albergaba una migaja de esperanza de que Frederik quizá estuviera indispuesto, o que habría tenido un accidente en una excursión por los bosques, pero esa era para poder mantener un mínimo de compostura.

Sus hombres podían fallar, pero la Defensa no podía permitirse ni siquiera coquetear con esa novia de los proyectos humanos en contra de los opresores, la desesperación.

Le dejó hablar, luego le preguntó como se había marchado, y Ka le mostró las huellas de una velocleta en la hierba.

“Eso fue hace tres días. No pude seguirle, porque ya tenía desinflada la cubierta-membrana. Qué idiota he sido. Tendría que haber inutilizado a la velocleta enseguida, al llegar tendría que haberle quitado una pieza o dos y ahora estaríamos ya sobre la cordillera. No me lo perdonaré jamás.”

Pobre Ka. Tantos años aprendiendo para cumplir con un papel que a nadie le había gustado, pero el se hizo cargo. Como siempre. Disciplinado, alegre, jovial pero duro como una roca a la hora de la verdad.

Largos años con larguísimos meses llenos de voluntarios que hicieron de Frederik Runfield. Cada vez que habían descubierto un nuevo trozo en la vida de ese hijo programado por Campocorso volvieron a ensayar. La misión de Cañas era prácticamente imposible, pero cuando vieron que Frederik había logrado golpear su padre para inmensa sorpresa de todos, esa imposibilidad se tornó en esperanza, los últimos años aparentemente inútiles en milagrosa previsión exacta.

Ka había hecho el viaje hasta la isla al menos ocho veces en estos diez años. Nadie tenía tantas horas de vuelo, aunque en su caso eran años de vuelo. Cayó dos veces, volvió a salir de los bosques cada vez más densos, volvió a subirse a otro globo y siguió.

Diez años por la borda en un despiste.

Un momento de confianza, el momento buscado por Frederik para coger la membrana de salto individual, inflarla con una botella de gas de las que había muchas esperando a los demás para el repostaje, y unirla a la velocleta para subirse por encima de las copas de los árboles y desaparecer.

Lo peor, que lo había hecho en dirección por la que había venido, porque Ka encontró varias botellas de agua estrelladas en una línea que configuraba más o menos cinco kilómetros y que pesaba más que el fracaso de la vigilancia. Era el suspendido del profesor, ya que el alumno no se presentó a la batalla, sino decidió abandonar la escuela y poner espacio de por en medio.

“Todo es culpa mía. Dejé que nos acercáramos al flujo de-lo-que-está, pero por la noche cambió la corriente y en vez de verlo desde quizá unos kilómetros de distancia, nos despertamos encima del flujo. Es gigantesco, mucho, pero muchísimo más de lo que nos habíamos imaginado.

Hice todo lo que pude para que no se asustara, incluso pensé en mentirle, pero no me atreví a hacerlo. Tardamos casi media hora en salir de esa trayectoria. Qué idiota he sido, tendría que haberme mantenido firme.”

La Defensa no pensó así. El flujo de-lo-que-está estaba integrado en los ensayos. Ka había hecho lo correcto. Le preguntó sobre los detalles del flujo, pero el piloto estaba tan desmoralizado que no fue capaz de darle una imagen clara. Al menos ahora estaban seguros de que quienes o quien, o que tenía que estar en escena, efectivamente estaba.

Tres días de ventaja, además de que no sabían en qué dirección se había fugado. Podían darlo por imposible y seguir ellos. Convendría esperar al menos a dos o tres globos más, y luego iniciar la larga y peligrosa ascensión frente a la cordillera, pasar y acometer el último tramo, ya sobre el mar.

“¿Hasta dónde llegaste en la desprogramación?”

“Tan lejos que no me puedo creer que haya tenido delante un cobarde que siguió siendo cobarde, cegado y yo más ciego que el porque sobrestimé con creces los avances que habíamos logrado.”

Ka le explicó los últimos dos días de la convivencia y la Defensa le escuchó intentando comprender algo, porque era complicado hacerse una idea con el hombre claramente superado por la situación.

“¿Y ya había llegado a ser capaz de distinguir entre lo que le contaba el cerebro, o lo que le contaba la Naturaleza? Ka, aquí es dónde nuestra previsión se quedó corta. Si con esa preparación cumplida decidiera huir, es porque estaba más enfermo de lo que habíamos previsto o pensado posible.”

Ka no lo quiso ver así, y la Defensa se lo llevó de paseo, porque tenía tiempo por delante, varios días hasta que iban a tener que salir de nuevo, nada que preparar con prisas, porque no reinaban en los planes de la Defensa.

Observó la espalda tensa del hombre que andaba delante, a respetuosa distancia. Ahora lo que importaba no era ese niño malcriado y torturado de casi 50 años de edad, sino Ka que no estaba lleno de sentimientos de culpa, sino de 10 años de cansancio acumulado.

Su parte en la contienda había terminado, y con eso terminaron todos los trabajos que había hecho. Ka simplemente estaba delante de un gran vacío, porque cuando se culmina o no una obra grande, queda volver a la sociedad, volver a la propia vida. La vuelta al vacío, que o bien ya estaba antes, o bien la obra había creado.

Aceleró su paso, no con dificultad después de tanto tiempo casi inmóvil en el globo, y le cogió del hombro izquierdo, para luego encararse con el. Seguía con la mirada baja, incómodo y abatido.

“Ese tipo no tenía la más mínima posibilidad nunca. Tú no eres responsable de nada, y bien que lo sabes, aunque ahora le haces caso a ese cerebro que grita, y grita.

Tiene razón, y esa no se la vamos a quitar. Los cerebros son así, lo que les queda para certificar otra víctima en su aislamiento es tener razón. Así lo llaman los cerebros cuando un bala perdida como ese se resiste a todos los esfuerzos que este planeta puede ofrecerle para que cambie y en vez de aprovecharlos, les escupe. Más este, amigo Ka, más este. Generaciones detrás de el y lo único que hace es salir corriendo.”

Ka asintió, y la Defensa notó que comenzó a vibrar ligeramente. Faltaba poco, así que le dio el toque que pedía el cerebro cansado de un Cañas cansadísimo.

“El tenía todo a su alcance, y tal como me lo cuentas no solo eso, sino que además ya podía comprender que maravillas se esconden debajo del flujo de los pensamientos. Pudo abrir el libro de su vida, ser consciente de ese proceso, y apartar las visiones repetitivas de los pensamientos, para comenzar a comunicarse de verdad con su cerebro. Todo eso no fue suficiente.

Tomó la vía fácil. Salir huyendo, dejar que los demás se encarguen, seguir viviendo a costa de que los demás hagan algo que incline la balanza a favor de todos. Contará los mejores cuentos de olo’banda, pero nunca llegará a hacer más que huir cada vez más adentro y más adentro de ellos, muerto de miedo, incapaz de comprender que no sólo se ha dejado vencer por ese miedo, sino que llegó a un pacto nuevo con los pensamientos destructivos. Despertará algún día y no creo que entonces haga más que suicidarse inmediatamente. Sobra, aún no lo sabe, pero lo sabrá.

Eso, y solo eso nos puede pesar. De que le dimos una oportunidad para crecer, y que la aprovechó para si mismo, lo que a la larga le destruirá por completo. Un pesar complicado, pero libre de culpa.

Siempre tenía abierta la puerta del abandonar, y si lo hubiera hecho abiertamente, sabríamos que llegaría a ser un gran amigo nuestro. No quiso. Prefiere mostrarnos que nos toma por cualquier cosa menos que a una esperanza.

Quedan tres esperanzas, amigo Cañas, y aunque no quedara ninguna, yo seguiría. Tu seguirías. Todos los que llevamos años en esa dirección, seguiríamos.

Has terminado tu obra grande, amigo. Nos muestra a un Campocorso terriblemente asustado, totalmente atrapado en el flujo de los pensamientos, incapaz de aceptar el compromiso, la colaboración, el acuerdo, la negociación siquiera. Un monstruo con poderes físicos y psíquicos que en la evolución humana no puede encontrar jamás un sitio, porque quienes avanzan en esa dirección no huyen jamás. Ese es Campocorso, Ka, ese es. Mucho menos de lo que puede hacer ver en su pose de invencible. Un superviviente que no sabe que lo es. Un último respiro de una campaña que ha fracasado, pero tomado como si fuera la bocanada matutina del vencedor en el campo de batalla.

Amigo, mírame a los ojos. Dile a tu cerebro que cambie de punto de vista. Has cumplido. Los hijos son fieles reflejos de sus padres si no evolucionan por su cuenta. Frederik nos ha dado la clave y la prueba.

Los dos, aunque uno humano y otro alienígena son iguales. La bestia huye, su hijo también.”

Ka levantó abruptamente la cabeza y miró a la Defensa como esta se lo había pedido. La bestia huye… y el hijo también. Claro que sí.

Todo había terminado. Ahora se vio atrás en el tiempo, cuando llegó al claro y se encontró con que ya no estaba ese Frederik asustado y pequeño, sino un vacío de un Frederik espabilado y ladrón, justo dónde las huellas aún mostraban el relleno de la velocleta de largos meses y años de espera.

Dejó salir el aire, y comenzó a llorar, dejando la presión que esa espera había acumulado también en el salir.

La Defensa le abrazó con la mirada fija en los troncos de los majestuosos árboles más cercanos. Sí, los dos huían y el suicidio del hijo no sería tampoco otra cosa que el fiel reflejo de la acción del padre.

Ka aún no lo veía, porque le había tocado la parte más dura de todo el proyecto y plan hasta aquí. Podían estar tranquilos todos, la Tierra podía estar tranquila. Campocorso jamás llegaría a cumplir sus objetivos, porque antes de alcanzarlos se iba a matar como mínimo.

***

“¿Qué te hemos hecho para que seas un hijo tan desobediente?”

Esa hubiera sido la traducción del bramido corto y ultracompactado en información que su madre emitió por uno de sus flancos. Esa frase o parecida se hubiera podido sacar de cada una de las ondas de agua que le alcanzaban en su propio flanco, a no más de unos cuerpos de distancia de su madre.

Con la primera olita diciendo desobediente, la segunda desagradecido, la tercera sinvergüenza, la cuarta traidor, la quinta anormal, la sexta desagradecido.

La séptima no le llegó porque respondió y las olas que llegaban se deshicieron ante la respuesta violenta.

“¿Qué no habéis hecho para que yo tenga que ser un hijo desgraciado?”

La primera ola diciendo desgraciado, la segunda condenado, la tercera abandonado, la cuarta enfermo, la quinta amenazado, la sexta rebelde, la séptima desesperado.

“No hay otra playa que esta playa.”, bramó su madre.

La primera ola diciendo que esta playa, la segunda que esta vía, la tercera que este camino, la cuarta que esta cuesta, la quinta que esta montaña, la sexta que este sistema.

Con un golpe de cola apenas perceptible en medio, con la primera ola diciendo No hay, la segunda Nunca habrá, la tercera Jamás habrá.

“Hay más, madre.”

La primera ola diciendo más, la segunda mucho más, la tercera miles, la cuarta millones, la quinta billones, la sexta trillones, la séptima galaxias, la octava universos enteros.

Con un golpe doble de cola veloz y brutal sobre la fina superficie de aguas del tanque de recreo, diciendo madre con la primera ola fuerte, diciendo mentirosa en la segunda, diciendo traidora la tercera, salpicando diciendo estúpida en la cuarta.

“No me hables así.”

Así, de esta forma, sin respeto, por encima de tus posibilidades, con palabras necias, con palabras que te condenarán de verdad.

Esa última ola le llegó hasta el otro flanco con el rebote en la pared del tanque.

Con las fauces cerrándose para con la tensión de la mandíbula irritar el agua con “A mi no, de ninguna de las maneras, ni se te ocurra, ni en sueños”.

Con la cola golpeando a ritmo de tres un aviso al padre.

***

Sí, habían tardado 300 años en enfrentarse a su hijo, pero llegó el día y llegó la derrota de su padres.

No, no en ese tanque, aunque ya por entonces tanto su madre como su padre se llevaron terribles heridas. Llegó cuando salió de la pirámide y se quedó fuera en plena Naturaleza aguantando todo lo que podía.

Llegó cuando amplió esas escapadas de segundos a minutos. Llegó cuando anunció que iba a salir al exterior ante todos, abriera la exclusa y desapareciera durante dos horas, cuando nadie aguantaba ni dos segundos vivo afuera.

La derrota de sus padres fue su éxito, su rápida ascensión al gobierno, la violencia suya en los tanques del mismo, su impulso a los proyectos para volver a mostrarle los dientes a la Naturaleza, o tener que perecer bajo su omnipresente presión.

Los primeros quinientos años en la Tierra fueron tan fascinantes para el, porque los humanos no precisaban matar a sus progenitores para poder existir y prolongar la especie. No levantaban mano contra sus hijos.

Fue verlo y comprender que ya de pequeño había sabido por alguna forma que quedar fuera de la Naturaleza significaba cosas que después de tantos milenios nadie parecía captar en las colonias piramidales.

Ni lo comprendieron cuando el aún jugueteaba en los tanques jugando al cola-suc, el juego favorito de todos los niños. No lo quisieron ver cuando de adolescente se ganó su primer reconocimiento social al casi matar al árbitro en una de las contiendas del campeonato, y tampoco tuvieron ganas de aceptar que su hijo era diferente cuando se confesó a su madre, esperando más que la reprimenda un primer paso para apoyarle en sus salidas furtivas de la pirámide.

Poco le importó. Lo que aprendió en los segundos de sobrevivir en plena Naturaleza le impulsó fuera de las posibilidades de quienes incluso estaban perdiendo los conocimientos más básicos para resistir. Cuando hizo minutos de esos segundos, cuando comenzó a salir con regularidad, su cuerpo, su mente y sobre todo su superioridad no hizo más que ampliarse hasta cubrir toda la estructura.

El sabía que le aprobaron todo porque de lo contrario lo iban a pagar. Le temían, por eso se volvieron casi locos de golpes en los tanques de asambleas cuando anunciaba que se iría en busca de ese planeta que fabricaba seres que no eran atacados por la Naturaleza. Le aguantaron todo, financiaron todo e hicieron ese gran esfuerzo porque así se lo iban a quitar de encima más que probablemente para siempre.

Mil años para construir la primera flota, años que se dividieron en desempolvar lo olvidado, en tardar el triple para lo más simple, eternidades para aquello que costaba hacer. Lentos, masivamente lentos y enseguida lloriqueando a mordiéndose.

Mil años en los que los de su especie llegaron a intentar asesinarle cientos de veces, muestras que el agradeció desde su inmenso poder de reacción e instinto recuperado. Cada atentado aumentaba el mito, y si en un año no hubo, el mismo hizo simular algunos para que el vulgo siguiera contento.

Con la primera flota en el aire, y después de decenas de explosiones que acabaron prematuramente con los aparatos peor fabricados, llegó a la siguiente pirámide, una de las más grandes. La ocupó en menos de cuatro meses, porque quienes vivían en ella hacía tiempo que ni siquiera sabían renovar los servicios más básicos. No estaban los 43 millones de individuos que debería haber. No hubo más que 450.000 y esos escondidos en rincones que hicieron difícil encontrarlos y salvarlos.

Después de cuatro mil años de férrea búsqueda, recuperación y reabastecimiento, su especie volvió a tener una oportunidad. Lideró todas y cada una de las operaciones más complicadas o peligrosas. Se enfrentó miles de veces a la Naturaleza y salió victorioso en contra de todo pronóstico de quienes le rodearan en cada momento.

Pero no era capaz de vivir más que unas horas fuera de una pirámide. Su ventaja no estaba destinada a ser compartida, porque no servía para más que gobernar a los demás.

Así se lograría lo que parecía imposible cuando mató a sus padres, lo que no tenía sentido cuando mató al ingeniero que se negó a volver a estudiar, lo que era una locura cuando mató a miles en naves que reventaban mucho antes de llegar a su destino, y que era mera utopía cuando toda la civilización había vuelto a ponerse en marcha. Para eso sirvió ser más fuerte que los demás. Para obligarles a que se hicieran fuertes, aunque fuese en grupo y unidos.

El día que despegaron de las cúpulas de más de 1300 pirámides recuperadas y que aglutinaban a una especie que se había salvado en el último instante, los que quedaron respiraron aliviados.

Muertos de miedo, pero aliviados. No parecía ser uno de los suyos, a pesar de que sin duda alguna había evitado la extinción de la especie.

Bramaban en su intimidad para que no volviera jamás. Habían despedido los que se iban con el para siempre.

Pasaron los primeros 400 años agachándose al más mínimo sonido que produjeran los golpes de árboles-hondas en los anclajes en las cúpulas. Cada uno les anunciaba la vuelta del tirano, y en ninguno se produjo.

***

En vez de un retorno masivo de la flota llegaron tres naves a los casi mil años, con una carga de un poco menos de 30.000 humanos.

Llegaron las noticias de un planeta que el tirano estaba adaptando para producir un número cada vez mayor de humanos, y que ellos se iban a encargar de analizar y observar, estudiar y manipular genéticamente hasta que se averiguase el secreto que les hacía inmunes a los ataques de la Naturaleza.

Comenzó a ponerse en marcha la segunda parte de la operación, y durante varios miles de años crecieron las flotas, se hicieron autoreproductoras las naves, y se ganó algo de velocidad en los viajes.

Al mismo tiempo, los avances en el campo aeroespacial se acompañaron con los resultados deseados, aunque lentos, en las clonaciones. La especie hacía cientos de miles de años que no se reproducía por apareamiento, sino que habían optado por la clonación, mucho más segura y casi perfecta. Ahora se intentaba lograr que las clonaciones incluyeran el secreto de los humanos, y ese camino resultó ser mucho más largo de lo que se había creído.

Hubo que debilitar una gran parte de la genética humana para poder vencer el férreo sistema de defensa que el propio ADN de los humanos llegó a demostrar.

Así se inició la segunda fase, así se desarrollaron 4.000 años en los que el tirano no había vuelto, y poco a poco se llegó a pensar que ya no volvería nunca más. Se decía que vivía al aire libre en ese planeta, que se había mezclado entre los humanos, y que en vez de dominar la situación desde alguna pirámide en el espacio, ponía en peligro la vida de quienes iban con el.

No pensaron que esa fase tuviera éxito. No por sus avances o retrocesos en la investigación. Sabían que estaban muy cerca de aislar exitosamente el gen que precisaban incluir en su propia cadena de la especie.

Lo presentían por el comportamiento del tirano, que si ya en sus años mozo era de un lunático peligroso que no se había visto jamás en la civilización, ahora resultaria en abominable incluso para los que habían conservado sus estómagos *. (*opción en la clonación).

***

“Ka, Ka… ¿pero esto que es?”

Estuve casi con medio cuerpo fuera para poder ver mejor lo que a no más de 100 metros debajo de la cesta se estaba moviendo sobre las copas de los árboles, casi en la misma dirección que nosotros.

No lo veía, pero sí veía como movía a las copas, como doblaba alguna que otra rama sin nunca romperla, algo que hacía presión sobre la vegetación, un peso invisible.

Ka se levantó somnámbulo. Cada día estaba más cansado y yo lo comprendía. El viaje llegaba a su fin, y el bueno de Ka estaba exhausto de estar por mi.

Todo ese cansancio le desapareció del cuerpo y de la cara cuando vio que estábamos encima de esa cosa que fluía. Abrió el gas con un movimiento brusco, como nunca le había visto tratar a la mecánica del globo. Quiso deshacer lastre, pero se lo pensó mejor, y me cambiaba de sitio cada dos por tres, sin darme explicaciones.

Algo había salido mal. No me creía que esto estaba en lo que tenía previsto Ka para conmigo, ni que mi torpe plan de desviar la dirección que tomaba el globo hubiese sido suficiente para llegar tan lejos de nuestra ruta.

Miré hacía arriba, por fuera de la membrana en busca de los indicadores de corriente, unos lazos finos que revoloteaban en el viento. Ya no eran las azules que se movían, sino las violetas, y según había comprendido durante las clases de vuelo, si cambiaba la orientación del globo, había cambiado la corriente, o nos había atrapado una corriente de mayor, mucha mayor fuerza. ¿Nos había atrapado la corriente que generaba esta cosa debajo de nosotros?

Comenzamos a alejarnos de las copas y antes de que Ka se pudo percatar, abrí un saco de tierra y dejé salir un poco del lastre en forma de polvorienta estela desde lo alto sobre el movimiento, hasta entonces invisible.

Ka ni lo vio, ni tampoco vio como se me puso la cara blanca. Cerré el saco haciendo ver que lo aseguraba cuando Ka con mirada de sospecha se lanzó casi sobre mi. Quedó relajado, pero se fijó en mi cara y casi gimió.

Sólo cuando estuvimos a considerable altura, una que nunca antes habíamos alcanzado, se relajó al notar como cambió la corriente casi a contraria, pero desviándonos hacía la derecha del flujo, y media hora más tarde ya no se podía percibir al quedar detrás de unas colinas que se hicieron cada vez más altas. Ka bajó el globo entonces con largas escapadas de gas y puso las primeras colinas entre lo que habíamos sobrevolado casi rozándolo.

Le observé, pero desde el rabillo de los ojos. No comprendí muy bien porque tuviera tanto miedo a lo que yo había visto desde la lejanía, pero no tenía dudas sobre su pánico después de verlo yo de cerca, gracias al polvo que había caído sobre … ellos.

***

“Ka, Ka… ¿pero esto que es?”

Estuve casi con medio cuerpo fuera para poder ver mejor lo que a no más de 100 metros debajo de la cesta se estaba moviendo sobre las copas de los árboles, casi en la misma dirección que nosotros.

No lo veía, pero sí veía como movía a las copas, como doblaba alguna que otra rama sin nunca romperla, algo que hacía presión sobre la vegetación, un peso invisible.

Ka se levantó somnámbulo. Cada día estaba más cansado y yo lo comprendía. El viaje llegaba a su fin, y el bueno de Ka estaba exhausto de estar por mi.

Todo ese cansancio le desapareció del cuerpo y de la cara cuando vio que estábamos encima de esa cosa que fluía. Abrió el gas con un movimiento brusco, como nunca le había visto tratar a la mecánica del globo. Quiso deshacer lastre, pero se lo pensó mejor, y me cambiaba de sitio cada dos por tres, sin darme explicaciones.

Algo había salido mal. No me creía que esto estaba en lo que tenía previsto Ka para conmigo, ni que mi torpe plan de desviar la dirección que tomaba el globo hubiese sido suficiente para llegar tan lejos de nuestra ruta.

Miré hacía arriba, por fuera de la membrana en busca de los indicadores de corriente, unos lazos finos que revoleteaban en el viento. Ya no eran las azules que se movían, sino las violetas, y según había comprendido durante las clases de vuelo, si cambiaba la orientación del globo, había cambiado la corriente, o nos había atrapado una corriente de mayor, mucha mayor fuerza. ¿Nos había atrapado la corriente que generaba esta cosa debajo de nosotros?

Comenzamos a alejarnos de las copas y antes de que Ka se pudo percatar, abrí un saco de tierra y dejé salir un poco del lastre en forma de polvorienta estela desde lo alto sobre el movimiento, hasta entonces invisible.

Ka ni lo vio, ni tampoco vio como se me puso la cara blanca. Cerré el saco haciendo ver que lo aseguraba cuando Ka con mirada de sospecha se lanzó casi sobre mi. Quedó relajado, pero se fijó en mi cara y casi gimió.

Sólo cuando estuvimos a considerable altura, una que nunca antes habíamos alcanzado, se relajó al notar como cambió la corriente casi a contraria, pero desviándonos hacía la derecha del flujo, y media hora más tarde ya no se podía percibir al quedar detrás de unas colinas que se hicieron cada vez más altas. Ka bajó el globo entonces con largas escapadas de gas y puso las primeras colinas entre lo que habíamos sobrevolado casi rozándolo.

Le observé, pero desde el rabillo de los ojos. No comprendí muy bien porque tuviera tanto miedo a lo que yo había visto desde la lejanía, pero no tenía dudas sobre su pánico después de verlo yo de cerca, gracias al polvo que había caído sobre … ellos.

***

Campocorso activó la emisora de señal a la flota exterior con un pensamiento. El traje se encargaba de transmitirlo a la máquina, que a su vez hizo de la cúpula material de emisión y envió un impulso poderoso al espacio exterior.

El suelo se hizo pantalla cuando la flota exterior le contestó, casi enseguida. Sólo tenía miradas para los avances y cuando denotó que estaba adaptada a pasar por entre las Sombras Baúl emitió un grito de alegría.

Sólo después se fijó en el número de naves y se quedó más frío que un lagarto en invierno.

Una.

Una sola nave dónde debería haber miles, decenas de miles. Le había contestado una nave, y las demás… no estaban.

Revisó los informes de la nave y constató que estaba gravemente dañada, aunque en condiciones de vuelo, eso sí, probablemente muy difícil.

¿Qué había pasado con las naves autoreproductoras en tan solo veinte años? ¿Se habían quedado justo en el vector de entrada de las Sombras Baúl? ¿Esta se había autorreparado y adaptado como única superviviente? ¿Un ataque de otra raza?

Demandó los registros desde un día antes de la llegada de las Sombras Baúl a un día después.

Cuando terminó de ver lo que había ocurrido, se dejó caer hacía atrás en el sillón adaptable e intentó sobrellevar lo que en miles de años no le había molestado para nada.

Sólo en su planeta natal se había sentido así, especialmente cuando su padre le bloqueaba el paso hacía el futuro que el deseaba.

***

Unas horas más tarde, Ka que intentaba encontrar palabras para que me calmara, se rindió. Yo para entonces era poco más que un almacén de órganos petrificado, con la cara entre roja y blanca según lo que me subía por las venas, o me bajaba a estos órganos como hiel desde el cerebro.

¡Lo habían sabido, y aún así… seguían con la farsa! Yo no pintaba absolutamente nada en ese gigantesco juego de fuerzas, todas ampliamente superiores a la de cualquier humano que yo conocía, y los que hubieran podido tomar parte en la contienda, no eran más que dibus, héroes de papel y tinta, de la animación o de los mitos.

Esa era una de las garantías de esperanza de las que me había hablado. Daba igual que fuese la primera o segunda, yo no tenía nada que hacer entre esa fuerza y mi padre, la bestia o el alienígena como quisiéramos referirnos al tirano.

Aterrizamos casi con la luz de la tarde en un claro lleno de las casetas camufladas que sembraban todo el camino hasta aquí a intervalos de pocos cientos de kilómetros. Me quedé en la cesta, y Ka interpretó mi catarsis como algo que no podía arreglar solo.

Desinfló la cubierta y la estiró sobre y entre los hierbajos, me echó un último vistazo, y se metió en el bosque para buscar algo, posiblemente leña, o para estar sin mi por unos instantes.

Cuando se perdió entre los árboles salté de la cesta llevándome del exterior de la misma la membrana auxiliar de salto más próxima, y en menos de cinco minutos la tenía llena de gas, tirando fuertemente ya de la velocleta a la que le aumentaba el peso con provisiones y botellas de gas adicionales, así como una red de sujeción de membrana para un globo grande.

Me senté sobre el poco espacio que me quedaba, y corté la cuerda que impedía que saliera como un corcho hacía el cielo, pero esas fuertes sacudidas hacía arriba se tradujeron en una salida lenta, casi en cámara lenta hasta que comprendí que llevaba demasiado peso.

El lastre que más llevaba como tal eran las provisiones de agua, para casi dos semanas en el aire. La red no la podía tirar, era mi única esperanza. La comida tampoco. Había que apostar.

Tiré la mitad de las reservas de agua,  una botella tras otra, hasta que la velocleta convertida en globocleta improvisada ganó la altura suficiente para ser arrastrada en dirección de vuelta.

No sabía si Ka me había visto en el aire. Todo fue rápido, pero también pensé que había hecho mucho ruido y en cualquier momento temía tener que enfrentarme físicamente a ese hombre. Me sorprendió alcanzar los primeros cinco metros de altura, porque a partir de ese momento Ka no podía impedir mi huida. Mi plan había funcionado.

Hacía mucho que no había tenido este sentimiento. La última vez que yo recordaba era en el jardín de mi casa,

Craaaaaak

…cuando con un cincel que pesaba casi más que yo – así al menos lo percibí entonces – y un martillo que después pasó a ser el cincel por ser más expeditivo, hiciera añicos a una piedra, viviendo una de las aventuras más grandes que se pueden vivir de niño chico, el vivir todos los días explorando.

Fue un proceso lento, porque yo no iba a destruir la piedra.

Simplemente quise hacer un agujero que comunicara un lado con el otro. La piedra no resistió mi falta de acierto y ausencia de técnica y se partió en dos. Para mi fue un gran estruendo, y miles de niños como yo saltábamos en mi imaginación después de haber logrado un camino o yo que sé, que la imaginación de niño salta de una a otra cosa con velocidad de vértigo.

Lleno de éxito fui a ver a mi madre que estaba hablando con unos señores en la veranda de la casa. Si, esa fue una de las últimas, sino la última vez que había sentido de haber hecho algo bien en mi vida

Que había hecho algo por y para mi, para ser más exacto.

***

Su padre tenía el flanco tan cerca del suyo que las olas de la respiración tapaban parte del mensaje de este, aunque no hacía falta sentir y escuchar las olas para comprenderlo.

“No saldrás nunca más al exterior o te mato personalmente.”

Con la primera ola diciendo te mato, la segunda te destrozo, la tercera te elimino para siempre.

“Volverás a los estudios, al camino de nuestra comunidad.”

Con la primera ola diciendo a los estudios, al camino. Con la segunda diciendo a la disciplina, a la obediencia. Con la tercera diciendo o te vas, lejos del clonar.

Ese inmenso flanco a punto de aplastarle bajo sus toneladas de edad de ventaja. Ese saber que no iba a dejar de salir. Ese saber de que ya no tenía padre.

Ese odio que sabía que su padre debió de percibir pero que no llegó a conducirle a que dejara caer su cuerpo sobre el suyo, minúsculo en comparación.

Ese odio que iba a ser la herramienta de comunicación resultante entre ellos hasta que lo matara cientos de años después.

Esas olitas que se hicieron olas y después tsunami.

***

Tardé casi dos días en llegar hasta la cordillera. Apenas podía maniobrar y la llegada se produjo con los últimos rayos del sol, que por poco me ciegan en su resplandor repentino entre los anillos de Sombras Baúl.

No podía percibir el flujo, no había luz suficiente. Pero lo pude escuchar o eso creía. También creía sentir el viento que creaba en cualquier movimiento de aire que se producía.

Se hizo de noche, y temí que el curso ciego de la velocleta-globocleta, que no era ni una ni otra cosa, me llevaría lejos de nuevo, y que convertiría en algo imposible el intentar lo que tenía planeado.

A tientas y a ciegas desaté la red de membrana y la fijé como pude a cualquier resalte que la estructura de la velocleta podía ofrecer. La solté despacio y la inclinación de la velocleta hacía uno de los lados por poco llega al vuelco.

Grité mientras intentaba ganarle la contienda, primero subiéndome al lado contrario haciendo contrapeso, después intentado desplazar el peso de la carga hacía ese lado. La mitad de las cosas se cayeron en ese intento, pero al quedar más ligera, también se equilibró un poco a mi favor.

Estuve bañado en sudor, temblando del miedo que había pasado colgando durante minutos sobre el vacío, otros haciendo de equilibrista con los músculos agarrotados. La velocleta seguía inclinada pero al menos podía viajar en ella sin que el peso y efecto vela de la red colgada debajo de ella volcara todas mis esperanzas al vacío.

No podía hacer más. Si atrapaba a uno de ellos, lo notaría. Si no, despertaría la luz un horizonte con una velocleta convertida en vehículo aéreo a punto de estrellarse contra los picos de los montes que no sabría superar.

***

El Balik entre kolooks subió por la red convertido en segunda red y se instaló sobre la membrana del globo, convertido en membrana segunda del globo. Había llegado el humano de los nexos. Estaba el nexo con ellos.

El Amr aprovechó la membrana para sobresalir momentáneamente del concierto general. El aviso del nexo.

Kolooooookokokoooooookolo …. Gokk, gokkk, gokkkkk…. Kolooooookokokoooooookolo ….

***

https://sombrasbaul.wordpress.com/2011/08/17/elo-el-cuentacuentos-parte-iv/